Hoy, varias cosas:

1) Aclaración: soy oficialmente gilipollas porque no sé que hice al subir el último capítulo que me comí la frase final. Es la primera de este capítulo y hace referencia a lo que Draco supo. Perdón por la confusión creada, que no fue intencional.

2) Recomendación musical: La valse d'Amelie - Yann Tiersen. B.S.O de la película "Amelie" (os la recomiendo)

http//www .youtube. com/ watch?vGWrxs2RDNRU

3) Dedicatoria: Para Earwen, Desi y para Saraddc, vosotras sabéis por qué. Para Naty, Sombrita, Luzbe, Olga y Lore por los ánimos.


Capítulo 42: Aurores y caídos

El Ministerio había llegado.

-¡Draco, corre! –exclamó Hermione con los ojos muy abiertos, clavados con miedo en el cielo, donde las figuras plateadas de los aurores se iban haciendo cada más nítidas y cercanas -¡Regresa al despacho de Dumbledore y usa el traslador! –añadió girándose hacia Draco, que no la había soltado -¡No deben verte!

Draco la miró, pálido, en medio del fulgor del último enfrentamiento. Sabía que si los aurores le pillaban en Hogwarts, acabaría en Montis Occultus, haciéndole compañía a su padre. Tampoco estaba demasiado seguro de que Sean Fawcett o cualquier alumno no fueran a delatarle y a cada segundo que esperaba, la huída se complicaba más. La batalla prácticamente había terminado, y podía aprovechar la confusión de los últimos coletazos de la lucha para escabullirse hasta el castillo sin ser visto. Él y Hermione estaban vivos y habían ganado. Era hora de preocuparse de otras cosas como salvar su culo de la cárcel.

-Ven conmigo –exigió tirando de Hermione hacia el castillo.

-¡No! –se negó ella, deteniéndose en seco y forcejeando con él para liberar su mano –Yo me quedó, volveré a Grimmaul Place en cuanto sea posible. Aún hay mucho que hacer aquí.

Justo en ese instante, un chorro de luz granate pasó volando a unos centímetros de ellos e impactó contra un licántropo que trataba de huir. Ron lo había lanzado y les observaba disimuladamente a una distancia prudencial.

Draco miró al pelirrojo, después miró a Hermione y titubeó, frustrado. Tenía que irse cuanto antes, pues los aurores ya estaban prácticamente sobre ellos, pero sabía que Hermione no iba a marcharse con él. Tenía el pelo enmarañado y lleno de suciedad, el rostro cubierto de arañazos y la ropa polvorienta pero le miraba decidida, con la resolución de una leona. Y aunque se resistía a dejarla allí, sabía que Weasley y Potter la protegerían en vista de que no había tiempo ni modo de convencerla.

-Está bien –cedió irritado, pero no iba a bajar la cabeza e irse sin más. No era su estilo. Agarró a Hermione, la atrajo hacia él con brusquedad y la besó brevemente pero con una fuerza y una furia que casi la dejaron mareada. Después se separó de su boca y la soltó en un mismo movimiento, y sin decir más, comenzó a andar hacia las puertas del colegio con tranquilidad, como si a unos metros no se desarrollara una pelea y algo más allá, los primeros aurores hubieran aterrizado ya.

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Un negro crespón ondeaba en las cuatro torres del castillo, enlazándose con el viento, en un último adiós. El tapiz con el escudo de Hogwarts donde los cuatro animales se movían, también era negro, pendiendo sobre la mesa de los profesores. El resto de las mesas habían desparecido del Gran Comedor, restando sólo sus largos bancos de madera, apoyados contra la pared donde los heridos se sentaban esperando atención.

Nadie había abandonado Hogwarts, ni alumnos ni elfos domésticos, y ahora pululaban por el Comedor, mezclándose con los supervivientes. Los alumnos de los primeros cursos buscaban a aquellos seres queridos que se habían quedado para luchar y se interrogaban unos a otros, tratando de reconstruir lo que había sucedido. Los elfos domésticos atendían a los heridos, ayudando a Pomfrey y Devany. También había aurores y personal del Ministerio que entraban de vez en cuando, trayendo a nuevos héroes de Hogwarts, dañados en la batalla.

Sólo se oían murmullos y llantos, como si nadie se atreviera a elevar la voz.

Al fondo de la sala, un gran corro de estudiantes y algún que otro miembro del profesorado, se amontaban como una silenciosa guardia, en torno a la mesa de los profesores. Un mantel negro y brillante la cubría, con pequeños escudos de Hogwarts aquí y allá, y salpicado de plateadas estrellas que le hacían parecer un reflejo del cielo que les cubría. Y sobre él, descansaban los cuerpos fríos e inertes de los caídos, como si en realidad durmieran en el manto de la noche.

La profesora Vector, pálida y con las manos ensangrentadas, encabezaba la mesa, fallecida al bloquear con su cuerpo un Avada Kedavra que iba dirigido a uno de sus alumnos. Eric Edgecombe, hermano pequeño de Marietta, yacía a su lado, como un muchacho dormido por polvos de ángel en medio de la batalla. Una chica de Hufflepuff y un muchacho de Ravenclaw seguían la fúnebre lista. Eleuteria Donovan, compañera de habitación de Hermione, Parvati y Lavender, estaba junto a ellos, asesinada mientras trataba de devolver a los alumnos de Gryffindor menores de edad que se habían escapado, de nuevo a su torre. Ernie McMillan, con los brazos cruzados sobre el pecho y un hilo de sangre coagulada desde la comisura de su boca hasta la barbilla, se hallaba también allí, muerto al ser golpeado por la porra del gigante que entró en Hogwarts. Mundungus Fletcher, el bueno de Dung, asesinado cruelmente por un licántropo. Dos gryffindors, uno de sexto curso y otra de cuarto, reposaban con las manos laxas pero unidas, y cerrando la hilera de prematuras hojas marchitas, se encontraba Millicent Bulstrode, que había sido asesinada al tratar de impedir que los mortífagos accedieran a la Sala Común de Slytherin.

Muertos defendiendo su colegio y los que habitaban en él.

Todos ellos plenos, fuertes, valientes, podados sin piedad del jardín del Edén.

Pero siempre serían recordados por cada piedra de Hogwarts, por cada estudiante. Por la oportunidad que a costa de sus propias vidas, habían dado a los demás de vivir. De vencer.

En el dolor de sus pérdidas no había casas, ni rivalidades. Slytherins lloraban junto a Gryffindors, y Huflepuffs y Ravenclaws lo hacían con ellos.

Porque aunque habían vencido, todos habían perdido.

Pomfrey tenía los ojos húmedos mientras reparaba huesos rotos, cerraba heridas y repartía pociones sanadoras ayudada por los elfos. Devany Apeldty, lloraba calladamente, limpiando las heridas a partes iguales con pociones desinfectantes y sus lágrimas.

De vez en cuando, aquellos alumnos que estaban atentos, veían pasar a personal del Ministerio con camillas que levitaban sobre el suelo en una marcha mortal, llevando sobre ellas cuerpos cubiertos por túnicas negras y máscaras caídas, rotas. También había hombres desnudos, arañados, llenos de quemaduras y heridas, que una vez habían sido licántropos. Y los mortífagos y licántropos supervivientes, caminaban en hilera, con esposas mágicas y los ojos vacíos, de la manera innatural de quien está hechizado, manejado por hilos que otros mueven.

En total en la batalla de Hogwarts había muerto un gigante y treinta y tres mortífagos y licántropos, parte de ellos pisoteados por sus propios gigantes o heridos por sus propias maldiciones. No se había encontrado rastro de Bellatrix Black.

Una profesora, un miembro de la Orden del Fénix y ocho estudiantes de Hogwarts nunca volverían a recorrer sus pasillos.

Y a todos los que pululaban por el Gran Comedor les faltaba algo. Alguien.

Parvati y Lavender, lloraban abrazadas en un rincón de la mesa, mientras Seamus le peinaba los cabellos a Eleuteria Donovan. La profesora Sinistra, apretaba un pañuelo contra su boca, con los ojos velados por las lagrimas y fijos en su compañera Vector. Theodore Nott parecía congelado al fondo de la mesa, contemplando el cuerpo de Millicent como si no diera crédito a lo que sus ojos veían, hasta que una figura pequeña con una larga cabellera rubia y ojos del azul del cielo, tomó su mano y se lo llevó lejos.

Hermione ayudaba a caminar a Susan Bones que lloraba desesperadamente repitiendo el nombre de Ernie entre murmullos, con los ojos anegados de lágrimas también. Harry estaba siendo acosado por un grupo de aurores con portafolios y plumas, y Ron, sumido en un silencio sepulcral, se frotaba el brazo que Devany le había curado.

No había expresiones de victoria, sonrisas, ni alegría. Habían sobrevivido pero habían pagado un alto precio que nadie olvidaría nunca.

Aurores recorrían el Comedor interrogando a los combatientes para reconstruir lo sucedido mientras los profesores se encargaban de reparar las murallas de Hogwarts y recoger las criaturas soltadas por los terrenos, porque a pesar de que el dolor amenazaba con partiles en dos, no podían simplemente, echarse a llorar.

-Le juro que Draco Malfoy estaba en el colegio –contaba Pansy con lágrimas en los ojos a un auror y a un grupo de Slytherins que había con ella –Crabbe, Goyle y Zabini también lo vieron –dijo –incluso el traidor de Nott. Mírelo, ahí viene con esa chiflada de Lovegood.

El auror, un tipo gigantesco con una larga melena castaña sujeta en una coleta baja, se volvió hacia el Slytherin que caminaba, pálido, junto a una muchacha rubia que le hablaba serenamente a media voz.

-¿Es eso cierto, Nott? –preguntó el auror, con expresión contrariada, echando un vistazo a la libreta que tenía en las manos. Theodore se enderezó, deteniéndose junto al par de Slytherins que se habían quedado a luchar con él y Millicent, y se encogió de hombros con indiferencia.

-Si estuvo aquí, nadie lo vio. Al menos nadie que yo conozca –dijo Theo, tranquilamente.

-Yo vi Elzohairs- aseguró Luna solemnemente y el auror se removió en el sitio incómodo, pasando hojas en su libreta como si no supiera que responder a eso.

-¡Mentiroso! –chilló la morena alterada y se volvió hacia el auror, aferrándose a la manga de su túnica plateada –pregúntele a Crabbe, Goyle y Zabini, ellos lo corroborarán.

-Estaba aquí –gruñó Crabbe cuando el auror le miró.

-Con esa sangre sucia de Hermione Granger, nos atacaron –añadió Zabini con rencor.

-Pues yo no vi nada –dijo uno de los Slytherins que acompañaba a Nott y se volvió hacia el grupo de alumnos de diferentes casas que se estaba acercando, llenos de curiosidad -¿vosotros? –todos negaron con la cabeza, especialmente Luna y los que habían plantado especies peligrosas en los terrenos junto a Draco Malfoy.

-¡Todos mient…

-¿Qué ocurre, Milton? –preguntó Sean aproximándose al ver el revuelo, el auror se volvió hacia él con gesto aliviado.

-Fawcett –le saludó con un movimiento de cabeza –un par de alumnos afirman haber visto al chico de Lucius Malfoy aquí, con los mortífagos. ¿Tú sabes algo?

Sean guardó silencio unos instantes y su mirada vagó entre la multitud hasta fijarse en su melena castaña, después contempló fijamente a su compañero auror.

-Draco Malfoy no ha estado aquí –dijo con voz impersonal –al menos ningún miembro del profesorado lo ha visto.

-Y si no está entre los detenidos, ni muertos –añadió Ginny uniéndose al grupo, acompañada por unos cuantos miembros del ED –no tenemos más que el testimonio de un puñado de Slytherins que trataron de vendernos a los mortífagos –finalizó mirando a Parkison y sus amigos con desprecio.

Porque Hogwarts protege a aquellos que lo protegen. Porque siempre dará asilo a aquellos que realmente le pertenecen.

-Bien… -murmuró Miltón rascándose la barbilla con la pluma –supongo que todo es un malentendido. Fawcett¿puedo hablar contigo? –inquirió echando a andar y haciendo un ademán al profesor para que le acompañara –El Ministro querrá un informe… -dijo mientras los pasos de ambos aurores se perdían entre la marabunta.

-¡No puedo creerlo! –exclamó Pansy, limpiándose las lágrimas con furia -¡sois un grupo de traidores mentirosos y…

-Tú sí que eres una traidora –la atajó Ginny con sequedad –has traicionado a todos tus compañeros y a tu colegio. Espero que McGonagall te expulse a ti y a vosotros tres –abarcó a Zabini, Crabbe y Goyle con un gesto –porque si no me encargaré personalmente de haceros la vida imposible durante el tiempo que os queda en el colegio.

-¿Crees que nos das miedo? –la encaró Zabini con tono despectivo –no eres más que una traidora a la sangre…

-Pero no está sola –dijo Neville situándose al lado de Ginny y mirando a los Slytherins traidores con aire amenazador.

-¿Recordáis el Ejército de Dumbledore? –preguntó Dean dándose un paso al frente junto con un puñado de antiguos miembros del ED –bien, pues ahora la Brigada Inquisitorial somos nosotros, así que andaros con cuidado.

Zabini soltó un bufido despectivo con una mueca burlesca, y Crabbe y Goyle trataron de imitarle, pero sólo alcanzaron a bufar pobremente. Pansy les miró enfadada pero asustada, hasta que sus ojos se posaron en las dos figuras que se aproximaban.

-¿Qué pasa aquí? –preguntó McGonagall llegando hasta el grupo de alumnos junto con Slughorn, aún no se había rehecho el moño y el profesor de pociones tenía la túnica rajada y sin botones, además de la mitad del bigote chamuscado.

-Señora directora –se apresuró a intervenir Pansy con expresión quejumbrosa –este grupo de estúpidos nos ha amenazado con..

-Yo no he oído nada¿verdad, Horace? –la cortó McGonagall con sequedad, volviéndose hacia su compañero.

-Me temo que no, Minerva –replicó Slughorn atusándose el carbonizado bigote.

-Pero ya que estamos aquí –continuó severamente la directora antes de que Pansy pudiera replicar –tengo algo que deciros a vosotros cuatro, Parkinson, Zabini, Crabbe y Goyle. Vuestro comportamiento esta noche ha sido realmente vergonzoso y rastrero. Aturdisteis a Filch, atacasteis a vuestros compañeros y tratasteis de abrir la puerta a un grupo de mortífagos y hombros lobo, no sólo poniendo en riesgo vuestra seguridad sino la vida de todos aquellos que vivimos en este colegio. No daré parte al Ministro, quien por cierto está por llegar, porque a pesar de todo considero que sois demasiado jóvenes para ir a la cárcel –los aludidos parecieron encogerse poco a poco –pero si no os expulso para siempre del colegio es únicamente porque creo que estaréis más seguros aquí que fuera. No obstante, Horace y yo hemos convenido un castigo apropiado para vosotros cuatro, que no os dejará tiempo para confabular contra vuestros propios compañeros. Pero ya hablaremos de ello más tarde –se interrumpió mirando el reloj –Scrimgeour llegará en seguida –no obstante, antes de volverse y desaparecer caminando majestuosamente, Minerva McGonagall, directora de Hogwarts: colegio de magia y hechicería, miró duramente a los cuatro Slytherins y añadió –Vuestros compañeros lucharon con honor. Deberíais aprender de ellos.

Después, ella y Slughorn se fueron ante las sonrisas maliciosas de la guardia de Hogwarts.

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-Hermione.

Hermione dejó el frasco de poción tranquilizante que acababa de darle a Susan Bones sobre una mesilla atiborrada de pociones y se volvió hacia Ron. El pelirrojo tenía una expresión extraña en el rostro, indescifrable. Parecía derrotado.

-¿Si, Ron? –preguntó ella con cautela. Si bien en momentos de tensión y riesgo, como podía ser una batalla, sus diferencias quedaban olvidadas, Hermione sabía que las cosas entre ellos distaban de andar bien. Desde que Ron había vuelto de Albanía, sólo había dirigido la palabra a Hermione cuando era imprescindible o cuando estaba tan alterado que se olvidado de lo enfadado que estaba con ella. Y Hermione por su parte, tampoco había hecho demasiados intentos por acercarse a él, herida por sus insinuaciones de que Draco la estaba usando para sacarle información.

-¿Estás bien? –preguntó él con torpeza, al tiempo que se rascaba la nuca, incómodo.

-Sí¿y tú? –respondió ella, insegura y triste.

-Supongo que sí –Ron se encogió de hombros evitando mirarla –oye –dijo con repentina brusquedad, alzando sus ojos azules hacia ella –quería que supieras que ya no pienso… esas cosas que te dije –añadió muy rápidamente, como si le costara horrores pronunciar esas palabras –Supongo que después de todo, Malfoy no es taaan horrible –capituló con reticencia–y bueno… -titubeó, abochornado, ante la intensa mirada de Hermione –tú le gustas, él te gusta… -gesticuló con las manos como si tratara de buscar fuerzas para continuar –ya sabes lo que quiero decir¿no? –gruñó finalmente con gesto hosco –así que no insistas.

Hermione contuvo una sonrisa, tan conmovida, que no hizo ninguna mención al hecho de que ella no le había insistido ni presionado en ningún momento. Entre esa maraña de pausas, titubeos y coletillas, Hermione había sacado en claro el mensaje de Ron: Draco no le gustaba, pero aceptaba que estuvieran juntos. Es más, aceptaba que a Draco pudiera gustarle simplemente por ser ella. Y para alguien tan testarudo como Ron –a Hermione le recordaba a alguien –eso era un gran logro.

-Oh, Ron –gimió emocionada, y se arrojó sobre él para abrazarle. Ron no le devolvió el abrazo en un primer instante, pero finalmente la rodeó con sus brazos y la estrechó con fuerza, cerrando los ojos. Porque esa noche, en medio de la batalla, mientras veía como la chica que le gustaba desde hacía años y el tío más repelente de todo Hogwarts se besaban, Ron Weasley había madurado. No era algo premeditado, ni siquiera algo que le hubiera gustado hacer, simplemente había sucedido. Había comprendido que esos dos se querían y que él no pintaba nada allí. En cierto modo, se lo tenía merecido por ser tan gilipollas, así que no podía culparla a ella –aunque sí a Malfoy. Había madurado, pero sin pasarse-. Y se había dado cuenta además, de que si seguía con esa actitud, podría perder a su amiga también. Y ante todo, Hermione había sido su amiga durante años y quería que siguiera siéndolo. Ella estaba por encima de su orgullo y de sus celos.

Al cabo, Hermione le soltó y le besó en una mejilla, mirándole con agradecimiento. Después se fijó en el pobre Harry, rodeado por un grupo a aurores que le acosaban a preguntas y sonrió.

-¿Qué me dices? –preguntó mirando al pelirrojo -¿Vamos a rescatarlo?

-Ve yendo –dijo él, irritado por el color rojizo que había subido hasta sus orejas, podía sentirlo –yo iré en seguida.

Hermione le miró unos instantes, asintió y sonriendo, se alejó a buscar al niño que vivió. Ron se quedó parado, observándola alejarse y diciéndose que ser maduro, adulto, o lo que quiera que él fuera, era una auténtica mierda.

-Sé cómo te sientes –dijo una voz con suavidad, a su espalda. Ron se volvió para encontrarse con Devany, parada en medio del comedor, mirándole. Se había quitado por fin su gorrito de lana, manchado de sangre –no sabía si suya o ajena- y su pelo castaño oscuro estaba alborotado. Tenía los ojos hinchados y la punta de la nariz colorada de haber estado llorando, y no obstante observaba a Ron con comprensión y algo parecido a ternura, que hizo al chico sentirse incómodo y vulnerable.

-¿Ah, sí? –preguntó. Le hubiera gustado que su ¿ah, sí? sonara brusco y seco, de modo que diera a entender a la muchacha que no creía que supiera cómo se sentía, que no necesitaba un hombro donde llorar y que no tenía humor para aguantar consejos sentimentales, pero, aunque ignoró por qué, su voz sonó mucho más suave de lo que pretendía.

-Me pasé toda la vida enamorada de Cedric Diggory sin saberlo, y cuando me di cuenta, ya era tarde –repuso ella con un aire increíblemente triste. Ron se sintió incómodo y algo cosquilleó en su pecho. Era cierto que siempre había notado una oculta tristeza en sus ojos dulces y luminosos, ese nosequé que hacía que se sintiera protector con ella, pero nunca había sabido a qué se debía exactamente.

-A veces cometemos errores que no tenemos ocasión de reparar –continuó la chica, sorbiéndose la nariz –pero la vida suele darnos una segunda oportunidad para repararnos a nosotros mismos.

Ron no estaba seguro de por qué, pero sus palabras le parecieron muy ciertas. Miró a Hermione que había logrado rescatar a Harry de los aurores y lo alejaba de ellos, y no se sintió tan mal como había esperado, lo cual era muy sorprendente.

-Devany –murmuró mirándola.

-¿Si?

-¿Te has mirado ya el golpe en la espalda? –preguntó él, ceñudo –te golpeó una piedra enorme…

-Pues en realidad, no creo que…

-Vamos –aseveró él cogiéndola por un brazo y tirando de ella hacia Pomfrey.

En ese momento, Rufus Scrimgeour entró cojeando, bastón en mano, en el Gran Comedor. Aunque el lugar estaba atiborrado de estudiantes, se produjo un cambio en la atmosfera que se propagaba de persona en persona extendiendo el silencio. Pronto, todos los ojos se volvieron hacia el Ministro de Magia, el cual, con expresión malhumorada, se abría pasado entre los alumnos, buscando a alguien. Pronto quedó claro que la persona a la que estaba buscando era Harry, a juzgar por el modo en que fue directo hacia él en cuanto lo divisó junto a Hermione.

-Potter, tenemos que hablar –dijo, inclinándose tanto hacia Harry que casi invadía su espacio personal con la clara intención de intimidarlo.

-Le escucho –respondió Harry sin retroceder un milímetro.

-Aquí no, lo que tenemos que hablar es privado.

-Pues yo creo que no –dijo Harry, impasible.

-Muchacho –Scrimgeour apretó los dientes –no me desobedezcas o haré que te detengan por obstrucción a la justicia mágica.

-Harry –musitó Hermione dando un apretón en la mano a su amigo –ve con él, será lo mejor.

Harry sostuvo fríamente la mirada de Scrimgeour durante unos largos segundos, y finalmente echó a andar hacia las puertas del Comedor, seguido del Ministro. Poco a poco, el silencio tenso se rompió y todo el mundo comenzó a murmurar y a juntarse en grupos para hablar de lo ocurrido.

-Hermione –dijo Ginny apareciendo al lado de la castaña –por fin te encuentro –sonrió, aunque su sonrisa era triste –vamos, creo que tienes muchas cosas que contarme –añadió con picardía –Por ejemplo¿quién es ese rubio tan guapo que te creció del brazo?

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Scrimgeour salió por las destrozadas puertas de Hogwarts, golpeando el suelo con rabia con su bastón de madera. Evidentemente estaba enojado, casi tanto como Harry. La conversación –o más bien discusión- que habían mantenido no había dejado contento a ninguno de los dos. El Ministro había tratado de convencer a Harry para que "retocara" un poco la verdad y saliera ante la prensa declarando que había ido a Hogwarts para protegerlo del ataque por orden del Ministerio. Harry, furioso, se había negado y le había echado en cara no haber hecho caso de las advertencias del ataque a Hogwarts, abandonado a los alumnos a su suerte. Después de varios fútiles intentos, tentativas de intimidación por parte del Ministro y respuestas secas por parte de Harry, Scrimgeour se había ido no sin antes prohibirle hacer declaraciones a la prensa. Harry no tenía ninguna intención de hacerlas y sospechaba que de haberlo intentado, sus declaraciones habrían sido censuradas, pero le ofendía terriblemente que el Ministro en lugar de reconocer su error se empeñara en taparlo.

Cansado y enfadado, Harry se apoyó contra una de las paredes del hall que habrían sobrevivido relativamente indemnes al ataque.

-¿Yo también tengo que pedir audiencia para hablar contigo? –preguntó Ginny, sobresaltando al moreno.

-Ginny –murmuró él, sintiendo que el cansancio se multiplicaba y caía sobre sus hombros como un peso imposible al verla, sola, en medio del pasillo. Porque en ese momento, en ese jodido momento, lo único que le apetecía hacer en el mundo era abrazarla y hundir la nariz en las guedejas de fuego de su pelo, para respirar su aroma a flores y tal vez, sentir que todo podría salir bien. Pero no podía. Mejor dicho, no debía. Porque tenía una odiosa cicatriz en la frente y una responsabilidad, y no podría descansar hasta que se encargara de ella.

-Sé que no debo preguntarte acerca de la misteriosa misión en las que andáis metidos tú, mi hermano y Hermione –dijo la pelirroja, sin acercarse –y tampoco voy a tratar de convencerte de que vuelvas conmigo porque sé que no ha cambiado nada desde junio. En el andén te dije que te esperaría, pero ¿me está permitido al menos preguntar cómo van las cosas?

Harry se incorporó de la pared y se movió, como si quisiera acercarse a la chica, pero finalmente se detuvo en el sitio. Sería más prudente mantener las distancias.

-Sólo queda la última fase de la misión y podremos destruir a Voldemort –dijo con voz neutra.

-Genial –murmuró Ginny, pero del tono de su voz y de la expresión de su rostro se deducía que nada era genial. Harry sabía que podía perderla en la espera y que posiblemente no volvieran a verse en mucho tiempo. Y decidió, por un solo minuto, olvidarse de su misión, de los demás, lo que todos esperaban de él, y fue egoísta. Por una vez.

Porque recorrió la distancia que le separaba de Ginny, la sujetó por la nuca y la besó sin que ella hiciera nada para impedirlo. Porque se abandonó en su boca y reposó en ella todos sus problemas, toda su tristeza, toda su carga. Porque olvidó la cicatriz, su nombre, su historia y que alguna vez había conocido a Lord Voldemort. Porque, joder, después de todo era un adolescente, aunque la mayor parte del tiempo se sintiera un adulto contra su voluntad.

Porque necesitaba a Ginny Weasley.

Después de lo que podría haber sido una hora o diez segundos, Harry se apartó de su boca y la miró a los ojos marrones.

-Cuando la guerra acabe, volveré a por ti –dijo soltándola, y después, silenciosamente, regresó al Comedor, siendo de nuevo elniñoquevivió.

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Eran casi las tres de la madrugada cuando el trío regresó a Grimmauld Place, cansado y sucio. La muralla y el castillo habían sido reparados, los alumnos enviados a dormir, los cuerpos recogidos y los heridos atendidos. Los tres amigos cerraron la puerta en silencio, y después de una despedida silenciosa en el primer piso, Hermione continuó subiendo las escaleras hasta el tercero. En realidad, ya antes de llegar al pasillo donde se encontraba su habitación y verle plantado en medio, había sabido que Draco estaría despierto, esperándola. Tenía el mismo aspecto que cuando había dejado el castillo: el pelo revuelto –más si cabe-, un rasguño en la mandíbula que evidentemente no se había mirado, manchas de polvo en el rostro y suciedad en la camisa negra y arrugada. Los ojos grises relumbraban en el rostro sucio y marcado, observándola desde el marco de la puerta de su habitación.

Hermione trató de esbozar una sonrisa, pero fracasó en el intento. Ahora que al fin había dejado de curar a los heridos, consolar a sus compañeros y ayudado a reparar el desastre en el que se había convertido Hogwarts, no sabía qué hacer consigo misma para que las terribles imágenes de sus compañeros muertos, de su profesora de Aritmancia, de Mundungus, no la derribaran.

Incapaz de hablar, cruzó el pasillo hasta Draco y le abrazó. De inmediato, él olvidó su expresión de irritación y molestia, y la rodeó con sus brazos, absorbiendo con su cuerpo cada vibración, cada estremecimiento del de Hermione contra su pecho. Ella comenzó a llorar calladamente, por la guerra, por los caídos, por el miedo que había pasado.

Él la estrechó con fuerza, apretó los labios contra su pelo enmarañado y esperó. Esperó hasta que ella logró tomar el control de sus emociones y serenarse, entonces la soltó y Hermione se apartó un poco para poder mirarle a los ojos, con los suyos húmedos aún. Draco le sujetó el rostro empapado con las manos y la besó brevemente en los labios.

-Hermione –susurró mirándola fijamente.

-¿Sí?

-Estás horrible –dijo con sentimiento. Ella río calladamente y sus ojos brillaron.

-Gracias, Draco –murmuró con humor –sin duda, sabes cómo halagar a una chica. En cambio, tú estás guapísimo.

-Soy guapísimo –la corrigió –y ahora vamos.

-¿A dónde? –preguntó Hermione desconcertada, mientras él la guiaba hacia el fondo del pasillo.

-A bañarnos.

-¿Bañar…nos? –repitió ella enrojeciendo. Lejos de irritarle, a Draco le encantó ese tono mojigato y el rubor puritano en sus mejillas. No se molestó en responderle, tan sólo se giró lo justo para lanzarle una mirada que era toda una declaración de intenciones, y después continuó andando hacia el baño, llevándola tras él.

Hermione le siguió en silencio, avergonzada.

El agua caliente caía sobre la superficie de la bañera de cobre con patas labradas con la forma de serpientes, emitiendo un suave halo de vapor. El espejo del tocador estaba empañado, opacándolo por completo con la única excepción de un rayón de una humedad. Como si alguien hubiera pasado una mano sobre el cristal.

En el fragmento libre de vaho se reflejaban dos figuras entrelazadas, con las bocas unidas. Una completamente oscura, la otra en vaqueros y con un jersey granate arrugado sobre el abdomen. Había algo salvaje, casi rudo en su manera de tocarse, de tirar de la ropa como si fuera un inútil invento, un simple estorbo en el contacto entre sus cuerpos. Había algo dulcemente desesperado, amorosamente ansioso en el modo en que las bocas se buscaban y encontraban, hundiéndose la una en la otra como si quisieran traspasar las barreras físicas para fundirse en un solo ser.

Cuando Hermione había regresado a la mansión Black, lo último que había pensado hacer era acabar besando a Draco del modo en que lo estaba haciendo, pero lo cierto era que cuando él la tocaba, todo lo demás parecía alejarse y quedar apartado hasta que volvía a soltarla y pasaban unos segundos. Y después de la batalla, después del caos, del miedo, de la tristeza, necesitaba olvidar. Necesitaba estar con él, tocarle, y saber que había estado a su lado en todo momento, que se había enfrentado a todo con ella. Por ella.

Él tiró de su polvoriento jersey y Hermione se apartó de su boca el tiempo necesario para que Draco le sacara la prenda por la cabeza. Volvieron a besarse y las manos de la chica se aferraron a los botones de su camisa, desabrochándolos y haciéndolos saltar a partes iguales. Pronto, la prenda quedó abierta y Hermione coló sus manos bajo la tela, acariciando el pecho blanco y firme, surcado por cicatrices. Deslizó la palma de sus manos desde el abdomen, por los pectorales y subió hasta los hombros, apartando la camisa. Draco estaba mareado, apenas podía respirar si ella le besaba y le tocaba a la vez, pero la asfixia no era algo que le preocupara en esos momentos. Echó los hombros hacia atrás y tironeó de las mangas de su camisa, enviándola a algún lugar del cuarto de aseo. Qué importaba.

Sus manos blancas de dedos largos se colaron por la cintura del pantalón de Hermione y su boca ahogó el gemido que la chica soltó al sentir el contacto con su piel. Y ése, exactamente ése, fue el punto de inflexión.

Los últimos rastros de cordura, conciencia o suavidad, desparecieron. La locura, la pasión y la desesperación ocuparon su lugar, y desabrocharon, tironearon, rasgaron y arrancaron las últimas prendas que los separaban que pasaron a formar parte de la decoración del baño. Gimiendo, él la alzó tensando los músculos de sus brazos, y Hermione se enredó con él automáticamente, rodeándole con brazos y piernas.

Draco caminó a ciegas, sosteniéndola, besándola, estrechándola, guiado tan sólo por el sonido del agua cayendo, hasta que sus rodillas se toparon con los bordes de la bañera. La soltó y Hermione tomó pie dentro de la tina, sintiendo el agua lamer su piel hasta casi las rodillas.

Se sentía delirante y temblorosa, anhelante, enajenada, deseosa. A duras penas pudo contener el impulso de aferrarse a él mientras Draco entraba en la bañera. Él se arrodilló y con las manos húmedas y cálidas, la cogió por las caderas y tiró de ella. Hermione quedó arrodillada frente a él y Draco le hundió las manos en el pelo, besándola, instigándola con su lengua hasta que ella le hundió los dedos en la espalda, temiendo perder el equilibrio. Se besaron, se exploraron y acariciaron, extendiendo el agua caliente y humeante sobre sus cuerpos, humedeciendo cada rincón seco, purificándose, librándose de los rastros de la batalla, de la maldad, de los bandos.

Draco la hizo recostarse contra el respaldo de la bañera y la besó en la barbilla, lamió su cuello y saboreó sus pechos, arrancándole gemidos y estremecimientos, contrayendo su abdomen hundido bajo el agua mientras con las manos recorría el interior de sus piernas, sumergidas. Hermione estaba completamente mareada, apenas podía ver nada a través de sus pestañas entrecerradas, pero tenía la clara sensación de que todo daba vueltas a su alrededor. Apenas era capaz de moverse o hacer algo más que dejarse querer y reaccionar a las caricias de Draco. Por eso cuando él la incorporó y la alzó para colocarla sobre él, Hermione apenas fue consciente. Hasta que unieron.

Las cálidas aguas ondeaban entorno a sus cuerpos fundidos, brillantes por la humedad bajo la titilante luz de las lámparas de gas. Se apartaban y se volvían a encontrar, aferrados el uno al otro, encajados como dos piezas de un puzzle.

Hermione tenía los ojos fuertemente cerrados, pero cuando los abrió, estremecida, se encontró con los grises de él, mirándola como si quisiera hacerle el amor también con ellos. Y se sintió poseída por un sentimiento, por una energía tal, que sintió la necesidad de estrecharlo, de tocarlo y apretarlo hasta dejarlo sin respiración. Enfebrecida, le arañó la espalda, le besó en los labios y mordisqueó la línea de su mandíbula sin dejar de moverse a su mismo compás. Draco ahogaba suspiros roncos que la enardecían y hacían que tuviera la sensación de que de un momento a otro estallaría. De placer, de amor, de sentir.

Y un cuando el clímax llegó, fue tan desbordante, tan violento y apasionado, que Hermione hundió los dientes en el hombro de Draco, intentando no explotar. Él la siguió con un último movimiento de caderas, ahogado por el placer, excitado por el dolor, abrumado por las sensaciones.

La superficie de agua se calmó, meciendo dos cuerpos desnudos y abrazados. Hermione tenía los ojos húmedos, al borde de las lágrimas, extenuada, colmada y lánguida. Sus brazos se habían aflojado en torno al cuello de Draco y apoyaba la frente en su hombro para sostenerse. Él, recuperándose aún, deslizaban rítmicamente su mano por la espalda de la chica, delineando cada una de sus vertebras.

Se mantuvieron así, abrazados en silencio, durante unos momentos eternos y efímeros.

-Te quiero –murmuró ella y Draco le besó una oreja, ahogado por una rabiosa alegría posesiva.

No volvieron a hablar durante unos minutos, posiblemente porque ninguno se sentía capacitado para decir nada coherente, pero poco a poco, Draco comenzó a volver en sí y deseó hacerle todas las preguntas que se había hecho a sí mismo mientras la esperaba con impaciencia y miedo.

-¿Qué pasó cuando me fui? –murmuró. Hermione tardó unos segundos en contestarle pero cuando lo hizo le relató cómo habían acabado con la última resistencia ayudados por los aurores del Ministerio. Le explicó que parte de éstos habían desaparecido persiguiendo a los mortífagos, licántropos y gigantes que se habían dado a la fuga mientras el resto se ocupaba de detener a los supervivientes. También le habló de aquellos que habían caído, de la aparición de Scrimgeour y las declaraciones que según Ginny, Parkinson había hecho a los aurores.

-Esa zorra –masculló Draco, furioso.

-No digas eso –le censuró Hermione, acariciándole el hombro con su aliento –imagino cómo debió sentirse al vernos juntos. Ella siempre estuvo loca por ti.

-Pansy nunca fue nadie –dijo él con crueldad, aferrándose aún más a Hermione.

-De cualquier modo –prosiguió Hermione ignorando deliberadamente sus palabras y la extraña sensación de algo parecido a retorcida alegría que sintió –todos los demás negaron haberte visto. Y Sean Fawcett zanjó el tema.

Draco se tensó al oír a Hermione mencionar ese nombre y apretó los dientes, marcando sus mandíbulas.

-No quiero deberle nada a ese gilipollas.

-¿Lo conoces? –inquirió Hermione apartándose para mirarle a los ojos con extrañeza.

-No más que tú –dijo él hoscamente –pero él parece interesado en conocerte a ti.

-¿De qué hablas?

-Te miraba demasiado –gruñó Draco. Hermione le miró, no sabiendo si sentirse irritada o divertida.

-Draco, eso es una tontería.

-No lo es.

-¿Estás celoso de alguien con quien ni siquiera he hablado?

Draco la miró, molesto por ese tono que le indicaba que no estaba siendo razonable. Pero lo que Hermione le entendía era que cuando se trataba de ella, él no podía ser racional ni lógico.

-No –mintió, con el orgullo herido por el modo en que ella le miraba. Hermione sonrió y le besó en los labios suavemente.

-Así me gusta –murmuró abrazándole de nuevo. Volvieron a quedarse callados durante un buen rato, mientras el agua se templaba a su alrededor. Draco irritado aún, Hermione enternecida.

-Draco –murmuró al cabo.

-Qué –masculló él.

-Gracias por venir conmigo a Hogwarts.

Draco la besó en el cuello sin decir nada, no era necesario. Porque con ella iría al fin del mundo.


Hola,

lamento el retraso pero no he tenido vida/ganas/tiempo de escribir hasta hoy. Sí todo sale como planeo, este será uno de los últimos capítulos "tranquilos". Ya hemos sabido quienes han muerto durante la batalla, me ha dado mucha pena cargármelos, pero alguien tenía que morir si pretendo que el fic tenga cierto realismo -no todo puede ser de color de rosa-, Pansy ha delatado a Draco pero no ha valido de nada, ella y sus compinches no han sido expulsados aunque su estancia en el colegio no será precisamaente feliz a partir de ahora y Hermione y Ron han hecho las paces. Scrimgeour ha tratado de intimidar a Harry y le ha prohibido hablar y creo que de eso podéis deducir lo que va a pasar ahora con la noticia del ataque a Hogwarts. ¿Nos libraremos de Scrimgeour como Ministro¿Se apañará para conservar la cabeza sobre los hombros? Por último, Hermione ha regresado a casa donde Draco la esperaba -el pobre ha tenido que huir- y han tenido un momento pasteloso, que ya tocaba. A partir de ahora, no sé muy bien por dónde irán las cosas con la historia, tengo que organizarme y pensar los siguientes pasos pues esta parte no la tenía muy clara -y sigo sin tenerla clara -por lo que es posible que tarde un tiempo en actualizar.

Acabo el trabajo el martes, aunque seguiré yendo a la ludoteca de vez en cuando a echarle una mano a mi amiga y para ver a los niños porque los voy a echar de menos :( Aparte de eso, no estoy en mi mejor momento personal y no sé si tendré ganas de escribir, así que os aviso por si tardo más de lo normal para que nadie se preocupe.

Un saludo muy grande a las chicas del foro Dramione, sé que os tengo abandonadas pero no tengo ánimo para pasarme por allí y tener vida social. Podéis pasaros por mi LJ si queréis saber más.

Por cierto, antes de que se me olvide, aquí está la dirección del fotolog de Lalita Malfoy con el fan art que hizo inspirado en Dormiens: www. fotolog. com /lalita (barra baja) malfoy . Hablando de eso, muchísimas gracias a Irianna por el gráfico que hizo inspirado en el fic, estas cosas me hacen mucha ilusión.

Creo que eso es todo. Sólo daros las gracias más grandes por no abandonarme. Hoy no tengo ánimos para agradecimientos especiales ni sobornos, pero ya he enviado a un Draco y una bañera para todas las que sé que lo esperan.

Ahora en serio, muchísimas gracias por leerme y tener paciencia conmigo. Cuidaos mucho.

Con mucho cariño, Dry!