Disclaimer: Los personajes de 31 minutos no me pertecen, son propiedad de Álvaro Díaz, Pedro Peirano y el Estudio Aplaplac. Yo sólo estoy haciendo una historia corta con un OC cualquiera.


Sábado a la media noche, en alguna parte de Santiago, había una luz prendida que destacaba entre todas las ventanas oscuras y cerradas. Ahí, en un sité, si la gente no salió de fiesta, pues deberían estar durmiendo. Sin embargo, siempre hay excepciones, como aquel departamento encendido del cual se oían unos violentos gritos.

– ¡ME VAS A OBEDECER! ¡PORQUE SOY TU PADRE! – ordenaba iracunda una voz.

– ¡NUNCA FUISTE MI PADRE CUANDO NACÍ, MENOS LO SERÁS AHORA! – contestaba otra más aguda, llena de rabia.

Por más terrible que suene, era común que tales gritos se escucharan desde ese apartamento, sobre todo el fin de semana.

– ¡¿AH SÍ?! ¡¿Y ENTONCES QUIÉN ES?! ¡¿ÉL?!

– ¡DEFINITIVAMENTE SERÍA MEJOR PAPÁ QUE TÚ!

– ¡ENTONCES ÁNDATE CON ÉL! ¡AGARRA TUS COSAS Y VETE, A VER SI ESE IMBÉCIL TE RECIBE!

– ¡PUES, CON GUSTO! – declaró la vocecita, cesando su eco por un momento.

La dueña de la voz fue a buscar un bolso a su habitación y volvió al mismo lugar, con él en el hombro.

Nunca desarmaba su maleta cuando estaba en aquella vivienda. No le daba seguridad alguna.

Se paró en frente del tipo con quién estaba discutiendo, apretando muy fuerte los puños.

– ¡Y EL TAL "IMBÉCIL" ES TU HERMANO!

Después de lo dicho, salió a paso furioso del apartamento y cerró de un portazo el umbral, apoyándose en este con pesadez.

Un fin de semana como cualquier otro: discusiones, gritos, desastres y noches de cerveza, con la diferencia que esta vez la echó de la casa. Siendo sinceros, quería irse de ahí. Quería propinarle un golpe, agarrar sus cosas e irse, sólo que no podría hacerlo por su cuenta. No, no podría porque, al llegar a su casa su madre le diría que tendría que devolverse inmediatamente, pues, "era su padre y debía hacer el esfuerzo".

Hubiera sido incluso mejor si la golpeara, así se lo mostraría a su mamá y lo denunciarían. Después irían a juicio y le darían la custodia completa a su progenitora, más una orden de alejamiento para ese animal. Así no lo tendría que ver más.

Pero, bueno. No era lo suficientemente maquiavélica o loca como para provocarlo. Además, por más bárbaro que fuera, él nunca la golpearía.

Sin embargo lo detestaba, junto a su departamento, del cual no estaría cerca ni un segundo más

Se despegó de la puerta y se dirigió a las escaleras, bajándolas con rapidez. Una vez llegó al primer piso del edificio, se encontró con la reja principal.

Se palpó los bolsillos de su chaleco y se dio cuenta que no se llevó las llaves.

– Argh… Al demonio.

Lanzó el bolso por el otro lado de la reja y acto seguido, se trepó a esta. Con gran agilidad se pasó al otro lado y saltó; pues, no recorrió todo Arica para nada.

Tomó otra vez la valija y caminó hacia un árbol cercano. Ahí estaba su querida bicicleta, encadenada como preso con grilletes. Se puso a girar los minúsculos cilindros de metal en el candado de la cadena hasta que dio con la combinación, haciendo que el aparatito se soltara. Luego quitó la cadena y la soltó con desgano dentro del canasto, al igual que su bolso, para después mover su vehículo del árbol.

Se posicionó en la bici, sin subirse a ella y se volteó a ver, por última vez en la noche, la casa del tormento, mientras se colocaba el casco.

De alguna manera, un sentimiento de ira la invadió con tan sólo ver la sucia ventana del apartamento. Su ceño fruncido y sus dientes rechinando eran evidencia de ello.

Se colocó las manos en la boca, con forma de megáfono y gritó.

– ¡ERES UN VIEJO CONCHE…!

Y con esta omisión a la grosería para proteger la mente de los niños, Matilda Bodoque se sube a su bicicleta y se va, dejando atrás a su padre.

-o-

Matilda Bodoque es una de las tantas y tantos sobrinos de Juan Carlos, siendo hija de uno de sus hermanos y una humana (o títere) citadina.

Ella también salió coneja, blanca con manchas rojas y melena oscura, como la de su madre. Siempre ha sido tranquila, inteligente, tímida e incluso algo sarcástica, cosa que siempre le agradó a su tío periodista. No tuvo hermanos, y lo prefieren así.

Su primera palabra fue "mamá", sorprendentemente temprano en contraste de otros bebés. Después fue "papá", aunque no se lo dijo exactamente a su papá, sino que al propio Bodoque, en un asado familiar. Ese día el progenitor hizo tanto escándalo, que la niña prefirió no volver a hablarle a nadie. Cuatro años pasaron sin pronunciar palabra alguna, hasta que su madre, llorando desconsolada, le pidió por última vez que le dijera algo.

– Ustedes no merecen escucharme, tarados.

Eso fue lo primero que dijo en cuatro años. Luego de unas risas nerviosas y otras muy del alma, no le volvieron a pedir que contestara nada.

Si ella hablaba, bien; si se callaba, bien también. Estas dos acciones sólo las hacía en el momento y lugar adecuado, y le dejaban hacer siempre que no les volviera a tratar de "tarados".

¿Y de quién iría a sacar ese vulgar vocabulario y esa actitud soberbia? Pues de nadie más que de Juan Carlos, con quien hablaba hasta por los codos.

Le contaba cómo le había ido en el colegio, cómo le gustaba tanto escuchar a Freddy Turbina y cómo los hermanos Guarennes se habían vuelto a pelear en el salón, con todos los detalles. Claro, el conejo le metía conversa también. Le contaba sobre su rutina laboral y se quejaba de Tulio constantemente. Una vez le enseñó hasta cómo apostar a los caballos, y con lo reservada que era la niña, sabía que jamás se lo contaría a su mamá.

Todos le recordaban a sus padres lo tanto que congeniaban los dos, lo tan bien que se llevaban y después lo tanto que se parecían. "Como dos gotas de agua", decían los tíos. "Son como uña y mugre", les decían los hermanos. Obviamente, esto no le hacía ningún chiste al papá.

– No se preocupe, mijito. Son hermanos, así que es normal que se parezcan. – le dijo una vez su mamá, Mitzy, para calmarle el enojo.

De todas formas, los comentarios seguían, y su molestia también.

Un día, mientras hacían unos trámites, se encontraron con Bodoque y Tulio en una calle cercana al canal. Se saludaron al cruzar la vereda y conversaron un rato corto. Todo bien hasta que al conductor se le ocurrió deslumbrarlos con su brillante cerebro.

– ¡Vaya! ¡Tu sobrina se parece mucho a ti, Juan Carlos! ¡Cualquiera diría que son padre e hija!

Y ahí se armó la grande. No inmediatamente, claro está, pero en el resto de camino nadie dijo nada hasta llegar a casa. Su padre le lanzó un comentario pesado a su mamá apenas entró y colgó las llaves. Al segundo ella le respondió con otro más desagradable. Matilda vio que era el momento de irse y encerrarse en su pieza, pues sus padres iban a discutir.

Cuando sus padres discutían, Matilda prendía la radio y subía el volumen lo más fuerte que podía. No tenían tele, así que no le quedaba otra que escuchar la sonora. Después se sentaba en su cama y se ponía a leer algún libro filosófico y avanzado para su edad. Ya había oído la misma discusión un montón de veces. No tenía la necesidad de hacerlo de nuevo.

Así pasaba toda la tarde, leyendo y escuchando la música hasta que le dolían los oídos, o hasta que su padre, a la hora justa, abriera su puerta, gritando.

– ¡¿Puedes apagar ese ruido de la radio?! ¡ES MEDIA NOCHE Y TE DEBES ACOSTAR!

Recién ahí apagaba la radio y se ponía el piyama.

Solo que ese día no le azotó la puerta y no le gritó a la media noche. Se había retrasado media hora.

Dejó el libro, se levantó y apagó la radio. Tenía los oídos algo tapados, pero claramente notaba el silencio. Salió de su pieza y anduvo por el living, dándose cuenta que no estaba ni su chaqueta, ni sus llaves.

Fue a la habitación de sus padres, la cual tenía el umbral entreabierto y ahí vio a su madre, que sollozaba desesperadamente. Acostada en su cama, intentaba permanecer inmóvil y bajar el volumen lo más cautelosa posible para que su hija no notara su pena.

Pero, para Matilda ya era evidente todo lo que pasaba.

Su padre se había ido.

Esa noche no durmió, sólo se quedó al lado de su progenitora, abrazándola e intentando consolarla, alejándola de la ansiedad y el abandono. A la mañana siguiente tenía que ir al colegio, así que salió de la pieza, muerta de cansancio, para prepararse. No obstante fue detenida escuchar una dulce voz.

– Oye, Mati. ¿Por qué no mejor te quedas en la casa y jugamos juntas?

Ya no era Matilda, era "Mati".

Y respecto a su papá, no volvió luego de esa noche. Al menos no para dormir con su madre.

En los meses siguientes se siguieron viendo. A veces la iba a buscar a la escuela y otras la llevaba a pasear al parque o al zoológico, aunque nunca le gustó mucho la cárcel de animales. Aun así sabía que lo hacía bien intencionado, por lo que nunca le dijo nada al respecto.

Él evitaba ver a su mamá, y cuando lo hacía era para hacer un trueque de papeles. Nada más que eso.

– No le vayas a decir a nadie sobre esto. Menos a tu tío.

Eso le ordenó su mamá, una vez que iba a dejarla en la casa del periodista. Sabía que con él se las hablaba todas, así que le hizo prometérselo con el meñique y todo.

Iba a ser la primera vez que acompañaría al reportero en la Nota Verde. La Planta de Tratamiento de Aguas era su destino y el conejo pensaba que le emocionaría a la niña aprender algo de consciencia medioambiental, sólo que… ese día no estaba muy animada.

Al contrario de lo usual, Matilda estuvo muy callada detrás del camarógrafo y no le comentó absolutamente nada sobre el viaje.

Primero le preguntó cómo le estaba yendo en el colegio. Ella contestó: "Bien".

Después preguntó cómo va todo en casa. Le contestó: "Bien también".

Gotita, la experta en aguas, les hablaba sobre los procesos para limpiar el agua. Ella decía: "Sí", "No" , "Bueno" e "Interesante".

No eran las respuestas de una niña suspicaz como ella.

Al terminar de grabar la nota, cerca de la tarde, se sentó junto a ella y le preguntó si le pasaba algo. La expresión de la niña no era muy agradable y veía que en cualquier momento iba a quebrarse.

Ahí rompió su promesa, y fue la primera y única vez que lo hizo.

Porque después de eso, explotó la bomba.

Toda la familia se enteró de lo que pasaba con la pobre Matilda, su mamá y su padre irresponsable. Al menos para la mayoría era así, porque para otros, su hermano jamás haría tal cosa y "la tipa" debía ser una arpía. Sorprendentemente, varios de la familia las apoyaron, sin embargo, quien destacaba entre todos era Bodoque, quien ahora ayudaba a su mamá hasta con las compras.

Nunca comprendió por qué, siendo que el otro era su hermano, pero se lo agradece con todo el alma.

La iba a buscar y a dejar al colegio, le ayudaba con las tareas y la cuidaba cuando su mamá trabajaba en la tarde. Hasta que un día, cuando le tocó a él trabajar también, se la llevó al canal.

Ahí comenzó su travesía por 31 Minutos. Ese día que pisó por primera vez el estudio, fue cuando todos la conocieron y la adoraron, o al menos la mayoría.

– Si el Sr. Manguera se entera que la trajiste… ¡Te va a despedir, Bodoque! – le mencionó Juanín.

– Ya lo sé, Juanín. No me estés recordando lo obvio. – le regañó en su sarcástico tono.- No tengo donde dejarla. Su mamá está trabajando.

– ¿Entonces, qué vas a hacer, Juan Carlos? – le preguntó Tulio.

– No lo sé. Tal vez deba aceptar mi horrible destino.

Matilda se dio cuenta de lo aproblemado que estaba su tío, por lo que se hizo escuchar.

– Puedo irme a mi casa si tienes muchos problemas. Mamá dejó para la once en el refri.

– ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Prefiero que el Sr. Manguera me despida a que me mate tu madre!

– Bueno. Será mejor que encuentres un escondite rápido, Juan Carlos, porque va a empezar el programa y no quiero me despidan por evitar tu despido. – dijo otra vez el conductor, siempre viendo por su lado.

– Mejor cállate, animal. Ayúdame a buscar un escondite. – le habló, molesto.

– ¡Y será mejor que lo hagan pronto, porque…! ¡Estamos al aire! – anunció Juanín.

Bodoque tomó a la niña y la escondió debajo del mesón del estudio. Tulio, por su parte, comenzó a anunciar el programa para "disimular".

– Quédate ahí y no hagas ruido hasta que encontremos un lugar mejor. – le susurró el conejo, por debajo de la mesa.

Ella asintió y ahí se quedó, quieta como un poste. Veía pasar a cada miembro del programa, un par de pasos locos correr delante suyo, y uno que otro cuerpo, cayendo inconsciente, no obstante, no movió ni un pelo hasta los comerciales. Cuando estos iniciaron, el periodista le hizo una seña para que saliera.

– Lo has hecho muy bien hasta ahora. Sigue así y te llevaré al hipódromo cuando salgamos. – le felicitó el conejo.

– ¡Pero no puedes dejarla ahí todo el día, Bodoque! ¡Y menos llevarla a las carreras de caballos! – le regañó el mono rayado.

– ¡¿Ah no?! ¡¿Y por qué no?! – le respondió, ofendido.

– ¡Porque en cualquier momento habrá un desastre, así como vamos!

– ¡Y el Sr. Manguera nos puede descubrir! – agregó Juanín.

– Argh… está bien. – se resignó el apostador. – Entonces ayúdenme a encontrarle otro escondite.

Mientras discutían, la atención de Matilda fue captada por unos seres que se movían de aquí para allá, detrás de una gran ventana.

Esos seres parecían trabajar en computadores y fichas. Parecían, porque no lo estaban haciendo realmente. Su morfología alienígena y su forma de pino de bolos era lo que más le picaba la curiosidad.

¿Serían realmente alienígenas? ¿O sólo eran otros títeres? Pues, nunca lo sabrá si no va con ellos.

– ¿Qué tal si me escondo allá? – señaló.

Ahí, los tres se detuvieron y la miraron con incredulidad.

– ¿Allá con los tramoyas? – preguntó la bola peluda.

– Bah, qué estupidez. – soltó el conductor.

– En realidad no es tan mala idea, Tulio. – defendió a su sobrina.

– Entonces será mejor que lo haga antes de que llegue…

– ¿Antes de que llegue quién, Tulio? – se escuchó al otro lado una voz galante y grave, que usualmente se aparecía por el estudio cuando se le daba la reverenda gana.

– ¡AY! ¡Sr. Manguera! – chillaron los tres.

Al escuchar el nombre, la niña se asustó y salió rápidamente de los márgenes del estudio, para que el empresario no la viera.

Sin darse cuenta, se interiorizó en las entrañas del canal, perdiéndose entre los pasillos, las cámaras y las luces. Pasaba por varias salas y se encontraba con un sinfín de empleados de distinta clase. Desde un reportero chihuahua hasta el empleado del aseo, todos extrañados y enternecidos por su presencia. Ella también estaba maravillada por el mundo del espectáculo y los curiosos personajes que la rodeaban, cuando de repente, se dio cuenta que no sabía cómo volver.

No entró en pánico, pero se preocupó, sobre todo porque a su tío no le haría gracia el hecho de que se haya perdido.

Y él, por cierto, estaba muy ocupado en lamerle las botas a Eusebio Manguera.

– Así que no se preocupe, jefecito.- le decía Tulio, muy condescendiente. – Aquí no hay ningún problema relacionado con una niña escondida de usted.

– Cállate, idiota. – le golpeó el conejo en el hombro. El otro soltó un quejido.

– Muy bien. Más les vale. – se convenció el dueño. – Ahora, vuelvan a trabajar. – ordenó, para darse media vuelta e irse.

Una vez se disipó su presencia, los otros tres suspiraron, aliviados.

– Tuvimos mucha suerte esta vez, pero se dará cuenta a la próxima. – masculló el productor.

– Muy bien, Mati. – afirmó Bodoque, volteándose a la tras suya. – Ahora te esconderemos con los… – se detuvo, pues se dio cuenta que la niña no estaba. – ¿Mati? ¡¿Mati?!

– ¿Qué pasó? – preguntó ingenuamente el mono.

– ¡Ya no está, Tulio! ¡Desapareció!

– ¡Ooh no! – exclamó el otro de manera exagerada.

– ¡Tenemos que encontrarla! ¡Sino seré conejo muerto!

El programa siguió al aire, sin embargo, la atención ahora estaba en la sobrina perdida de Bodoque, quien estaba en alguna parte del inmenso canal. Los reporteros, camarógrafos, maquillistas, ayudantes y quien sabe quién más estaban buscando a la conejita de ocho años por todas partes. Hasta el mismo Tulio terminó por meterse en el embrollo.

Incluso Policarpo manifestó malestar por la situación.

– ¡Top, top, top, top, top, top!

– ¡¿Qué te pasa, Policarpo?! – le preguntó el conductor.

– ¡Me pasa cada vez que hay una niña perdida en el estudio!

La búsqueda continuó, junto al ritmo del Ranking Top hasta que finalizó el programa. Juan Carlos finalmente la encontró en los vestuarios. Se encontraba jugueteando muy alegremente con los trajes de Cossimo Gianni, alegría que se acabó con el medio reto que le pegó.

– ¡¿Sabes que me hubiera ocurrido si no te hubiera encontrado?!

– ¿Te despedían? – preguntó ella, apenada.

– ¡Esa sería la menor de las preocupaciones! – admitió. – ¡La peor parte sería enfrentarme a tu mamá y esperar a que me haga charqui!

Matilda bajó la mirada con tristeza, junto a sus orejitas, cosa que alteró al reportero.

– Estás enojado… ¿Verdad?

Miró su expresión y al instante tuvo ganas se pegarse a sí mismo una bofetada. Con lo mal que ella lo estaba pasando en su casa y se le ocurre decirles tales estupideces.

– No, no estoy enojado… – se rindió y le abrazó.

La jornada laboral terminó y se fueron a su casa. Su mamá le estaba esperando con un kuchen de manzana que había comprado en el camino y té.

Juan Carlos le confesó con vergüenza y miedo que Matilda se había perdido en el canal. No lo hizo charqui, por suerte, pero se enfureció con él y, de hecho, no le dio kuchen como castigo.

Al día siguiente la volvió a llevar, esta vez escondiéndola junto a los tramoyas.

– Esta es mi sobrina Matilda. Deben esconderla del Sr. Manguera. – les explicaba con seriedad. – Así que, si le pasa algo, se van arrepentir.

Una vez dijo esto, se dio media vuelta y se retiró, dejando a la conejita sentada en un escritorio.

Los títeres alienígenas se amontonaron, con gran curiosidad, frente a la niña que había protagonizado el programa de ayer con su incesante búsqueda. Ella sólo se encogió en su asiento. Le avergonzaba recibir tanta atención.

– ¿Así que tú eres la sobrina de Bodoque? – preguntó con mucho interés uno de ellos.

– Eeh… Sí. – afirmó con incertidumbre y nerviosismo.

Los tramoyas suspiraron con notable asombro ante la obvia revelación. La niña, en cambio, sólo jugaba muy inocentemente con sus dedos.

– ¿Y ustedes? ¿Cómo se llaman? – desveló entre su timidez.

Ahí todos se quedaron mudos. Pocas eran las veces en que alguien les preguntaba sus nombres.

– Yo soy Benjamín Listillo. – contestó uno.

– Yo soy Serafín Juanillo. – habló otro.

– Y yo Valentín Trujillo. – masculló el siguiente.

Así las presentaciones siguieron y siguieron, al punto en que todos los tramoyas les dijeron sus nombres. La conejita los escuchó muy atentamente a cada uno, poniendo en práctica su impresionante memoria, y con eso surgió la ansiada conversación, al menos de parte de ellos. En cosa de minutos ya los había encantado con su pequeñez y su innata habilidad de oyente.

Es día no hubo novedades. No en la parte posterior de estudio. Al final de la jornada se despidió muy entusiasta de los tramoyas y después su tío se la llevó a su casa.

A la otra mañana la volvió a traer, luego a la siguiente y a la que va después de esa, también. En tres días ella ya había agarrado la confianza suficiente para responderles, y a la semana ya se había vuelto amiga de los simpáticos títeres. Se aprendió todos sus nombres y los saludaba a todos de a uno, cosa que a los funcionarios los hacía sentir especiales, como si no fueran unos simples pinos de bolos que los tenían en el canal por costumbre.

Bueno, alabado sea ese talento de los niños para hacer amigos en segundos.

Bodoque terminó por traerla a todas las jornadas laborales posibles, dejándosela a cargo a los tramoyas. Nadie notaba nunca su enano ser de ocho años, así que, por lo visto sabía esconderse bien sin hacer esfuerzo alguno.

A Matilda le encantaba estar ahí, no sólo por ser un canal lleno de estrellas, sino porque el estudio era un remolino de emociones. Siempre pasaban cosas muy locas, de las cuales no era la protagonista, pero se conformaba con mirar. Definitivamente prefería mirar, pues era muy tímida como para tan sólo pensar en la idea de aparecer en una cámara.

Sin embargo, los tramoyas no fueron su única compañía. Los otros empleados también quisieron conocer a la misteriosa sobrina de Juan Carlos, por lo que, de vez en cuando iban a la parte posterior para hablar con ella. Ya sea por saber de su vida o por sacarle algún defecto del conejo rojo, siempre había tema de conversación. El primero fue Juanín, luego fue Mario Hugo; después Policarpo, Raúl Guantecillo, el Balón Von Bola, y así, el último en hacerlo fue Tulio, aunque este no quiera admitirlo. Los empleados del canal dejaron de ser solamente eso, para pasar a llamarse "tíos".

Aunque, el plan perfecto no duró para siempre. Conforme fue pasando el tiempo, ella fue creciendo, así que su diminuta estatura dejó de ser diminuta. Como se podía ver en las cámaras, tuvo que comenzar a esconderse debajo de los muebles. Cuando ya no cabía debajo de ellos, los tramoyas tuvieron que amontonarse alrededor de ella, y cuando ellos ya no pudieron cubrirla sin que se viera obvio, tuvieron que hacerlo los que estaban en el mesón, disimulando.

Ya cuando los programas estuvieron lo suficientemente extraños (sí, más de lo normal), el Sr. Manguera se apareció por el estudio para ver qué demonios les ocurría a sus empleados.

– ¿Se puede saber qué es lo que les ha picado últimamente? – preguntó el empresario con su galante tono.

– No es nada, Sr. Manguera. – negó el apostador. – Solamente es un resfrío que nos contagió Tulio.

– ¡¿Yo les contagié un resfrío?! – exclamó el conductor con completa confusión.

Bodoque lo golpeó en la cabeza para que espabilara, provocando un quejido en el otro, y la sinapsis de sus escasas neuronas.

– ¡Oooh! ¡Claaro! ¡Es cierto, jefecito! – afirmó realizando gestos exagerados. – ¡Me agarré el resfrío cuando…! Cuando… – masculló mirando para todos lados y buscando una excusa. – ¡Cuando fui a acampar con Juanín! ¿Cierto, Juanín?

El resto se llevó la mano a la frente y suspiraron con hastía, en respuesta de su estupidez.

– No puedo seguirte la corriente con eso, Tulio. – le respondió la bola peluda.

– ¿Ah no…?

– No, Tulio. Ni yo puedo creerte tu nefasta mentira. – negó el conejo.

– Sabemos que no acampas desde la manada Apumanque. – agregó Policarpo.

– No me importa cuando fue la última vez que Tulio acampó, sino qué está pasando en este estudio. – les reclamó, ya molesto.

– Bueno… me encantaría contarle, Amo y Señor… – masculló el chimpancé. – Pero, creo que Juanín tiene algo que decir. – señaló al productor.

– Eemm… Usted sabe que se lo explico al instante, Sr. Maguera. – siguió el otro. – Pero antes, Policarpo va a decirle algo. – señaló al crítico de espectáculos.

– Yo con gusto lo haría, aunque… – continuó este. – Bodoque es quien realmente tiene que decirlo.

Al reportero se le comenzaron a salir las gotas de sudor frío al escuchar su nombre. No sabía si por la traición de sus compañeros, su posible despido o la integridad de su sobrina. Aun así, el miedo estaba.

– ¿Y bien, Bodoque? ¿Qué tienes que decir? – le insistía el Sr. Manguera.

– Argh… Bien. – se rindió, entregándose a las circunstancias. – Temo confesar que he estado trayendo a mi sobrina al canal, y a escondidas de usted. – reveló con tono poético. – Y antes de que me diga nada, le informo que estoy dispuesto a que me despida, me haga su esclavo, me explote y luego me deje tirado en el río, pero… no le haga nada a la niña.

Sus compañeros terminaron llorando estridentemente ante la conmovedora petición. Matilda, por su parte, había escuchado cada palabra dicha por su tío, mientras se encontraba asomada por la ventana. Se sintió culpable al darse cuenta que él perdería su trabajo a causa suya.

– ¡Oooh! ¡Pero qué triste…! – sollozaba el conductor. – ¡No puede echar a Bodoque, Sr. Manguera!

– ¡Sí! ¡Él no tenía con quién dejarla! – mencionó Juanín.

– ¡Sólo estaba haciendo lo que cualquier buen tío haría! – agregó Policarpo.

– Ooh… Gracias por su defensa, amigos míos. – les habló Juan Carlos. – Pero creo que eso no será suficiente para evitar mi inevitable y vil destino.

– Ya, suficiente. – les calló el dueño, que se había cansado de tanto lloriqueo.

De pronto, se dio cuenta del pequeño ser nervioso que observaba todo desde el cubículo de los tramoyas.

– ¿Es ella? – preguntó. Todos asintieron con la cabeza.

Al verse observada, la conejita se sobresaltó y se agachó para esconderse.

– Ven aquí, niña. – le ordenó, aunque en un tono más suave.

Ella muy obedientemente salió de la parte posterior del estudio y caminó hasta donde estaban los empleados. Al llegar se acercó a su tío y le abrazó por una pierna, aferrándose firmemente al pantalón en señal de timidez. El mayor, en respuesta, le acarició el cabello.

– Ven, acércate. – le pidió el dueño.

Se aproximó hacia él, jugando con sus dedos como cuando estaba nerviosa y lo miró con preocupación.

– ¿Cómo te llamas?

– Matilda.

– ¿Y eres la sobrina de Bodoque?

– Sí, señor.

Eusebio no era un experto manejando niños, pero de que algo sabía… pues, sabía.

– ¿Por qué él te trae al estudio?

– Porque mi mamá trabaja.

– ¿Y tú papá?

El reportero inconscientemente bajó la miraba y frunció el ceño. Le habían preguntado a la niña lo inpreguntable. Para peor, no podía hacer nada al respecto.

– Él… no vive con nosotros. – contestó en un gesto triste.

Ahí el empresario comprendió el problema. El dilema de la mamá soltera. Ciertamente, hace rato que le extrañaba las actitudes del conejo, pues andaba más "tierno" de lo usual. No obstante, tampoco iba a sacar tanto su escasa empatía por ello.

– Señor… – murmuró de repente ella, mirándolo. – No despida a mi tío, por favor.

Todos se enternecieron ante su expresión apenada. Como si hubieran visto a un perrito mojado que pedía comida.

– No te preocupes por eso. – se resignó al final el Sr. Manguera. – Si te quedas callada y no haces problemas cuando el programa se grabe, podrán quedarse los dos.

– ¡¿En serio?! – cuestionaron los presentes a coro.

– Sí. Ahora sigan con el programa. – le ordenó de nuevo en tono demandante, mientras se disponía para irse.

– ¡Oh! ¡Muchas gracias, Sr. Manguera! – dijo Bodoque, verdaderamente agradecido.

– Amo y Señor. – se dio la vuelta, corrigiéndolo.

– Amo y Señor… – repitió el otro, y ahí se fue.

Desde ese día, Matilda siguió en el cubículo de los tramoyas, sin esconderse de nadie más que la cámara. Callada, tranquila y sin causar problemas, tal como lo ordenó el emperador corporativo. Había veces que salía del estudio para conversar con sus miles de "tíos" en la sala de descanso, o para explorar el mundo de las modas con Cossimo, pero siempre siguió las reglas al pie de la letra.

Con eso, el tiempo continuó, al igual que su crecimiento. Ahora estaba más alta, más sarcástica y más mayor. Había dejado de lado su timidez con las personas, aunque no dejó su pánico escénico. De todas formas, la seguía pasando bien.

También trajo hechos importantes para el canal, como la llegada de Patana. Su cursi presentación y su adorable canción y carisma cautivó a todos, incluyendo a la coneja, quién nunca había socializado decentemente con otra niña. A pesar de que al principio la pájara estaba interesada en ser contratada por su tío e intentaba impresionarlo desesperadamente, se conocieron a los días después. Era algo mayor que ella, pero lo suficientemente infantil como para llevarse bien, pues aún jugaba con muñecas y conservaba su ingenuidad; además era tan inteligente y competente como ella. Terminaron por hacerse amigas con facilidad.

Luego, comenzó a acompañar a Juan Carlos en la mayoría de sus Notas Verdes. Al inicio su mamá no estaba muy de acuerdo con la idea, no obstante, al ver que era educativo y podía salir al aire libre, le dejó hacerlo finalmente.

Y así las cosas fueron de maravilla, pasando su vida en el canal y por las regiones de Chile junto a su adorado tío. Sin duda llevaba una infancia muy feliz hasta el momento. Incluso la invitaron exclusivamente a los Policarpo Top Top Awards, como parte del público, así que no podía estar más contenta.

Hasta que, ese mismo día del evento, su mamá le retuvo en su casa para una importante charla.

– Mati, tengo que conversar algo muy importante contigo… – le dijo su progenitora, algo nerviosa.

La niña se sentó a la mesa junto a ella, esperando con aire de incredulidad.

– Bueno… esto no es fácil de decir, pero… – comenzó, dudosa. – Quiero que sepas que… que demandé a tu padre hace un tiempo.

Había leído la definición de "demanda" en algún libro, junto con las razones de por qué se hace. Tratándose de su madre demandando a su padre, infería que no era algo bueno, ni sencillo.

– Verás… Supongo que has notado que no ha venido a verte, y tampoco ha ayudado con los gastos de la casa, así que… lo demandé por pensión de alimentos y por tu custodia.

No decía nada ni reaccionaba de ninguna manera. Sólo escuchaba atentamente a la mujer.

– Esto no significa que dejarás de verlo definitivamente. Puedes hacerlo todas las veces que quieras. – le explicaba con cautela. – Solamente queremos ponernos de acuerdo con las visitas, y que ponga plata para la casa… Él también está de acuerdo, así que será rápido. Sólo falta que te vea el abogado.

– ¿Y cuándo será eso? – preguntó la niña, con completa calma.

– Bueno… Hoy.

No hubo reacción, ni palabras. Nada, ni una sola. Únicamente fue a su habitación para cambiarse el bonito y brillante vestido que llevaba por un chaleco y jeans, como solía usar. A su progenitora le asustó mucho esta acción, pues no era lo que planeaba. Esperaba que se quejara, se negara o incluso pataleara, pero no. No hizo nada de lo que un niño normal haría. De hecho, se comportó como toda una adulta.

Matilda llamó después a su tío para contarle que no iba a ir al canal y le explicó ligeramente la situación. Él lo lamentó mucho, le dijo que intentaría conseguir un autógrafo de Freddy Turbina y se lo entregaría cuando la fuera a ver. Se lo agradeció y colgó.

Al rato, fue con su madre a un café en el centro para encontrarse con el abogado y vio el programa por la tele del local, mientras él le hacía unas cuantas preguntas sobre la relación con su padre. Al final los mismos empleados se ganaron el premio, cosa que le alegró el día por un par de horas.

En los siguientes días tampoco fue al canal porque se estaba tramitando el juicio. Ahí acompañaba a su mamá a la corte o se quedaba en casa de su abuela Mitzy. Bodoque iba a verla las veces que podía, pues estaba en un periodo muy ocupado.

Al cabo de unas semanas, se concretó el juicio. Su mamá se quedaría con ella los días de semana y después se iría con su papá los fines de semana. Nada que no estuviera fuera de la realidad chilena.

Sin embargo, nunca le gustó estar con su papá. Él era un tipo difícil, pues tenía un mal carácter y no le hablaba de la manera más dulce que digamos. Siempre se quedaba en casa, pegado en su sillón, con una lata de cerveza en mano y en frente de la televisión, idiotizado. No era culto, para nada, y sus conversaciones… bueno, no eran de lo más interesantes. En resumen, era un pesado, y no se dio cuenta hasta que comenzó a quedarse en un apartamento los fines de semana.

Por suerte le alimentaba y podía sacarle provecho a su absorción por la televisión, pues podía hacer lo que se le diera la reverenda gana. Claro que no era nada ilegal lo que ella quería hacer. Sólo leía hasta una hora poco prudente y salía a algún museo o biblioteca por las tardes. Nada del otro mundo.

Aunque, no era el mejor panorama para una niña de diez años. Pero bueno. ¿Qué se le va a hacer? Así es la vida.

Así era su vida, la que le enseñó a movilizarse sola, a enajenarse en su mente intelectual, a interesarse por las maravillas del universo, a tratar de manera astuta a los adultos de dudosa moral y, principalmente, a madurar con rapidez.

De todas formas, eso no la detuvo de seguir haciendo cosas.

Siguió yendo al canal, con menos frecuencia, eso sí. Siguió compartiendo con sus "tíos", que con el tiempo dejaron de ser "tíos" y pasaron a ser "tarados". Siguió siendo amiga de Patana, jugando con ella a las muñecas. Siguió saludando a todos y cada uno de los tramoyas con sus nombres completos y siguió, por sobre todas las cosas, pasando tiempo con su tío Juan Carlos.

También hizo cosas nuevas, como andar en bicicleta apenas se la regalaron, interesarse por el medio ambiente y el empoderamiento de la mujer, fanatizarse por las caricaturas y la actuación de voz, hacerse vegetariana, ganar dinero cuidando a los perros de Mario Hugo, grabar en las Notas Verdes y un montón de cosas más.

Porque, sin darse cuenta, había cumplido los diecisiete años.

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Los pedales de la bicicleta giraban a gran velocidad, impulsados por la fuerza de la despechada coneja. Llevaba más de una hora andando por la inmensa Alameda, evitando ser atropellada por conductores borrachos y eufóricos a causa del sábado fiestero. Planeaba ir al único lugar en donde la recibirían a estas horas: la casa de Bodoque.

Sabía que le dejaría quedarse esta noche, por lo menos, y confiaba en que aún no apostaba la vivienda, así que será alojo seguro.

A menos que… no estuviera.

Cuando llegó a la casa, se dio cuenta que las luces estaban apagadas, cosa que no era normal viniendo de su tío y en un sábado por la noche. Se bajó de su bicicleta, dejándola en el piso y se aproximó a la puerta.

Tocó el timbre y esperó unos segundos, pero no ocurrió nada. Volvió a tocarlo por segunda vez. Nada. Golpeó la puerta en la tercera vez, no obstante, nadie le abrió.

Era obvio que no estaba en casa y quizás a dónde habrá salido. Pensó en llamarlo por teléfono, aunque hace mucho rato que lo apagó para evitar escuchar las insistentes llamadas de su madre. Lo que menos quería era volver a escuchar otra, pues, de seguro ya sabía que se fue.

Entonces… ¿Dónde podría estar su tío si no es en el hipódromo y siendo un sábado por la madrugada?

De la nada, se le ocurrió una idea. Seis palabras.

Fiesta en la casa de Juanín.

Corrió hacia su vehículo, lo levantó, se subió y partió en dirección a la casa de la bola peluda, sin titubear. Calculaba que llegaría en poco tiempo, ya que no estaba al otro lado de Santiago. Además aún le quedaban fuerzas para pedalear.

Se demoró unos veinte minutos en llegar a la calle. Ahí se bajó de la bici y siguió a pie, buscando alguna casa con luces parpadeantes y música a alto volumen. Pues, se sabía la calle, no el número.

Habían como tres casas en esas condiciones, pero en sólo una se alcanzaban a oír los inconfundibles gritos de Tulio. Se paró ahí y dejó su bicicleta en un árbol cercano. Una vez la encadenó a él, tomó el bolso y partió a la entrada de la casa.

Se detuvo por un momento, pensando. Tal vez no era buena idea entrar ahí, con cara larga y al punto de un ataque de ansiedad. Terminaría por avergonzar al conejo en frente de todos los funcionarios y sus compañeros de trabajo. Gran parte de ellos difundiría el chisme de que "Bodoque tiene una sobrina histérica".

Sin embargo, era peor idea volver, así que tocó el timbre de la casa y esperó a que le abrieran.

En el umbral se presentó el anfitrión de la fiesta, que se veía bastante contento, aunque, si tuviera ojos, se le verían ojeras.

Su expresión cambió a una de asombro y confusión al ver a la adolescente en su puerta.

– ¿Mati? ¿Qué estás haciendo aquí? – le preguntó de entrada. – Creí que te quedarías con tu papá el fin de semana.

Ella no le respondió, no de inmediato. Sólo le miró con tristeza, esperando su usual actitud compasiva.

– ¿Está por ahí mi tío? – dijo apenada.

De repente, Juanín divisó el bolso que traía en el hombro. Uno bastante grande como para guardar la muda de un fin de semana.

Como era de esperarse, la compasión y amabilidad lo invadieron apenas comprendió todo.

– Sí, claro. Pasa. – le ofreció, dejándola entrar.

Cerró la puerta tras suya y la detuvo a unos metros.

– Espera aquí. – le pidió. Ella asintió con la cabeza.

Se mezcló en medio de la gente que bailaba y tonteaba para buscar al reportero. Habían bastantes invitados, aunque lo pudo encontrar en medio de un montón de chicas, muy entusiasmado.

– ¡Bodoque! – le llamó primero, pero no le prestó atención. Seguía coqueteándole a las seis chicas alrededor suyo. – ¡Bodoque! – volvió a exclamar, sin respuesta.

La música estaba muy fuerte para que cualquiera lo escuchará, y el conejo, pues… muy distraído.

– ¡BODOQUE! – le gritó, ya molesto y aún así no le respondía.

La bola peluda se enojó y tomó aire para pegar otro grito.

– ¡SILENCIO! ¡PAREN LA MÚSICA! – ordenó finalmente.

Todos cesaron las voces, junto con la música que Policarpo estaba monitoreando y se voltearon a ver al productor, sorprendidos.

– ¡Bodoque! ¡Está aquí tu sobrina!