Atención: A continuación este capítulo mostrará algo de contenido no apto para sensibles. No es nada del otro mundo, ni mucho menos descriptivo, pero no te lo recomendaría si no sabes como se hacen los bebés.
A Bodoque nunca le han agrado sus sobrinos. Los quiere, claro… los quiere bien lejos. Para él todos son iguales: molestos, ruidosos, sucios, desordenados, traviesos y hasta diabólicos, así que, mientras menos se relacione con ellos, mejor.
Pero esto era simplemente porque no es bueno tratándolos. Él tiene muy poca paciencia como para comportarse tal maestra de kínder y sus analogías filosóficas eran muy complicadas para los niños. A ellos no les interesaba saber qué tan podrido estaba el mundo, siendo que lo estaban recién descubriendo. Además, un tipo alcohólico, fumador, ludópata compulsivo y que es periodista por necesidad no es exactamente el ejemplo ideal.
Sin embargo, toda esta situación dio un giro en 180 grados cuando nació Matilda.
Es más, la historia comienza antes que ella. Principalmente con un nombre: Violeta Membreta.
Violeta era una chica de cabello muy oscuro y largo, con el cuerpo lleno de pecas. De mente lista y actitud entusiasta, ella llegó a ser la mejor alumna de su curso, a pesar de la machista sociedad de los 90. Nunca se sacó ni un solo rojo, lo que quería decir que era una completa cerebrito, y más encima, era el solcito entre sus compañeros, sobre todo el de Bodoque.
Estaban en el mismo curso, estudiando para ser grandes periodistas. El conejo soñaba con ser un periodista estrella de lo que fuera, mientras que ella deseaba investigar sobre grupos marginales y corrupción para informar a las personas. Aspiraciones muy distintas, sin duda, no obstante, terminaron por estar más unidas que nunca.
A él le cautivó su disposición soñadora y su constante alegría; a ella su porte canchero y sus ideas poéticas. Algo mutuo, desde el primer instante.
Juan Carlos fue el que dio las primeras señales con su experta galanería, diciéndole piropos, comprándole tazas de café, almorzando juntos e invitándola a salir. Hasta le dedicaba sus trabajos en la carrera, sin importarle que le bajaran puntos.
Claro que, Violeta fue la que dio el primer paso, ya que, por más galán que fuera él, le costaba atreverse. Una noche de campamento cerca de la cordillera, alrededor de la fogata junto a sus amigos, el conejo se encontraba tocando la guitarra, mientras que el resto cantaba siguiendo el ritmo (aunque la única que se sabía era Lamento Boliviano). Ahí, al ritmo de las cuerdas, ella se aproximó a su rostro y le dio un beso, en frente de todos. Acción suficiente como para dejarlo loco de amor.
Desde ese momento se hicieron novios, y de esos que andaban para todos lados juntos. En la sala se tiraban papelitos y mensajes como adolescentes, en el patio de la universidad se paseaban tomados de la mano, en las fiestas se iban al rincón a besuquearse y pobre el que los sacara de ahí. Incluso el conejo se mudó al apartamento de su amada para estar más cerca de ella.
Los comentarios tampoco se quedaban atrás. Ya sea por envidia o alegría sincera, los estudiantes afirmaban que eran los más románticos del año, pues muchos estaban al tanto de las citas que tenían, como por ejemplo, una ida al cerro en moto para ver el esplendoroso firmamento nocturno o bañarse en la playa fuera de las horas establecidas, bajo la luz de luna.
Definitivamente, una pareja dispareja que parecía jurarse amor eterno ante todo el mundo. Los de la facultad creían que se terminarían por casar, tener hijos y pudrirse juntos como pasas en un asilo.
¿Qué percance tan grave le pudo haber ocurrido a este bello par como para que terminaran por separarse?
Pues, una de las razones era la palabra antes mencionada: hijos.
A Bodoque le aterraba enormemente, pero ENORMEMENTE la paternidad. Tan sólo imaginarse que tendría que cuidar a cincuenta o sesenta críos, en un posible futuro, le daban ganas de pegarse un tiro. Claro, Violeta era humana, aunque… ¿Quién le aseguraba que no podría ocurrir?
La muchacha, por el contrario, le ilusionaba la idea de tenerlos, y esa era la razón principal de las discusiones, pues, el conejo rojo siempre buscaba formas de eludir el tema.
"Somos muy jóvenes aún, pensémoslo más adelante", le decía a menudo. "No creo que tengamos dinero suficiente para mantenerlos", repetía otra veces. Sin embargo, una frase pasó a ser el colmo, y fue esta:
– Bodoque Membreta va a ser un nombre muy feo. Los compañeros van a martirizar al pobre niño.
Eso se lo repitió sin si quiera un mínimo de interés, desquebrajando sus sentimientos, lo que causó que la estudiante se enfureciera y lo echara del apartamento.
¿Y qué es lo más gracioso de esto? Se preguntarán.
Es que sí hubo un Bodoque Membreta, sólo que él no le puso el apellido.
-o-
– ¡Bodoque! ¡Está aquí tu sobrina! – le exclamó Juanín, el anfitrión de la fiesta.
Los invitados se voltearon a ver a la coneja adolescente, tan sorprendidos que no pudieron notar el bolso que llevaba a cuestas. Bodoque también estaba impactado por su presencia, y en definitiva no era bueno que ella estuviera aquí.
– ¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! ¡¿No te tocaba pasar el fin de semana con él?! – le cuestionó, molesto. Hasta él sabía lo incorrecto de su actuar.
– Sí, pero… – masculló la otra, apenas. Su voz se escuchaba quebrada, su cuerpo cohibido y en su rostro se veía que en cualquier momento le daba un ataque de pánico.
– Argh… No me digas que te volviste a escapar. – infirió, rodando los ojos, pues no era la primera vez que lo hacía. Inmediatamente se puso buscar algo en su chaqueta. – Y yo que pensé que se te había quitado hace años. ¡Tu madre debe estar muy preocupada!
– ¡Pero no la trates así, tío Juan Carlos! – le replicó Patana intentando defender a su amiga, cosa que este ignoró.
Matilda no contestó, sólo esperó a que el periodista sacara su teléfono de la chaqueta para llamar a su mamá, como lo hacía cuando tenía trece años.
– Un día le vas a dar un infarto a tu mamá. ¿Sabías? – le regañaba, con el aparato en las manos. Lo prendió y comprobó la millonada de llamadas perdidas y mensajes que tenía de la mujer. Leía que estaba sumamente enojada porque no le contestó y desesperada por no encontrar a su hija.
"BODOQUE, MATILDA SE ESCAPÓ", decía uno.
"BODOQUE, CONTESTA EL TELÉFONO", leía en otro.
"¡BODOQUE, POR LA MIERD… CONTESTA EL TELÉFONO! ¿NO ME DIGAS QUE DE NUEVO ESTÁS COQUETEANDO CON CHICAS EN VEZ DE ATENDER?", le delató el último.
Bueno, tal vez no sería la única que le provocará un infarto en el futuro.
– Voy a llamarla y después te llevaré de vuelta. – le informó, entre molesto y avergonzado por los mensajes.
Ahí la niña se sobresaltó y entró en pánico. Las manos comenzaron a sudarle, acompañadas de un escalofrío que recorría su columna. La idea de volver le carcomía por la mente. Se negaba a verse nuevamente en esa casa y debía impedirlo como fuera.
– ¡No, no, no! ¡Por favor, no me lleves de vuelta, tío! – le suplicaba, corriendo hacia él. Se le ocurrió ahí tratar de quitarle el teléfono, algo que el mayor no pasó por alto.
– Sí, lo voy a hacer. Ya es suficiente, Mati. – le contestaba, esquivando sus temblorosos movimientos. – Ahora quítame las manos de encima.
– ¡Es que no entiendes…! ¡Él no me va a…!
– ¡Matilda! ¡Hazle caso a tu tío! – le hablaba Tulio, quien ya estaba cansado del berrinche que interrumpía la fiesta.
– ¡Sí, guachita! ¡La fiesta no durará toda la noche! – saltó también Rosario Central.
El resto también se empezó a quejar, pidiendo que paren con la discusión y haciendo notar su confusa y poca empatía.
– ¡No, por favor…!
– Mati, es por tu bien… – mencionaba dulcemente la bola peluda.
– Mati, suficiente. – le interrumpía bruscamente el conejo, muy enojado.
– ¡NO! – se negó ella, soltando el bolso y quitándole al fin el celular.
– ¡Matilda! ¡Dame el teléfono! – le ordenó ahora sí furioso, mientras le extendía la mano. La niña ya había llegado muy lejos para los límites de su paciencia, sobretodo porque nunca le había faltado el respeto de esa manera.
– ¡No lo entiendes…! ¡Él no me va a recibir…! – le explicaba conforme le comenzaban a brotar las lágrimas.
– ¡¿Y por qué no?!
– ¡Porque…! ¡Porque me echó de la casa!
Todos soltaron un "¡OOOOOOOH!" de asombro, poniendo en evidencia la actitud del conejo. Ella se puso a temblar por la declaración que había hecho y la atención que estaba recibiendo. Sostenía con desesperación el aparato, apegado en su pecho, como si le estuvieran arrancando el alma.
Él miró el bolso tirado en el piso y bajó las orejas de la preocupación y la vergüenza que tenía. Vergüenza porque acababa de exponer a su sobrina ante todos los del canal. La había hecho llorar y le había provocado un ataque de pánico sin querer. Siempre la estupidez le ganaba ante la moral, transformándolo en un bruto sin tacto alguno. ¿Por qué acostumbraba a comportarse como un imbécil?
Pues, no iba a contestarse algo que siempre ha sabido, menos ahora.
Suspiró con pesadumbre y se llevó la mano a la frente, luego se dirigió a Juanín.
– ¿Puedes prestarnos un rato tu patio, Juanín? – le pidió.
– Sí, claro. – asintió el dueño de casa.
En ese momento, Bodoque recobró un poco la compostura y se aproximó a la temblorosa niña en frente suyo. Con una mano tomó el bolso y con la otra la rodeó, abrazándola y llevándosela fuera de la casa, mientras los invitados los observaban, pasmados.
Se quedaron consternados hasta que la puerta se cerró.
– ¡Muy bien, Poli! ¡Ahora pon Severlá! – exclamó el conductor a Policarpo.
La música volvió a sonar y con eso, un montón de gritos de alegría que indicaban la continuación de la fiesta.
Aunque, afuera las cosas eran distintas.
Los conejos se dirigieron a la oxidada cafetera que el periodista llamaba "auto" y ahí la muchacha se subió al techo de este, sentándose con la delicadeza de una rosa, ya que sabía lo tanto que este monstruo de metal era cuidado. El mayor abrió el maletero y dejó dentro el bolso. Una vez lo cerró, se subió también, situándose al lado de su sobrina.
Esta acción es más usual de lo que creen, pues siempre ocurre cuando tienen que conversar algo delicado. Lamentablemente, con el paso de los años se ha hecho más seguido.
– Entonces… – comenzó el reportero, sacando de su chaqueta una cajetilla de cigarros. – ¿Cómo van las cosas en casa?
Así comenzaban siempre, para calmar un poco los aires.
– ¿Cómo te parecen que van? – preguntó con sarcasmo. Estaban algo violentas sus respuestas.
– Van como el asco. Me quedó claro. – bromeó ante la retórica, prendiendo el cigarrillo. – Me refiero a tu mamá.
– Como siempre, sólo que ahora me presiona con lo de la universidad. – contestó, mirando de reojo y abanicando su cercanía con molestia por el humo. – ¿Y cómo van tus pulmones?
– Igual de podridos que siempre. – le dijo, rodando los ojos y aspirando una bocanada del vicio. Sabía que a su sobrina no le gustaba que fumara.
Se quedaron en silencio por unos segundos, contemplando las pocas estrellas que se veían en el cielo, debido a la contaminación lumínica. La música se escuchaba opaca, junto con la de las otras tres casas, dándole énfasis a que era un sábado de fiesta.
De pronto, el conejo recordó que no le había contestado a la madre desesperada, y que aún no disponía de su celular.
– Temo que debo pedirte mi teléfono de vuelta. – le habló, extendiéndole la mano y expulsando el humo. – Aún no le he dicho a tu madre que estás aquí.
– Vendrá a buscarme si se entera. – mencionó la otra, preocupada.
– Puede ser, pero al menos sabrá que no te han secuestrado.
La chica se convenció, pues no era justo seguir martirizando a su progenitora. Ella menos que nadie tenía la culpa de que su padre fuera un estúpido.
Finalmente, le entregó el aparato que hasta el momento conservaba en sus manos y luego, el periodista se dispuso a teclear un mensaje.
"La Mati está conmigo", fue lo único que le envió. Después apagó el celular y lo guardó en su chaqueta.
– Con que la universidad… – comentó, retornando al tema de conversación. – ¿Y qué piensas estudiar? ¿Algo de nerds como los muchachitos arribistas de ahora? ¿O te quedarás de vaga hasta que ella te obligue a independizarte? – bromeó con sorna.
– No tengo idea. – negó ella, mientras jugaba con los mechones de su melena. – Tengo problemas más graves que eso.
Era obvio que su sobrina no estaba de humor. Cansada, estresada y sin alojo, nadie tendría ganas de nada en estas condiciones. De hecho, él tampoco tendría intención alguna de calmarse si estuviera en sus zapatos.
– Bien. Me imagino que quieres ir directo al grano. – concluyó al instante, yendo por la segunda bocanada. – Pues cuéntame. ¿Por qué mi hermano te echó de la casa?
La chiquilla desvió la mirada con el ceño fruncido, sin gesticular palabra, o sea, lo que normalmente hace cuando se pone mañosa. Bodoque captaba todas sus tensiones y debía aligerarlas, aunque sea con una broma tonta. No por nada eran parientes.
– ¿Qué pasa? ¿Te comió la lengua el gato? – se rio burlonamente para las apariencias, y de forma amarga para su interior. Tan viejo estaba ya que lanzó la broma más anticuada del mundo, y eso era evidente puesto a que su acompañante ni siquiera le dedicó media sonrisa. – No exageres, no estuvo tan fome. – se quejó ante su reacción y volviendo a aspirar. Sus dotes de comediante barato le estaban fallando de la manera más patética posible.
Miró a la niña, que seguía sin decir ni pío y le comenzó a acariciar el cabello como si estuviera tocando seda, y esta se fuera a deshacer. La conocía más que a él mismo y aún así, a veces la sentía tan lejana, tan introvertida; un enigma. No se imaginaba todos los pensamientos que se cruzaban por su mente adolescente o si ella era consciente de lo podrida que está la gente a su alrededor. ¿Sabrá lo podrido que está él y la oscuridad de su asquerosa alma?
Seguramente lo sabe, desde hace mucho incluso, así que la pregunta sería… ¿Por qué sigue con él, a su lado? ¿A qué se debe tanta paciencia?
– No creo que hayas hecho algo para que se haya enojado así. – le dijo con la escasa dulzura que poseía.
La coneja suspiró con pesadez y se acercó al borde del techo. Se bajó de un ágil salto y caminó hasta donde estaba encadenada su bicicleta, para la sorpresa de su tío. Sacó del canasto un sobre y regresó con él a la mole con ruedas, lanzándola allá arriba.
El reportero giró su atención al famoso sobre, con notable asombro.
– Oh… Entonces en serio hiciste algo.
Mientras ella se volvía a subir, él tomó el pedazo de papel y leyó las casi incomprensibles letras de doctor sobre este. La impresión fue más grande al leer lo siguiente:
"Resultados de Examen de ADN, Bodoque Membreta".
Sólo dudo dos veces en su vida sobre la paternidad de su sobrina, y esta, siendo la segunda, es la que más terror le está dando. Todo por razones que decidió enterrar hace años atrás y que el famoso documento se las estaba recordando.
Del terror que sentía y que no era capaz de demostrar debido a su orgullo, atinó a decir esta frase.
– Tu mamá va a matarte en cuanto se entere.
– Lo sé. Y él ya lo hizo. – confesó ella, refiriéndose al innombrable.
– ¿Qué? ¿Y cómo? – se sobresaltó.
– El muy loco estaba revisando entre mis cosas. – explicaba balanceando los pies con timidez. – Cuando estábamos tomando once nos pusimos a discutir. Después una cosa llevó a la otra y… bueno, aquí estoy…
Le enfermaba pensar en su hermano. Un tipo repugnante que cada vez se volvía más psicópata, al punto de escarbarle sus cosas e invadir su privacidad de forma tan brutal. Era un maldito abusador, estaba claro. ¿En qué momento dejó de jugar con él en los campos para terminar gritándole a su propia hija?
Algo era seguro. Ese hombre dejó de ser su hermano hace mucho tiempo.
Vislumbró el rostro de su sobrina, que se veía triste y cohibido, y luego el sobrecito. Pensar que aquello tan insignificante le traía tantos recuerdos… e incertidumbre.
Sin embargo, conocía muy bien a la muchacha y bien sabía que algo no le estaba contando. Siempre tan para adentro.
– ¿Aún no lo has abierto? – le preguntó el conejo rojo.
– No.
– ¿Por qué no?
Lo detuvo unos segundos, mordiéndose el labio mientras pensaba qué responder. Una banalidad o sus verdaderos sentimientos.
– Me da miedo…
A él también le daba miedo.
– ¿Y por qué lo mandaste a hacer entonces?
– Quería saber la verdad.
La verdad, siempre la verdad. Eso es lo que nos aterra.
– ¿La verdad? ¿Eso es lo que querías?
– Sí.
– ¿Y por qué no preguntaste?
– Porque ustedes no la saben, y mamá no me la va a contar tampoco.
– ¿Ustedes…?
Ellos, o sea, él y su hermano.
– Entonces tú…
– Sí, lo sé todo. Mi mamá y tú fueron novios.
-o-
Un día, Juan Carlos y Violeta se separaron.
¿Por qué? Nadie sabe bien, aunque la versión oficial es que ella conoció a otro conejo. ¿Y cómo fue posible? ¿Quién pudo enamorar tanto a la chica como Bodoque? Pues, otro Bodoque.
Su hermano. Él se enganchó de ella apenas la vio y se determinó en quitársela. Bastó con que le dijera que quería tener hijos para que cayera en sus brazos.
Y ahí Violeta dejó a Juan Carlos, solo, como un perro callejero.
Sin embargo, la versión "oficial" no es exactamente la correcta.
Todo empezó en la tarde que se pelearon. La chica había echado Bodoque de su casa, por lo que este se puso a vagar por las calles, bebiendo y fumando del despecho. Hizo la estupidez que se le ocurrió con su mente borracha: desde pelear con otros ebrios hasta tirarse en una fuente. Terminó por dormir en un basurero.
Violeta, por su parte, también se las sufrió entre el alcohol y el helado. Se pasó viendo películas con finales tristes para ver como los personajes tenían peor suerte que ella y así sentirse mejor, no obstante, ni eso le llenaba el vacío de su corazón.
Después los días pasaban, días en que ella estaba recluida en su casa, mientras que él estuvo de un basurero a otro, hasta que, luego de una semana, Tulio y Juanín lo encontraron y se lo llevaron a la casa del último.
– No puedes seguir así, Juan Carlos. En cualquier momento te va a dar una traquicradia. – le regañaba el chimpancé.
– Taquicardia, Tulio. Taquicardia. v le corregía el conejo, espetando una mueca de fastidio por la estupidez de su amigo.
– Tienes que dejar tu orgullo de lado, Bodoque. Sino nunca van a volver. – masculló la bola peluda.
– Y es lo que he hecho desde el primer día, Juanín. – asumió, muy enojado. Como si no lo hubiera hecho. – Pero está claro que ella no quiere verme. No ha contestado mis llamadas, ni ha recibido las flores que le he enviado. Está claro, se acabó. – concluyó de forma apenada, resignándose a la soledad.
Los otros miraban muy tristes a su amigo de aspecto demacrado, que no llevaban qué hacer para ayudarlo.
– ¿Qué vamos a hacer, Juanín? – le preguntaba el más grande.
– No lo sé. Al pobre de Bodoque se le quitaron las ganas de vivir.
– Y si… ¿Y si les presto mi yate?
– Patrañas, Tulio. – interrumpió el desdichado, quien había alcanzado a escuchar. – Violeta odia todo lo que tenga que ver con lujos millonarios.
– ¿Pero cómo no le va a gustar un paseo por el yatecito?
– No seas hipócrita, Tulio. Te compraste esa cosa hace como tres años y no la has usado.
Y mientras estos dos discutían sobre yates, el tercero intentaba pensar en alguna idea. Tan sólo un gesto de poco presupuesto y que fuera lo suficientemente sincero para trasmitir la disculpa. ¿Qué podría ser?
– ¡Ya sé! – exclamó de pronto. – ¡Una serenata!
El plan era aprovechar las habilidades musicales de Bodoque para cantarle una canción romántica que él mismo escribiría, en la noche y frente a la terraza. Un cliché de las películas que de seguro funcionaría con Violeta, por mas repetido que estuviera.
Y con la misma velocidad en que se ideó, terminó por fallar estrepitosamente, o mejor dicho, ni se intentó. Pues, entre la poca genialidad del chimpancé, la torpeza de la bola peluda y la casi nula inspiración del conejo, el ensayo del plan fue un desastre.
Prefirieron ejecutar algo simple. Poner desde la radio de un auto la canción más cursi del momento, a todo volumen, y que después el despechado hiciera lo suyo.
Entonces, la hora llegó. Una hermosa noche estrellada, perfecta para la reconciliación, junto con una diabética balada. El trío llegó al edificio y se posicionaron en frente de la terraza que daba a su apartamento. Bodoque salió del auto y, una vez entró al edificio, reprodujeron la canción.
Ya allá arriba, él tocó la puerta al compás de la música. Esperó con un enorme ramillete en mano, a que le abrieran la puerta.
Tenía muchos nervios, nervios que jamás en su vida había tenido, a pesar de las tantas chicas con las que ha estado. Nunca se esmeró en mantener alguna de sus relaciones hasta ahora, con una morena que lo traía loco, loco de sus manos, de sus ojos, de sus labios y de toda esa divinidad que desprendía, que siempre perseguía porque le curaba su sucia alma.
En unos segundos, la puerta se abrió y ahí estaba su amada, en frente suyo. Su fino y redondo rostro traía señales de que había llorado, con la nariz colorada y el maquillaje corrido. También parecía que intentó limpiarse la cara para disimular, no obstante, seguía viéndose preciosa.
Ahí el conejo mujeriego se cohibió. Verle su expresión confundida le acobardaba entero. Sin duda, Violeta siempre lograba abochornarlo, de la manera que fuera.
– Viole, vengo aquí a…
Sin embargo, no terminó la frase, pues fue interrumpido por el tremendo calugazo que la muchacha le estaba dando. Él correspondió con la misma profundidad, siguiendo la corriente que transmitían sus dulces labios y agarrándola con una mano de la cintura. Tiró el ramo de flores a donde cayera, mientras ella le rodeaba el cuello de forma salvaje, y cerró de golpe la puerta.
Esa noche terminaron haciendo el amor, sin importar lo fuerte de la música, los reclamos de los vecinos y el hecho de que Tulio y Juanín se quedaron esperando en el auto. Lo crucial ahí eran ellos, ellos y su amor eterno que parecía resurgir como el Fénix. La extrañó tanto esa semana, su rostro, su cabello, su sonrisa, su amabilidad, su alegría y su ser, que no le importó nada más, sólo la sensación de unirse con ella y no volver a soltarla.
No obstante y lamentable, hasta ahí llegó su felicidad.
Juan Carlos despertó en la madrugada y la encontró llorando al borde de la cama, con las sábanas cubriendo su desnudez. Se acercó a ella y le abrazó por la espalda, preguntando con dulzura qué o quién le había lastimado.
El dolor que la atormentaba venía de su alma y mente, manifestándose por el sentimiento de la culpa, pues, hace un par de días había cometido el mismo acto por despecho. El hombre había venido a su casa para consolarla y, cegada por el desequilibrio mental, terminó enredada en las mismas sábanas con, nadie más que su hermano.
En ese momento, a Bodoque se le partió no sólo el corazón, sino que toda su existencia. La mujer que tanto amaba pasó una noche con quien le debía lealtad absoluta, su propia familia, sangre de su sangre. Estaba experimentando la traición en su forma más pura y dolorosa. ¿Cómo fue posible que su dulce Violeta lo haya engañado? No quería creerlo.
No obstante, no le reprochó nada, sólo la soltó, se levantó de la cama y se vistió con sus ropas. La chiquilla lo observaba con extrañeza y miedo, ya que se esperaba una reacción mucho más explosiva, no algo tan vacío. Tal vez era porque demostraba eso, lo vacío que se estaba sintiendo el conejo en ese minuto.
Una vez preparó sus cosas, se acercó a ella, que lo miraba desconcertada, y le dio un suave beso en la mejilla, despidiéndose. Después se fue para no volver, dejando nada más que las flores puestas sobre un jarro.
Su alma y su moral se fueron cuesta abajo luego de ese percance. Meses emborrachándose, con ganas de que le diera cáncer al hígado, preguntándose qué hizo mal. Por ejemplo, que tan imbécil se comportó para que ella le fuera infiel, que otra respuesta le pudo haber dado el día que lo echó, cómo serían las cosas si hubiera arribado a su departamento antes y un montón de arrepentimientos más. Cuando eso ya fue suficiente, comenzó a echar culpas: que Violeta fue una arpía y que lo había utilizado, que él no actuó lo suficientemente bien para mantener la relación, que su hermano la manipuló porque estaba deprimida y otro sinfín de culpables.
Al final concluyó que simplemente debía pasar. Ellos se habían separado, por lo que técnicamente la muchacha no lo engañó, y que en esas circunstancias, era obvio que tuviera algún desliz. Incluso él habría tenido aventuras con varias chicas si la cosa hubiera durado más tiempo.
Ahí es cuando, luego de su reflexión, salió a la luz su fama de ludópata empedernido, borracho, fumador y mujeriego al triple. Demostró su verdadera y grotesca personalidad ante todos los de la facultad, cosa que les extrañó enormemente. ¿En qué momento el galante y romántico Juan Carlos Bodoque se convirtió en un amargo, pesimista y triste conejo?
"No soy pesimista, soy optimista bien informado", pasó a ser su frase común, ya que todos se lo recalcaban, sobretodo sus amigos. El sarcasmo pasó a ser parte de su vocabulario y de su vida, careciendo de piedad con cualquiera. De hecho, que le recalcaran su felicidad en el pasado le rabiaba hasta las encías, pero se aguantaba por su orgullo, lo único que quedaba del antiguo Bodoque.
Y el golpe más bajo fue cuando se enteró, tiempo después, que el amor de su vida estaba embarazada. ¿De quién? Pues de su hermano, o eso se confirmó al menos.
Siempre sospechó que el padre podría ser él mismo. Se lo cuestionaba una y otra vez sin descanso, ya que las fechas coincidían con la famosa semana del horror, mas Violeta lo negó hasta el final. El progenitor del bebé era su hermano, y nadie más que su hermano.
Prefirió creerle, a fin de cuentas, nada había que hacerle. No servía estirarle el chicle a un asunto que ya estaba cerrado, desde el momento que se separaron. La niña a los meses nació en gloria y majestad, destinada a ser otra más del grupo de niños que cuidaría una vez a mes y que devolvería a sus papás cuando se pusiera revoltosa. Porque… ¿qué más iba a ser? Pues, con el paso de los años, se convenció que Juan Carlos Bodoque será tío por siempre y jamás será padre.
-o-
– Entonces te contó todo… – masculló apenas el reportero, en un intento de superar el shock de hace un minuto. Incluso había soltado su cigarrillo, por lo que pensaba en sacar otro.
– Todo, todito. – recalcó la muchacha. – Salvo algo de lo que se cuestiona todo el mundo.
– ¿Qué cosa? – preguntó con incredulidad.
– El por qué nos parecemos tanto.
Ahí él abrió los ojos más grandes que un marsupial y al segundo después soltó la carcajada más amarga, abatida y desdichada que pudo lanzar en toda su vida. No lo creía. De todas las personas que se lo habían dicho, y que habían por decir, jamás de los jamases se imaginó que lo haría su sobrina. La muchacha que era tan madura, decidida y terca acababa de repetir la frase más trillada en su familia.
Ella, por su parte, no comprendió la razón de su risa (o de su burla), por lo que sólo lo miró con la ceja enarcada.
– ¿Qué es tan gracioso? – le cuestionó con cierta actitud interrogante.
– ¡Dime que no lo dices en serio! – seguía riéndose, sujetándose la frente con su mano.
– Lo digo muy en serio, tío. – le respondió, ahora molesta por sus suposiciones. – ¿Qué clase de tarado bromearía con algo tan delicado?
La risa del conejo cesó al escuchar aquello. Era obvio que la niña no le estaba contando ningún chiste, y eso lo angustiaba.
– ¿Tus tías te empezaron a meter estupideces en la cabeza? – preguntó él está vez, con tono de notable molestia.
– Esas copuchentas no me metieron nada. – gruñó enojada. Le dolían los oídos de escuchar las calumnias que el reportero estaba hablando sobre ella. Como si fuera tan fácil influenciarla. ¡A ella! ¡Que se hizo vegetariana a los catorce, pese a las insistencias de su madre!
No es lo suficientemente estúpida como para no darse cuenta en el obvio parecido entre ellos, tanto el físico como la personalidad. Hace años que se había dado cuenta, pero prefirió quedarse callada y confiar en los adultos. Gran error.
– Cuando le pregunté a mi mamá si habían posibilidades de que él no fuera mi… papá… – masculló con asco esto último. – Bueno… Titubeó.
Esto hizo que a Bodoque le subieran los nervios. Su amor frustrado de juventud había dudado de la paternidad de su hija, después de diecisiete años en que se la negó. Violeta, la segura, había dudado.
Se echó ligeramente hacia atrás y se sujetó con las manos a la altura de su espalda. Vislumbraba el extenso cielo nocturno, misterioso como sí solo, que le producía más preguntas que respuestas. Una masa negra de carbono que había sido la inspiración para tantos, y ahora era el vacío para él. Un vacío que no lo ayudaría a escapar de esta situación, dejándolo en la intemperie de su mente.
Algo le era seguro. Esta noche era particularmente reveladora.
Respiró profundamente, pensando en una contestación digna para su querida sobrina, y exhaló con pesadez, listo.
– Nosotros no nos parecemos en nada, Matilda. – confesó de una vez.
La chiquilla le observó con completa confusión. De pronto, había negado toda la razón de la conversación. Le examinó bien para asegurarse que no estaba borracho o drogado… o qué se yo.
– ¿Por qué lo dices?
– Porque es obvio que somos muy distintos. – respondió con simpleza, intentando de que el tema restara importancia. – Mírame, soy un viejo amargado que necesita dinero a cada rato porque no para de apostarlo, y más encima pierdo. – comenzó a enlistar. – Mujeriego, alcohólico, sin ningún interés real en el medioambiente, siendo sólo una fuente paupérrima de ingresos en un noticiero donde nunca pude ser conductor. – seguía con la deprimente lista de sus indeseables características, mientras su ánimo también caía. – Un tipo miserable que se aferra nada más que a la poesía y sus recuerdos añejos de cuando creía en la esperanza. Incluso, si no estás contenta con eso, fui el imbécil que… – se detuvo afligido, tratando de gesticular lo más duro. – Fui el imbécil que perdió a tu madre… Eso es lo que soy.
Matilda también se estaba angustiando ante la revelación. Su tío, a quien tanto admiraba y quería, se estaba despreciando como si se tratara de un ser siniestro. Estaba siendo expectante de sus más grotescos y oscuros pensamientos, o sea, sus inseguridades y culpas del pasado.
– Y ahora… – murmuraba, tomando fuerzas para continuar, al ritmo en que se apoyaba sobre sus rodillas. – Mírate, una chica lista, dulce y amable, que no deja que nadie la domine, que conserva sus convicciones y no da su brazo torcer ante nadie. – la describía con ternura, contratando a como habló de él mismo. – Todo el que te ve te adora. ¿Y cómo no? Si tú ves el lado bueno de todas las personas, incluso de un cerdo como tú papá… y de un miserable como yo…
Juan Carlos se estaba destrozando por dentro. El hecho de abrirle su corazón a la conejita y desvelar de a poco lo tanto que la quiere, le estaba quitando todas sus fuerzas. La vulnerabilidad, culpa y arrepentimiento lo estaban consumiendo ahora mismo, sin embargo, no quería demostrarlo. No quería verse débil sabiendo que es el único pilar de apoyo para ella.
– Y este miserable… aún no entiende por qué sigues al lado de él, aguantándole todas sus estupideces y vicios, acompañándolo a su trabajo y prestándole dinero… – seguía mascullando en la agonía, mientras su voz y su cordura estaban a un hilo de quebrarse. – No entiendo… por qué rayos me quieres tanto siendo que yo…
La muchacha veía con ojos llorosos como su tío estaba al punto del colapso. Había presenciado a mucho adultos llorar, pero nunca a este inamovible conejo, que se encontraba al borde de la desesperación.
Pues, increíblemente, los adultos también se quiebran.
– Siendo que yo… ¡Que yo me arrepiento tanto de no haber sido tu padre!
Así, Juan Carlos Bodoque explotó.
Con las manos cubriendo su vergonzosamente su rostro y su llanto apenas empezado, Bodoque había confesado su más profundo secreto. Que siempre quiso ser su padre.
Y Matilda también sucumbió ante las lágrimas, al vislumbrar a su tío desquebrajado. Le dolía. Dolía que aquel arrepentimiento dominara su alma, más aún por el hecho que ella no lo sentía real.
No era real el hecho de que no fue su padre, puesto a que él lo fue más que cualquier hombre en el mundo.
– De verdad que eres un tarado a veces… – musitó entre ligeros gimoteos.
El otro levantó ligeramente su abatida mirada, sin muchas fuerzas para replicarse el por qué le llamó "tarado", como lo haría normalmente.
– ¡Porque tú siempre lo has sido! – exclamó, dedicándole una lastimosa, pero sincera sonrisa.
Allí el periodista se sintió anonado ante su declaración. De repente, la chiquilla que estaba al lado suyo había pronunciado melodiosas palabras, las cuales produjeron un vuelco en su seco corazón. Ella lo consideraba su figura paterna, algo que en todos estos años nunca había notado puesto a que estaba muy concentrado en apostar a los caballos y en su depresión de figura adulta. Sin embargo, ahora que lo sabe, puede ver un camino para su redención, una luz en su vida, un ángel de la guarda encarnado en su sobrina. En resumen, es un conejo feliz.
– Oh Dios mío… ¡Ven aquí, mocosa! – le pidió, acto seguido le rodeó con sus brazos y la abrazó lo más fuerte que pudo, cosa que la joven correspondió. Los dos lloraban en el consuelo, la confusión y la alegría. Almas que se encontraban y se envolvían en el amor filial, para no separarse más.
Estuvieron así por un buen rato, en que la niña se aferraba a la chaqueta del reportero y este le acariciaba los cabellos. Pasó poco tiempo antes de que se diera cuenta que ella no estaba muy consciente.
– ¿Te estás quedando dormida? – le preguntó apartando un poco su cabeza. La otra no contestó de inmediato, y era totalmente comprensible, pues es muy tarde.
– Puede ser… – murmuró.
– Bueno, me temo que no podrás hacerlo aquí. – se separó de su agarre. – No va a dar una neumonía, así que entra al auto.
–¿Nos iremos?
– No. Aún no.
La coneja se bajó nuevamente de un salto. El mayor tomó el olvidado sobre y lo hizo después, hacia el otro lado. Una vez en tierra firme, ambos entraron al auto y se sentaron en los asientos delanteros. La calefacción se encendió y con eso también la radio. Esta reproducía un pendrive con canciones añejas de los setenta y ochenta.
– Entonces… – comenzó otra vez Juan Carlos, ahora más relajado. – ¿Crees que tenga otra oportunidad con tu mamá?
– Definitivamente no. – negó ella con la cabeza, para la desgracia del conejo rojo.
– ¿Por qué no?
– Porque está saliendo con una compañera del trabajo.
En ese instante, Bodoque se atoró con su propia saliva a causa de la impresión. Ahora sí que había escuchado todas las barbaridades posibles de la noche. ¿Violeta saliendo con chicas? ¿Y más encima teniendo más suerte que él?
– ¡¿QUÉ?! – atinó a decir en cuanto se desatoró.
– Sip. Así es. – volvió a confirmar.
– Violeta Membreta con una chica… – masculló, para luego soltar una leve carcajada. – Quién lo diría. Ahora ya sé de dónde sacaste tus gustos.
A la niña se le subió el rubor a sus mejillas y luego le pegó un codazo en el brazo, molesta. El otro sinvergüenza, en cambio, le causó más gracia su reacción.
– Los tiempos avanzan muy rápido y yo me estoy quedando atrás, junto al resto de los viejos en la fiesta.
– No digas eso. – le dijo ella, con actitud compasiva.
– Es la verdad. Soy un anciano de cuarenta años que se creía un galán de teleserie, cuando en realidad una chica de diecisiete años y su madre le ganan con creces.
– Vamos. No es para tanto. – se ruborizaba aún más la adolescente, bajando sus orejas.
– Ah no. Si la otra vez vi cómo una compañera tuya te miraba con ojos brillosos. ¡Y ni siquiera hiciste algún movimiento para embobarla! – le bromeaba, sonriendo con notable sorna.
– ¿Quién? ¿La Bárbara? – cuestionó, confundida. – ¡Pero si ella es de otro curso! ¡Apenas la conozco!
– Sí, claro. – insistía muy divertido, mientras colocaba las manos detrás de su cabeza. – Algún día apreciarás este don que tenemos los Bodoque. Irresistibles para chicos y chicas por igual. – habló con cierta soberbia.
La muchacha frunció el ceño y le miró con asco. Le disgustaba poseer esa maldición que su tío manipulaba para utilizar a las mujeres, porque eso era tener seis novias al mismo tiempo, una mera utilización. Pero bueno, ya no lo iba a cambiar.
De pronto se fijó en la existencia del examen de ADN, que se encontraba sobre un posavasos, y lo tomó. Se puso a observarlo atentamente, con incertidumbre mientras se mordía el labio. El reportero presenció todo esto, aunque sin mucho interés.
– ¿Y lo vas a abrir? – preguntó de repente.
– Sí. – asintió ella.
– ¿Ahora?
– No. Después, cuando esté con ella.
Al hablar de "ella", se refería a su madre.
– Te hará charqui. – complementó el mayor.
– Lo sé, pero es lo menos que le debo por ser mi mamá. Y es lo que corresponde, después de todo.
Se quedaron unos segundos en silencio, en donde el conejo formulaba una respuesta en su pútrido cerebro.
– Tú no le debes nada a ella. Te trajo involuntariamente a este mundo putrefacto, como mi madre, su madre y todas las madres habidas y por haber.
– Tal vez, aunque yo la amo.
– ¿Más que cuando lo hizo este miserable conejo? – le miró con expresión burlona.
– Más aún, con diecisiete años de ventaja. – le contestó de la misma forma.
Pues, no hay nada más auténtico, sincero y real que el amor hacia una madre.
Y hablando de la reina de Roma, justo en ese momento entró en escena un vehículo pequeño, de dos puertas. De ahí se bajó una figura curvilínea de cabello oscuro (más oscuro de lo que era debido a ser de noche), que se volteó a la cafetera del periodista, con los brazos cruzados. La reconocieron al instante y salieron también de su auto. Matilda se dirigió hacia ella, algo apenada, y Juan Carlos fue al maletero para sacar el bolso que había tirado hace un rato atrás.
– Mira dónde te encuentro, mocosa. – le dijo apenas se acercó. – ¡Casi me diste un infarto!
– Iba a llevarla yo, pero, ya que estamos… – habló el conejo rojo, siguiéndoles el paso. Al llegar le extendió el brazo con la valija y la mujer se la recibió.
– Sí. Seguro la ibas a traer mañana. – musitó con ironía, rodando los ojos.
– ¿Y cómo supiste que estábamos aquí?
– Llamé a Juanín. – respondió con simpleza. Claro, era obvio siendo que el productor era el más responsable entre la bola de idiotas del canal.
Luego, la morena clavó sus ojos sobre la coneja de melena oscura, que se veía bastante cohibida, avergonzada y con la mirada baja.
– Mamá… yo…
– No me digas nada. Me enteré ya. – le interrumpió.
– Entonces… ¿Me llevarás con él?
– ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Claro que no! – se molestó ante las suposiciones de su hija, aunque bastante acertadas. – ¡De hecho no vas a volver nunca más a esa casa! ¡No con el imbécil de tu padre adentro!
Esta noticia alegró de sobremanera a la chiquilla, no obstante, no será por mucho tiempo hasta que reciba su castigo.
Bodoque se les quedó observando un poco. Pensar que alguna vez estuvo en la vida de estas mujeres. La primera siempre ha estado desde que nació, y la segunda, bueno… la perdió. Sin embargo, sigue hablándole como si aún estuvieran en la universidad.
– Bien. Me parece que ustedes dos tienen algo que conversar. – les dijo para comenzar a despedirse. – Así que las dejo. – les sonrió y ambas asintieron. – Pues, te veo en la semana, Mati.
– Sí, te veo. – sonrió ella también.
– No, no lo harás. – negó su madre, que estaba abriendo la puerta del auto. – No saldrás en toda esta semana.
– Bueno… – masculló la niña, cambiando de inmediato su expresión a una afligida. – Adiós, tío. – se despidió, haciendo un gesto con la mano.
– Adiós. – lo hizo él también, imitándola. – Te llevaré tu bici mañana. – le mencionó, pues sabía que no cabía en el aparato de dos puertas.
Matilda asintió, entró al vehículo y se sentó en la parte del copiloto, con el documento en mano. Violeta soltó el bolso en los asientos traseros y se quedó parada, sujetando la puerta.
– Oye… – llamó la atención del conejo. – Muchas gracias de nuevo, Juan Carlos.
El susodicho abrió grandes sus cansados ojos y al segundo los cerró, volviendo a sonreír, al mismo tiempo que exhalaba aliviado por la nariz.
– Un placer, Viole. Y gracias a ti.
