o0o Recomendación musical: Reckless - Papa Roach

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Para Earus, por la charla etimológica en latín. En sirius.


Capítulo 44: La tregua y el caos

En cuanto Hermione dejó la habitación, la tensión pareció espesarse e intensificarse. Draco miró a Harry y a Ron. Harry y Ron le miraron a él. Y entonces, volvieron a empezar.

-¿Felices? Mirad lo que habéis conseguido –les espetó Draco molesto. Era más fácil echarles la culpa a ellos que echársela a él.

-¿Y tú qué, Malfoy¡Tú también tienes parte en esto! –replicó Ron acalorado.

-Yo no he sido el que ha discutido con Hermione.

-¡Pero hemos discutido con ella por tu culpa!

-Oh, estoy a punto de echarme a llorar de la aflicción, Weas…

-Chicos –les interrumpió Harry con tono pacífico, que hasta entonces les había observado silencioso –creo que Hermione tiene razón y echándonos las culpas los unos a los otros no solucionamos nada –se frotó el puente de la nariz con aire cansado y miró a los dos chicos –creo que es hora de que nos comportemos como adultos.

-¿Crees que Weasel podrá? –inquirió Draco mirando al pelirrojo con maldad. Ron enrojeció hasta las orejas y frunció el ceño, furioso.

-¡Te voy a…

-Ron –Harry sujetó a su amigo, extenuado –no podemos seguir así, Hermione lo está pasando mal.

Lo sabía, hacía tiempo que lo sabía, pero estaba demasiado ocupado pensando en otras cosas para darle la importancia que se merecía. Harry podía imaginarse cómo se sentía Hermione cada vez que él y Ron se peleaban con Malfoy, más o menos del mismo modo que él se sentía al verse en medio de las frecuentes peleas entre sus amigos. Dividido, partido en dos. Además, debía reconocer que, al menos en esa ocasión, había atacado a Malfoy para descargarse por lo que le había sucedido a Remus. Se sentía impotente, rabioso e indignado, pero no podía hacer nada para ayudar al licántropo o para vengarse de los que le habían hecho eso, así que lo más fácil había sido descargarse con Malfoy. Y podía ser un capullo orgulloso y déspota, pero esa vez no se lo merecía.

-Está bien, está bien –se relajó Ron, liberándose de la mano de su amigo para estirarse el jersey de lana con dignidad -supongo que podré hacer un esfuerzo e ignorar a Malfoy.

A Ron no le gustaba eso de ser maduro, pero si ya había aceptado que Hermione estuviera con ese… con Malfoy, intentar tolerarle no debía de ser tan difícil. Ni doloroso.

-Siento lo que te dije antes –se disculpó Harry –y en realidad, sé que estás de nuestro lado –reconoció. Y aunque quería mucho a Hermione, eso era todo cuanto estaba dispuesto a decir.

Los dos gryffindors le miraban, y Draco sabía que ahora todo dependía de él. Desde que se había peleado con Potter y Weasley, y con Hermione más tarde, Draco se había aferrado a su orgullo porque era lo único que le quedaba. Pero el orgullo no le abrazaba en sueños ni apoyaba la cabeza en su pecho, el orgullo no olía como Hermione, ni sabía como ella. Y sobre todo, el orgullo no le libraba de la desagradable sensación de haberse comportado como un auténtico capullo con ella.

Merlín sabía que esos dos le caían fatal y él tampoco era una de sus personas favoritas, posiblemente así siguiera siendo siempre. Pero eran los amigos de Hermione y además vivía con ellos, tenía que aguantarlos forzosamente, y aunque por él podría pasarse la vida puteándoles y pinchándoles, no podía hacerle eso a Hermione. Otra de las putadas de querer a Hermione: soportar a sus estúpidos amigos.

-Bueno –dijo Draco –entonces procuraré no volver a llamarte Potty, ni San Potter, ni héroe trágico o cabeza rajada, ni me burlaré de tus gafas de culo de vaso…

-Malfoy…

-Y a ti Weasley, no te llamaré Weasel. Ni tampoco comadreja, ni te recordaré que eres un zanahorio, ni me meteré con tus calcetines con remiendos ni tus camisas de leñador…

-Vale, ya lo he pillado, no hace falta que sigas –le interrumpió Ron, malhumorado.

-Bien –cedió Draco, aguantándose una sonrisa maliciosa. No había podido resistirse a gastar su último cartucho de ironía y burla con esos dos –entonces estamos en paz.

Hubo un momento de violenta vacilación, en la que los tres se miraron sin saber que más añadir. Harry movió una mano como si fuera a tendérsela a Draco, pero la mirada del rubio que decía a las claras algo como "mariconadas las justas" le disuadió de inmediato. Una cosa era que hubieran pactado tolerarse y no insultarse, y otra muy diferente darse la mano. ¿Qué sería lo siguiente?¿Un afectuoso apretón en el trasero?

-Yo… bueno… -Draco carraspeó y se irguió varonilmente –será mejor que vaya a hablar con Hermione.

Harry y Ron emitieron una especie de grave gruñido afirmativo, posiblemente el equivalente de un viril "vale, tío", y el rubio dejó la habitación.

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Ese era sin duda un día negro para Hermione, un día de esos que le costaba definir sin usar palabras malsonantes. Y ahí estaba, encarcelada en un pasillo de la biblioteca de los Black, rodeada del aroma a libros viejos y mirando con melancolía una calle gris llena de charcos a través de una ventana. En circunstancias normales, Hermione hubiera salido a dar un paseo para tranquilizarse, poner sus pensamientos en orden y meditar a solas. Pero nada de eso era posible en los tiempos en lo que se hallaban, y se sentía prisionera de la mansión y sus habitantes.

En esos momentos, a Hermione le encantaría poder poner tierra de por medio entre ella y esos tres recipientes de testosterona que eran sus amigos y su novio –o lo que quiera que fuera Draco-. Necesitaba darse un respiro, perderles de vista, ser egoísta por una vez. Pero con ello sólo conseguiría que se liaran a golpes en hall, para resolver "civilizadamente" quien tenía la culpa de que ella hubiera salido imprudentemente de la casa. Y prefería ahorrarse las tiritadas y recriminaciones.

Pero, como había supuesto, era imposible tener un momento para ella en la Mansión Black. Porqué sintió, escuchó y olió a partes iguales la presencia de Draco en la biblioteca, por culpa de esa especie de sensor que se le activaba cuando él estaba cerca, dándole un vuelco a su estomago, como un vértigo repentino. Un engorro.

-Si me pongo frente a una de las ventanas de la biblioteca significaba que te vayas a la mierda¿no? Tú inventaste esto –dijo sin molestarse en volverse hacia Draco. No tenía ganas de verle, ni de comprobar si tenía signos de haberse liado a golpes con Harry y Ron. No le interesaba. Bueno, sí le interesaba, pero estaba demasiado enfadada para permitirse hacerlo. Y no quería mirarle a los ojos, porque no sabía cuánto tiempo podría permanecer furiosa si lo hacía.

Draco la observó, de espaldas a él, aferrada al alféizar de la ventana, con la espalda recta y la cabeza alta. Le había dado un golpe bajo y él sabía que se lo merecía. Debía reconocer que se había portado como un gilipollas, la había tratado mal cuando sólo quería ayudarle y había pagado con ella sus propias inseguridades. Estaba hecho todo un galán, sin duda. Y a ese paso, no podía culpar a nadie por no quererle para Hermione.

-Hermione… -vale, ya había dicho su nombre, ahora venía la disculpa. Pero pedir perdón no era lo suyo¿cuántas veces lo había hecho en su vida¿Dos? Y en ambas ocasiones, con Hermione –yo… ayer… bueno…no quería… no era mi intención… -la miró desesperado, anhelando que dijera algo o al menos le mirara a la cara, lo cual no parecía que fuera a suceder próximamente. Maldito fuera todo –ya sabes lo que quiero decir¿no? –finalizó, irritado.

-Por supuesto –repuso ella con ironía, sin dejar de mirar a través de la ventana –pero no querría interrumpir tu elocuente discurso. Dime¿Harry, Ron y tú os habéis abierto la cabeza con el borde de la cama de Remus?¿O habéis tenido la decencia de salir al pasillo¿Tal vez os habéis retado a un duelo?

-Hermione –volvió a murmurar él sintiéndose un estúpido. Ella estaba realmente cabreada, tan rígida que parecía temer que si se relajaba un ápice se derrumbaría. O le patearía el culo. Necesitaba algo más que una disculpa para dejar de sentirse así.

-Pott…Potter, Weas..ley y yo hemos hecho las paces –la informó, aproximándose. Sus pasos quedaban amortiguados por la descolorida alfombra que cubría el suelo del pasillo, pero Hermione sabía que estaba más cerca. Y eso no le gustaba.

-¿Y eso que significa exactamente? –preguntó sin ablandarse.

-Hemos acordado soportarnos en la medida de lo posible –otro paso cauteloso.

-Me alegro –murmuró, pero seguía envarada y fría.

Otro paso, inspiración forzada y abatimiento de hombros. Rendición.

-Lo siento –barbotó entre dientes –sé que me comporté como un estúpido.

-Sigue –le instó Hermione relajándose un poco, lo suficiente para no desmenuzar el alféizar de la ventana entre sus dedos.

-Y un capullo malhumorado. Ayer no pensaba lo que te decía –continuó él. Después de ver cómo le había defendido, se había dado cuenta de que lo que le había echado en cara era ridículo.

Hermione dejó caer los hombros, más relajada, y Draco se aproximó hasta llegar a su espalda.

-Y no eres una remilgada –dejó caer en un susurro sobre a la oreja derecha de Hermione. Estaba tan cerca de ella que le podía acariciar el pelo con la punta de la nariz, lo que le daba libre acceso a su aroma. Caramelo. Dulce, tentador.

-¿Ah, no? –la voz de Hermione sonó mucho más suave, aunque algo nerviosa. No le gustaba que él estuviera tan cerca, impidiéndole estar justamente enfadada con él. Tan sólo sentir el calor que emanaba de él lamiéndole la espalda y su olor envolviéndola, bastaba para anularla como persona. Y para alguien tan dueña de sí misma y con tendencia a mandar como Hermione, eso no era muy agradable. La hacía sentirse débil. Y lo más preocupante es que no le importaba demasiado.

-Un poco –susurró él y a Hermione le llevó unos segundos recordar de qué estaban hablando. De repente la fría biblioteca parecía haberse caldeado –Pero… eso me gusta –añadió.

Y entonces, Draco la atacó doblemente. Por un lado, deslizó sus manos por la cintura de Hermione, colándolas bajo su suéter para explorar su abdomen. Por otro, sus labios se posaron en el hueco que había justo detrás de la oreja de la chica, un lugar que sabía vulnerable.

Para entonces, Hermione ya no tenía fuerzas ni para revolverse y se conformó con cerrar los ojos y morderse los labios mientras él vagaba por su cuello.

-Sigo…muy… enfadada contigo… Draco –musitó aunque sus palabras no tenían ninguna fuerza. Sólo representaban un vago intento de reivindicarse.

-Por supuesto –murmuró él con la voz tomada, mientras la giraba para que quedaran frente a frente. Sin darle tiempo a reponerse, hundió rudamente las manos en la maraña de cabello castaño y acercó el rostro de Hermione al suyo para morderle el labio inferior. Ella se aferró a sus hombros como si le faltara equilibrio y atrapó a Draco entre sus labios mientras él la mordía. Sus bocas se apartaron brevemente para volver a unirse y Draco la sujetó por la cintura y la subió al alféizar. Hermione abrió los ojos sorprendida y avergonzada al comprender sus intenciones.

-Draco, aquí no –logró decir entre besos. Ella subida al alféizar, él encajado en el hueco entre sus piernas.

-Por supuesto –repitió Draco.

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Hermione bajaba las escaleras, aferrándose con fuerza a la barandilla como si temiera que sus fuerzas fueran a fallarle. Llevaba el cabello sujeto en un recogido flojo del que se escapaban mechones de pelo alborotado y su suéter había cedido como si alguien hubiera tirado de él. Tenía las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes y expresión abstraída.

Draco descendía tras ella, bajando los escalones con total tranquilidad, una mano metida en uno de los bolsillos de su pantalón negro y los primeros botones de la camisa desabrochados. Se pasó la otra mano por el pelo para peinárselo con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

Hermione pisó un escalón y una de sus rodillas se dobló, débil, de modo que la chica tuvo que agarrarse con fuerza a la barandilla para no escurrirse. Se irguió, molesta consigo misma y con Draco, al escuchar la risilla maliciosa que lanzó a sus espaldas.

-Si quieres puedes agarrarte a mi –se ofreció él con tono inocente bajando hasta el escalón en el que se encontraba Hermione y tendiéndole el brazo.

Ella le dirigió una mirada fulminante.

-Aléjate de mí, Draco Malfoy, ya has hecho bastante –dijo con severidad.

-No recuerdo que te quejaras –repuso él, ufano.

-Sí lo hice, antes y después –farfulló Hermione, pegándose a la pared para poner la máxima distancia posible entre ambos.

Draco sonrió vanidosamente y se inclinó sobre ella, invadiendo su espacio personal.

-Pero no durante –dijo con tono insinuante. Hermione le miró con los ojos entrecerrados, debatiéndose entre besarle o enviarlo rodando escaleras abajo. Qué insoportable podía ser cuando quería. Y qué sexy, el muy capullo.

-Di lo que quieras –replicó Hermione girándole el rostro y bajando otro escalón con cautela –pero todavía estoy enfadada contigo.

-En ese caso, tendremos que volver a hacer las paces –murmuró Draco, siguiéndola.

Hermione le miró escandalizada y Draco se echó a reír de nuevo.

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Harry y Ron le pidieron disculpas a Hermione por su comportamiento y los tres amigos pasaron un rato charlando en voz baja, a los pies de la cama de Remus. El licántropo había dormido desde que Devany le dio una poción para que descansara. Hermione creyó verle con los ojos entrecerrados durante un segundo, pero cuando volvió a mirarle el licántropo estaba apaciblemente dormido.

Antes de la cena, la Señora Weasley les envió una lechuza para interesarse por la salud de Remus y Devany y Tonks reaparecieron en cuanto salieron de sus trabajos. Finalmente Tonks no había sido despedida pero Marsden la había interrogado sobre el paradero de Lupin y la había amenazado con ponerlo en Busca y Captura.

-Lo hará igualmente –les explicó Tonks con desánimo –mañana su retrato estará por todas partes.

Tonks no se equivocaba y al día siguiente, la Señora Weasley se presentó con otro ejemplar de El Profeta donde salía la foto de Remus Lupin junto a un artículo en el que se ofrecía una recompensa a aquellos que lo entregaran al Ministerio, argumentando que se trataba de un licántropo peligroso que había atacado a un grupo de ciudadanos muggles a la salida del Caldero Chorreante.

Harry no tuvo el valor de contárselo a Remus cuando despertó ese mediodía y le llevó un buen rato convencerle de que bajara a comer con todos. El hombre lobo parecía deprimido y abstraído y apenas probó bocado. Después de discutir en voz baja sobre el asunto con Harry, Hermione decidió resignada, informarle de la situación.

-Remus –dijo con suavidad. Él la miró con aire ausente y ojos tristes –el ministerio ha enviado aurores a tu casa y a casa de los padres de Tonks, después del incidente de ayer están… bueno, están buscándote –esperó a que Remus dijera algo, pero él permaneció silencioso e inexpresivo, como si no hubiera oído en realidad lo que Hermione le había dicho –creemos que lo mejor será que te quedes aquí hasta que la situación mejore.

-Tal vez debería entregarme –murmuró Lupin con voz neutra después de unos segundos de silencio en los que todos se preguntaron si había escuchado a Hermione.

-¿Qué? –barbotó Harry. Ron parecía estupefacto y Hermione angustiada. Draco comía el estofado que la Señora Weasley les había llevado con aparente indiferencia, aunque de vez en cuando observaba al que había sido su profesor con algo parecido a compasión.

-Sólo digo que tal vez tengan razón –repitió Remus con tristeza –Soy peligroso, es posible que fuera lo mejor para todos que me vigilaran y encerraran las noches de luna llena.

-No puedes hablar en serio –dijo Ron anonado.

-Eres un buen hombre, Remus –añadió Harry apasionadamente–y tomándote la poción matalobos ni siquiera te conviertes. No hay razón para encerrarte, ni ponerte un localizador como si fueras un delincuente o un animal salvaje.

-Pero eso no es infalible, Harry, tú lo sabes –repuso el hombre con cansancio –cuando pienso en todas las cosas horribles que podría haber hecho cada vez que me he convertido…

-¡Pero no las has hecho!¡Nunca has hecho daño a nadie! Así que no hay nada que lamentar –Harry había alzado la voz, alterado.

-Hablas como tu padre –Lupin se frotó los ojos hundidos, uno de ellos amoratado –pero las cosas no son así de fáciles.

-Remus, si te entregas estarás dándole la razón a todos los que piensan que los licántropos son monstruos–intervino Hermione con tono razonable –y eso no es así. Las nuevas leyes son injustas, abusivas y tiránicas, y bajo ningún concepto debemos acatarlas.

-Escondiéndome aquí tampoco hago nada para cambiar esas leyes –dijo Lupin, derrotista.

-Pero la Orden te necesita –aseguró Ron –si te quedas aquí podrás ayudarnos, en la cárcel no.

-La Orden se apañara bien sin mí.

-Tienes razón –terció Draco, y todos lo miraron, sorprendidos –no sé para qué necesitamos a un hombre que se pasa el día lamentando su aciaga suerte, autocompadeciéndose y lloriqueando por las esquinas.

Harry le miró seriamente y por un momento Hermione pensó que iban a volver a pelearse.

-¿Sabéis? Estoy de acuerdo con Malfoy –dijo el moreno –si prefieres ir a la cárcel para darles la razón a todos los que tienen prejuicios contra los hombre lobo, adelante. En la Orden necesitamos gente que esté dispuesta a luchar contra ese tipo de cosas.

-No soy un cobarde –repuso Remus enfadado, pero por lo menos parecía haber salido de su estado de penitencia y depresión –yo estaba en la Orden antes de que ninguno de vosotros hubiera nacido y… -el hombre se detuvo y miró a Harry y Draco como si hubiera comprendido a qué estaban jugando –sé lo que pretendéis, pero os daré el gusto. Me quedaré aquí y seguiré ayudando a la Orden en todo lo que pueda, aunque no sea gran cosa.

Hermione le miró y el cansado y triste hombrelobo le recordó a Sirius, sentado a esa misma mesa, desesperado por poder hacer algo por la Orden. Y comprendió por lo que el último de los Black debía de haber pasado al tener que limitarse a esperar, igual que ahora le pasaba a Remus.

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Los días siguientes, las cosas estuvieron más ajetreadas en Grimmauld Place y en la sociedad mágica en general. Tonks venía a comer o cenar a la Mansión Black siempre que el trabajo se lo permitía, y Devany se pasaba de vez en cuando para comprobar el estado de Remus –aunque ya estaba completamente bien, en opinión de muchos-. Ron siempre la acompañaba a San Mungo o a su casa y regresaba con una cara de tonto que ponía a Draco en serios aprietos porque ya no podía burlarse de él. Tonks le hacía preguntas incómodas a Draco cada vez que lo pillaba a solas, acerca de su relación con Hermione, guiñándole un ojo e interrogándole sobre cuando se casarían y cuántos hijos pretendían tener. Sobra decir que Draco se escabullía malhumorado siempre que podía.

Pero aparte de visitar a Remus, torturar a Draco con sus comentarios burlescos ("deberías ver la cara de bobo que se te queda cuando la miras" o "Romeo¿dónde has dejado a Julieta?") la aurora también les traía información. A parte de un cuerpo especial de aurores designado por Marsden para la "caza" de licántropos que no acudían a sus citaciones, habían surgido varios caza recompensas –o cazalobos como habían empezado a llamarles en los periódicos –que atrapaban licántropos por medios poco ortodoxos y los llevaban a Ministerio para cobrar la recompensa. Varios licántropos habían sido encarcelados por resistirse, en las prisiones especiales del Ministerio.

Scrimgeour conseguía mantenerse haciendo equilibrios en el cargo de primer Ministro pues la mayor parte de los padres de los alumnos que habían sido sacados del colegio y de los que aún estudiaban en él, se habían unido en una asociación para denunciar las mentiras que el Ministerio había contado sobre lo sucedido en Hogwarts. El Ministro perdía credibilidad y se apoyaba en el Decreto contra los Hombres Lobo para tratar de lavar su imagen.

La población seguían intranquila por el mes de relativa calma transcurrido desde el ataque a Hogwarts y sus miedos se vieron confirmados, cuando una terrible noticia asoló Gran Bretaña. Un colegio muggle del sur del país había volado por los aires causando centenares de muertes de alumnos y profesores. Nadie había sobrevivido. Aunque la explicación oficial del Primer Ministro Británico para el mundo muggle fue la de una explosión fortuita en los conductos de gas que pasaban bajo el colegio, el mundo mágico era consciente de que había sido obra de Voldemort. Había arrancado de raíz las vidas de la mayoría de los niños muggles de una pequeña comunidad, sembrado el terror en el pueblo mágico y no mágico, vengado su ataque frustrado a Hogwarts y dando un duro golpe al mandato de Scrimgeour. Aunque para algunos –como Marsden –el suceso no tenía especial importancia, el pánico había cundido en la sociedad mágica. Más alumnos fueron retirados de Hogwarts, algunos comercios cerrados, y la gente apenas se atrevía a salir de sus casas. Los muggles parecían contagiados de ese clima de miedo y tensión típico de la guerra, y las calles londinenses nunca se vieron tan vacías.

Hermione se echaba a llorar cada vez que oía algo sobre la noticia en la radio o el periódico, así que Draco, Harry y Ron terminaron por prohibirle leer la prensa y escondieron la radio. Los tres chicos se toleraban como buenamente podían, pero aunque se peleaban con bastante frecuencia, los enfados no les duraban días y procuraban ocultarles las discusiones a Hermione. Y de algún modo, la presencia de Remus parecía actuar como elemento pacificador porque posiblemente como residuo de la época en la que fueron sus alumnos, se sentían cohibidos a la hora de decirse de todo delante de él.

Distintos miembros de la Orden se pasaban para traer noticias, y aunque Harry les preguntaba a todos si tenían alguna novedad sobre Snape, la respuesta siempre era la misma. Un no.

Había pasado más de un mes desde que Harry le había encomendado la misión de matar a Nagini, y cada día le hacía dudar más de su decisión. A veces pensaba que se había comportado como un estúpido por dejar escapar a Snape, y aún más por haberle contado que los otros horrocruxes estaban destruidos. En otras ocasiones, tenía la sensación de que había hecho lo correcto, pero eran las menos. Y era angustiante pensar, que ahora todo dependía de Snape.

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Devany tomó el cepillo con empuñadura de plata y peinó un mechón de cabello rubio ceniza. Narcissa ni siquiera se movió, permaneció sentada e impasible mientras la muchacha le cepillaba diestramente su largo y sedoso cabello.

En San Mungo reinaba la tranquilidad, hacía un par de horas que se habían superado la medianoche y todos los enfermos dormían o lo intentaban. A Devany le había tocado el turno de noche y aunque pudiera parecer extraño, ella estaba acostumbrada a cepillar el cabello de la señora Malfoy a esas horas. La ayudaba a dormir las noches que estaba demasiado alterada, como esa.

Esa noche no había luna, así que Narcissa no había logrado ver nada a través de la ventana –su lugar favorito –y Devany sospechaba que esa era la razón de su inquietud. O eso le gustaba pensar. Pero cuando Narcissa la sujetó por la muñeca con brusquedad y la miró a los ojos mudamente, como si quisiera gritarle algo, se asustó. Por un momento, la mujer le pareció lúcida y aterrada, pero cuando se levantó de la butaca y volvió a acercarse a la ventana como una autómata, Devany se obligó a tranquilizarse.

-¿Y mi hijo? –preguntó Narcissa en un lamento vacío. Devany siempre se sentía conmovida cada vez que la Señora Malfoy llamaba a su hijo y deseaba explicarle que ella lo veía a menudo y que se encontraba bien, pero sabía que eso sería una pérdida de tiempo. Narcissa no la escuchaba, y si lo hacía, no entendía lo que ella le decía.

Suspirando, Devany decidió que era hora de tratar de acostar a la mujer, pero cuando se acercaba a la ventana oyó un tremendo ruido que hizo temblar los cimientos del edificio.

-Ella –murmuró Narcissa, aferrándose con fuerza al alféizar de la ventana, pero manteniendo el rostro inexpresivo. Devany, desconcertada y alerta, sacó su varita del bolsillo de la bata de sanadora y se acercó corriendo a la puerta de la habitación. Las cabezas de medimagos y enfermos asomaban por las demás puertas del pasillo, sin duda todos despiertos por el descomunal sonido, todos confusos.

-¿Qué está ocurriendo? –preguntó Devany a Hickman, uno de los medimagos de guardia que estaba dos puerta más allá.

-No lo sé –murmuró el hombre -¡Señor Wickand, quédese en la cama! –gritó y volvió a internarse en la habitación, sin duda para impedir que el señor Wickand se calzara sus babuchas y saliera cojeando a ver qué ocurría.

Devany miró a Narcissa, que continuaba aferrada a la ventana, ajena a todo, y decidió salir a investigar. Cerró sigilosamente la puerta y caminó de puntillas hacia el fondo del pasillo. Un par de personas la llamaron por su apellido, preguntándole si sabía lo que ocurría, pero Devany no se paró a contestarles. Tenía un mal presentimiento. Llegó a las escaleras que bajaban al siguiente piso y descendió corriendo los escalones hasta llegar al rellano. Lo primero que vio fue un potente rayo de luz verde volando hacia ella. Se asustó tanto que resbaló y cayó al suelo, librándose por los pelos de ser golpeada por la maldición mortal. Aterrorizada, se arrodilló en un escalón y lanzó una mirada fugaz a la escena que se estaba desarrollando en el pasillo. Había un grupo de hombres vestidos de negro y enmascarados.

Mortífagos. En San Mungo.

A lo largo del pasillo se libraba una encarnizada batalla entre el grupo de mortífagos y la guardia de aurores permanente que había en el Hospital mágico. El anciano señor Benson yacía en el suelo, con los brazos doblados en un ángulo antinatural y los ojos cerrados, y Devany rezó con los ojos húmedos porque no hubiera muerto. Dos niños aterrorizados, se refugiaban bajo una de las camillas que había por el pasillo, quemada y humeante por algún hechizo. Un auror se desplomó cuando corría hacia las escaleras y Devany vio con horror, como el hombre la dirigía una última mirada exánime antes de desplomarse prácticamente a sus pies. Horrorizada, Devany trató de retroceder, pero los escalones golpeaban en su espalda. Tenía que ponerse en pie si quería moverse. Debían evacuar a los enfermos del segundo piso.

Tomando aire con fuerza, con el corazón bombeando violentamente sangre a su cuerpo, sin pensar, Devany se puso en pie y echó a correr escalones arriba. Oyó el silbido de hechizos cortando el viento cerca de ella, pero no se detuvo a pensar. Sólo corrió y corrió escaleras arriba.

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Hermione se despertó sobresaltada al escuchar unos golpes fuertes e insistentes en algún lugar de la casa. Abrió los ojos bruscamente y a punto estuvo de caerse pues como de costumbre, se hallaba arrinconada al borde de la cama, con el brazo de Draco por encima de su cintura, evitando que se diera un porrazo. Chascó la lengua algo aturdida y trató de quitárselo de encima cuando una nueva tandada de golpes se escuchó retumbando en las paredes.

Draco se despertó esta vez, abrió apenas los ojos y miró a Hermione adormilado y desconcertado. Sus ojos eran sólo dos rendijas grises y brillantes en la penumbra del cuarto, y tenía el pelo rubio aplastado y revuelto. De no haber escuchado otra tandada de golpes, Hermione se hubiera quedado atontada mirándolo.

-¿Qué coño pasa? –preguntó él con voz pastosa.

-No lo sé –murmuró Hermione, tratando de centrarse –creo que alguien está llamando a la puerta.

Acto seguido, se escucharon pasos acelerados por el pasillo y después pisadas descendiendo los escalones, sin duda, encaminadas al hall. Librándose al fin del brazo de Draco, Hermione salió de la cama, cogió su varita y se calzó las zapatillas de dormir que su abuela le había regalado las Navidades pasadas –zapatillas de las que Draco se burlaba porque tenían el dibujo de una zanahoria -. Abrió la puerta y salió corriendo por el pasillo hasta tomar las escaleras. Si alguien aporreaba la puerta a esas horas de la noche –miró el reloj para comprobar que eran más de las dos de la madrugada –sólo podía significar que había pasado algo grave. Asustada, voló por los tres pisos de escaleras que la separaban del hall y encontró a Remus, Harry y Ron en el hall, hablando con un agitado Kingsley.

-¿Qué pasa? –preguntó agarrándose inconscientemente al pijama de Harry.

-San Mungo, los mortífagos están atacándolo –dijo Kingsley alterado –acabo de alertar al Ministerio pero…

-¿Y Devany? –preguntó Ron lívido.

-Ha sido ella la que me ha avisado, se puso en contacto con su padre y él me lo comunicó. Di la alerta en el Ministerio pero no hay muchos aurores disponibles, la mayoría están repartidos por diversos puntos, necesitamos refuerzos. La Orden…

-Vamos –dijo Harry caminando hacia la puerta decidido.

-¿Qué demonios pasa aquí? –inquirió Draco bajando las escaleras, evidentemente molesto por haber sido despertado a esas horas. Llevaba el pantalón negro de su pijama caído y una camisa arrugada que no se había molestado en abrochar.

-Draco, están atacando San Mungo –le explicó Hermione acercándose a él angustiada.

-¿San M… ¡Mi madre¡Ella está allí! Tengo que…

-No puedes ir –Hermione le agarró por los hombros –el Ministerio está allí, te detendrán…

-¡Me importa un comino! –dijo él, soltándose del apretón de la chica para dirigirse a la puerta bajo la que se encontraban Kingsley, Harry y Ron.

-Chico, tienes que quedarte aquí –dijo Kingsley con tono duro, no obstante, el brillo de la compasión chispeaba en sus ojos –yo me encargaré de poner a salvo a tu madre si no la han evacuado ya. Tonks está en el Ministerio, habilitando una zona exclusivamente para eso.

-A estas alturas, los inútiles del Ministerio ya estarán muertos y posiblemente mi madre también –replicó Draco fríamente. Se notaba que estaba furioso y aterrado, y no obstante, su rostro era una máscara de impasibilidad.

-Aún así, tú y Remus tenéis que quedaros aquí. Sois prófugos de la justicia. Si queréis hacer algo útil, avisad al resto de la Orden –replicó tajantemente el auror –ahora vámonos, cada segundo cuenta.

Se dio media vuelta y sin darle oportunidad a Draco o a Remus de replicar, se perdió en la oscuridad de la calle. Ron le siguió sin mirar atrás, pero Harry lanzó una mirada comprensiva al licántropo y el mortífago antes de salir con ellos.

-Draco, por favor, hazle caso a Kingsley –le rogó Hermione, pero él no parecía ni verla. Se había quedado mirando el punto por el que Shackelbolt había desaparecido como si fuera una estatua de sal.

-Yo me encargo –le aseguró Remus, resignado, cuando Hermione se volvió hacia él pidiéndole auxilio. La chica asintió, besó a Draco en la mejilla y se marchó corriendo, cerrando la puerta de Grimmaudl Place tras ella.

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Podía oír las palabras de su Señor flotando en su cabeza una y otra vez mientras hacía señas al grupo de mortífagos para que le siguieran sigilosamente bajo la lluvia. Sabía exactamente qué camino debían tomar y que embrujos protegían la entrada a cada uno de los niveles que guardaban la prisión. La cárcel de MontisOccultus, como su propio nombre indicaba, se hallaba situada en lo alto de una alta montaña de la isla de de Guemsey. La prisión se situaba en el nivel superior, protegida por trece niveles amurallados, cada uno con la puerta orientada hacia una dirección diferente. El funcionario de la prisión al que habían capturado, hablaba de peligrosas criaturas vagando en cada nivel, preparadas para atacar a cualquiera que se perdiera por el laberinto que se extendía entre una puerta y otra. Los embrujos que protegían cada puerta eran tan poderosos que el funcionario había asegurado que sólo podían ser abiertas desde dentro. Pero él sabía que eso no podía ser cierto. Siempre había varias maneras de abrir una puerta.

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Algunos funcionarios del Ministerio llamaban a aquello celda. Para Lucius no era más que un inmundo agujero negro. Las paredes parecían embardunadas de brea, de un negro más denso que la propia oscuridad, apenas iluminadas por dos diminutos y efímeros haces de luz se colaban por un par de grietas en la pared muy de vez en cuando. La estancia apestaba a humedad, humanidad y aire viciado. El suelo estaba húmedo por la lluvia que caía copiosamente desde hacía unas horas y que se colaba por algún lugar indeterminado. Hacía frío, siempre hacía frío, o al menos Lucius siempre se sentía congelado en ese apestoso calabozo. Tal vez fuera por la calma antinatural que siempre llenaba ese lugar, como si estuviera solo en esa jodida isla. No había visto a ningún ser humano, preso o trabajador, en ese maldito lugar desde que lo habían trasladado de la cárcel de Azkaban. ¿Cuánto hacía de eso¿Semanas? Lucius diría que meses, pero al pasar la mayor parte de su miserable tiempo en la más completa oscuridad, había perdido el concepto del tiempo, los días y las noches. Había dejado de tratar de orientarse por las horas en las que la comida aparecía mágicamente con un suave plaf en un rincón de la celda. Siempre en una bandeja gris, siempre pan duro y cualquier otro tipo de alimento, posiblemente en deplorables condiciones higiénicas. Pero también hacía tiempo que Lucius había perdido los escrúpulos.

Como también las esperanzas. Le habían llegado vagos rumores del mundo exterior, pero sabía que Fudge había sido depuesto y que Scrimgeour le había sustituido. No en vano, el nuevo ministro había ido a interrogarle poco después de conseguir el puesto para sacarle toda la información posible sobre Voldemort y su gente. A Lucius no le gustaba Scrimgeour. No era un idiota manipulable como Fudge y no hubiera podido comprarle ni con toda su riqueza y poder de antaño. Lucius sabía que le vigilaba desde hacía años cada vez que iba al Ministerio, del mismo modo que sabía que el ministro le detestaba. Tal vez eso tuviera que ver con asqueroso hoyo donde le habían metido. Y Scrimgeour no iba a dejarle salir. Si de él dependía, se pudriría en aquel lugar.

Una parte de Lucius ya se había hecho a la idea, la otra luchaba por no hundirse en remolinos de evasión que le llevarían a la locura. Y fue precisamente esa parte la que le hizo creer que se había vuelto definitivamente loco cuando le pareció vislumbrar una luz en la oscuridad que se colaba entre los barrotes mágicos de su celda. Se frotó los ojos secos y cegados por la ausencia de luz, pero volvió a ver el resplandor acercándose más y más a él. Estaba tan cerca que a Lucius le dañaba los ojos, aunque sabía que realmente era una luz poco más que insignificante. No obstante, no parpadeó aunque se le llenaron de lágrimas, pues temía que la visión desapareciera si lo hacía.

Escuchó pasos, murmullos y una risotada de excitación salvaje que le resultó extrañamente familiar. Entonces un chorro púrpura salió disparado del resplandor hacia Lucius. El mortífago retrocedió y se apretó contra la pared tratando de esquivarlo, pero el potente hechizo no le tocó, ni siquiera impactó con la pared cerca de él. Quedó atrapado en los barrotes, recubriéndolos de la brillante luz púrpura hasta que el metal mágico empezó a temblar y a retorcerse, derritiéndose para gotear espesamente sobre el suelo y formar un charco plateado. Un pie pateó los últimos restos de los hierros que aún quedaban en su sitio y la varita iluminada alumbró el esquelético y demacrado rostro de Lucius Malfoy.

-¿Se…Severus? –preguntó con la voz estrangulada después de tanto tiempo sin usarla, mientras se esforzaba en distinguir el hombre que había frente a él, protegiéndose los ojos de la luz con las manos.

-Lucius –le saludó el hombre con voz ronca y grave, sazonada con un toque burlesco.

-Merlín –gimió Lucius débilmente -¿eres realmente tú?

-Así es, Lucius –Snape se inclinó sobre el preso y Lucius pudo ver su piel cetrina a la luz de la varita –he venido para sacarte de aquí.

-Bien –fue todo lo que dijo Lucius.


Hola,

aquí está el siguiente y cada vez faltan menos. Un poquito de acción de nuevo, pero yendo por partes, Draco, Harry y Ron han acordardo tolerarse. Draco se ha disculpado por ser tan condenado a veces y Remus ha accedido a quedarse en Grimmauld Place. Pero lo importante del capítulo: San Mungo y Montis Occultus están siendo atacados, sí, a la vez. Entenderéis por qué. ¿Qué pasará con Narcissa?¿Y con Devany¿Se quedará Draco en casa?¿Qué ocurrirá ahora que Lucius está/estará libre?

Más en el próximo.

Ahora, disculparme por no responder a los comentarios en el LJ, fotolog y foro, pero me hallo sin internet en el piso (mi ordenador nuevo es tan moderno que no funciona con mi router -una mierda, vamos-) y he tenido una semana horriblemente asquerosa y depresiva, y la que viene tiene la misma pinta, así que disculpadme por ponerme en plan ermitaño, pero no tengo ánimo para mucho más.

Espero que la historia no os sea un coñazo insoportable, prometo no extenderme mucho más.

Mis agradecimientos especiales para quienes dejaron reviews en el anterior, los he leído y me han animado, son lo único que aún parece irme bien. En fin, antes de sumirme en un rollo autocompasivo y depresivo, os dejo.

Muchas gracias por los ánimos, espero que estéis todos/as bien.

Con mucho cariño, Dry (o Dryadhus para Earus)!

PD: Click a "Go" para que Draco (o X, para mí Jacoby Shaddix) te arrincona en una biblioteca y te suba a un alféizar y ya sabéis que más.