o0o Recomendación Musical: Crazy - Kidney Thieves
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Capítulo 46: Castigo y perdón
Pero Draco no fue a buscarla en toda la tarde, ni dio señales de vida. Hermione, se asomaba de tanto en tanto al pasillo para comprobar que la puerta de la habitación de Draco continuaba cerrada, y regresaba a su propio cuarto, desanimada y deprimida. Tenía una sensación opresiva en el pecho de la que no era capaz de librarse. Y no obstante, esperó pacientemente hasta la hora de cenar.
Después de que Harry, Remus y ella mantuvieran una silenciosa cena, y en vista de que Draco no parecía tener intención de bajar, Hermione le preparó algo de comer cuando se quedó a solas. Lo colocó sobre una bandeja de plata con el emblema de los Black y lo subió cuidadosamente hasta el tercer piso de escaleras.
Con el corazón encogido, se plantó frente a la puerta de Draco y llamó suavemente con los nudillos. Esperó unos segundos, pero no obtuvo respuesta.
-Draco –le llamó, golpeando de nuevo la puerta –Si no quieres hablar, no te molestaré. Sólo te he traído algo de cena.
Al otro lado de la puerta, Draco se arrastró fuera la cama y cayó pesadamente sobre la alfombra de Aubusson con un golpe seco. No le importó demasiado, había bebido suficiente alcohol como para que le doliera. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se aferró a uno de los postes de madera labrada de su cama con doseles y se levantó, mareado. Aguardó unos instantes hasta que la habitación dejó de dar vueltas alrededor de él y caminó hacia la puerta tambaleándose. Apoyó la frente en ella y cerró los ojos. Pero no abrió.
-¿Draco? –repitió la voz de Hermione -¿Estás ahí?
Draco colocó las manos sobre la hoja de madera, como si así pudiera absorber las vibraciones de la voz de Hermione, y esperó, apretando más los párpados. Durante unos largos segundos ella no habló, él no se movió, esperando, aguardando ambos.
-Está bien –murmuró Hermione con tristeza y bajó los hombros después de un par de minutos–dejaré la bandeja aquí fuera por si cambias de opinión.
Y Draco pudo escuchar los leves pasos de Hermione sobre la crujiente madera y la puerta de su habitación cerrándose, como una barrera más interpuesta entre ellos. Sintiendo que algo en su interior se moría un poco.
Furioso consigo mismo, con ella, con el mundo, Draco se apartó de la puerta y pateó la butaca tapizada de chintz que había justo a su cama, volcándola sobre la alfombra. Sentía el impulso de destrozarlo todo, de volver astillas la madera, espuma el colchón, desgarrones las cortinas, piedra su corazón. Le dio un puñetazo a uno de los postes de la cama, posiblemente fracturándose un par de dedos y soltó una maldición. Sentía un fuerte dolor, pero ni eso era suficiente para distraerle por un segundo del caos que pacía en su interior, dejándolo todo del revés, en ruinas. Desolado, se dejó caer sobre el colchón cubierto por una maraña de mantas y sábanas y hundió el rostro en la almohada, como si así pudiera dejar de oír sus pensamientos.
Se sentía miserable por haberla apartado así de su lado, pero al mismo tiempo se sentía incapaz de verla. Y la considerable cantidad de alcohol que había ingerido de su kit de emergencia –consistente en una botella de whisky medio vacía y fácilmente rellenable oculta al fondo del armario –no le había hecho ver las cosas desde otra perspectiva. Sentía que la situación le superaba y Draco se refugiaba en la bebida para tratar inútilmente de olvidar quien era él, quien era ella. Y por qué eso era tan importante.
Durante todo ese tiempo, desde que huyera del Señor Oscuro, Draco se había sentido un naufrago en tierra de nadie, formando parte de dos mundos pero sin pertenecer realmente a ninguno.
Pero ahora su apellido, su familia, su pasado habían regresado a buscarle. Su padre había salido de la cárcel, liberado por los mortífagos y el Lord Tenebroso. Y Draco tenía la seguridad de que ahora estaría con ellos, atrapado en ese bando, lo quisiera o no.
No podía evitar torturarse con preguntas dolorosas que no le llevaban a nada claro. A esas alturas, su padre ya debería saber lo que le había sucedido a su esposa, ya debía estar enterado de que Bellatrix la había torturado hasta la locura para averiguar el paradero de su hijo. El miserable de su hijo que había huido como un perro apaleado del bando oscuro, incapaz de cumplir una misión. Llamado para ocupar su lugar pero fracasado estrepitosamente en el intento de reemplazarle. Una decepción como mortífago.
Lucius había educado a Draco para que siguiera sus pasos, le había marcado unas directrices, desde una disciplina férrea con exigentes expectativas. Lucius siempre había sido su ejemplo a seguir, su modelo, le había enseñado todo por lo que se había regido, le había criado para ser ambicioso, para valerse de su astucia como medio para alcanzar el poder, para comportarse con la altivez con la que se debía tratar a aquellos que les eran inferiores. Durante todos los años precedentes, Draco había intentado estar a la altura de las expectativas que su padre tenía para él, y había sido duramente castigado cuando lo había decepcionado. La fascinación que Draco sentía por su padre era sólo equiparable al temor que le provocaba. Lo había educado en los ideales elitistas de la sangre pura y el poder, para algún día ocupar su lugar. Pero Draco no había podido salirse más de la senda que él le había marcado desde que lo encarcelaran. Al principio lo había intentado, se había esforzado por ocupar su lugar, por recuperar el buen nombre de los Malfoy entre los seguidores del Lord Tenebroso. Se había desesperado intentando lograr que su padre estuviera orgulloso de él, pero había fracasado estrepitosamente. Se había salido del camino, había escapado, se había refugiado en la casa de Potter, unido a la Orden del Fénix y enamorado de una sangre sucia.
Y ahora que su padre había vuelto a "aparecer" en su vida, Draco sentía miedo, culpabilidad y vergüenza. ¿Le culparía a él del estado de su madre¿Le culparía por huir, por no estar a su altura como servidor del Señor Oscuro¿Le despreciaría por haberse enamorado de una sangre sucia¿Por haber entrado a formar parte de la Orden del Fénix?
Tenía miedo de que su padre le odiara y le despreciara. Sabía que él no aceptaría a Hermione porque representaba todo lo que le había enseñado a odiar. Y por si fuera poco, no era una sangre sucia cualquiera, era la sangre sucia que siempre quedaba por delante de él en las clases, para profunda humillación de su padre. Además estaba viviendo en casa de Harry Potter, por quien, indirectamente, había acabado en la cárcel. Unido a la Orden del Fénix que había ayudado a atraparle. Le había traicionado en todos los sentidos posibles y estaba acojonado ante la reacción de su padre al recibir toda esa información junta.
Al mismo tiempo, le aterrorizaba la idea de que el Lord Tenebroso hiciera pagar a su padre las faltas que él había cometido. El Señor Oscuro no conocía la piedad. Había castigado a Lucius por un fallo, por un único fallo, sacrificando a su hijo. Bellatrix había enloquecido a su propia hermana por lealtad –o locura –hacia su señor. Y ahora su padre estaba con ellos, obligado implícitamente a matarle a él y a Hermione. Porque eran sus enemigos. Porque eran su vergüenza y su castigo.
Porque para los mortífagos, ambas sangres no debían mezclarse.
Por mucho que para el sangre pura Draco Malfoy, una sangre sucia fuera todo lo que tenía y quería.
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Hestia cerró la pequeña cancilla del jardín y se adentró por el sendero de grava rodeado de rosales que daba a la puerta de su pequeña casita en las afueras de Londres. Miró precavidamente a su alrededor y comprobando que la tele del Señor Elfman seguía sonando varios decibelios por encima de lo normal y que la Señora Whittemore ya había sacado la basura, extrajo su varita mágica del bolsillo de su pesado chaquetón y murmurando unas palabras, apuntó a la puerta de su casa con ella. Se oyó un amortiguado "crick" y Hestia empujó la puerta con suavidad. El acogedor aroma de su casa y la tibia luz de la lámpara que había dejado encendida junto a su sillón de leer, la tranquilizaron de inmediato. Desde que estaban en guerra había tomado la costumbre de dejar siempre una luz encendida para no entrar en casa a oscuras. Realmente no era una gran medida de seguridad, pero a ella le reconfortaba. Se quitó los zapatos de tacón bajón dando un par de patadas al aire y se calzó sus zapatillas de andar por casa mientras encendía el tocadiscos y Frank Sinatra comenzaba a caldear la instancia con su voz. Ese había sido un día largo y cansado con todos los cambios que Marsden pretendía realizar en el Ministerio, y a Hestia únicamente le apetecía sentarse en el sillón a leer un rato con una taza de humeante chocolate caliente en las manos para después irse a dormir.
Pero cuando avanzó hacia la cocina, se dio cuenta de que había algo diferente en el salón. En un primer momento no supo identificar de qué se trataba pero después se dio cuenta de que le había sucedido algo extraño a la foto enmarcada que había bajo la lámpara. En ella, la última vez que la había mirado, salía Hestia mostrando orgullosa el contrato que había firmado en el Ministerio cuando entró a trabajar allí, años atrás. Pero ahora, en el lugar en el que debería estar el rostro de Hestia sólo había una mancha negra y borrosa, como si alguien hubiera quemado ese fragmento de fotografía de modo que su cuerpo continuaba moviéndose para mostrar el diploma en una retorcida pantomima de un decapitado viviente. Hestia se puso en tensión de inmediato con la lacerante sensación de que no estaba sola en la casa. Miró hacia el aparador donde había posado la varita junto con sus zapatos y se maldijo por su estupidez. Sólo la separaban unos cinco metros de ella, pero de algún modo, Hestia ya sabía que no llegaría a coger su varita. En lugar de moverse, escudriñó las sombras sobre las que la tenue luz de la lámpara no lograba penetrar y le pareció percibir un movimiento. Segundos después, una figura negra se colocó en el radio de luz permitiendo a la funcionaria del Ministerio reconocerla.
-Bellatrix Black–murmuró sin aliento, abriendo los ojos desmesuradamente.
-La misma, querida –respondió la mortífaga con un tono tan dulce que ella misma encontró gracioso y rompió a reír histéricamente. Hestia lanzó una mirada fugaz a su varita, pero otro movimiento tras Bellatrix llamó su atención. Había una segunda persona en el salón, si no más.
-¿Qué es lo que quieres? –preguntó la aurora con una tranquilidad que en absoluto sentía.
-Tengo unas cuantas preguntas que hacerte. ¿Tendrías la amabilidad de sentarte? –y sin esperar respuesta, Bellatrix apuntó con su varita a Hestia. Tras un estallido de luz azulada, Hestia salió disparada contra el sillón con un sonido sordo. La mujer ahogó un gemido y trató de moverse, pero antes de poder hacerlo, Bellatrix ya había agitado su varita y una serie de cuerdas blancas empezaron a rodearla y atarla al sillón hasta que lo único que podía mover eran los dedos de los pies y la cabeza.
-Bien –Bellatrix soltó una risotada y se relamió los labios –Vamos a jugar un poco.
Se acercó al sillón donde Hestia estaba atrapada y se sentó en el apoyabrazos, cruzando las piernas juguetonamente. Con uno de sus finos dedos rematados en uñas largas y puntiagudas, Bellatrix jugueteó con el pelo de la mujer, sonriendo macabramente.
-Yo te haré unas preguntas y tú me responderás sinceramente –pasó una de sus uñas por las sonrojadas mejillas de la mujer –o tendré que hacerte daño –puso una mueca de fingida tristeza –y no queremos que eso pase¿verdad, Hestia?
Hestia trató de hablar, pero Bellatrix debía de haberle hecho un hechizo silenciador no verbal, porque de su boca entreabierta no salió ningún sonido. No podía moverse, no podía hacer magia y no podía hablar. Estaba completamente indefensa, a merced de una loca mortífaga. Y de algún modo sabía que iba a morir.
-Son preguntas muy sencillas –continuó Bella con tono meloso e infantil –sobre mi querido Snape. Bien¿sigue perteneciendo a la Orden¿Se ha reunido con vosotros¿Os ha pasado información?
-Espera un momento, Bellatrix –pidió una voz grave, y Hestia contempló con horror como una segunda figura embozada en una capa negra, salía de la oscuridad. Avanzó elegantemente hasta situarse a la espalda de la butaca que había frente a Hestia y apretó con sus dedos largos e insanamente delgados el respaldo del asiento. La luz de la lámpara arrancaba sombras y luces a su rostro, ocultándolo y mostrándolo a partes iguales, pero a pesar de ello, Hestia pudo reconocerlo.
Lucius Malfoy.
Su paso por Azkaban y más tarde por Montis Occultus, le había conferido el aspecto de poco más que un muerto viviente. Estaba tan demacrado y delgado que su cara estaba chupada y sus rasgos hundidos, a excepción de los marcados pómulos que ahora parecían más prominentes que nunca. Los ojos, de un sereno gris, parecían vacíos, perdidos, como si no tuviera conciencia ni lucidez. Pero los labios finos y resecos se apretaban en una mueca dura de desprecio idéntica a la que había lúcido antes de ser encarcelado.
-Antes de que la mates quiero preguntarle un par de cosas –dijo y ante la mirada interrogante de la mortífaga, añadió –sobre mi hijo.
Bellatrix sonrió maliciosamente y asintió.
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Hermione despertó con un gusto amargo en la boca y una sensación desagradable en el estomago. Notaba los ojos secos y los párpados hinchados por haber llorado antes de dormirse. Tampoco es que hubiera dormido demasiado porque se sentía extraña en su cama, pequeña y sola. Desolada, para ser más concretos, deseando con todas sus fuerzas que la puerta se abriera y Draco entrara por ella. Sin decir nada, sin hablarle, no hacía falta. Simplemente para abrazarla y que ella sintiera así que todo iría bien.
Hermione podía enfrentarse a muchas cosas. A la mudanza de sus padres a los que no veía desde hacía meses por su seguridad, a perderse el último curso de su formación mágica, a compartir sobre sus hombros el peso de la misión de Harry. A mortífagos y hombres lobo, a la guerra, a sus amigos, a la gente a la que quería. Incluso podía enfrentarse a ella misma. Pero no podía enfrentarse a lo que tenía lugar dentro de Draco, lejos de ella. Al otro lado de una pared que ahora parecía una muralla entre ellos dos. Una muralla que él se encargaba de construir y ampliar a cada segundo.
Porque ella le necesita y él no quería verla. Porque necesitaba saber qué estaba pasando por su cabeza, porque sabía que ella estaba en el eje de todo lo que a él le atormentaba. Porque tenía miedo, tenía tanto miedo a que las cosas cambiaran ahora que Lucius Malfoy estaba fuera que no era capaz de respirar hondamente, como si la misma mano del mortífago le oprimiera los pulmones.
Porque sintió cómo el alma se le caía a los pies cuando vio la bandeja con la cena que había preparado para Draco intacta, en el mismo lugar en el que la había dejado el día anterior. Sintiendo la humedad en sus ojos, Hermione la recogió y bajó las escaleras sin molestarse en llamar a la puerta de Draco.
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Ron regresó a media mañana, pálido, nervioso y sonriendo tontamente ante cualquier comentario, por falto de gracia que este fuera. Posiblemente, en realidad se dedicaba a sonreír todo el tiempo, sin interrupción. Según sus noticias, Devany estaba estable y no corría ningún peligro.
-Le darán el alta a principios de la próxima semana –les explicó Ron embobado –Mike se ha quedado con ella.
-¿Mike? –preguntó Harry confundido.
-Ya sabéis, el Señor Apeldty –respondió obviamente, como si el padre de Devany fuera un amigo de la infancia de Harry, Hermione y Remus –un gran tipo ese Mike.
En circunstancias normales, Hermione hubiera esbozado una sonrisa, pero en ese día en concreto, sus ganas de sonreír se habían ido a un mundo mejor. Mientras Ron seguía relatándoles lo que los medimagos habían dicho del estado de Devany, Remus se levantó y fue a abrir la puerta para que Tonks se uniera a la comitiva. La aurora, con el pelo tan negro como la brea y mágicamente largo hasta la espalda, entró en las cocinas con expresión enfurecida, seguida de Remus.
-Traigo noticias –dijo tropezando con un taburete en su intento de tomar asiento. Se frotó una rodilla, soltó una maldición y se dejó caer sobre un asiento pesadamente –tenemos nuevo ministro –y arrojó unos panfletos impresos en folios de color verde sobre la mesa. Hermione recogió uno de ellos y lo desplegó para ver una foto en movimiento de un hombre de mediana edad, alto y delgado y con una espesa melena castaña, cayendo enmarañada en su espalda. Tenía barba y bigote recortados de un tono más oscuro que el de su pelo y los ojos verde oscuro y penetrantes miraban a través de la fotografía como si quisieran controlar todo. Una enorme sortija llamaba la atención en el dedo índice de su mano derecha, de la que sobresalía un pedrusco de color púrpura. Sobre la foto se leía el titular: "Edgar Marsden: nuevo Ministro de Magia Británico".
-Así que el Wizengamont ya lo ha nombrado Ministro –comentó Remus pausadamente, observando con desanimo un ejemplar del panfleto.
-Así es, como era de esperar –resopló Tonks –el nombramiento acaba de realizarse en el Ministerio por ese grupo de viejos seniles y decrépitos que nos llevaran a la ruina. Marsden no ha perdido un segundo para distribuir estos panfletos con las noticias y encerrarse en su despacho para poner en marcha nuevas medidas, entre ellas un endurecimiento de la Ley contra la Licantropía. Corren rumores de que está elaborando un comunicado para la prensa para tranquilizar a la población mágica prometiendo medidas más duras y "adecuadas" a las circunstancias.
-¿Y qué será ahora de Scrimgeour? –preguntó Harry.
-Bueno, esta mañana ha recogido todo y ha dejado el ministerio. Marsden presumía de ser su consejero y mejor apoyo pero no le ha dado un mísero puesto en el Ministerio, ni siquiera en la Oficia de Aurores. Además por lo que Kingsley ha oído, Marsden piensa hacer un programa de reclutamiento de Aurores, especialmente entre los magos nacidos de muggles, para ampliar el cuerpo de Aurores.
-¿Especialmente entre los nacidos de muggles? –repitió Hermione.
-Oh, sí, ya sabes, un pelotón de segunda orden al que enviar a misiones suicidas. Marsden desprecia a los hijos de muggles, pero está dispuesto a utilizarlos ahora que las cosas están crudas porque son prescindibles. Para él cien hijos de muggles muertos no valen la muerte de un auror sangre pura. Bazofia elitista –dijo con desprecio -Antes de que la guerra comenzara, era un apasionado defensor de la prohibición de la entrada al cuerpo de aurores de "sangre sucia". Consideraba que no tenían el nivel mágico necesario para encargarse de la seguridad del país y de la lucha contra magos tenebrosos. Podéis ver cuánto ha cambiado de opinión ahora que las cosas se ponen feas.
-Nunca creí que diría esto pero… prefería a Scrimgeour como Ministro –declaró Ron, a quien las noticias recientes parecían haber sacado de sus nubarrones de atontamiento.
-Dale unos días y todo el mundo pensará como tú –vaticinó Tonks. Se hizo una silencio aciago en el que todos reflexionaron sobre la noticia, hasta que la aurora lo rompió apartándose el pelo de la cara –Por cierto¿ha pasado Hestia por aquí?
-No –negó Remus -¿por qué?
-No ha venido a trabajar hoy –comentó la chica frotándose la nariz –es extraño, Hes siempre era de las primeras en llegar. Le envié una lechuza antes de venir para saber si se encontraba bien pero aún no me ha contestado –se encogió de hombros –supongo que no es nada.
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Durante el par de días que transcurrieron tras el nombramiento de Marsden como ministro, Hermione apenas comió, ni durmió, ni hizo nada productivo. Llamó un par de veces a la puerta de Draco, pero en ambas ocasiones obtuvo silencio como única respuesta y decidió ignorarle. Si él no quería verla, ella no iba a insistirle.
No obstante, su digna decisión no hacía que se sintiera ni un poco mejor, cada vez más convencida de que Draco estaba replanteándose todo al respecto de ellos dos. Después de todo, ahora que su padre había salido de la cárcel, él ya tenía algo que perder por estar con ella. Hasta ese momento, había sido Hermione la que había tenido que enfrentarse a las consecuencias de estar con él, soportar el enfado de Ron y las miradas de desconfianza y recelo de casi todos. Y no obstante, había defendido su relación y sus sentimientos por Draco. Por eso, no podía evitar sentirse herida y decepcionada porque él, al primer obstáculo en su camino, se encerrara en su habitación y se olvidara por completo de ella.
Y a la cuarta noche durmiendo sin él, Hermione decidió que no le importa que él no quisiera verla, porque ella tampoco quería verle a él.
-¿Ha venido Hestia por la mansión? –preguntó Arthur posando en la mesa la cocina todas las fiambreras mágicas que Molly le había mandado llevarles, llenas hasta los topes de comida.
-No –respondió Remus -¿No ha vuelto al trabajo o respondido a ninguna lechuza?
-Hace tres días que no se pasa por el Ministerio y todas las lechuzas que le enviamos han vuelto con las patas vacías -el Señor Weasley se quedó distraído unos instantes con la mirada perdida –es… extraño.
-¿Qué piensas, papá? –preguntó Ron preocupado.
-Seguro que no es nada, posiblemente esté enferma… -aseguró Arthur haciendo un gesto con la mano para restarle importancia –de todos modos le diré a Tonks que se pase por su casa esta tarde.
-Puedo hacerlo yo –se ofreció Remus, deseoso de salir a la calle.
-Eh, no, no, Tonks lo hará, será mejor que no salgas de aquí –el padre de Ron miró gravemente a todos antes de continuar –Marsden ha añadido un nuevo artículo a la Ley… los licántropos con algún antecedente violento en su historial serán enviados a prisiones preventivas… Y el incidente del Callejón Diagon, aunque tú seas la victima… sería suficiente para que te metieran en la cárcel, además de no haberte personado en el Ministerio cuando te correspondía.
-¿Qué será lo siguiente? –gruñó Harry, indignado -¿encerrar a Ojoloco por hacer volar un contenedor?
-No lo digas demasiado alto, no me extrañaría tal y como están las cosas –dijo Arthur –de hecho, Marsden quiere que el Ministerio se haga con el control de la Red Flu y revise el correo por lechuzas, argumentando que es por el bien de la población mágica, para su seguridad. Hoy ha interrogado a Tonks y a Kingsley sobre la Orden del Fénix, a partir de ahora tendremos que tener más cuidado a la hora de programar nuestras reuniones.
-Pero la Orden no está haciendo nada malo o ilegal, no tienen nada contra nosotros –argumentó Hermione.
-Marsden quiere tener todo bajo control y no le agrada la idea de que exista una organización no ministerial luchando contra Voldemort. Con más resultados que el Ministerio, cabe decir. Ya viste que después de salvar Hogwarts, el Ministerio ocultó nuestra implicación y se quiso llevar todos los laureles. Hacedme caso, cuanto menos sepa sobre la Orden, mejor.
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Tras un breve forcejeo con la cancilla, Tonks logró adentrarse en el sendero que atravesaba el jardín de la casa de Hestia. Que la cancela no hubiera sido forzada y el jardín no mostrara signos de lucha, no significaba nada. Si los mortífagos habían atacado a Hestia, no se habrían molestado en llamar a la puerta…
Tratando de sacudirse el estremecimiento que la hizo temblar a medida que se acercaba la puerta cerrada y pintada de azul, Tonks se echó el pelo oscuro y largo hacia atrás con un movimiento de cabeza. Las puntas de sus botas violetas se detuvieron alineadas, sobre el felpudo marrón de Hestia. Tonks tomó aire y llamó dos veces a la puerta, golpeando con los nudillos.
No le sorprendió que nadie abriera y que no se escuchara ningún sonido al otro lado. De algún modo, lo había presentido. Cada vez más nerviosa y angustiada, Tonks sacó su varita disimuladamente y ocultando la cerradura con su cuerpo, susurró un Alohomora. Se oyó un crick y la puerta se abrió levemente con un suave sonido. Tonks la empujó con la punta de dos dedos y la varita en alto, alerta a cualquier movimiento. La casa estaba en penumbra, iluminada por las luces que se colaban por las rendijas de la ventana y la bombilla de una lámpara. El salón parecía en orden a excepción de un par de zapatos negros de tacón ancho, tirados en el suelo a unos cuatros centímetros el uno del otro. Había alguien sentado en el sillón, junto a una lámpara encendida. Tonks podía ver unos pies calzados en zapatillas de dormir junto a las patas de la butaca y una mano de un blanco azulado, pendiendo por un costado del reposabrazos, con una esclava de oro brillando en la muñeca.
Tonks sintió que el corazón le latía pesadamente, como una piedra en mitad del pecho y que el aire se había vuelto sólido y no le llegaba hasta los pulmones, mientras avanzaba trastabillando hacia el sillón, sabiendo de antemano lo que iba a contemplar.
Allí estaba Hestia, con el rostro ladeado y semioculto por el cabello oscuro y rebelde, la piel de una tonalidad casi azulada y los labios amoratados. Los brazos y las piernas caídos, como los de una marioneta a la que hubieran cortado los hilos.
Ahogando un gemido, Nymphadora Tonks se llevó una mano a la boca y empezó a llorar.
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Ron hablaba de Devany y Mike durante la cena. Estaba contando alguna anécdota graciosa en relación a Mike que Hermione había dejado de escuchar en algún momento que no podía definir. Se dedicaba a mover errantemente su cuchara en las profundidades del plato de sopa que tenía bajo sus narices, despidiendo olorosas hélices de vapor. La chimenea estaba encendida caldeando la estancia y calentando a los cuatro comensales. Alguna parte de la mente de Hermione aún funcionaba y pensaba vagamente en que ya habían entrado en Diciembre hacía unos días. En unas semanas sería Navidad. Navidad en guerra si todo seguía como hasta entonces.
Justo en ese momento, se oyeron unos golpes en la puerta. Ron, emocionado con su historia, no los escuchó, pero Remus se levantó presto y desapareció por las escaleras. Hermione recogió una cucharada de sopa y jugó con ella antes de devolverla a su plato, no tenía hambre. Depositó la cuchara con cuidado junto al plato, dispuesta a retirarse a su habitación para evitar la nueva tanda de interrogaciones sobre ella y Draco y lo que quiera que les sucediera a la que, según leía en los ojos de Harry, su amigo planeaba a someterla, cuando escuchó una voz agitada y rota en el hall. Miró a Harry, que se había puesto alerta como ella e ignoraba el último comentario de Ron que al pelirrojo le parecía especialmente gracioso, y se levantó rápidamente. Hermione le siguió por las escaleras y escuchó vagamente un ¿pero a dónde vais? de Ron, mas continuó ascendiendo. Tonks estaba en el hall, con el rostro enterrado en el cuello de Remus, y él la rodeaba amorosamente con sus brazos.
-¿Qué ha pasado? –preguntó Harry, acercándose a la pareja progresivamente más pálido.
-Hestia –sollozó Tonks sin alzar el rostro y se sumió en una nueva oleada de estremecimientos y estertores entre lágrimas. Harry miró a Remus con asustada interrogación.
-Tonks ha ido hasta su casa –explicó Remus con voz serena, aunque tenía el rostro demudado y parecía más viejo que de costumbre –Hestia lleva un par de días muerta.
-No –balbuceó Hermione vagamente. Ron llegó hasta ella y le puso una mano sobre el hombro con expresión de haberse tragado algo de un desagradable sabor.
-Debe de ser obra de mortífagos –comentó el licántropo acariciando la larga cabellera oscura de Tonks de manera metódica y calmante –seguramente buscaban información sobre la Orden o sobre el Ministerio.
Nadie dijo nada más, y en el hall sólo se oían los leves sollozos de Tonks. Incapaz de soportar más la atmosfera cargada, opresiva y descorazonada del recibidor, Hermione se desentendió de la mano de Ron y subió los escalones, rápidamente sintiendo el conocido escozor de las lágrimas en los ojos.
No es que Hermione hubiera tenido demasiado relación con Hestia, pero era un miembro de la Orden, una mujer competente y valiente que había muerto como Mundungus, la profesora Vector o Ernie McMillan: sin ninguna razón. Siempre había sido amable con ella, incluso con Draco también, desde el principio.
Y cada día de esa guerra, cada muerte, pesaba más y más. Los mortífagos estaban por todas partes, atacando, destrozando y asesinando, sin que nadie pudiera evitarlo. La Orden se veía reducida a tratar de frenar sus ataques mientras esperaba sin demasiado esperanza que Snape hiciera la última parte del trabajo, para que tuvieran alguna posibilidad contra la Orden.
Estaba cansada, igual que Harry, igual que Ron, igual que todos. Porque pronto sería Navidad y ellos estarían en guerra, porque los niños no se atreverían a salir a la calle a jugar con la nieve y la guerra cenaría con cada familia, en cada hogar. Porque Hestia ya no estaría allí para celebrarlo con ellos.
Porque estaba al otro lado de una jodida pared y le traía sin cuidado lo que a ella le ocurriera. Porque se sentía sola, perdida y tan madura como nadie diecisiete años debería sentirse.
Sin mirar si quiera a la puerta de Draco para comprobar que como siempre continuaba cerrada, Hermione entró en su habitación y cerró de un portazo.
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Draco despertó de la siesta semiconsciente en la que se había sumido por octava vez ese día al escuchar la puerta de Hermione cerrándose con fuerza. Por un instante, se sintió tan atacado por sus ganas de verla, tocarla y escuchar su voz, que no fue capaz de moverse.
Trató de adormecer esos pensamientos, al igual que llevaba días tratando de hacer con todo lo que se le pudiera pasar por la cabeza. Pero a decir verdad, no había obtenido gran éxito en esa empresa. Se sentía aún más miserable que al principio, un cabrón y un auténtico desdichado desde que ella había dejado de llamar a su puerta. Se estaba autodestruyendo y la estaba destrozando a ella, pero se hallaba tan sumido en su espiral de autocompasión, culpabilidad y miedo que no era capaz de dar un puñetero paso fuera de su habitación.
Pero entonces lo escuchó, un sollozo apagado al otro lado de la pared que comunicaba su cuarto con el de Hermione. Siendo sincero, Draco sospechaba que Hermione había llorado alguna vez durante esos días, pero nunca la había escuchado como lo hacía ahora. ¿Lloraría por él¿Habría sucedido algo?
No lo sabía, sólo sabía que a pesar de su estado anímico y de todo el alcohol ingerido, seguía sin poder soportar oírla llorar.
Sin pensarlo, se puso en pie y tuvo que apoyarse en la pared y cerrar los ojos para que las cosas dejaran de dar vueltas a su alrededor. Sentía la cabeza pesada y el pulso latiéndole espeso en las sienes. Veía puntos negros mirara donde mirara y en su estomago el alcohol parecía estar bailando una giga, pero el sonido del llanto de Hermione le guiaba como un faro a un barco en medio de la oscuridad. Trastabillando, logró llegar hasta la puerta y después de soltar una maldición, le quitó el hechizo que la bloqueaba y logró salir al pasillo. Pegado a la pared, se arrastró hasta la puerta de Hermione y la abrió tras un breve forcejeo con la manilla de bronce.
El llanto cesó.
Draco empujó la puerta con un hombro y entró en la habitación de Hermione, tambaleándose levemente. Ella estaba acurrucada en su cama, con el rostro apoyado en la almohada y las pestañas salpicadas de gotas cristalinas, como rocío sobre briznas de hierba al amanecer.
Ante esa visión, Draco se sintió como si le hubieran golpeado en pleno pecho –o quizás en otra parte más preciada y sensible de su anatomía –y a la vez supo que se lo merecía, eso y mucho más. Y se sintió como un auténtico gilipollas, por haberle estado dando vueltas a algo que desde el principio había sabido y de lo que no debía de haberse permitido dudar.
Hermione se incorporó en la cama y se apresuró a sentarse en un borde, limpiándose las lagrimas con ambas manos. Después se sorbió la nariz, cuya punta se hallaba graciosamente enrojecida, y miró a Draco con los ojos hinchados y semihúmedos aún.
-¿Qué quieres? –preguntó con la voz rota, y con un matiz que era sin duda un intento fracasado de sonar seca y molesta.
-¿Qué… -Draco carraspeó cuando su voz sonó como el maullido de un gato estrangulado -¿Qué te pasa? –preguntó con voz suave esta vez, mientras se acercaba a ella, con los ojos apretados para tratar de que su imagen dejara de desdibujarse ante él.
-¿Acaso te importa? –preguntó ella recuperando el dominio sobre su voz. No obstante, sus labios comenzaron a temblar peligrosamente cerca del llanto.
Draco llegó hasta Hermione y se detuvo frente a ella, con la cabeza inclinada para mirarla, sentada como una niña en la enormidad de su cama.
-Sabes que sí –susurró él con la voz de nuevo enronquecida. Mas esta vez, no era por no haberla usado en días. Hermione le miró, pálido, ojeroso y con aspecto de haber pasado una semana metido en un agujero sin comida ni bebida –aunque bien sabía que esto no era cierto –y algo en su interior se ablandó, por mucho que una parte de ella se rebelara contra ello.
-Hestia… -murmuró e hizo una pausa para tratar de sosegarse –Tonks encontró a Hestia Jones muerta, en su casa –logró decir de un tirón, antes de que las lágrimas volvieran a escaparse de sus ojos.
Y después, ante su impotencia, rompió a llorar de nuevo. Draco, que había evolucionado bastante desde aquella vez en que le aporreó un hombro tratando de consolarla, reaccionó instintivamente. Le pasó un brazo por la nuca, le acercó el rostro a su cintura, y la abrazó, guiado por su instinto de consolarla y sus propias ganas de tocarla. Hermione hundió el rostro en la tela de su camisa sin poner resistencia, y poseída por una fuerza de llanto tempestuosa, lloró como no lo hacía en días. No calladamente, con miedo de ser oída, reprimiéndose. Sino como llora una niña después de despellejarse una rodilla cuando su madre le ofrece consuelo. Como llora alguien que sólo puede hacerlo en los brazos más queridos.
Draco le acarició el pelo, eternamente enredado, del color de la miel, con olor a caramelo fundido, y esperó. Tras lo que pudieron ser minutos o tal vez una hora, Hermione sintió que se quedaba sin lágrimas y que la angustia que antes había abnegado su pecho, estrangulándola, parecía haberse apagado. Poco a poco, tras unas cuantas respiraciones agitadas, lágrimas diminutas y sorbidas de nariz, se sintió lo suficientemente dueña de sí misma para apartarse de él. De hecho, en el mismo momento en el que lo soltó y apartó el rostro de su cintura, se sintió llena de furia, de dolor, de decepción.
-Ya estoy bien, puedes irte –dijo secamente, girando el rostro a un lado para no verle. Porque él la había abandonado, porque la había dejado sola en eso.
Como Draco no se movió, Hermione puso en pie en el breve espacio que le dejaba y caminó hasta la ventana, dándole la espalda, y esperando simplemente a que desapareciera.
-Hermione –la llamó él con voz insistente.
-En serio, no tienes de qué preocuparte –respondió Hermione con voz impersonal, mientras observaba el frío viento azotando los edificios que había a espaldas de la mansión Black –eres perfectamente libre de encerrarte en tu habitación una semana más para decidir que ahora que tu padre ha salido de la cárcel, teniendo en cuenta que yo soy la última persona en la faz de la tierra que él hubiera elegido para ti, quieres acabar con lo "nuestro", por llamar de algún modo a nuestra relación estos últimos días.
Draco nunca había sido una persona especialmente perceptiva, principalmente porque le traía sin cuidado lo que los demás pudieran sentir o pensar, pero no necesitaba ser un genio para saber que la había cagado al apartarla así de su lado para asimilar una noticia que había hecho temblar sus cimientos. Sí, su padre le mataría por estar con ella, pero, maldita sea, la quería, estuviera Lucius Malfoy en la cárcel o fuera de ella. Y no podía engañar a nadie, ni siquiera a sí mismo, pensando que era capaz estar sin ella
Le importaba lo que su padre pensaría al respecto, pero no lo suficiente. Porque le gustara o no, nada era suficiente para apartarle de ella. Ni siquiera él mismo.
-Hermione –murmuró acercándose hasta que la punta de su nariz prácticamente rozaba la coronilla de Hermione.
-Preferiría que te fuer…
-Te quiero –dijo, poniéndole las manos en los hombros para estrecharla instintivamente. Hermione se mantuvo en silencio, aunque Draco podía sentir cómo le afectaba su presencia por el modo en el que se había tensado e inclinado hacia él. Impaciente por su silencio, Draco le dio un apretón en los hombros. Necesitaba que ella le dijera algo, lo que fuera.
-Vale –musitó al cabo, sin ninguna entonación en la voz, sin moverse. Y Draco comenzó a desesperarse. Esa vez no estaba cabreada con él por haberse metido con Potter o Weasley, no estaba molesta por que quisiera obligarla a quedarse a salvo cada vez que había alguna pelea, era algo más serio, más grave, más doloroso. Estaba herida y decepcionada.
Y Draco no sabía cómo arreglar eso, porque sospechaba que un lo siento no era suficiente esa vez.
Frustrado, asustado, arrepentido y embrutecido por el alcohol, Draco la hizo girar hacia él con rudeza. Hermione le miró sorprendida, con el rostro endurecido aún por el enfado, pero se resistió a decir nada, con los labios apretados. Mas Draco tampoco había esperado que lo hiciera.
Bruscamente, le inmovilizó dolorosamente los brazos hundiendo los dedos en su carne y se precipitó sobre su boca con violencia. Sus labios toparon con los de Hermione, pero ella los apretó con más fuerza, cortando cualquier posible avance. Demasiado impaciente y enloquecido por el miedo, Draco le mordió el labio inferior logrando que Hermione abriera la boca para gemir de dolor. Y entonces se apoderó de ella. La empujó contra la ventana, la aplastó con su cuerpo y le introdujo la lengua en la boca, para que su cuerpo le dijera todo lo que su mente, sus palabras, no podían. Le buscó la lengua y la asedió, picándola y hostigándola hasta que Hermione reaccionó con rabia. Entonces él soltó sus brazos y le sujetó el rostro, para hundirse más profundamente en su boca. Ella se aferró a su camisa devolviéndole el beso furiosamente, apretándose contra él con igual ímpetu. Por unos minutos, sus lenguas hablaron por ellos, en una callada lucha de poder y redención. Y cuando al fin Draco se apartó de su boca, como si alguien lo hubiera arrancado de ella, Hermione se sentía totalmente devastada y excitada. Pero Draco no le dio tregua, no le permitió reponerse, y hundiéndole una mano en el pelo, para enredar algún mechón en torno a sus dedos, se acercó a su boca y habló sobre ella, haciéndole el amor con su aliento.
-Dime que me quieres –le exigió. Aunque Hermione sabía que más que dándole una orden despótica, Draco estaba suplicándole.
Le miró a los ojos y vio la violenta desesperación que anidaba en ellos, como una impetuosa tormenta. Y algo dentro de ella se aflojó y cayó a sus pies, inservible.
-Te quiero –murmuró suavemente. Draco hundió el rostro en su cuello, temblando irreprimiblemente, y musitó con la voz ahogada contra su piel:
-Mi padre, y todos, pueden irse al cuerno.
Hermione simplemente le rodeó con los brazos, poseída por un sentimiento tan fuerte, que sobraban las palabras.
Hola!
Edit: ya he vuelto y edito el comentario final para ampliarlo. Lamento la tardanza pero problemas personales, cyberneticos y de inspiración, me han impedido escribir antes. Estaba bastante atascada con Draco y su reacción ante la salida de la cárcel de su padre y al final esto es lo que ha salido. Pero además, Hestia Jones ha muerto (pobrecilla, pero así es la guerra), y Lucius la ha interrogado sobre Draco...Mujajaja. Ya queda poquito para el final...en el siguiente sabremos más de Snape, porque parece que los mortífagos tampoco se fían de él...
En fin, muchisimas gracias por todos los reviews del anterior capítulo. Me he llevado una gran alegría al ver señales de vida de personas que pensaba se habían cansado de la historia, pero no quiero que nadie se sienta obligado/a a dejarme reviews. Me ilusionan y ayudan pero no son una obligación :)
Cambiando de tema, sólo decir que he empezado a publicar una pequeña historia que compendia viñetas sobre los Retos capitales. Obviamente un Dramione, lo encontraréis en mi profile, "Sins & Sinners" (Pecados y Pecadores
Ahora sí, mis agradecimientos especiales para todas las personas que me dejaron review en el anterior:
Itsa, Dayah, Sra.Danvers, Sectusempra, Yanhira, Loree, Angels46, Tef, Siara Love, Lauriska Malfoy, Blandy, Liana, Kris Hart, kastillito, Andrux, Isa Malfoy, Khaly, Cedrella Lyssandra, Katurix, Neran, lara evans, oromalfoy, Kamimura, Chepita1990, Annemarie Hutt, dark annie, beautifly 92,Kapu Way, mariapotter2002, xik l, Lalix, Rominitap, umiko, alesiiita, ZhirruUrie, Siriela, Xgirl1, mari mione, pekelittrell, tonkstar, ThunderlaraBoomslang, Selegna, Saraddc, Mago, galleta, Nimue Tarrazo, Hydria13, Paulita Granger, rosa, Felix Felicis, mi, Christelle272, naru, Nathy2691, Amber, Xms Felton, patricia21, Erendira, Priinciipessa, Olguita, PauTanimachi Malfoy, Marceps, Lyann Jade, Bella00, Sombrita, maria, Sami Marauder Girl, Irianna07, Arania, Deza J, Alaris, Shofi Black, mafer darg, Julia, Willow Anne Summers, annie1813, Lyssandra Dumbledore, Est Potter, Karyta34, Psicodelyc Corpse, fleurione, Marauder Desire, Lna, grise, Petalo Vj, Little Pandora, Soe, Alevivancov, Christine, pia88, Esme Black, Autogestioname, lunasel, basati, Desi, Bere, Nymphadore Black, pipalullabye, V!tok, Sara, PauMalfoy, Jessy, Elmekia, Roumad Kenyon, Arya Black Cullen, Elizabeth, Nahir5, Dysis y Susi Fraser.
Muchisimas gracias por todo, de verdad :)!!!
Con muchísimo cariño, Dry!!!
Pd: Click a "Go" para que Draco (o X) se gane así vuestro perdón xD
Pd2: Ya estoy mucho mejor y bien feliz, gracias por todo! Os quiero!
Pd3: Ya están las votaciones del Reto Fuera de Serie en el foro Dramione!
