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Capítulo 47: Sangrienta Navidad

La niebla flotaba como lágrimas evaporadas en el cementerio de Stone's Garden, arremolinándose sobre las tumbas, los vivos y los muertos. En el centro de los amplios jardines se alzaba una fuente, en cuyo pedestal se erguían las figuras de dos jóvenes magos con sus varitas alzadas al cielo de las que pedían dos negras banderas, ondeando lúgubremente a pesar de la ausencia de viento.

A su alrededor la hierba era verde y álamos y crisantemos se dispersaban entre las tumbas de piedra y las estatuas de mármol con forma de hadas y niños magos. En un rincón, una pequeña comitiva se apiñaba en torno a una tumba de piedra tierra fresca, en la que un mago del Ministerio grababa con cuidada caligrafía, a golpe de varita, el nombre de una mujer fallecida.

Hestia Jones.

Hermione, arrebujaba en su abrigo de pana, con las manos cálidas por el contacto de la mano de Harry y la de la Señora Weasley en las suyas, observaba como la fecha de nacimiento y más tarde la de defunción, aparecerían progresivamente talladas en la piedra negra. Devany, débil aún, se apoyaba en Ron, mientras contemplaba la escena llorosa. Había abandonado el hospital dos días antes de lo que los medimagos le habían recomendado, tan sólo pasara asistir al funeral.

Más allá, al lado de una seria Tonks, una mujer mayor lloraba, los ojos ocultos por el velo de red negra que pendía de su sombrero de terciopelo oscuro. Tonks le apretaba el brazo afectuosamente, como si tratara de imprimirle serenidad. En realidad, la mujer mayor era la verdadera Tonks que había recurrido a la metamorfosis para que Lupin pudiera asistir al funeral bajo su apariencia, tras haber tomado una poción multijugos con uno de sus cabellos dentro. Detrás de ellos, como una guardia silenciosa, se ubicaban Kingsley, Ojoloco y Arthur. Los gemelos Weasley, completamente formales, estaban a la derecha de Bill y Fleur, de Ojoloco y de un pequeño grupo de funcionarios del Ministerio.

Todo el grupo se mantenía en un silencio respetuoso y triste. Despidiéndose con la mirada de la mujer que de algún modo había afectado lo suficiente sus vidas como para que estuvieran allí, diciéndole adiós con lágrimas en los ojos.

Nadie habló, contemplando en silencio como el juez trabajaba la lápida, hasta que algo pareció alterar la atmosfera melancólica, como una vibración diferente en el aire. La gente comenzó a hacerse a un lado para dar paso a una figura alta y rígida que desataba murmullos disimulados entre los presentes.

Mirando hacia atrás atraída por el persistente murmullo, Hermione pudo distinguir la frente ancha y despejada de una cabeza cubierta por una espesa melena castaña que le resultaba muy familiar. Otra figura más pequeña, con un gorro puntiagudo encasquetado en la cabeza, le seguía sumisamente. Cuando el hombre alto se acercó un poco más, Hermione le reconoció por la fotografía que una vez Tonks les había enseñado: Edgar Marsden, primer ministro mágico.

El hombre clavó sus ojos verde oscuro en ella como si no tuviera derecho a existir y después dirigió una torva mirada al grupo. Analizó con desagrado a Harry, a Tonks y más tarde a los Weasley. Luego cruzó los brazos con movimientos marcados y rígidos y se mantuvo en silencio, a la espera de que la ceremonia finalizara, con evidentes signos de impaciencia. El acompañante del Ministro llevaba una libreta de piel de dragón en las manos y parecía inquieto a jugar por el modo en que atusaba las hojas del cuaderno y cambiaba el peso de un pie a otro. A pesar del sombrero puntiagudo que ocultaba casi por completo su cabello, Hermione reconoció el cabello pelirrojo e inevitablemente Weasley. Percy se subió las gafas de carey por el puente de la nariz y miró furtivamente a su madre, para después fijar su rostro en la libreta como si en ella hubiera algo muy interesante.

Hermione sintió como la mano de la Señora Weasley temblaba en la suya, pero la mujer no se movió ni dijo nada.

Los gemelos Weasley por su parte, miraron a Percy como si desearan partirle la cara a escobazos –lo cual posiblemente hacían –y Arthur lanzó una mirada cautelosa a su hijo, pero se mantuvo inexpresivo.

Poco a poco, los murmullos se fueron apagando a medida que el Juez finalizaba la ceremonia y grababa unas últimas letras en la lápida de Hestia Jones.

-Una víctima más de la guerra. Un nuevo grito clamando paz. Esperamos que en la muerte encuentres lo que no hallaste en vida –dijo el juez, y con esas palabras de consuelo, dio por finalizada la ceremonia. Con pesada lentitud, la gente comenzó a dispersarse, no exentos de cierta reticencia por la sensación general de que el Ministro de Magia y su ayuda no estaban allí únicamente para manifestar su pesar por la pérdida de una funcionaria del Ministerio.

Y mientras la marabunta se alejaba, ningún miembro de la Orden se movió. Tampoco Marsden ni Percy Weasley lo hicieron.

Hermione sabía que Marsden no había acudido al funeral por deferencia a la miembro del personal del Ministerio caída, sino que sospechaba se había presentado allí para hablar con Harry y/o averiguar algo de la Orden del Fénix.

El Ministro miró a los miembros de la Orden y los miembros de la Orden le miraron a él con idéntica hostilidad. Después, Marsden carraspeó y se acercó hasta Harry, Hermione y la Señora Weasley. Observó con repugnancia la mano con la que Harry tomaba la de Hermione y sus labios se arrugaron hasta desaparecer bajo su recortado bigote.

-Imagino que sabrás quien soy, Potter –dijo secamente. Percy, detrás de él, escribió algo en su libreta.

-No –respondió Harry, meramente por el placer de irritarle. El primer Ministro apretó los labios y miró a Harry duramente, como si fuera un chiquillo insolente que se había atrevido a faltarle al respeto.

-Veo que no estás muy bien informado. Soy Edgar Marsden, el nuevo Ministro de Magia Británico. Tu nuevo ministro –remarcó con voz fría.

-Ya veo.

Marsden alzó una ceja poblaba y observó a Hermione y a la Señora Weasley como si fueran molestos insectos.

-Vas a tener una conversación conmigo, chico, a solas –y sin esperar respuesta, tomó a Harry poco amablemente por un brazo y tiró de él para apartarlo unos metros del grupo. Harry no ofreció resistencia, si bien no puso nada de su parte para caminar, de modo que el Ministro prácticamente tuvo que llevarlo a remolque. Obviamente furioso, se volvió hacia Harry, estirando y encogiendo sus delgados dedos.

-Bien, muchachito, ya es hora de que comparezcas ante el Ministerio Mágico. Sé que tú y tus amiguitos estáis metidos en una especie de secta libertina llamada la Orden del Fénix, la misma Orden que metió sus narices en el Ministerio hace un par de años y que ocultó al asesino Sirius Black…

-¡Sirius Black no era un asesino! –respondió Harry embravecido, y sólo al ver el brillo de triunfo en los ojos verde musgo del Ministro, supo que le había dado una valiosa información.

-Vaya, veo que entonces estás al tanto de su historia y de la existencia de la Orden¿no es así?

-¿Y si fuera así, qué? –repuso Harry secamente.

-Pues en ese caso, como mago Británico y por lo tanto leal al Ministerio Mágico, estás obligado a revelarme toda la información concerniente a ese… grupo –escupió con desprecio.

-Yo no he jurado lealtad al Ministerio y mucho menos a usted –dijo el moreno, impasible.

-Muchacho –Marsden sonrió mostrando una hilera de dientes amarillento entre el bigote y la barba castaña oscura -¿sabes que puedo hacer que te envíen a Montis Occultus con chascar los dedos?

-¿Al ícono de la resistencia? –preguntó Ojoloco que se había acercado tranquilamente.

-¿Al héroe de la primera guerra?-le apoyó Fred.

-¿Al Elegido?¿La última espeganza de la población mágica? –inquirió Fleur. Marsden despegó los ojos de Harry y observó con mal disimulada furia a todos los miembros de la Orden del Fénix que le habían seguido hasta el lugar al que se había llevado al muchacho. Todos se erguían alrededor del Ministro y el niño que vivió como silenciosos centinelas, que observaban cada movimiento listos para intervenir de ser necesario.

-Me gustaría verlo –aseguró Ron con desparpajo, sin dejar de rodear a Devany con un brazo.

-Vosotros –barbotó el Ministro con desprecio, Percy se acercó presuroso a su jefe –sé que andáis en algo, sé que pretendéis desprestigiar al Ministerio, minar su credibilidad y haceros con el poder, pero no permitiré que eso suceda. Algunos trabajáis en el Ministerio¿no es así, Arthur? –sonrió de forma desagradable –Podría hacer que te despidieran¿y entonces cómo alimentarías a tus hijos? Según sé –observó la túnica de invierno con algún que otro remiendo que lucía el patriarca de los Weasley con evidente descrédito –no te sobra el dinero.

Fred y George abrieron la boca al unísono, pero su padre les hizo un gesto como la mano indicándoles que se tranquilizaran y aguantó la mirada despectiva del Ministro con indiferencia.

-También podría echarte a ti, Nymphadora –Marsden se giró hacia la joven y el desprecio que sentía por ella se hizo evidente- y tendrías que ir a hacerle compañía a tu amada bestia a algún agujero inmundo.

-¿Piensas despedirme a mí también? –preguntó Kingsley adelantándose un paso, impertérrito –sé que el Wizengamot barajó mi nombre antes de elegirte como Ministro, Edgar, y soy el mejor Auror del Ministerio por mucho que le hayas dado a Gawain el puesto de Jefe de la Oficina de Aurores. ¿Qué les dirás a los miembros de Wizengamot si me echas?

-Tal vez no me sea tan fácil el librarme de ti, Shackelbolt –la sonrisa vengativa del ministro había desaparecido, reemplazada por una mirada mortífera en sus pupilas –pero si no confesáis y disolvéis la organización anárquica que habéis montado… Weasley y Tonks, no os molestéis en acudir al Ministerio mañana. Nadie pondrá problemas, sois perfectamente prescindibles.

-¿Pues sabe que le digo? –chilló la anciana en la que se había convertido Tonks, quitándose el sombrero y el velo negro y arrojándolo al suelo con enfado -¡Qué me importa un pimiento!

-¿Y usted quién es? –preguntó Marsden observando con suspicacia a la señora y a la supuesta Tonks alternativamente.

-No es asunto suyo –murmuró la anciana, hiperventilando y agarrando el rígido bolso que colgaba de su brazo con aire amenazante –pero es usted un sin vergüenza.

-Lo que usted diga, anciana –desdeñó el Ministro y después lanzó una mirada despectiva al grupo- Acabaréis como la Señorita Jones si seguís jugando a ser héroes, recordad mis palabras –y dicho esto, echó a andar con ademanes furiosos –Vámonos, Percival, despídete de tu padre en paro.

Posiblemente, si Bill no hubiera detenido a los gemelos, George hubiera acabado estampando un pie en el trasero del ministro y Fred otro en el de su hermano Percy cuando éste se limitó a seguir a Marsden, avergonzando e incapaz de mirar a ningún miembro de la Orden del Fénix.

-Sí, chupaculos –le gritó Fred con rabia, liberándose de la mano de Bill que lo anclaba al suelo con increíble fuerza -vete con tu adorable jefe.

-Fred, George –les reprendió su madre con lágrimas en los ojos observando la espalda de Percy que en ningún momento miró atrás.

-¿Qué, mamá? –se encogió de hombros George –eso es lo que es. Primero fue el perro faldero de Scrimgeour y ahora lo es de Marsden. Han despedido a papá y ni siquiera ha dicho nada…

-No importa, hijo –dijo el Señor Weasley con cansancio, pasando un brazo por encima del hombro de su esposa –ya preveíamos que podría suceder algo así. Y al menos seguimos teniendo a un miembro de la Orden en el Ministerio.

-Os aseguro que mi hermano se arrepentirá y regresará con nosotros–dijo Bill convencido mirando los ojos llenos de lágrimas de su madre.

Y mientras Hermione observaba Percy Weasley alejarse tras el Ministro con la cabeza baja y la espalda encorvada, desaparecido todo rastro de su típica apostura pomposa, se preguntó si no lo habría hecho ya.

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Después del funeral de Hestia, las cosas transcurrieron con relativa tranquilidad. Tonks pasaba gran parte del día en Grimmauld Place con Lupin ahora que ya no tenía trabajo y Ron salía todas las tardes a visitar a Devany. Como Hermione y Draco se pasaban la mayor parte del tiempo juntos, Harry se sentía a menudo solo y fuera de lugar. Tenía demasiado tiempo para pensar y eso le estaba volviendo loco. No podía dejar de darle vueltas al asunto de Snape. Sabía que encontrar el momento adecuado para matar a Nagini no debía ser fácil, pero ya había pasado mucho tiempo desde que le había encomendado la misión. Desde entonces, Hogwarts y San Mungo habían sido atacados, los mortífagos liberados de Montis Occultus y Hestia Jones había muerto.

Cada vez más convencido de que Snape no era de confianza, Harry trataba de elaborar planes alternativos para destruir a Nagini, pero no tenía ni idea de dónde se ocultaba Voldemort o de cómo podrían descubrirlo. Todos los mortífagos con los que habían podido hablar desconocían la ubicación de Voldemort y sus testimonios apuntaban a cambiantes refugios que sólo unos pocos conocían. Harry estaba convencido de que Snape y Bellatrix Black eran unos de esos pocos mortífagos que sabían dónde se ocultaba su señor. Bellatrix no iba a ayudarle y parecía evidente que Snape tampoco.

Y a medida que los días del calendario de Diciembre corrían, aproximándose a la Navidad, Harry se desesperaba más y más.

-¿Harry?

Harry alzó los ojos del plato de alubias que había estado removiendo con su tenedor y miró a Hermione.

-¿Estás bien? –insistió ella.

Harry asintió incómodo. Había vuelto a quedarse absorto en plena comida.

-¿En qué piensas? –le preguntó Ron llevándose un bocado rebosante a los labios.

-En Snape –reconoció Harry subiéndose las gafas por el puente de la nariz y depositando el tenedor junto a su plato para rehuir las miradas de sus amigos.

-¿Crees que nos ha traicionado? –le cuestionó Remus lanzándole una mirada comprensiva.

-Otra vez –apuntó Ron por lo bajo.

-No lo sé…

-No lo ha hecho –dijo Draco secamente, y todos le miraron sorprendidos –Si Snape ha dicho que matará a ese bicho, lo hará.

Y miró a todos fieramente, como instándoles a que le contradijeran. Nadie dijo nada, pero de algún modo, la fe ciega de Malfoy en Snape, ayudó a Harry Potter a creer un poco más en su antiguo profesor de pociones.

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Tonks habían acudido a cenar a Grimmauld Place la noche en la que todo sucedió. Remus preparaba la cena, mientras Tonks y Hermione decoraban un pequeño abeto mágico colocado en un rincón de la amplía cocina. Draco observaba a ambas chicas con aire aburrido, pero cada vez que éstas colocaban un nuevo ornamento, movía la varita con disimulo descolocando, pintando de colores cítricos o convirtiendo en hortalizas cada adorno.

-Draco –le censuró Hermione al percatarse de que una de las bolas doradas que ella había colocado era ahora una coliflor. Él sonrió maliciosamente y se encogió de hombros, mientras Harry y Ron contenían una sonrisa cómplice. Ese tipo de sonrisas de solidaridad masculina que intercambian los chicos cuando algo hace rabiar inocentemente a una chica.

Justo en ese momento, cuando Hermione miró con censura a los tres muchachos, cuando Tonks pisó una bola plateada y sólo la mano Remus impidió que cayera al suelo, ocurrió.

Un golpe fuerte sonó como si algo hubiera caído pesadamente con la puerta de la Mansión, tan bruscamente que todos se interrumpieron en sus actividades.

-¿Esperáis a alguien más? –preguntó Tonks apartando la bola que casi la había hecho caer al suelo de una patada.

-No –dijo Harry, que ya estaba camino de las escaleras. A pesar de lo tranquilo que había estado todo en la cocina, a pesar de que nada hacía indicar que algo muy importante estaba a punto de suceder, todos dejaron lo que estaban haciendo y subieron al hall detrás de Harry.

El niño que vivió giró el pomo con forma de serpiente de la puerta y dos bultos cayeron sobre la alfombra deshilachada y desteñida. Hermione ahogó un gemido y Draco la hizo atrás con un brazo cuando uno de los bultos, decapitado y sangrante se agitó convulsivamente, dando sus últimos coletazos de vida.

-¡Snape! –gritó Draco cuando reconoció la figura vestida de negro y cubierta de sangre que yacía en el suelo, con un brazo aferrado al mutilado cuerpo de una serpiente. Se arrodilló junto a su mentor, tendido boca abajo sobre la alfombra, y descubrió con alivio que estaba consciente, aunque por la insana palidez de su rostro y las manchas de sangre, tal vez propia, tal vez ajena, en su cuello y en su pelo, no sabía cuánto duraría así.

-Draco… -murmuró el mortífago al verle y su brazo se aflojó en torno al cuerpo de la muerta Nagini como si al fin pudiera rendirse. Harry se había quedado tan impactado por la aparición que fue Remus quien cerró la puerta después de mirar alerta el exterior. Tonks apartó los restos de la serpiente de una patada enviándola contra la pared, donde se quedó encogida, temblando en los estertores finales. Después se puso de rodillas junto a su primo que parecía paralizado y giró suavemente a Snape, dejándolo boca arriba. Todos pudieron ver el brillo de sus ojos negros entre las pestañas y el rictus de dolor de su boca. Gimió levemente cuando Tonks le palpó el pecho lleno de sangre.

-Vale –musitó la joven aurora –creo que está herido, tenemos que avisar a Devany, me parece que esta es sangre suya.

-Voy a buscarla –dijo Ron, lívido y corrió hacia la puerta, deseoso de salir de allí.

-Será mejor que lo subamos a una habitación –dijo Remus reaccionando y sacó su varita para apuntar al herido. En silenciosa procesión, todos siguieron a Remus y al cuerpo de mortífago escaleras arriba hasta una habitación del primer piso, donde el licántropo posó cuidadosamente a Snape sobre una cama. Hermione, pálida, se aferró a la mano de Draco tratando de desterrar de su mente el rastro de sangre que su antiguo profesor había dejado por las escaleras.

Remus se sentó en el borde de la cama donde yacía Snape y frunció el entrecejo al ver una creciente mancha rosada apareciendo en la colcha, justo junto a la cabeza del hombre.

-¿Qué te han hecho? –murmuró apenado, apartando mechones sucios y ensangrentados del rostro sudoroso del hombre. Snape movió los labios como si quisiera hablar, pero no emitió ningún vocablo, tan sólo una respiración superficial y sibilante. Sus ojos oscuros se posaron en Draco.

-Haz algo, que alguien haga algo –dijo Draco imperativamente soltando a Hermione para acercarse a los pies de la cama apretando los puños con impotencia.

-Ron traerá a Devany pronto –aseguró Harry con voz ronca, pero no despegó los ojos de Snape, con una expresión de horror en el rostro. Snape había cumplido, había matado a Nagini. El último horrocrux había sido destruido, y no obstante, victoria o alivio eran dos sensaciones que en ese momento Harry estaba lejos de sentir. No estaba preparado para descubrir que su odiado profesor de Pociones, el asesino de Dumbledore, el traidor…era en realidad el miembro más valiente de la Orden, el más leal a su desaparecido líder. Y no soportaba la conciencia de haber descubierto algo tan importante cuando posiblemente ya era tarde.

Nadie volvió a hablar durante unos pocos minutos. Snape hacía un esfuerzo por respirar, rompiendo el silencio con inspiraciones que sonaban como roncos silbidos y mantenía los ojos cerrados. Remus, trataba de limpiarle un poco la sangre del rostro con un paño húmedo mientras Tonks le observaba. Harry parecía congelado en su rincón, los ojos clavados en Snape, y Hermione contemplaba con tristeza a Draco, vagando de un lado a otro de la habitación como una bestia encerrada. Se apartaba el pelo del rostro con gestos bruscos, resoplaba, miraba de reojo a Snape y apretaba más y más los puños, como si quisiera gritar o golpear algo. Posiblemente todos hubieran acabado volviéndose un poco locos si Ron no hubiera llegado con Devany rápidamente. La muchacha entró con aire decidido en la estancia, agarrando firmemente su enorme maletín. Ron la seguía, blanco como la tiza.

-¿Qué te ha pasado? –preguntó Tonks asustada al ver que Devany tenía manchas de sangre en las rodillas cubiertas por medias de lana gris y en las botas de piel.

-No es nada –aseguró posando el maletín en la mesita de noche con una mano también ensangrentada. Todos miraron a Ron con interrogación.

-Se cayó en el hall –explicó el chico –se asustó al ver a Nagini y tropezó. Y bueno, todo eso estaba lleno de… -no acabó la frase, pero nadie necesitó que lo hiciera. Remus se levantó del borde de la cama y se hizo a un lado para dejarle espacio a Devany. Con aire eficiente, ella comprobó la temperatura de la frente de Snape y le pidió que abriera los ojos si podía hacerlo. Los párpados de Snape temblaron como las alas de una mariposa y finalmente se abrieron, liberando la oscuridad de sus ojos.

-Gracias –murmuró Devany posándole el paño húmedo que Remus había usado en la frente. Después cogió su varita y rasgó la túnica negra del mortífago. Heridas sangrantes ocupaban su pecho y dos profundas incisiones con un aspecto realmente desagradable se encharcaban en su hombro.

-Merlín –musitó Hermione impresionada y horrorizada. Había tanta sangre y las heridas parecían tan graves que Hermione estaba sorprendida de que Snape aún continuara con vida.

-Ahora debéis marcharos –les pidió Devany seriamente –necesito tranquilidad para trabajar.

-Pero …-comenzó Draco.

-He dicho que os vayáis –replicó Devany con una dureza nunca vista en ella. Draco apretó los labios y salió de la habitación a zancadas. Todos le siguieron, completamente en silencio.

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Cuando Hermione entró en la habitación de Draco, él se encontraba muy ocupado pisoteando la alfombra y pateándola, tan pálido que parecía a punto de desmayarse. Alzó la vista cuando Hermione entró en la estancia y aunque trató de ocultarlo, ella pudo ver en su mirada todo el dolor que sentía. Despacio, se acercó hacia él y Draco se detuvo, quedándose muy quieto. Parecía tan vulnerable, como un niño asustado, que Hermione sintió el impulso de abrazarle pero se contuvo.

-Todo es culpa de Potter –masculló él rabiosamente, como si quisiera disfrazar su miedo de rabia para sentirse menos frágil.

-Sabes que no es así –le aseguró ella con paciencia, acariciándole una mejilla.

-Sí lo es. Se vanagloria de ser un héroe cuando manda a los demás a hacer su jodido trabajo sucio –escupió Draco con rencor.

-Snape no es el único que se ha jugado la vida, y él aceptó la misión.

-Tú no lo entiendes –se quejó él agarrándola por los hombros –Snape me salvó la vida.

Hermione le tomó el rostro entre las manos con cariño y le miró a los ojos.

-Y Harry también lo hizo cuando te permitió quedarte aquí –le explicó suavemente. Draco rehuyó la mirada de Hermione y arrugó los labios, en una especie de contenido mohín.

-No quiero que se muera –dijo al cabo con un significativo temblor en la voz.

-Devany hará todo lo posible por salvarlo –afirmó Hermione y abrazó a Draco, dejando que la estrechara contra él.

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Devany no salió de la habitación de Snape hasta pasadas casi dos horas. Harry lo sabía porque no se había movido de la puerta y mirar el reloj había sido su único entretenimiento. Todos se habían pasado unas cuantas veces durante ese tiempo a preguntar si había novedades pero la respuesta siempre había sido la misma. Por eso, cuando sintieron la puerta abriéndose y el sonido de pasos, Remus, Tonks, Ron, Draco y Hermione aparecieron como por arte de magia.

-¿Cómo está? –preguntó Harry incorporándose de la pared en la que había estado apoyado. Se sentía un poco mareado y tenía una sensación de angustia tan fuerte en pleno pecho que sentía que no podía respirar.

Devany tiró de las mangas de su jersey para ocultar sus manos manchadas de algo azul y soltó aire lentamente.

-Está muy grave –dijo –la serpiente le hirió superficialmente en el pecho, pero las incisiones en el hombro son muy profundas. Ha perdido mucha sangre…y como la serpiente no tiene cabeza no he podido averiguar qué tipo de veneno le ha infectado.

-Nagini mordió a mi padre una vez –intervino Ron que parecía bastante afectado por la noticia –sus heridas tardaron mucho en curarse porque el veneno no dejaba que se cerraran.

-Lo sé –respondió Devany con pesar –no he podido cerrarlas con magia así que he tenido que vendarlas. He conseguido aminorar considerablemente el flujo de sangre y le he dado tres antídotos diferentes pero no he logrado nada. No sé qué más puedo hacer –sollozó y los ojos se le llenaron de lágrimas –me temo que sólo podemos esperar.

-Ve a San Mungo, pregúntale a alguien –exigió Draco con frialdad –haz lo que quieras, pero haz algo.

-No hay nada más –murmuró Devany y arrugó los labios incapaz de contener las lágrimas –o al menos nada más que yo conozca…lo siento…

Draco abrió la boca para responderle que le importaba una mierda que lo sintiera, pero Hermione le dio un apretón en la mano, indicándole que se contuviera. En ese momento, Ron se acercó a Devany y la rodeó con los brazos en un gesto protector.

-No te preocupes –le aseguró con tono tranquilizador –tú no tienes la culpa. Has hecho cuánto has podido.

-¿Qué posibilidades tiene de salvarse? –preguntó Remus con suavidad. Devany alzó la cabeza del hombro de Ron y miró al licántropo con pesar.

-No lo sé. No sé hasta qué punto el veneno ha infectado su sangre. Ahora todo depende de él.

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Tres días después, restando cuatro para Navidad, las cosas no habían cambiado demasiado en Grimmauld Place. Snape continuaba moribundo, alternando períodos de consciencia, delirio e inconsciencia. Devany pasaba a verle dos veces cada día para limpiarle las heridas, darle pociones contra la fiebre y probar nuevos antídotos sin éxito. Siempre salía de la habitación con los ojos enrojecidos y todos sospechaban que lloraba porque estaba convencida de que iba a morir. Y aunque cuando Snape le dio clases en Hogwarts no tuvieron una relación especialmente estrecha, Hermione intuía que la joven se sentía culpable por no poder salvarle.

Harry se pasaba la mayor parte del día en la habitación del mortífago, observándole pelear silenciosamente con la muerte, y en su mente se arremolinaban cientos de pensamientos. Voldemort era mortal gracias a Snape y posiblemente, él que se había jugado tanto para derrotarle, no llegaría a verlo. A menudo se sentía culpable, y terriblemente incómodo cuando escuchaba el nombre de su madre en los labios de Snape mientras éste deliraba. Remus, Ron y Hermione le acompañaban de vez en cuando en su vigilancia, como una triste guardia.

Draco en cambio nunca se acercaba a la habitación. Aunque interrogaba constantemente a Hermione y Devany sobre el estado de Snape, parecía no atreverse a verle otra vez. Porque una parte de él temía que si entraba en su habitación, Snape se despediría de él y moriría.

Como si se mantuviera vivo tan sólo para poder decirle adiós.

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A pesar de la guerra, las pérdidas y el miedo, la Señora Weasley se negó a permitir que no celebraran la Navidad. Dado el estado de Snape, le pidió permiso a Harry para celebrar la cena de Navidad en Grimmauld Place y él aceptó, convencido de que a Sirius le hubiera gustado.

Así pues, la mañana del día de Navidad, Molly se adueñó de la cocina y echó a todos de ella. Arthur la había acompañado, y Harry sospechaba que si Ginny no lo había hecho, había sido precisamente para evitarle a él. La guerra aún no había acabado y las palabras dichas, el beso dado en el último encuentro, aún pesaba demasiado entre los dos.

Tonks iba de un lado a otro de la casa cantando un villancico que Harry le había escuchado entonar a Sirius –Hacia Belén va un hipogrifo –colgando muérdago –para ver si el parado de Ron al fin besa a Devany, le había dicho a Hermione –y cintas de colores. Remus y Arthur habían encendido la chimenea del salón y charlaban con un ejemplar de El Profeta entre las manos, mientras Harry y Ron jugaban al snap explosivo.

Draco, sentado en un sofá junto a Hermione, observaba un bulto de lana verde botella que había en sus rodillas, como si no supiera muy bien qué hacer con él.

-Podrías ponértelo –sugirió Hermione con una sonrisilla en los labios. Draco la asesinó con la mirada y cogió el jersey de lana con una D tejida que la Señora Weasley le había confeccionado. Aunque dadas las circunstancias, no se habían hecho regalos, Molly se había plantado en la mansión con un arsenal de jerséis tejidos a mano para todos. Draco, que se había burlado de los famosos jerséis de la Señora Weasley durante años, se había sentido profundamente avergonzado –y algo más que aún no había identificado –cuando Molly le ofreció cariñosamente un paquete envuelto.

-Yo… -comenzó a replicar a Hermione, pero se detuvo abruptamente. Normalmente, Draco habría jurado que tendrían que lanzarle un Imperius, maltratarle durante años o encerrarlo en Azkaban una buena temporada para que él se pusiera semejante prenda, pero por alguna razón no se sintió capaz de hacer un comentario tan despectivo. Vale, el jersey era horrendo, casi más que las camisas de leñador de los gemelos Weasley, pero la Señora Weasley lo había tejido para él. Como hacía para sus hijos, para Potter, para Hermione.

Como si él fuera uno más de los suyos. Y en algún pequeño, diminuto, insignificante y humillante rincón de su corazón, eso le conmovía extrañamente.

-En otra ocasión –gruñó finalmente, incómodo por la sonrisilla de Hermione que decía a las claras que sabía que lo que él sentía.

Por la tarde, cuando todos los invitados comenzaron a llegar llenando el perchero del hall de abrigos, bufandas y gorros, y despertando a la Señora Black con el jaleo, Hermione le subió algo de comer a Kreacher como hacía a diario. Siempre le dejaba una bandeja rebosante de comida frente a la puerta del trastero y cuando volvía por ella horas más tarde, estaba vacía, con el plato reluciente y los cubiertos perfectamente colocados.

Hacía semanas que Hermione no veía a Kreacher, pero saber que estaba al otro lado de la puerta, oírle roncar de vez en cuando y ver la bandeja vacía de comida, hacía que se sintiera tranquila. Ese día, el día de Navidad, Hermione le dejó un pequeño paquete junto con la bandeja. En realidad, no se trataba de un regalo en toda regla porque Hermione no lo había comprado y tampoco le pertenecía, pero en una de sus frecuentes visitas a la biblioteca, había encontrado una foto de la familia Black al completo en un fino portarretratos de plata con el cristal estallado, oculto entre las páginas de un voluminoso tomo sobre la transfiguración. Hermione lo había reparado y había pulido la plata oscurecida hasta que el emblema de los Black fue visible en un rincón. Walpurga y Orión Black aparecían en la fotografía junto a sus dos hijos, cuando ni siquiera Sirius había cumplido la edad necesaria para ir a Hogwarts. En un rincón de la fotografía, casi desapercibido entre los muebles del salón, un Kreacher mucho más joven, pulcro y feliz, observaba a su familia con devoción.

Ahora, muchos años después, de esa foto sólo quedaba un envejecido y desgraciado elfo doméstico, y aunque sospechaba que recuperar la fotografía le traería muchos recuerdos, bastantes de ellos tristes, Hermione sentía que Kreacher debía tenerla.

Y mientras bajaba las escaleras, después de haber depositado el regalo y la comida en la puerta del trastero, escuchó al elfo gritar de dolor y júbilo. Llorar y reír a la vez.

-Feliz Navidad, Kreacher –murmuró Hermione para sí.

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La mesa de las cocinas de la mansión Black estaba tan atestada de comida que a pesar de lo numeroso de los invitados, parecía imposible que se comieran todo. Harry encabezaba un extremo de la mesa y Ojoloco otro. En los lados se sentaban los señores Weasley, los gemelos, Bill y Fleur, Remus y Tonks, Draco y Hermione, Kingsley y su esposa, Charlie que había regresado de Rumanía, Ginny, los padres de Devany, Devany y finalmente Ron. Este último bastante colorado después de que los gemelos le hubieran pescado besando a Devany bajo el muérdago.

A pesar de que las muertes de las recientes muertes y el estado de Snape que todos tenían presente, la cena transcurrió animada. La vieja radio de los Black fui instalada en la encimera, llenando la estancia de villancicos navideños. La chimenea estaba encendida, caldeando la cocina. Las bolas de Navidad que Draco no había convertido en puerros y pimientos destellaban con brillos dorados y plateados. Hedwig y Pigwideon picoteaban chucherías lechuciles mientras Crookshanks se colaba entre las piernas de los comensales, maullando para que le dieran un poco de pavo después de haberse acabado su cena. Tonks llevaba el pelo rojo para la ocasión y los Gemelos Weasley lucían gorros de Santa Claus que a mitad de la cena se quitaron para sacar caramelos de ellos. Uno de los caramelos convirtió a Ron en un pelicano rosa hasta que lo escupió en su plato. La Señora Weasley se puso colorada de tanto gritar a los gemelos, pero George subió la voz de la radio disimuladamente y la voz suave de Celestina Warbeck eclipsó la de su madre, cantando un villancico sobre calderos llenos de dulces y regalos.

Mientras todos charlaban, la Señora Weasley regañaba a los gemelos y Ron le aseguraba con aire estoico a Devany que se encontraba bien, Draco observó la ruidosa mesa y se sintió extraño. No incómodo, tampoco fuera de lugar, sino simplemente diferente.

Su vida había dado un giro de 360 grados desde las últimas Navidades, silenciosas y deprimentes en Malfoy Hall. Con su padre en la cárcel, Draco había pasado las Navidades con la única compañía de su madre y su excéntrico tío Marcus, los tres sentados en una mesa tan grande que los separaban varios metros. Apenas habían hablado si no se contaban las historietas de juventud algo subidas de tono que su tío Marcus les había relatado a él y a su madre después de haber hecho desaparecer –y no por parte de magia precisamente –una botella de caro champagne francés.

Ahora su madre estaba relativamente cerca pero no podía verla, y dudaba que aún en el caso de que pudiera visitarla, ella fuera a verle a él. Su padre había huido de la cárcel y se encontraba escondido de la justicia. Como él.

Sin embargo, Draco no estaba solo. Hermione cenaba a su lado dando pequeño sorbos a su copa de cava y riéndose de algo que los gemelos habían dicho, la Señora Weasley le echaba más y más comida en plato alegando que estaba famélico y Lupin hablaba con él con el mismo tono amistoso que empleaba con cualquiera de los demás. Podía ser que los miembros de la Orden del Fénix no fueran sus amigos, pero le aceptaban y de algún modo, Draco sabía que darían la cara por él, tal vez por el invisible lazo de camaradería que se había formado entre todos al pelear en el mismo bando.

Snape iba a ponerse bien –tenía que ponerse bien –y por lo que Draco había deducido, la caída del Señor Oscuro estaba más próxima. Y cuando empezaba a pensar que tal vez las cosas no pintaban tan oscuras como lo hacían una semana atrás, la voz de Celestina se interrumpió bruscamente en la radio. En un primer momento, nadie se percató, su ausencia apagada por el bullicio del resto de voces y de los cubiertos sobre la porcelana, pero al ambiente ya era diferente.

-¿Qué le pasa a este chisme? –farfulló Moody alargando una mano para coger la antigua radio y sacudirla delicadamente –maldito trasto…

-Tal vez se haya averiado –sugirió Mike Apedlty mordisqueando un palillo con aire satisfecho.

-No me extrañaría, ese cacharro…

-"…de última hora. El Ministerio de Magia está siendo atacado por las facciones mortífagas. Las primeras noticias hablan de una aparición en masa de los seguidores de quien ya sabéis, forzando las diversas entradas, públicas y privadas al Ministerio. Se cree que los aurores que realizaban la guardia esta noche, la noche de Navidad, han muerto a manos de los mortífagos cuando estos han irrumpido en el Ministerio, para tomar posesión del mismo. Todos los aurores del cuerpo ministerial se están desplazando hacia el Ministerio y se habla además de la presencia magos civiles que acudenpara ayudar…"

-¿Qué? –balbuceó Ron aprovechando una interferencia.

-"Repetimos: El Ministerio de Magia está siendo atacado".


Hola!

Sorpresa :) he actualizado antes que de costumbre -al menos en los últimos tiempos -pero ayer tuve un día de súbita inspiración y acabé el capítulo, así que hoy he estado retocándolo y he decidido subirlo. Un capítulo más, uno menos para el final. Los miembros de la Orden han enterrado a Hestia y hemos conocido al agradable nuevo ministro, que como habéis visto, es un hombre realmente simpático. Ha despedido a Arthur y Tonks y ha amenazado al resto. Por otro lado, Snape finalmente ha cumplido la misión...aunque a costa de casi perder la vida...finalmente, se ha descubierto que en realidad todo ese tiempo le ha sido leal a Dumbledore. Siempre en realidad. Y aunque el personaje nunca ha sido santo de mi devoción, siempre pensé que lo haría -después de un breve período de ciega ira cuando él se cargó a Dumbledore, claro-. Hemos sabido un poco de Kreacher que tenía al pobre elfo abandonado y por último, las Navidades han llegado a Grimmauld Place.

Y los mortífagos al Ministerio.

Sí, damas y caballeros, se trata de la batalla final -o el desastre de final, según me salga-, así que preveo 3 capítulos más y un epílogo. Aunque ya sabeís que soy muy pesada, a lo mejor me extiendo más, no lo sé.

Ahora, algo que se me ha olvidado ochocientas veces! Os voy a pedir un favor, y es que entréis aquí: (sin espacios) http ://dryadeh. por cada visita se añadirá una hoja a mi bosque particular. Podéis crearos uno fácilmente y sumar hojas y hojas. Cuando se alcancen los 100 millones se donarán diez mil euros a una asociación para replantar árboles en el amazona. Una pequeña ayuda que puede significar mucho, animaos que no cuesta nada :)

También quiero recomendaros unos cuantos fics que he leído recientemente. El primero se llama El celador uraño y es de M.Mago -autora que ya os había recomendado antes- son una serie de viñetas sobre siete virtudes de Filch. Sí, he dicho Filch. Leedlas y después contadme si seguís pensando lo mismo del personaje. Si os da pereza usar el buscador, encontraréis el fic en mis favoritos :)

Después os quiero recomendar a otra autora, Crysania M, en concreto tres de sus fics (aún no he leído el resto): "La princesa sangre sucia", "San Mungo: cuarta planta" y "El final de Draco Malfoy". El primero no lo comento por no hacer spoilers de DH, pero el segundo es un emotivo fic sobre lo que siente Neville cuando va a visitar a sus padres al hospital, y el último la historia de Draco, un Dramione. La autora está en mis favoritos y sus fics también.

Ya me diréis que os parecen si los leéis :) De paso, muchas gracias a quienes han leído Sins&Sinners :D También os informo de que estoy escribiendo un penoso intento de Remus/Tonks que posiblemente cuelgue pronto :)

Edit: Ya escribí y colgué el Remus/Tonks. Se llama la Tentación del lobo. Lo encontraréis en mi profile o entrando aquí: http//www.fanfiction. net/s/ 3860276/1/

Y creo que eso es todo, ya me callo. Muchisimas gracias por todo :) (Litius, si me llegan tus reviews, debí saltarte en el anterior agradecimiento, lo siento). Ahora tengo que irme -cenar, arreglarme, salir de fiesta- así que otro día añado los agradecimientos especiales :)

Muchisimas gracias por todo, de corazón. Cuidaos

Con mucho cariño, Dry!!

Pd: Click a "Go" para que Draco (o X) te bese hasta que te olvides hasta de tu nombre :) -corre a clickear para ver si le aparece un Draco besucón xp-