o0o Recomendación Musical: Requiem for a Dream - Clint Mansell & Kronos cuartet
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# Batalla Final - Parte I
Capítulo 48: Justicia Poética
-Lucha campal…Ministerio…final…-la voz del interlocutor se entrecortaba por el sonido de interferencias -…muertos…Caos.
Y con una especie de chasquido, la señal se interrumpió y la cocina de los Black quedó sumida en un incrédulo y expectante silencio. Ojoloco miró la radio con ambos ojos y después la agitó violentamente tratando de recuperar la transmisión sin demasiado éxito. Mascullando por lo bajo giró la ruleta de sintonización de canales y cuando ni siquiera aporrear la radio llamándola por lo bajo "inútil armatoste" funcionó, la posó en la mesa y dejó una mano arrugada como la corteza de un árbol sobre ella. Se echó hacia atrás en su silla, apretó los labios hasta que se convirtieron en una delgada línea en la maltratada cara y escrutó los estupefactos rostros de los presentes con su ojo mágico, como si pudiera leer en ellos. Nadie se atrevió a moverse ni a hablar.
La bomba había sido soltada y ninguno de los presentes parecía saber qué hacer. Draco, paralizado al lado de Hermione, no hizo nada cuando ella buscó su mano y la apretó. No es que la noticia del ataque al Ministerio le afectara del mismo modo que a los demás. Claro estaba que sabía lo que significaría que el Ministerio cayera: Él, Voldemort, ganaría la guerra, se haría con el control de país. Pero más allá de la guerra mágica, Draco tenía otra principal preocupación.
Su padre.
Sabía que estaría allí, en el Ministerio, luchando junto con los demás mortífagos. Y si Draco iba, acabaría enfrentándose a él inevitablemente. Eso, si no le mataban antes, claro.
Pálido, apretó la mano de Hermione tomando una silenciosa decisión.
-Bueno –dijo Moody con tranquilidad, perforando con su herrumbrosa voz el tenso silencio creado –ya ha comenzado la batalla final.
Y ante las miradas atónitas de todos los presentes, Ojoloco se puso en pie con dificultad y comenzó a cojear hacia las escaleras que salían de las cocinas.
-Ojoloco –le llamó la Señora Weasley conmocionada -¿a dónde vas?
-Voy al ministerio a echar una mano, Molly –explicó él antiguo auror, subiendo su pata de madera al primer escalón con total tranquilidad.
-¡Nosotros también vamos! –aseguraron los gemelos al unísono, poniéndose en pie enérgicamente.
-¡Y yo!
-Sí, queremos ayudar…
La señora Weasley abrió los labios para hablar, pero su voz quedó apagada por el sonido de una quincena de taburetes y sillas arrastrándose por el suelo entre murmullos de aprobación y exaltadas declaraciones de batalla.
-Un momento –exigió Molly con tono amenazador, y la comitiva que avanzaba hacia las escaleras se detuvo para mirarla. Poniendo los brazos en jarra, la Señora Weasley miró al grupo –No tan deprisa. Remus, Draco, vosotros no podéis presentaros en el Ministerio, estáis en busca y captura…
-En este momento los aurores tienen otras cosas que atender, Molly –explicó Remus con paciencia –no van a detenernos.
-Y si el Ministerio cae, ya no habrá nadie para hacerlo –masculló Draco al ver que la matriarca de los Weasley tenía intención de objetar. Y era verdad. Esa noche no había medias tintas ni prudencia posible. Esa noche se decidiría el futuro de toda la población de Gran Bretaña. Era todo o nada. Y no pensaba esperar a que todo pasara debajo de la cama.
-Está bien –claudicó la Señora Weasley después de abrir y cerrar la boca sucesivamente como un pez fuera del agua, sin duda buscando algo que objetar –Pero tú, Ginny, te quedas –aseveró la mujer mirando a la menor de sus hijos que ya estaba pisándole los talones a Ojoloco y trataba de confundirse entre la multitud.
-No puedes obligarme –dijo decidida, volviéndose hacia su madre.
-Claro que puedo, jovencita –Molly estaba pálida pero señalaba a su hija con el dedo índice cargado de amenaza –aún eres menor de edad y mientras lo seas, eres responsabilidad de tu padre y m…
-Me escaparé –le anunció Ginny con desparpajo –ya lo hice en la batalla de Hogwarts. Así que puedo ir con vosotros y así al menos podréis vigilarme, o puedo ir por mi cuenta cuando todos os hayáis marchado.
-Hija –intervino el señor Weasley en tono suplicante –tu madre y yo nos sentiríamos más tranquilos si supiéramos que estás aquí a salvo…
-¿Y cómo se supone que he de sentirme yo cuando toda mi familia está peleando y yo tengo que esperarles en casa sin saber nada? –replicó la pelirroja con sequedad.
-Esto no es una discusión, Ginevra –la Señora Weasley tenía el conocido brillo en los ojos que precedía a las lágrimas. Los gemelos miraron a otra parte, incómodos–sólo tienes dieciséis años ¡y he dicho que te quedarás! -dijo tajantemente.
-Deirdre se quedará con ella –ofreció Mike Apeldty pasando cariñosamente un brazo por encima de los hombros de su esposa –es muggle, no puede ir al Ministerio. Se quedará aquí cuidando de Ginevra y el Señor Snape.
-Tú tampoco vas, papá –Devany se plantó con decisión frente a su padre y se ajustó su inseparable gorrito de lana en la cabeza –eres un squib, no puedes hacer nada en la batalla…
-La última vez supe apañármelas –se defendió Mike quitándose el palillo de los labios.
-¿Piensas atacar a las fuerzas del Seños Oscuro con una fregona? –replicó Devany angustiada –Te matarían en menos de un minuto.
El Señor Apeldty soltó lentamente a su mujer, y separó las piernas para afianzarse en el suelo, observando a Devany con cabezonería y preocupación.
-Si piensas que voy a dejar que vayas allí sola, Devy, es que…
-Señor Apeldty –intervino Ron tomando la mano de la chica con tímidez. Ella se aferró a él con fuerza –yo cuidaré de ella, se lo prometó.
El Señor Apeldty miró a Ron y Ron le miró a él, y en silencio mantuvieron un callado diálogo. Nadie dijo nada, pero Draco puso los ojos en blanco y Hermione tuvo que darle un apretón en la mano para que no hiciera ningún comentario.
-Está bien, está bien –se rindió el Señor Apeldty pasándose una mano por la barba de un par de días –te confío a mi tesoro, Ronnie, no me falles.
Ron asintió solemnemente y Devany se atrevió a sonreír con debilidad.
-Bien –intervino Kingsley –entonces los Apeldty y Ginevra se quedaran en la mansión con Snape. Esta es la última oportunidad para el resto para decidir si realmente quiere ir al Ministerio o por el contrario prefiere quedarse, nadie debe sentirse obliga…
-Vámonos de una vez –resopló Tonks barriendo el aire con una mano como si quisiera quitarle importancia a las solemnes palabras del auror –no hay tiempo que perder –dijo con entusiasmo.
Ginny, enfurecida, bajó los dos escalones que ya había ascendido y pasó al lado de sus padres sin siquiera mirarles. Llegó a Harry que estaba situado entre los gemelos, lo cogió por el cuello de la túnica y le plantó un beso en los labios sin importarle el público. Fred y George sonrieron picaronamente y lanzaron silbidos, mientras Harry, demasiado violento por la situación, apenas fue capaz de reaccionar antes de que la pelirroja se apartara y le observaba con ojos brillantes de sentimiento.
-Ten cuidado –le dijo. Harry la miró fijamente durante unos segundos, sin decir nada. Después, simplemente asintió y rehuyendo las miradas de todos, se dirigió al hall. Los gemelos le siguieron, sin duda haciendo un esfuerzo sobrehumano para no tomarle el pelo, y Draco y Hermione fueron tras ellos. Mientras subía las escaleras con la Orden del Fénix al completo, Hermione pudo ver a la madre de Devany, una mujer rubia de pelo rizado y rostro bondadoso, rodeando el hombro de Ginny con aire compasivo. Antes de que la castaña llegara al hall, Ginny Weasley le guiñó un ojo.
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Normalmente, un grupo de diecisiete personas no aparecía de la nada en medio de la nevada acera de St. Penny's Street en plena noche de Navidad. Pero esa noche no era normal.
La calle estaba a oscuras, las farolas apagadas, la nieve que cubría las aceras surcada de pisadas, tan sólo iluminada por la media luna y las estrellas. No había tráfico, ni tampoco peatones.
De hecho, la calle estaba tan tranquila que parecía imposible creer que una batalla pudiera estar teniendo lugar cerca de allí. Hermione buscó con la mirada la cabina telefónica que era en realidad una entrada al Ministerio y soltó aire asombrada al comprobar que tan sólo quedaba su estructura chamuscada y enroscada como las patas de una araña a un lado de un enorme agujero en el suelo.
-Por ahí –les indicó Kingsley –han forzado la entrada pública.
Todos cruzaron la acera sin molestarse en mirar, dejando sus huellas en la capa de nieve blanda que recubría el suelo. En torno al lugar en el que antes se había alzado la cabina, no había nieve sino un líquido negro como la brea que despedía un pestilente olor a quemado. Un cráter de unos tres metros de diámetro se abría en mitad del suelo, revelando unos cuantos metros más abajo el suelo de la primera planta del Ministerio. El Atrio.
-¡Espongificación!-gritó Moody y apuntó con su mano nudosa el interior del cráter. Un chispeante rayo de luz de color crema bajó disparado a través del cráter y golpeó el suelo de madera pulida del Ministerio. Al instante, una especie de hongo gigante brotó de la madera y comenzó a hincharse como una enorme colchoneta.
-¡Las damas primero! –gritó Tonks y sin más, se arrojó a través del agujero. Fred y George se miraron el uno al otro, sonrieron y se lanzaron tras Tonks murmurando algo como qué bien me cae esa tía. Ojoloco, Kingsley y su esposa Jada les siguieron en silencio, pero cuando Hermione puso un pie en el borde del cráter, una voz familiar la detuvo.
-Hola chicos.
Luna Lovegood se acercaba trotando alegremente sobre la nieve con sus pendientes de muérdago balanceándose en sus orejas y una bufanda amarillo fosforito cubriéndole el cuello. Por lo visto había aparecido de la nada unos segundos atrás.
-¡Luna! –exclamó Harry sorprendido. Draco la miró pensando que definitivamente Lovegood estaba como una regadera¿era posible que se hubiera enterado de que estaban en guerra después de todo ese tiempo? Y si era así¿qué coño hacía correteando por la nieve como si fuera a recoger florecillas?
-He oído lo del ataque por la radio –explicó Luna con los ojos muy abiertos, miró a Draco y la mano con la que tomaba la de Hermione hasta que el chico se sintió incómodo. Después sonrió levemente y volvió a prestar su atención a Harry, parpadeando como si acabara de salir de un sueño –mi padre se quedó dormido en el sofá, demasiada leche de plimpy – negó con la cabeza con aire indulgente –así que he venido a ayudar –añadió encogiéndose de hombros.
Sin duda, Luna Lovegood era un arma mortal, pensó Draco. Distraería a los mortífagos diciéndoles que les había entrado una polilla invisible por un ojo, que había elzohairs o cómo coño se llamaran haciéndoles trenzas de espiga en el pelo o que un Snydanpú estaba intentando chuparles un codo. Y entonces los mortífagos se asustarían y los miembros de la Orden les atacarían y acabarían con ellos en cuestión de segundos. Sería una victoria aplastante.
-Pues vamos –dijo Harry volviéndose de nuevo hacia el cráter, con expresión de haber pensado lo mismo que Draco.
-Un momento –les pidió Luna con aire soñador –os vendrá bien esto –y sacó un puñado de lo que parecía harina del bolsillo de su trenca multicolor. Extendió la mano con el montón de harina en su palma y sopló dispersando los polvos por la cara de Harry, Ron, Devany, Draco y Hermione.
-¿Qué coño … -masculló Draco entre toses.
-Polvos de cuerno de snorklack, os protegerán de los bullebys –les explicó Luna evidentemente satisfecha, después echó a andar hacia el cráter -¿Por dónde vamos¿Por aqu.. –la Ravenclaw no acabó su frase, simplemente continuó andando hasta que el suelo desapareció bajo sus pies y ella lo hizo en el agujero con una risita soñadora.
-Maldita chiflada –despotricó Draco limpiándose la harina de la cara. Tosió un par de veces y le pareció ver a unos cuantos magos corriendo con sus túnicas festivas hacia ellos, pero no se detuvo a comprobarlo. El resto de la Orden, exceptuando a Potter, Apeldty, Weasley, Hermione y él ya habían bajado al Ministerio, y Draco estaba harto de esperar. Sin decir palabra, tiró de Hermione y ambos cayeron por el agujero.
Hermione ahogó un gemido cuando rebotaron sobre el enorme hongo y fueron enviados un par de metros hacia delante sobre el suelo de madera pulida del Atrio. Se incorporó con intención de levantarse, pero Draco tiró de su mano volviéndola a arrojar al suelo, en el mismo momento en que un chorro azulado pasaba volando por encima de la cabeza de Hermione.
Echando una rápida mirada a la primera planta del Ministerio, Hermione vio el mostrador de recepción sobre el que yacía un hombre probablemente muerto. A sus pies, una mujer con el uniforme plateado de los aurores, parecía muerta también. Más allá, cerca de la fuente, un grupo de mortífagos peleaba con un puñado de aurores y magos civiles, lanzándose chorros de luz de todos los colores. Hermione pudo ver a un mortifago con la cabeza dentro de la fuente de los magos y las criaturas mágicas. Al lado, la estatua del sonriente elfo doméstico tenía el rostro salpicado de sangre dándole un aspecto siniestro.
Al fondo, ascensores dorados subían y bajaban incesantemente entre chispazos de luz. Un ascensor tintineó al llegar hasta el Atrio y sus puertas se abrieron automáticamente, mostrando a un pasajero sentado contra una esquina con el rostro lleno de sangre y los ojos velados por la muerte. Magos y mortífagos se enzarzaban por toda la planta.
Los miembros de la Orden se habían dispersado y unido a la batalla. Fred y George se encargaban de dos enmascarados mortífagos después de haber enviado a un tercero contra las coces del centauro de la fuente. Kingsley se enfrentaba a un mortífago con la máscara rota que Hermione reconoció como el padre de Theodore Nott, y a su espalda Ojoloco y Tonks luchaban con dos más especialmente corpulentos que debían de ser Crabbe y Goyle padre.
De las chimeneas empotradas en las paredes brillantes del Ministerio aparecían constantemente magos y brujas civiles que acudían a ayudar, uniéndose en el acto a la batalla.
Draco y Hermione se levantaron del suelo con prudencia en el mismo momento en el que Harry aparecía por el agujero y rebotaba con la "colchoneta" improvisada de Moody, saliendo disparado hacia ellos. Hermione ahogó un gemido y Harry se hubiera empotrado con la chimenea que había a la izquierda de ellos si Draco no hubiera alargado un brazo para sostenerlo. El moreno se aferró a él hasta lograr equilibrarse y después ambos se soltaron como si tuvieran la peste. Intercambiaron un par de miradas incómodas y luego Harry se estiró el jersey y Draco carraspeó rudamente.
-Gracias –masculló Harry. Draco se limitó a asentir y se agachó para evitar un rayo dorado que casi le da de pleno. Los tres se dispersaron para unirse a la batalla, aunque Draco pisaba los talones de Hermione. Un mortífago obeso les salió al encuentro sonriendo macabramente y Hermione se percató horrorizada de que su máscara plateada estaba salpicada de sangre. No propia.
-¡Cruciatus! –gritó con voz aguda el mortífago. Hermione empujó a Draco hacia un lado y el hechizo pasó volando entre ellos y le dio a un mortífago que había aparecido a sus espaldas, que cayó al suelo, retorciéndose silenciosamente.
-¡Alarte Ascendere! –Draco agitó su varita con rabia y un chorro plateado impactó en el pecho del mortífago, elevándolo hacia el techo como si una bomba hubiera explotado a sus pies. El hombre se estrechó contra las runas doradas que aparecían y desaparecían en el techo y cayó al suelo con un sonido pesado. Una diminuta mortífaga que caminaba dando tumbos y girando sobre sí misma, tropezó con su compañero y cayó al suelo con una risotada, sin duda víctima de un Confundus. Draco y Hermione echaron a correr hacia un grupo de combatientes, rodeándoles, y por preocupación, la chica lanzó un Desmaius a la mortífagada confundida, que quedó en el acto inconsciente.
Tom del Caldero Chorreante, Madame Malkin y la dependienta de la tienda de animales que le había vendido Crookshanks a Hermione, luchaban contra un par de mortífagos empapados. Una bandada de aves que Madame Malkin había hecho aparecer revoloteaba furiosamente sobre las cabezas de los magos tenebrosos, lanzándoles picotazos y arañándoles el rostro con sus patas. Draco le dio una patada a uno de los mortífagos al pasar por su lado, que cayó al suelo e inmediatamente se vio cubierto de pájaros.
Unos metros más allá, Devany resbaló con un charco de agua cercano a la fuente y quedó sentada sobre su trasero a los pies de dos mortífagos. Empezó a retroceder nerviosamente, incapaz de levantarse en el resbaladizo suelo, mientras uno de los magos oscuros se quitaba la máscara para mostrar una cruel sonrisa de dientes amarillos y roídos.
-Una pequeña sangre sucia lista para morir –siseó apuntando a Devany con su varita. Su compañero rió gravemente –Adiós, impura. ¡Avada K…
-¡CARPE RETRACTUM! –bramó una voz y la estatua del brujo de la fuente salió volando por los aires, girando sobre sí misma, y se llevó por delante a los dos mortífagos que rodeaban a Devany, estampándolos contra las verjas de unos de los ascensores con un desagradable sonido de huesos rotos. Ron apareció corriendo, enfurecido, cogió a Devany por un brazo y la levantó del suelo casi a volandas, obligándola a correr tras él.
Cerca de las chimeneas, Remus peleaba contra los hermanos Lestrange, incapaz de hacer algo más que resistir sus ataques. Una figura delgada y más bien bajita, con una larga cabellera rubia, se plantó tras los hermanos y apuntó a uno de ellos con su varita.
-¡Deprimo! –susurró alegremente. El suelo comenzó a temblar bajo los Lestrange que se miraron el uno al otro. La madera comenzó a resquebrajarse bajo sus pies y de pronto, un gran agujero se abrió en el suelo, tragándose a los dos mortífagos.
-Oh –musitó Luna sonriendo dulcemente y se asomó por el agujero para decirles adiós a los mortífagos con una mano.
-Bien hecho, Lovegood –dijo Remus apuntando con su varita a través del agujero -¡Duro! –gritó y de su varita salió un chorro azulado que impactó con los hermanos tirados en el suelo de la primera planta del Ministerio, volviéndolos de piedra.
Justo en ese momento, en la chimenea que había tras Luna y Remus, una figura con la cabeza cubierta por una mantilla apareció, encorvada. Recomponiéndose con pomposidad, la profesora Trewlaney recolocó sus chales y miró a la muchacha y el licántropo a través de los gruesos cristales de sus gafas que amplificaban sus ojos.
-Hola, queridos –dijo con tono misterioso –sabía que volveríamos a encontrarnos.
-Profesora Trewlaney –Luna sonrió, risueña -¿qué hace usted aquí?
-Bueno, mi ojo interior me informó de lo que estaba sucediendo en el Ministerio, y decidí venir a ayudar –aseguró la profesora, alisándose uno de los chales cubierto de lentejuelas doradas.
-En realidad, lo oímos en la radio –McGonagall acababa de aparecer detrás de su compañera y se sacudía el polvo de su túnica de gala verde esmeralda con gesto grave. Instantes después, Flitwick, Slughorn, Sinistra, Fawcett y Sprout surgieron de las chimeneas contiguas.
-En plena cena de Navidad –farfullaba Slughorn haciendo temblar los botones de su túnica en los ensanchados ojales en torno a su gruesa figura –no respetan nada… -y sacando su varita, petrificó a un mortífago que corría tras Lavender Brown y su madre.
Neville y su abuela cayeron sobre la colchoneta después de lanzarse por el cráter y el sombrero de la anciana salió volando por los aires. Cayó cerca de los pies de George, el cual lo recogió sin dejar de lanzar hechizos a un mortífago, y se lo puso en la cabeza con aire divertido.
-¡George! –le regañó su madre después de atar a un mortífago con cuerdas que hizo aparecer mágicamente -¡quítate eso de la cabeza!
-¡Furnunculus! –lanzó Dean Thomas contra Alecto Carrows. La máscara de la mujer cayó al suelo y su rostro comenzó a llenarse de espantosas ampollas que la mortífagaba trataba de quitarse a arañazos. Seamus Finnigan la libró de su sufrimiento con un acertado Desmaius y la mortífaga cayó al suelo junto al cadáver de un mago anciano.
Docenas y docenas de magos civiles no dejaban de llegar por las chimeneas y el cráter donde antes había estado la cabina telefónica, alertados por la radio del ataque sufrido. Los mortífagos, cada vez más superados en número en esa planta, corrían hacia los ascensores para descender y reunirse con sus compañeros en los pisos inferiores.
Draco y Hermione luchaban contra Mullciber, arrinconándole contra la fuente del Ministerio.
-¡Mimblewimble! –lanzó Hermione, pero Mulciber gritó un Impedimenta y bloqueando el hechizo.
Fastidiada, Hermione alzó su varita hacia el techo y comenzó a agitarla en círculos como si removiera el aire.
-¡Salvo Hexia! –invocó extendiendo una especie de burbuja transparente en torno a Draco y a ella.
-¡Cruciatus! –gritó el mortífago, pero su hechizo rebotó contra la barrera y le golpeó a él, haciéndole caer de rodillas al suelo entre espasmos de dolor. Satisfecha, Hermione bajó su varita y la burbuja desapareció.
-¡Everte Statum!
Draco apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el hechizo le golpeara lanzándolo varios metros por los aires. Aterrizó sobre el suelo y rodó un par de metros hasta las puertas abiertas de un ascensor ocupado por un cadáver. Tosiendo y mascullando por lo bajo mientras se palpaba la dolorida espalda, Draco trató de recuperar su varita que había rodado un par de metros lejos de él. Arrastrándose penosamente por el suelo, consciente de que estaba indefenso y de que era un blanco fácil, Draco sentía el corazón latiéndole en la garganta. La varita estaba ya a tan sólo a unos centímetros de su brazo extendido, sólo tenía que esforzarse un poco más y la alcanzaría. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Draco se arrastró un poco más y estiró el brazo hasta que sus dedos rozaron la punta de su varita. Apretó los dientes, ignorando el dolor que sentía por todo el cuerpo, latiendo en cada músculo, y se estiró un poco más.
-Permíteme que te ayude, querido –dijo una voz femenina y cruel y Draco sintió el tacón de aguja de una bota puntiaguda y negra clavándose en la muñeca de su mano extendida. Gimió de dolor cuando el tacón atravesó la piel y se hundió en el hueso hasta fracturarlo, y los ojos se le nublaron, llenándose de lágrimas.
-¿Duele? –Bellatrix rió histéricamente y removió el tacón en la herida abierta, relamiéndose de placer.
-¡CISTEM APERIO! –bramó alguien y un rayo de un tono metálico impactó contra Bellatrix, arrojándola dentro del ascensor abierto que había junto a ella. La mortífaga chocó contra la pared y tomó aire bruscamente, como si se hubiera quedado sin respiración. Rabiosamente, se incorporó de la pared, boqueando y lanzando chispas por los ojos.
-¡Tú! –escupió sin voz al ver a Neville Longbottom corriendo hacia ella.
-¡Te mataré! –anunció Neville y por la furia desatada y el odio que había en sus ojos habitualmente tranquilos, en su rostro bonachón, parecía perfectamente capaz de hacerlo.
-¿Ah, sí? –Bellatriz rió y su pecho tembló agitadamente. Alargó una mano de uñas largas y sucias hacia los botones del ascensor y pulsó uno –Entonces, tendrás que venir a por mí, pequeño ratón.
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse y Bellatrix se despidió con una mano del colorado muchacho que se esforzaba inútilmente por llegar a tiempo. Traqueteando, el ascensor empezó a descender y Bellatrix besó la palma de su mano, y después sopló con una risotada, enviándoles el beso a Neville y Draco. Luego, desapareció.
-Eh, Longbottom –le llamó Draco retorciéndose en el suelo, apenas podía ver nada por las lágrimas que tenía en los ojos y el dolor era tan fuerte que tenía la sensación de que se desmayaría de un momento a otro. No obstante, había algo dentro de él que impedía que perdiera la consciencia, que se rindiera al dolor, que abandonara su misión. El odio. La venganza –ayúdame, quieres.
Neville corrió a ayudar a Draco y logró ponerle en pie, aunque el rubio se sintió tan mareado que tuvo que aferrarse a él durante unos segundos. Después, le pidió a Neville su varita y cuando la tuvo en la mano –afortunadamente, Bellatrix le había roto la muñeca izquierda –se arrastró penosamente hacia el ascensor junto al que había caído.
-¿A dónde vas? –le preguntó Neville.
-A buscar a Bellatrix –masculló dejándose caer dentro del ascensor, sin importarle que hubiera un cadáver allí. Neville se coló dentro antes de que las puertas se cerraran y miró la mano cubierta de sangre de Draco.
-¿Estás bien?
-No –Draco apretó los dientes, tratando de no echarse a llorar como un niño –pero a quién le importa.
Neville no dijo nada y los dos guardaron silencio, mientras el ascensor descendía dando tumbos hacia la primera planta del Ministerio. Hacia Bellatrix Black.
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Hermione miraba a todas partes, desesperada. Rookwood había lanzado a Draco por los aires y Hermione no lograba encontrarlo entre toda la gente que batallaba. Cada vez quedaban menos mortífagos en el Atrio, replegándose hacia otras plantas o huyendo por las chimeneas, pero no había rastro de Draco por ninguna parte. Un par de Avadas habían pasado cerca de ella y uno la hubiera matado si Oliver Wood no le hubiera apartado de un tirón de su trayectoria. El equipo de Gryffindor que había ganado la copa en el tercer curso estaba allí al completo, también los miembros del Ejercito de Dumbledore, sus familias, todo el personal del Ministerio y docenas de aurores que abandonaban sus puestos en San Mungo, Montis Occultus o donde quiera que estuvieran, para acudir a la batalla final.
Los ascensores bajaban y subían del Atrío, cargados de mortífagos y los magos que les seguían, pero Hermione no había visto a Draco usar ninguno. La gente corría por todas partes, en todas direcciones. Hechizos surcaban el aire, gritos y conjuros se oían en cada rincón. El suelo estaba cubierto de caídos y heridos.
Pasó andando junto a un cuerpo inerte, mirándolo sin verlo, y gritó cuando una mano cubierta de sangre se aferró a su tobillo con las últimas fuerzas que le restaban. Horrorizada, Hermione miró al rostro enmascarado de un mortífago que había creído muerto y vio sus dientes cubiertos de sangre a través de la abertura de la máscara. Instintivamente, Hermione le apuntó con su varita.
-Petrificus Totallus –musitó y el mortífago se quedó paralizado y rígido como una estatua. Tirando de él, Hermione logró sacar su tobillo de las garras del mago tenebroso, se volvió y entonces lo vio.
Un mortífago vestido de negro, con capucha y máscara, se erguía a unos metros de ella apuntándola con la varita. Hermione le observó asustada mientras el hombre sacudía la cabeza haciendo que la capucha cayera sobre sus hombros. El pelo largo, platino y lacio quedó libre. Con una floritura, su mano izquierda retiró la máscara y la arrojó al suelo. Los ojos grises, tan parecidos a los de su hijo, pero a la vez tan insensibles, tan fríos, miraron directamente a Hermione, trasmitiéndole su gélido desprecio. Su rostro estaba chupado, como si el encierro, los años, le hubieran despojado de la carne. Tan sólo la fina piel cubría sus marcadas y altivas facciones.
Lucius Malfoy.
Hermione retrocedió instintivamente sin atreverse a alzar la varita. Lucius Malfoy seguía cada uno de sus movimientos con los ojos y sabía que si intentaba atacarle, posiblemente acabaría muerta en menos de lo que cantaba un gallo. Y tampoco quería usar la magia contra él. Era el padre de Draco.
Y ella era Hermione Granger, la sangre sucia que siempre superaba a su hijo en los estudios. La inseparable amiga de Potter, la muchacha de la que según Hestia Jones, estaba enamorado su hijo. Lucius Malfoy no había querido dar crédito a las palabras de Bellatrix cuando ella le contó con todo lujo de detalles que había visto a Draco besando a esa muchacha. Menos aún había hecho caso a las suposiciones de su cuñada de que ella estaba dándole refugio a Draco.
Pero lo cierto era que Draco se había negado a matarla, que varios mortífagos les habían visto juntos en la batalla de Hogwarts, y que Hestia Jones había dicho una y otra vez –y en realidad había sido lo único que habían logrado sacarle –que su hijo quería a esa chica. No había dado detalles, no había hablado de dónde se escondían, no había dicho una sola palabra en relación a Snape por mucho que Bellatrix se cebó con ella. Nada.
"Tu hijo la quiere, Lucius Malfoy".
Lucius había rumiado esas palabras en su mente una y otra vez desde que habían salido de prisión, y ahora la tenía en frente, esa impura, deshonra para su familia, indefensa ante él. Alzó la varita, la miró con frialdad y despegó los resecos labios.
-Avada Kadavra –murmuró.
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Ginny Weasley cruzó la calle desierta hundiendo los pies en la nieve. Había un gran agujero en el suelo donde antes había estado la cabina telefónica y una muchacha morena con rasgos orientales, observaba el cráter con prudencia junto a otra de pelo rizado, con unas extrañas marcas en la cara.
-Chang –murmuró Ginny y Cho Chang alzó los ojos y miró a la pelirroja, incómoda –Edgecombe –añadió con rencor al reconocer a la amiga de Chang: Marietta Edgecombe, la misma que había delatado al ejército de Dumbledore.
-Hola…¿Weasley? –murmuró Chang.
Ginny asintió sin prestarle atención y miró por el agujero. Al fondo, después de una caída de unos cinco metros, una especie de colchoneta cubría el suelo, sin duda para amortiguar el salto. Ginny no se sentía muy orgullosa de haber usado la magia para dejar a los Apeldty encerrados en la habitación de Snape sabiendo que Deirdre era muggle y Mike un squib, pero las situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas. Su familia, sus amigos y el chico del que estaba enamorada estaban jugándose el cuello en el Ministerio y ella no pensaba quedarse esperando en casa únicamente porque le faltaban unos meses para ser mayor de edad. Y después de todo, ya había avisado a sus padres de sus intenciones.
Miró a Cho y a Marieta que parecían titubear, indecisas, y cuadró los hombros.
-Yo bajo, vosotras haced lo que queráis –le dijo Ginny y sin esperar más, se lanzó por el agujero.
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Neville y un tambaleante Draco salieron del ascensor en la primera planta del Ministerio. Un cartel anunciaba el "Departamento de Entrada en Vigor de la Ley Mágica" y más allá otro letrero señalaba en qué dirección se encontraba el despacho del Primer Ministro Mágico.
Se encontraban en una enorme estancia llena de mesas con sus correspondientes sillas y papeleras y las paredes llenas de corchos, anuncios y memorándums sujetos con chinchetas. El cuerpo de un auror estaba despatarrado sobre una de las mesas y otro caído sobre una silla de ruedas. Había otro cuerpo envuelto en una túnica plateada en medio del pasillo, y dos más apoyados en una estantería. Bellatrix Black les esperaba al fondo del pasillo, con una sonrisa cruel en los labios y la varita alzada hacia ellos.
-Qué encantador –dijo y se echó a reír histéricamente, temblando de pies a cabeza –Longbottom y mi querido sobrino quieren reunirse con sus mamaítas. Si cerráis los ojos y lo deseáis con fuerza, os enviaré con ellas.
-¡Engorgio! –lanzó Neville corriendo hacía Bellatrix.
-¡Impedimenta! –recitó ella con aburrimiento, y el chorro de chispas que salió de su varita, absorbió el hechizo de Neville. Realizó una ágil floritura con la varita y la lanzó hacia delante velozmente -¡Finite Incantato!
Su hechizo surcó el aire como una bala en dirección a Neville. El chico, se arrojó detrás de un escritorio para protegerse, que estalló por los aires cuando el conjuro de Bellatrix le dio. Neville se vio arrastrado un par de metros por la onda expansiva, y Draco, demasiado débil para soportarlo, cayó de espaldas sobre una mesa escuchando las desquiciadas carcajadas de su tía.
En ese momento, una campana sonó y un segundo ascensor llegó hasta el primer piso. Arthur Weasley cayó al suelo inerte, empujado por Travers. Selwyn y Macnair salieron tras ellos.
-Las cosas arriba se han puesto feas –explicó MacNair ante la mirada interrogativa y molesta de Bellatrix.
-Id con los demás, estúpidos –les ordenó Bellatrix moviendo la cabeza hacia atrás para indicarles la dirección –Marsden se ha encerrado en su despacho y no logran entrar. Sabéis que el Amo lo quiere muerto.
Los tres mortífagos asintieron dócilmente y pasaron corriendo junto a Bellatrix. Draco, aprovechando su distracción, apuntó a su tía y gritó.
-¡SECTUSEMPRA!
Su hechizo golpeó de pleno a Bellatrix, arrojándola al suelo con un grito agudo de dolor. Los tres mortífagos se detuvieron cuando la mortífaga cayó, y Macnair se acercó corriendo a ella. Mientras tanto, Neville había logrado ponerse en pie, con el rostro ennegrecido por la explosión y el pelo electrificado, y apuntó al grupo con su varita.
-¡Incendio! –una llamarada salió disparada de su varita y llegó hasta Travers y Selwyn, pasando por encima de McNair que se había agachado junto a Bellatrix. La mortífaga movía las manos en el aire, retorciéndose de dolor, mientras de los diversos cortes que se habían abierto superficialmente en su cuerpo, manaba la sangre, formando un charco alrededor de ella.
-¡Cave Inicum! –conjuró Macnair para protegerles a él y a Bellatrix, mientras Travers y Selwyn ardían, corriendo en todas direcciones, bramando de dolor y liberando un desagradable olor a carne quemada.
Draco y Neville se incorporaron, ambos tambaleantes, y avanzaron hacia Bellatrix a la que McNair estaba curando aceleradamente.
-¡Duro!
-¡Engorgio!
-¡Depulso!
Draco y Neville lanzaba hechizos sin cesar que la barrera que Macnair había conjurado absorbía, temblando y debilitándose más cada vez. Fastidiado, el verdugo, dejó de curar a Bellatrix y les lanzó un Desmaius que ambos jóvenes lograron esquivar. Bellatrix se removió en el suelo y recuperó su varita con el rostro y la túnica ensangrentada. Había tanta furia en sus ojos que casi parecían rojos. Esquivó el hechizo que Neville lanzó y escuchó con indiferencia el grito que soltó McNair al ser alcanzado, antes de caer en la inconsciencia.
-¡Niños malos! –les regañó Bellatrix poniéndose en pie con dificultad. Sonrió cruentamente y se limpió la sangre del rostro con la mano, logrando únicamente extenderla más –Draco, le has hecho pupa a tu tía Bellatrix¿qué pensaría tu mamá de esto? –soltó una risotada feroz y dio un pasó tambaleante hacia los dos muchachos –Ah, lo olvidaba, no puede pensar.
-¡Incárcero! –rugió Draco con rabia y sogas blancas y alargadas surgieron de su varita y comenzaron a enredarse en torno a Bellatrix, pero ella las cortó con un movimiento brusco de su varita. Las cuerdas cayeron al suelo, inmóviles.
-¿Eso es todo? –le provocó la mortífaga acercándose más a ellos.
-¡Lacarnum Inflamarae! –lanzó Neville y llamas surgieron de su varita y se deslizaron por el suelo hacia Bellatrix, la cual las apagó con un rápido Aguamenti.
-Mis pequeños –Bellatrix extendió las manos hacia ellos en una cruel imitación de una madre –voy a tener que castigaros –y agitó la varita hacia ellos -¡Mobilicorpus!
Draco y Neville fueron alzados en el aire, como marionetas movidas por los hilos de Bellatrix. La mujer rió moviendo la varita en el aire de modo que Draco y Neville flotaban hacia donde ella los guiara, hasta que finalmente, hizo un movimiento como si descargara una espada en el aire y los dos chicos salieron despedidos contra una pared cercana. Riendo ferozmente, Bellatrix corrió tras ellos, dispuesta a no darles tregua. Draco y Neville apenas habían tenido tiempo de recuperar la respiración, doblados en dos por el dolor, cuando la mujer llegó hasta ellos y los pateó con la afilada punta de sus botas de cuero negras.
-Ahora, quiero oíros llorar –susurró como si estuviera entonando una canción infantil.
Justo en ese momento, se oyó el traqueteo de un ascensor descendiendo y las puertas se abrieron. Bellatrix se giró hacia él ascensor y sonrió ampliamente, con los labios y los dientes tintados de sangre, al ver la figura oscura que se apeó de él.
-Lucius –dijo mientras el hombre avanzaba hacia a ellos, mirando fríamente a su hijo –el último invitado a nuestra fiesta –y se estremeció de placer.
Lucius Malfoy se detuvo cerca de su hijo y le miró a los ojos. Draco, a pesar del dolor que casi le paralizaba, se las apañó para apoyarse en la pared y enfrentarse a su padre con el rostro erguido.
Hacía más de un año y medio que no le veía, y Draco notó a su padre mucho más desmejorado. Parecía más viejo, más delgado, menos vivo. Sus ojos eran absolutamente fríos, incapaces de cualquier matiz aportado por un sentimiento. Le miraba como si fuera un extraño, sin mostrar ninguna señal de reconocimiento. Su rostro, demacrado, ojeroso, parecía el de alguien a quien un dementor le hubiera robado el alma.
Y Draco sintió miedo, pero curiosamente no tanto como hubiera esperado sentir. Tal vez la muñeca rota, las costillas fracturadas y los múltiples golpes, hubieran adormilado su capacidad para sentir, pero el hecho era que ya no se sentía como un niño asustado esperando la regañina de su padre. Había crecido, era un hombre, los dos lo eran. Había visto demasiados horrores para que la simple figura de su padre le inspirara pavor y adoración.
Eran sólo dos hombres, luchando en la batalla final, en bandos opuestos, diferentes. Un padre y un hijo enfrentados, convertidos en extraños, en enemigos por las circunstancias.
Dos luchadores en una guerra. Iguales.
-Mira a quién tenemos aquí –rió Bellatrix –a nuestro adoro y valeroso Draco. Basura que ensucia mi apellido y el tuyo –añadió con desprecio –Pero te diré lo que haremos, Lucius. Yo me encargo de Longbottom, lo enviaré a San Mungo con sus padres y volverán a ser una familia feliz…y tú te encargas de Draco. Matarás a tu hijo y enmendarás así tus errores, y volverás a recuperar tu puesto junto al Señor Oscuro –se relamió la sangre de los labios y sonrió mirando a Lucius -¿no es realmente dramático que un padre mate a su hijo? –Bellatrix rompió a reírse inconteniblemente, su mano temblando en torno a la varita, los delgados hombros agitándose convulsivamente –Creo que podríamos llamarlo… justicia poética.
Pero Lucius no sonrió, no respondió a las palabras de Bellatrix. Se mantuvo espeluznantemente inexpresivo y alzó su varita en el aire.
Miró a los ojos de Draco y Draco miró a los ojos de él.
Lucius despegó los labios y habló.
-¡AVADA KEDAVRA!
El rayo de luz verde surcó el aire cegando los ojos de Neville. Impactó violentamente contra el cuerpo que quedó tendido en el suelo, exhalado ya el último halito de vida.
Se hizo un silencio profundo, punzante. Nadie habló.
Lucius avanzó hacia el cuerpo tirado en el suelo y las puntas de sus botas se detuvieron, alineadas, junto a él.
-Justicia poética, Bellatrix –dijo, y miró con desprecio a su cuñada muerta, con el rostro ensangrentado, deformado en un gesto de fatal sorpresa. Los ojos negros, vacíos de vida, la sonrisa congelada en sus delgados labios. Las manos que a tantas personas habían torturado, las manos que le habían arrebatado a su esposa, a su amor, laxas.
Bellatrix Black había muerto.
Travis y Selwyn, que habían logrado apagar el fuego que Neville les había lanzado, se aproximaban a Lucius y los dos muchachos, quemados y llenos de ampollas. Travis cayó al suelo tras tropezar con una papelera y no volvió a moverse, pero Selwyn les apuntaba con su chamuscada varita.
-¡Traidor! –escupió mirando a Lucius.
Lucius miró al mortífago con indiferencia y le apuntó con su varita.
-¡Avada Kedavra!
Y antes de poder decir nada más, el hombre cayó muerto al suelo, envuelto en los últimos rastros de chispas verdes.
Draco miró a su padre con los ojos muy abiertos y titubeó antes de tomar la mano enguantada que él le ofrecía. Finalmente, comprendiendo que su padre había decidido ya en qué bando pelear, tomó su mano y dejó que le ayudara a ponerse en pie, por mucho dolor que moverse le produjo.
Se oyó un click y las puertas de un nuevo ascensor cargado de mortífagos, se abrieron. Rápidamente, Lucius levantó al impactado Neville en volandas y lo empujó junto con su hijo hacia delante.
-¡Corred, rápido! –les ordenó inflexible, alejándoles de los ascensores.
Un nutrido grupo de mortífagos salió al hall del Departamento de Entrada en Vigor de la Ley Mágica. Dos segundos después, otro ascensor llegó al mismo piso, y de él bajaron Kingsley, su esposa Jada, Molly, Charlie, Ojoloco, Fawcett y Remus, además de un puñado de civiles que de inmediato se enzarzaron en una lucha con los mortífagos.
-¡Arthur! –exclamó Molly arrodillándose junto a su marido, tirado a medio camino entre dos ascensores. Charlie conjuró un hechizo protector en torno a sus padres y estampó al primer mortífago que pilló contra la pared de un certero puñetazo, rugiendo de furia.
Kingsley y Jada derribaron a otro mortífago y echaron a correr hacia el fondo de la sala, siguiendo la estela de cuerpos.
-El ministro –gimió uno de los aurores que había apoyado en una estantería cerca del pasillo. Kingsley corrió hacia él y se arrodilló a su lado, para escuchar el débil hilo de su voz –quieren al ministro, está…en su…despacho.
-Gracias, Milton –Kingsley le puso una mano en el hombro y observó con compasión las graves heridas de su cuello –Jada, intenta hacer algo por él.
La mujer de Kingsley asintió y conjurando un hechizo protector sobre ambos, se dispuso a tratar de salvarle la vida a Milton. Kingsley llamó a Ojoloco y Fawcett con un gesto, indicándoles la puerta que había al fondo del departamento, que tras un largo pasillo salpicado de oficinas, daba al despacho del Ministro.
-Marsden está atrapado –les informó Kingsley.
-Deberíamos dejar que se las apañará solo –masculló Ojoloco y no obstante, echó a correr a toda la velocidad que su pierna de madera le permitía. Otro hombre siguió a los tres aurores, desentendiéndose de la batalla que se estaba librando junto a los ascensores.
Un hombre que buscaba venganza.
Justicia Poética.
Hola!!
Estoy de vuelta. He decidido cortar el capítulo de la batalla porque sino me acabarías queriendo lanzar Kedavras a mi por ser tan pesada, así que digamos que está es la primera parte de la batalla final. Sí, voy despacio y me gusta liarlo todo, así que he escrito un capítulo y todavía no ha aparecido Voldemort, pero han pasado varias cosas cruciales. La primera: Bellatrix ha muerto! (se oyen ovaciones y abucheos a partes iguales). Lo siento, pero ya sabéis que no me gusta -menos después de haber leído DH -y simplemente, creo que tenía que morir. Otro punto: ha sido Lucius quién la ha matado en lugar de matar a su hijo, pero ¿habrá matado a Hermione? -chum, chum!-. Marsden está atrapado -otras personas dirían que escondido- en su despacho y ahí acuden Kingsley, Ojoloco y Fawcett en su apoyo. Y alguien más también que tendrá su momento de gloria con cierto personaje que detesto...no digo más. Medio Hogwarts ha aparecido, y como veis los civiles también acuden a ayudar, porque todos saben que si el Ministerio cae, Voldemort habrá ganado la guerra...
Más en el siguiente capítulo :)
Por cierto, os traigo un recomendación de un Katie/Oliver que acaba de empezar. Es de mi querida Nasirid y se llama "Críticas Constructivas" (sin espacios) http:// www .fanfiction. net/s/3870183/1/ (si os resulta más fácil, está el primero de mis favoritos), sólo lleva un capítulo pero ya promete mucho. Dadle una oportunidad, veréis que se lo merece :)
Ah! Ya se han abierto las votaciones para el reto Dramione de Halloween del foro Dramione (link en mi profile) sólo tenéis que leer las historias para poder votar :)
Otra cosa. Esto es un pequeño SPOILER, aunque más que de DH, lo es de un personaje en concreto. Supongo que ya habréis oído que (el que no quiera saberlo que no siga leyendo) que nuestro querido director de Hogwarts, Albus, es gay. Comento mi opinión en respuesta a algunas preguntas: me ha fastidiado que Rowling lo haya soltado ahora que se han acabado los libros, siendo algo que perfectamente pudo haber introducido en ellos. Me gusta que sea gay, eso hace que me guste el personaje más si cabe, pero como ya digo, podría haberlo mencionado en los libros.
Respecto a algunas preguntas, todavía no tengo claro que voy a hacer cuando acabe Dormiens -aparte de deprimirme, claro -. No creo que escriba otro Dramione largo, o al menos no en un larga temporada. ¿Por qué? Ya he escrito sobre ellos dentro y fuera de Hogwarts, además de chorrocientos one shoots y viñetas... dentro de poco empezaré a repetirme, a cansaros y a cansarme a mí misma. Tengo dos ideas en mente para dos fics medianamente largos: uno sobre los Merodeadores y otro sobre el equipo de quidditch de Gryffindor -el que ganó la gopa, ya sabéis -, pero muy probablemente me tome un descanso antes de meterme en eso. De cualquier modo, seguiré escribiendo one shoots sobre lo que sea, así que no desapareceré :)
Dado que, como de costumbre, me he alargado bastante, posiblemente queden 3 capítulos + el epílogo todavía. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí, ya no nos queda nada :(
Mis agradecimientos especiales para todas las personas que dejaron review en el anterior. Gracias, de verdad:
Chepita1990, Sra. Danvers, Lady Orapma, Soe, Katu, Elea, Merodeadora Chii, Rominita, Selegna, Lna, Olguita, Irianna, Siriela, norma (mi), Lalix, pia.88, Lara evans, Annemarie Hutt, cedrella.lysandra, Mari Mione, Idune, tifanny, Lore, ZhirruUrie, Willow, Arya Black Cullen, danymeriqui, umiko, tonkstar, Sami Marauder girl, patricia21, alella, Angeles Radcliffle, brujiskatty, xik l, est potter, tefi, lauriska malfoy, adriana, unkatahe, angels46, M.Mago, Paulita Granger, Sara ddc, Itsa, Vicky Cereza, Alaris, Nimue Tarrazo, alee, Amedelune, Roumad Kenyon, Pau tanimachi Malfoy, Sara htd, Basati, Sommeil, Alevivancov, Neran, Isa Malfoy, Conny Hp, Marceps, eRe666, beautifly92, Nymphadore Black, Nahir5, Veroli, Andrux, Lau, Sectusempra, Lyann Jade, Judith Malfoy, Ery Malfoy, Narieleta, galleta, Cielo Azul V, Nathy 2691, Nasirid, Kapu way, ely chan, fantyhp y pauli
Como siempre, MUCHAS GRACIAS por llegar hasta aquí conmigo.
Con mucho cariño, Dry!
Pd: Hoy no hay sobornos, estoy en depresión pre-final de Dormiens :(
