o0o Recomendación Musical: Requiem for a Dream - Clint Mansell & Kronos cuartet

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# Batalla Final - Parte II

Capítulo 49: La rata, el lobo y el niño que vivió

Ginny rodó por el suelo ágilmente y se puso de rodillas, con la varita en la mano presta a atacar.

Moco murciélago! –gritó enviando su famoso hechizo al rostro enmascarado de uno de los pocos mortífagos que quedaban en el Atrio. Se incorporó rápidamente y divisó a los gemelos, peleando codo con codo con la furiosa abuela de Neville. Por alguna extraña razón, George llevaba su sombrero con un cuervo disecado en la punta.

-¡Ginny! –gritó Fred al verla, empujando a un aturdido mortífago dentro de la fuente del Ministerio -¿Qué haces aquí?

-¿No es evidente? –Ginny se agachó para esquivar un Cruciatus perdido y pisoteó la mano de un mortífago caído que trataba de coger una varita tirada en el suelo. Después lo dejó inconsciente con un Desmaius.

-Alguien se la va a cargar –canturreó George alegremente. Justo en ese momento, un hechizo le golpeó en el sombrero, prendiéndole fuego. George se lo quitó rápidamente y lo arrojó a la fuente para apagarlo.

-¡MI SOMBRERO! –bramó Augusta Longbottom y el mortífago que había lanzado el hechizo no supo si era más mortífera con su varita o con el bolso, cuando empezó a aporrearle con él. Fred, compadeciéndose de su sufrimiento, lo dejó fuera de combate con un Desmaius. Refunfuñando por lo bajo, la abuela de Neville recuperó su chamuscado y empapado sombrero de la fuente, y secándolo con un hechizo, se lo puso de nuevo con orgullo.

Ginny se dirigía hacia un grupo de mortífagos que luchaban con McGonnagall, Sprout y Sinistra, cuando una mano la agarró por un brazo como una garra.

-Harry –musitó la pelirroja asombrada, bajando la varita con la que había estado a punto de atacarle.

-¿Qué demonios haces aquí? –le preguntó el muchacho aparentemente calmado, pero sus mandíbulas se marcaban duramente y en sus ojos se notaba el enfado que sentía, por no hablar de la fuerza con la que la sujetaba. Ginny se sintió tan molesta que ni siquiera se preocupó por el corte que Harry tenía en la cabeza ni por el desgarrón en el jersey con una H que su madre le había regalado esa mañana.

-He venido a pelear –le explicó secamente -¿vas a llevarme de vuelta a Grimmauld Place?

-No –gruñó Harry tras un breve silencio.

-Pues entonces, suéltame y haz algo útil –Ginny liberó su brazo del apretón de Harry y se introdujo en la batalla. El moreno se quedó abatido durante unos instantes hasta que alguien gritó su nombre.

-¡Harry! –chilló Cho aterrorizada, y como acto instintivo, Harry se echó al suelo, apartándose así de la trayectoria un Avada que le hubiera matado. Cho Chang y Marieta Edgecombe, que acababan de aparecer en la colchoneta, petrificaron al mortífago que había atacado a Harry y corrieron a ayudar a Flitwick a dejar a otro fuera de combate mientras Harry se ponía de nuevo en pie.

Más allá, Tonks y Hermione se enfrentaban a Avery y Dolohov. Tonks podía ser algo torpe con los pies, pero tenía grandes reflejos y movía la varita en el aire a toda velocidad, bloqueando ataques y lanzando otros nuevos casi al unísono.

Impedimenta¡Depulso! –gritaba constantemente, repeliendo los hechizos de Avery y contraatacando acto seguido.

Hermione, a su lado, intentaba apañárselas para que Dolohov no la matara. Todavía estaba demasiado alterada por su encuentro con Lucius Malfoy, como para pelear en óptimas condiciones. La Gryffindor se había quedado tan paralizada al ver el Avada volando hacia ella, que se sorprendió cuando el chorro de luz pasó por encima de su hombro y golpeó algo a sus espaldas, que cayó con un ruido sordo al suelo. Instintivamente, Hermione se volvió hacia el caído viendo el cuerpo exánime de Amycus Carrows, con la varita aún sujeta en la mano tirado a un metro de ella y comprendió que el mortífago había tratado de matarla. Rápidamente, se volvió hacia el hombre que le había salvado la vida, pero Lucius Malfoy ya no estaba frente a ella y no lo volvió a ver. Hermione había esperado muchas cosas de su encuentro con Lucius Malfoy, pero la realidad había superado su imaginación.

-¡PAPÁ! –bramó desgarradoramente una voz. Esquivando una maldición de Dolohov, Hermione se giró a tiempo de ver a Percy Weasley corriendo hacia un ascensor que se cerraba con Arthur y tres mortífagos dentro. Percy llegó a las rejas cuando la cabeza de su padre desaparecía junto a los tres encapuchados y empezó a aporrearlas con puños y pies, gritando el nombre de su padre una y otra vez. Continuó golpeando las verjas hasta que sus nudillos quedaron en carne viva y sus manos se cubrieron de sangre, hasta que la voz se le enronqueció de tanto gritar, y sólo se detuvo cuando Bill apareció por detrás y lo apartó del vacío ascensor.

-¡Déjame! –gritaba Percy luchando desesperadamente por librarse de las manos de su hermano -¡tengo que ayudarle!

-También te necesitamos aquí –le dijo Bill calmadamente, aumentando el apretón en torno al delgado cuerpo de su hermano hasta que éste dejó de agitarse, sin fuerzas. Bill lo soltó lentamente y Percy se escurrió entre sus manos como un muñeco roto, quedando de rodillas sobre el suelo. Se tapó las gafas de pasta dura con las manos y rompió a llorar.

-¡Percy! –gritó la Señora Weasley acercándose a su hijo, con los ojos húmedos. Molly llegó hasta él y arrodillándose su lado, lo abrazó. Él ocultó el rostro en el pecho de su madre, llorando como un niño pequeño y balbuceando frases llenas de incoherentes disculpas. Bill se acuclilló junto a ellos, y Ginny, Ron, los gemelos y Charlie se acercaron, ignorando la batalla que su alrededor se tejía, llevados por la llamada de su familia. Y allí, en medio del Atrio destrozado del Ministerio, en medio de la batalla final, los siete hermanos Weasley y su madre se reunieron.

Fleur les cubría, bloqueando los hechizos de que los mortífagos lanzaban a los Weasley con conjuros protectores. Por su parte, Devany, Penélope Clearwatter, Sean Fawcett y las gemelas Patil se encargaron de ocupar sus lugares en la lucha, enfrentándose a los últimos mortífagos. Grupos y grupos de ellos huían hacia los ascensores, bajando a otros pisos para tratar de reagruparse, mientras que miembros de la Orden, del ED, del cuerpo de aurores, del país británico en general, les perseguían y eliminaban.

Hermione logró dejar inconsciente a Dolohov y segundos después Tonks hizo lo propio con Avery. El mortífago cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza con el borde de la fuente, para no volver a despertar.

-¡Vamos! –le indicó Tonks a Hermione corriendo hacia los ascensores. Pero justo en ese momento, un grupo de mortífagos apareció por las chimeneas que había tras, con sus oscuras túnicas, y sin máscara. Hermione se sintió horrorizada al volverse y reconocer los rostros de la docena de magos tenebrosos que acaban de llegar. La mayoría habían ido a la escuela con ella: Flint, Montague, Zabini, Crabbe, Goyle, Parkinson, Warrington…y capitaneándoles iba Fenris Greyback.

-Vaya, vaya –el licántropo se relamió los infestos dientes –que jugoso manjar –gruñó mirando a Hermione, mientras su respiración superficial se volvía superficial por la excitación.

Avis! –conjuró ella apuntando hacia el techo con celeridad. Un puñado de aves surgió de la punta de su varita y empezó a revolotear sobre su cabeza, esperando órdenes -¡Opugno! –gritó acto seguido y disparó su varita hacia delante, lanzando la bandada de pájaros contra los mortífagos recién llegados.

Tonks, se frenó a medio camino de los ascensores al escuchar la voz de Hermione y regresó rápidamente junto a ella. Se detuvo a su lado con la varita apuntando directamente al licántropo y sus ojos oscuros relumbraron llenos de odio.

-Ese es el cabrón que mordió a Remus –masculló. Greyback ni siquiera la había visto, ocupado en apartar a los pájaros que le picoteaban la cabeza con manotazos casi animales -¡Depulso!

Y el licántropo se vio empujado por el hechizo de Tonks, empotrándose contra una chimenea y rompiéndose sin duda varias costillas en el acto. Cayó al suelo como un muñeco desmadejado y se quedó allí, encogido e inmóvil. Mientras tanto, el grupo de mortífagos noveles corría en todas direcciones escapando de las aves, indefensos ante posibles ataques. Hermione, que no quería dañar realmente a ninguno, les lanzaba maldiciones que durante años los estudiantes de Hogwarts habían intercambiado por los pasillos cuando sus profesores no miraban.

Tarantallegra! –lanzó a Zabini, el cual, sin detenerse en su huída despavorida, empezó a bailar velozmente con los pies, como si estuviera saltando a la comba a una velocidad tres veces superior a la normal. Tropezó con un cuerpo, cayendo al suelo, pero aún así sus pies siguieron agitándose en el aire impidiéndole levantarse.

Rictusempra! –envió Hannah Abott corriendo a ayudar a Hermione, y el chorro plateado que salió de su varita golpeó a Flint haciendo que el antiguo capitán de quidditch empezara a desternillarse de la risa, a pesar de que un gran pájaro le estuviera picoteando ambas manos hasta hacerle sangrar.

Babosas! –chilló Susan Bones, embrujando a Pansy Parkison de modo que la chica comenzó a tener arcadas y a escupir babosas continuamente, arrodillada en el suelo.

Montague y Goyle, que habían logrado deshacerse de los pájaros momentáneamente, atacaron a las chicas.

Serpensortia¡Serpensortia! –gritaban sin parar, haciendo brotar alagadas serpientes negras de la punta de sus varitas, que caían al suelo y se enroscaban amenazadoramente, sacando la lengua bífida con los ojos fijos en Hufflepuffs y la Gryffindor.

Evanesco! –chilló Susan histéricamente, retrocediendo. Su hechizo impactó contra una de las serpientes y la hizo desaparecer entre una diminuta nube de humo. Tonks, más práctica, usó la punta de su bota como cuña y envió a una de las serpientes de una patada al rostro de Goyle.

-Chúpate esa –dijo sonriente.

Densaugeo! –lanzó Hannah y los dientes de Crabbe comenzaron a crecer a toda velocidad de manera exorbitante hasta que finalmente se clavaron en el suelo con tanta firmeza, que el mortífago, anclado, no podía moverse.

Fred y George, retomando su cordial relación con Montague, reaparecieron en ese momento para petrificarlo y meterlo de cabeza en una chimenea. El resto de mortífagos, la mayoría menores de edad, huyeron despavoridos por las chimeneas, perseguidos hasta el último momento por los fieros pájaros.

-Fred –dijo George sacudiéndose el polvo de su chaqueta de piel de dragón.

-George –replicó su gemelo alisándose las mangas de la suya.

-Ya hemos limpiado esta planta –indicó George señalando el Atrio con una mano como si estuviera presentando a las chicas uno de sus nuevos productos. Y a decir verdad, George tenía razón.

Los últimos mortífagos habían huido por las chimeneas o habían bajado a pisos inferiores, seguidos de tres cuartos de sus combatientes. El suelo del Atrio estaba cubierto de cuerpos que Ginny, Luna Lovegood y Romilda Vane ataban mediante Incárceros para asegurarse de que no les dieran problemas en un futuro. Hannah y Susan sumían en la inconsciencia a los recién llegados.

Ahora la batalla estaba en el primer piso, con el Primer Ministro.

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Cuando Tonks, Hermione, Susan Bones, Hannah Abott, Romilda Vane, Luna, Ginny y los gemelos llegaron al primer piso, por el lugar parecía haber pasado un tornado. Las mesas estaban volcadas, había cuerpos y papeles tirados por todas partes, y diversos grupos de mortífagos y magos y brujas peleaban aquí y allá. El profesor Flitwick se había subido encima de una mesa y saltó sobre los hombros de un mortífago que pasó corriendo delante de él. Trewlaney trataba de asfixiar a una bruja tenebrosa con uno de sus chales y la profesora Sprout, que debía haber perdido su varita a manos de un Expelliarmus, les tiraba sillas, papeleras y grapadoras mágicas a todos los mortífagos que pillaba. Collin Creeve que de algún modo que todos desconocían había llegado allí, ayudaba a Neville Longbottom y Theodore Nott a arrastrar a los heridos detrás de una barricada de mesas, protegidas por un ProtegoHorribilis que Flitwick les había lanzado. El Señor Weasley, Jada Shackelbolt, Seamus Finnigan, Michael Corner, Tom el del Caldero Chorreante y la profesora Sinistra entre otros, estaban allí, heridos en distintos grados de gravedad.

La camisa de Charlie que su madre había planchado con tanto esmero, estaba tan desgarrada que apenas era un par de girones de tela sobre el torso y los brazos musculosos, cubiertos de quemaduras. El mayor de los Weasley combinaba hechizos con puñetazos y dos o tres mortífagos caídos eran prueba de su efectividad. Fleur, que tenías las puntas de su cabello chamuscadas y despidiendo humo, lanzaba rabiosos Relaskio al grupo de mortífagos que rodeaba a Bill, Ron y Devany.

Salvo Hexia! –gritó la señora Weasley y una burbuja traslucida brotó a los pies de sus dos hijos y la joven medimaga, protegiéndoles de los ataques.

Hermione salió del ascensor junto al grupo y petrificó a un mortífago que luchaba contra Marietta Edgecombre, sin dejar de mirar a todas partes buscando a Draco. Había comprobado rápidamente que no estaba entre los caídos en el Atrío, así que Hermione sabía que debía de estar en esa planta. Esquivó un par de hechizos y tropezó con un auror muerto mientras le buscaba. Incorporándose, vio a Theodore Nott arrastrando el cuerpo inerte de Zacharias Smith hacia la seguridad de una barricada de mesas y corrió hacia él. Tomó una de las mangas de la túnica de Smith y ayudó a Nott a llevarlo detrás de los escritorios apilados. Hermione contuvo una exclamación de miedo y alivio a partes iguales al comprobar que Draco no estaba allí. Pero sí lo estaban el Señor Weasley, la esposa de Shackelbolt, Seamus, Alicia Spinnet… Neville apareció por el otro rincón con Katie Bell, ambos ayudaban a una mujer anciana herida en un hombro a caminar.

-Hermione –la saludó el muchacho que tenía el rostro ennegrecido y el pelo de punta.

-Neville, Nott¿habéis visto a Draco? –les preguntó desesperada.

-Creo que ha ido hacia el despacho de Marsden –respondió Neville con gesto grave –con su padre –añadió.

Hermione miró alrededor como si esperara ver a los dos hombres, altos y rubios, caminando tranquilamente entre la batalla. Pero no había rastro de ellos.

-El despacho está tras esa puerta –le señaló Theodore, apuntando a una puerta entreabierta que había al fondo de la sala. Dos auroras con túnicas plateadas ayudadas por Dean Thomas y Lavender Brown luchaban contra un grupo de mortífagos que sin duda intentaba cruzar la puerta. Hermione asintió decidida y salió de la seguridad de la mesas, corriendo entre los grupos de personas que batallaban. Se agachó para evitar un Relaskio, pisó la espalda de un mortífago que se removía en el suelo y sorteó a unos cuantos combatientes antes de llegar al grupo que peleaba en la puerta. Aterrada, desesperada por ver a Draco, Hermione alzó su varita apuntando a un escritorio.

-¡Carpe retractum! –chilló a pleno pulmón. La mesa se elevó en el aire y siguiendo el movimiento violento de la varita de Hermione se lanzó sobre los mortífagos que batallaban con las dos auroras y sus antiguos compañeros de clase. Los barrió de en medio, empotrándolos contra la pared, y cuando los mortífagos empezaron a resbalar hacia el suelo, Hermione hizo que la mesa cayera sobre ellos.

-¡Bien hecho! –la felicitó Dean, pero Hermione no se paró a escucharle. Pasó entre él y Lavender a toda velocidad y cruzó la puerta.

Al otro lado de ella, un largo pasillo blanco se extendía, con varias puertas a cada lado. Había un hombre tirado en el suelo, enfundado en una túnica negra. Una máscara plateada yacía a su lado, con una gran grieta en el medio, flotando sobre un charco de sangre.

Conteniendo unas repentinas nauseas, Hermione se pegó a la pared contraria para pasar lo más alejada posible del muerto y siguió caminando. Había recorrido unos diez metros cuando los gritos y el sonido de las explosiones comenzaron a llegar hasta sus oídos, como un leve murmullo. Aumentó el paso hasta casi correr y giró el recodo del pasillo, ahogando un grito cuando hechizo perdido voló hacia ella. Se agachó y se cubrió la cabeza para protegerse de las esquirlas de pintura y hormigón que saltaron sobre ella cuando el hechizo hizo un gran agujero en la pared. Tosiendo, se puso en pie y echó un vistazo al final del pasillo. Al terminar éste, se extendía una gran sala salpicada de escritorios, algunos en llamas, otros derribados o agrietados. No quedaba una silla en pie y en el pasillo central que formaba la red de escritorios batallaba un nutrido grupo de personas. Al fondo, tres mortífagos trataban de hacer saltar por los aires una puerta maciza de roble con una placa dorada. Hermione no podía leer el nombre que allí estaba escrito, pero no lo necesitaba para saber que se trataba del despacho del Ministro. Sin duda, Edgar Marsden estaba allí, al otro lado de esa puerta. Y aunque a Hermione no le gustaba un pelo ese hombre, sabía que su muerte podría significar la derrota.

Llegó al final del pasillo y pegándose a la pared para evitar un chorro rojo, Hermione alzó su varita.

Expelliarmus! –gritó desarmando a Rookwood, el cual acababa de dejar inconsciente a una bruja. Su varita salió volando por los aires, directa a la mano de Hermione. El mortífago, viéndose desarmado, echó a correr para confundirse en la batalla, pero un pie se interpuso en su camino haciéndole tropezar. Cayó al suelo sobre su barriga y antes de poder pestañear, Draco le aplicó un Desmaius dejándolo fuera de combate.

-¡Draco! –chilló Hermione corriendo imprudentemente hacia él.

Protego!

Hermione se detuvo en seco cuando el escudo surgió ante ella, absorbiendo una maldición violeta que alguien le había lanzado. Mirando a un lado, Hermione pudo ver a Harry con la varita apuntando hacia ella aún, después de haber conjurado el encantamiento protector que la había salvado, pero no tuvo tiempo de agradecérselo con la mirada antes de que una mano la enganchara por la túnica y tirara de ella, prácticamente arrojándola como un saco de patatas detrás de un escritorio.

-¿Se puede saber qué demonios hacías? –Draco estaba sobre ella, con el pelo revuelto y lleno de polvo y una costra de sangre seca en la barbilla. La miraba como si quisiera matarla -¡Podrías haber muerto!

-Estás bien –fue todo lo que dijo ella, aferrándose a él. No le importaba que estuvieran en medio de la batalla, que un hechizo acabara de golpear la mesa tras la que se ocultaban haciéndola temblar, que corrieran peligro. Él estaba vivo, con ella. Podía sentir su corazón latiendo insanamente rápido contra ella, podía sentir el calor de su cuerpo envolviéndola.

-Sí, pero vas a romperme las costillas que aún conservo si no me sueltas pronto –gruñó él aunque no hizo ni el amago de soltarla. Hermione sonrió.

-¿Qué te ha pasado en esa muñeca? Déjame verla –le exigió con el ceño fruncido.

Remus y Tonks aparecieron al fondo del pasillo, uniéndose a la batalla. Harry, rodeado por un puñado de mortífagos, peleaba codo con codo con Ojoloco y Kingsley. Amos Diggory, el padre de Cedric, tenía las gafas rotas y el rostro deformado por una mueca de dolor y rabia, y atacaba a dos mortífagos sin darles cuartel. Lucius Malfoy luchaba entre las mesas con Evan Rosier, esquivando Avadas e ignorando los insultos del mortífago. Más allá, Sean Fawcett lanzaba maleficios a los mortífagos que trataban de forzar la puerta del despacho del Ministro.

Desapercibida, una figura llegó a la estancia y se deslizó cojeando y apoyándose en un bastón, tratando de no hacerse notar.

A unos metros de la entrada, un mortífago, pequeño y rechoncho se escondía tras una mesa, lanzando maldiciones mortales por encima del escritorio que de vez en cuando hacían blanco. Sus ojos redondos brillaban de miedo y el sudor perlaba su rostro. Su respiración era agitada.

Confringo! –gritó Harry y Wilkes salió volando por los aires y cayó cerca del escritorio tras el que se ocultaba el mortífago.

Sagitta! –bramó una mortífaga.

Cave Inicum! –conjuró Ojoloco, pero fue demasiado lento y el chorro de luz con forma de flecha atravesó su incompleto escudo y le golpeó en el pecho. El antiguo auror retrocedió un par de pasos por el impulso, su pata de madera resbalando sobre el suelo empapado de agua por un hechizo anterior. Su ojo mágico se volvió hacia el interior de su cabeza mostrándose absolutamente blanco y el otro se cerró. Se mantuvo en precario equilibrio unos segundos, meciéndose hacia delante y hacia atrás como una hoja agitada por el viento y finalmente cayó de espaldas al suelo con un sonido seco, como un fardo.

-¡OJOLOCO! –gritó Harry, volviéndose hacia él. No se movía.

La mortífaga que le había atacado, una tal Kers, se echó a reír macabramente.

-Después de todo, Moody no era para tanto –aseguró a través de su máscara. Harry, furioso, arremetió contra ella enviándole una tandada de poderosos conjuros, uno tras otro.

DURO¡DESMAIUS¡RELASKIO¡ALARTE ASCENDERE!

Kers, olvidándose ya de reír, alzaba la varita como si dirigiera una orquesta, conjurando hechizos barrera y embrujos protectores para rechazar los ataques de Harry, retrocediendo paso a paso a medida que la furia del niño que vivió crecía y crecía como fuego ayudado por el viento.

Wilkes, el mortífago al que Harry había hecho saltar por los aires, se removió en el suelo y se apoyó en una silla para levantarse, con un gruñido doloroso. Sacudió la cabeza, aturdido por el golpe y recogió su varita del suelo. Se giró hacia la batalla y vio como Harry Potter arrinconaba a Serena Kers, totalmente concentrado en ella. Wilkes sonrió hoscamente y le apuntó con su varita dispuesto a lanzarle la maldición mortal. Acabaría con el niño que vivió y sería el héroe, la mano derecha de su Señor.

Avada Kedavra! –gritó, pero el mortífago agazapado tras él escritorio se arrojó contra él, desviando la trayectoria del hechizo. El rayo de luz verde surcó el aire como una flecha y golpeó en la cara enmascarada de Kers. La máscara de plata cayó al suelo, revelando el rostro congelado en una mueca de sorpresa, los ojos vacíos, la vida extinguiéndose. La mujer soltó su varita, después cayó al suelo convirtiéndose en un bulto oscuro sobre las baldosas azuladas.

-¡Idiota! –bramó Wilkes volviéndose hacia su compañero -¡Mira lo que has hecho, Pettigrew¡Rata inútil!

-Lo siento –barbotó Peter Pettigrew torpemente, aunque había un brillo desafiante en sus ojos –tropecé…

-¡Tenía al chico! –continuó el otro hecho una furia- ¡Lo iba a…

Relaskio! –gritó Harry. Su hechizo embistió a Wilkes a mitad de frase y lo llevó por encima de las mesas y de las cabezas de los luchadores, hasta estrellarlo contra la pared.

Entonces, Harry Potter y Peter Pettigrew se miraron en medio de la batalla, en medio de los hechizos, los gritos, las explosiones, y las palabras una vez dichas resonaron en la cabeza del niño que vivió.

"A Voldemort no le gustará tener a su servicio a alguien que te debe la vida, Harry".

"Cuando un mago salva la vida de otro, se crea una deuda mágica, les guste a los implicados o no".

Y Harry comprendió que Peter Pettigrew había cerrado el ciclo, había pagado la deuda.

Pero no su traición, la muerte de sus padres, el injusto encarcelamiento de Sirius. Los asesinatos, la cruel muerte de Cedric… Y aunque tal vez Harry podría llegar a sentir compasión por ese infeliz, había otra persona que no. Había una persona a la que había arrebatado algo más importante que sus padres, su padrino, la felicidad de tener una familia. Porque había una persona a la que Peter Pettigrew le había quitado su hijo, su orgullo, su esperanza. Su vida.

Amos Diggory no podía perdonarle eso, por eso había seguido a los tres aurores a la Oficina de secretarios, para encontrarle. Para buscar venganza. Porque aquel día, el día de la prueba final del Torneo de los Tres Magos, Amos se había despedido de su hijo Cedric, henchido de orgullo paternal. Y su hijo, su adorado Ced, le había sido devuelto frío, los ojos velados, el pulso extinguido. Muerto.

-¡Tú! –le increpó apareciendo junto a Harry. Los cristales de sus pequeñas gafas de montura al aire estaban estallados pero a Amos no le importaba demasiado, sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que le ardían en las pestañas que no podía ver nada con claridad, hubiera gafas de por medio o no –Tú mataste a mi hijo.

Peter retrocedió instintivamente y un tic hizo temblar sus labios, mostrando sus horribles dientes, otorgándole un aire de una rata desnutrida. Su cabello raleaba y la piel de su papada colgaba, vacía. Se encogía como un ratón asustado bajo el peso de la mirada dolida de Amos Diggory, rehuyendo sus ojos como si realmente se sintiera culpable de sus acciones pasadas.

-Mi Señor me lo ordenó –balbuceó con voz quejumbrosa y empezó a lloriquear lastimosamente. Su mano apretó disimuladamente la varita que sostenía –¿Qué podía hacer?

-¿Qué podías hacer? –repitió Amos a viva voz -¿Pretendes justificar el haber asesinado a mi hijo?

-Señor Diggory –terció Harry, aunque no sabía que más decir. Justo en ese momento, percibió un movimiento brusco por parte de Pettigrew y demasiado tarde comprendió sus intenciones -¡Señor Dig…

-¡Avada Kedav

-¡AVADA KEDAVRA!

La mano de Amos Diggory cayó pesadamente y soltó su varita. Frente a él, Peter Pettigrew se derrumbó y quedó extendido en el suelo, los ojos abiertos sin ver. Y mientras observaba su cuerpo caído en una ridícula postura, Harry pensó que tal vez, en algún lugar de él, Peter se había arrepentido durante años de haber traicionado a los Potter, de haber enviado a Sirius a prisión, de haber matado a Cedric Diggory. Tal vez por eso, en la batalla final, había salvado la vida al niño que vivió, como si supiera que ya había hecho demasiado mal, como si a pesar de todo, no deseara que Voldemort venciera, que la maldad derrotara a la bondad. Pero al final, lo que perdió a Peter Pettigrew fue que siempre valoró su vida por encima de las de los demás, y con remordimientos o sin ellos mató a muchas personas para salvarse él.

Demasiado cobarde para ser bueno, demasiado miserable para ser malvado.Harry observó con desprecio y compasión el cuerpo encogido del que había sido amigo de sus padres por última vez. La corrompida sombra de ese muchacho que una vez lo tuvo todo y que todo lo perdió.

En ese momento, el señor Diggory se tambaleó a su lado como si fuera a desmayarse de un momento a otro y Harry lo sostuvo con rapidez. Devany apareció de la nada y ayudó a Harry a sentar al padre de Cedric en una silla, conjurando hechizos de protección alrededor de ellos.

-Yo me encargaré –le aseguró a Harry y él vio que la chica tenía los ojos marrones y bondadosos llenos de lágrimas.

-Lo he matado, Devy –murmuró el señor Diggory, como si no pudiera creérselo –ya no podrá quitarle su hijo a nadie más.

-No, señor Diggory, no lo hará –murmuró Devany y un par de lágrimas cayeron de sus ojos mientras apretaba la mano del padre de Cedric.

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Una figura envuelta en negras capas de ropa se materializó a los pies de una de las chimeneas del Atrio y oteó el lugar. Sus pupilas eran verticales como colmillos de lobo, su iris rojo, rojo como la sangre.

Sus labios tan delgados que parecían inexistentes se plegaron mostrando unos dientes afilados y puntiagudos, como los de un tiburón. El rostro insanamente blanquecino, aplanado, liso como el de una serpiente se deformó en una mueca de rabia y su mano larga de afiladas uñas se cerró furiosamente en torno a la varita al comprobar el desastre. Avanzó, los bajos de su capa arrastrándose sobre el brillante suelo, sus mangas negras ondeando en torno a las manos.

Un bulto desmadejado se removió a un par de metros del recién llegado y Voldemort giró su rostro bruscamente hacia él. Se abrió paso hasta el hombre tirado en el suelo, apartando con los pies los cuerpos muertos o inconscientes de siervos y enemigos por igual. El hombre herido gruñó de nuevo y trató de incorporarse, atontado aún. Pero entonces le vio, y su rostro salvaje se encogió en una mueca de sorpresa y terror.

-Greyback –siseó la voz de Voldemort, áspera, cruel como un graznido –Potter está aquí¿no es así?

Y dilató las dos rendijas que eran su nariz, como si husmeara en el aire tratando de captar su olor. El licántropo tuvo la prudencia de bajar la mirada, y temblando levemente, asintió.

-Veo que tendré que hacerlo todo yo –espetó, furioso. Alargó su mano con los dedos rígidos y extendidos hacia el rostro de Greyback y éste empezó a temblar, temerosos de un castigo. En el mismo instante en que las yemas heladas del Señor Oscuro se hundieron en su frente y su cráneo, Greyback sintió un desgarrador dolor, como si sus músculos quisieran atravesar la piel y salir fuera de él, como si quisieran volverle del revés. Las nauseas subieron a su garganta y gritó guturalmente.

Voldemort despegó sus dedos de la cabeza del hombre y se apartó un poco para observarle con sádico placer. Greyback se encogió sobre sí mismo, llevándose las manos a la cabeza entre gemidos cada vez más roncos. Las sucias uñas de sus dedos se alargaron y curvaron sobre sí mismas como garras, el cabello pareció replegarse hacia el interior de su cráneo y un vello espeso y oscuro le brotó de la nuca, de los hombros, de los brazos y las piernas. Su cuerpo mutó, desgarrando la túnica negra que lo retenía, las extremidades se hicieron más finas y almohadillas aparecieron en la palma de sus manos y sus pies. Un cola poderosa y cubierta de pelaje grisáceo brotó del final de su espalda, y sus ojos se volvieron amarillos. Rugiendo, en el lugar en el que antes había estado el cuerpo de un hombre, había un feroz lobo que se volvió hacia Voldemort en actitud violenta.

El Señor Oscuro, el mago que había sembrado el terror durante dos décadas, le dirigió una seca mirada y el lobo dejó de gruñir y se encogió sobre sí mismo, con la cola entre las piernas, gimoteando como un perro asustado.

-Y ahora llévame con él –ordenó imperioso el Señor Oscuro.

El lobo echó a correr hacia los ascensores.

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El Departamento de Regulación de la Ley Mágica estaba prácticamente desierto cuando las puertas del ascensor se abrieron y el lobo y su amo se adentraron en él. Había cuerpos y heridos por todas partes, los muebles estaban volcados y las paredes agujereadas por los hechizos. Un montón de mesas formaba una especie de barricada en un rincón tras la cual, Voldemort podía escuchar a personas gemir, heridas. Más tarde, cuando Potter y Marsden hubieran muerto, cuando el Ministerio fuera suyo, Voldemort les prestaría la debida atención pero en ese momento tenía otras cosas que pensar. Greyback por su parte, se había acercado a un auror moribundo y estaba hundiéndoles las fauces en el cuerpo, arrancándole desagradables gritos de dolor.

-Ahora no –siseó Voldemort con un matiz de amenaza en la voz que al lobo no le pasó desapercibido. Como un perro al que hubieran regañado, Greyback se apartó del hombre, chorreando sangre por su hocico, y siguió hacia delante, con la cabeza gacha y la cola caída. Husmeó el suelo con su desarrollado olfato y caminó entre los cuerpos hasta llegar a una puerta abierta que daba a un pasillo blanco. Para entonces, Voldemort ya sabía dónde se encontraba Potter. Según la información que le habían sacado a ese desgraciado funcionario mestizo, al fondo de ese pasillo se encontraba la Oficina de Secretarios del Ministro y su protegido despacho. Sin duda, Potter estaría tratando de protegerlo del ataque de los mortífagos, ese irritante e inepto muchacho con complejo de héroe.

A medida que el lobo y él se acercaban por el pasillo, Voldemort escuchaba los hechizos recitados, las explosiones, los chillidos inconfundibles de una batalla librándose más allá. Su capa ondeó a su paso cuando el Lord Tenebroso giró el recodo y contempló la batalla que se desarrollaba al fondo del pasillo.

Sus últimos mortífagos luchaban contra críos, un puñado de aurores y magos civiles con sus ridículas túnicas de gala, sacados sin duda de sus navideñas cenas con las barrigas llenas de pavo y vino. Otro mortífago lanzaba Bombardas contra la puerta del despacho del Ministro, que parecía absorber los conjuros sin dejar rastro de ellos. Sin duda, el Ministro estaba escondido dentro.

Barriendo el lugar con una rápida mirada, Voldemort vio a Potter luchando contra un mortífago y una poderosa furia llenó al cuerpo del Señor Oscuro. De nuevo ese muchacho, ese insignificante mocoso y su panda de mediocres amigos estaban frustrando sus planes.

El Lord mostró sus puntiagudos y oscuros dientes y recorrió el último tramo de pasillo. Greyback, excitado por el olor a sangre, por la adrenalina de la batalla, se lanzó a la carrera hacia los luchadores, gruñendo salvajemente. Ron y Percy se apartaron del lobo de un salto pero Greyback consiguió derribar al pequeño profesor Flitwick y abrió la boca para morderle.

En ese momento, dos poderosos hechizos surcaron la oficia del secretariado como saetas y colisionaron contra el lobo, haciéndolo volar por los aires en medio de una explosión. El cánido pareció quedar suspendido en el aire durante unos largos segundos, giró varias veces sobre sí mismo y finalmente cayó pesadamente a los pies de Flitwick, las patas dobladas en ángulos imposibles, la lengua sangrienta asomando lánguidamente fuera de la boca entreabierta.

Fleur y Tonks relajaron el brazo con el que habían apuntado al licántropo y se miraron con complicidad.

-Nadie muegue a nuestgos hombges –declaró Fleur sacudiéndose la melena chamuscada.

Voldemort, irritado, entró en la instancia observando con desprecio el espectáculo, y la lucha iba cesando a su paso. Poco a poco, intuyendo la presencia del mal superior, todos dejaban de pelear para observar con pánico o admiración al mago tenebroso más grande de todos los tiempos, abriéndose paso entre los cuerpos y destrozos hacia el niño que vivió. Harry avanzó a su encuentro y se detuvo de espaldas al despacho del Ministro, enfrentando firmemente al asesino de sus padres. Todo el mundo se hizo a un lado, las pequeñas batallas olvidadas, los corazones acelerados, las respiraciones agitadas, el miedo flotando en el aire. El duelo final se aproximaba.

-Que nadie intervenga, esto es entre él y yo –pidió Harry, al ver a los miembros de la Orden del Fénix abriéndose paso entre la gente hasta la primera fila de los espectadores.

-Siempre tan heroico, Potter –se mofó Voldemort, su voz una extraña mezcla entre la seda y un silbido –pero dime¿quién crees que iba a intervenir por ti? Ya no te queda familia ni ningún viejo chiflado que te defienda –se acercó unos pasos más a Harry y varias personas temblaron -¿Seguirás siendo igual de valiente ahora, Harry? –y paladeó el nombre en sus inexistentes labios, envolviéndolo en burla y salpicándolo de amenaza.

-¿Tú hablas de valentía, Tom? –replicó Harry, alzando la varita para apuntarle directamente al pecho. No tenía miedo porque no le importaba morir con tal de derrotar a Voldemort. El momento había llegado, la espera, la desesperación, había acabado. Esa noche todo acabaría para él o para Tom Riddle.

-¡No me llames Tom! –siseó fieramente el mago oscuro.

-Tú que has enviado a tus mortífagos a hacer tu trabajo sucio –continuó Harry ignorando su réplica –y has aparecido únicamente cuando te has dado cuenta de que ellos solos no podrían hacerse con el Ministerio.

-¿Me estás llamando cobarde, Potter? –Voldemort alzó una mano inhumanamente delgada y blanquecida, extendió los dedos y miró a Harry fijamente -He hecho cosas que tu mediocre mente ni siquiera ha llegado a imaginarse, he superado los límites de la vida –enumeró a medida que cerraba su mano en puño progresivamente –he vencido a la muerte y usado magia que ningún mago se había atrevido a emplear y menos en esas proporciones…

-¿Y de qué te ha servido? –le increpó Harry –a pesar de todo eso eres un simple mortal.

Voldemort miró a Harry, bajó su mano cerrada en puño y se echó a reír incrédulamente. Su risa sonaba cruel, sonaba a huesos rompiéndose, sonaba a dolor y sufrimiento, a sangre. Sonaba a muerte. Y no obstante, aquellos que se atrevieron a mirar a sus ojos, aquellos que fueron lo suficientemente perspicaces, pudieron ver una breve chispa de miedo.

-Soy el mago más poderoso de todos los tiempos –respondió Voldemort apasionadamente.

-Pero puedes morir como cualquier mago ordinario, como cualquier muggle –repuso Harry con frialdad –Todos tus horrocruxes han sido destruidos, Tom, Nagini era el último. Hace días que eres mortal.

-¡Eso no es cierto! –bramó Voldemort mostrando sus dientes afilados y oscuros.

-Sí lo es, Regulus Black consiguió el primero. El guardapelo de Slytherin –Harry percibió como el rostro de Voldemort se crispaba, arrugando sus planas facciones –yo eliminé el segundo, tu diario, cuando abriste la Cámara Secreta. Dumbledore destruyó el anillo de los Gaunt. Ron, Hermione y yo conseguimos la copa de Hufflepuff y el reloj de sol de Ravenclaw –miró a sus amigos, que aguardaban silenciosamente, enviándole ánimo, fuerza, valor -… y Snape, Severus Snape, mató a Nagini.

-¡No! –chilló Voldemort y hundió los dedos de una mano en su frente, como si tratara de aplacar algún insoportable dolor de cabeza -¡Es imposible¡Tú no puedes! –agitó la mano con la que sostenía la varita con tanta furia que chispas negras brotaron de ella -¡Nadie puede¡Nadie sabía…

-Dumbledore lo sabía. Y ahora puedes morir.

"Ninguno de los dos vivirá mientras el otro no muera". Esa frase, esas palabras, aparecieron en la mente de ambos rivales aunque nadie más pudo oírlas. La profecía se recitaba en el interior de ambos, como una melodía que nota tras nota revelaba el curso de su historia. Y desde el principio conocían su final.

Voldemort lo sentía, sabía que el asqueroso niño tenía razón. Había subestimado al decrépito Dumbledore y a su estúpido discípulo. Sus horrocruxes, su alma, su grandeza, parte de su poder habían sido descubiertos y aniquilados. Ahora podía morir, como cualquier otra persona.

Pero él, Lord Voldemort, no era uno más. ¡Mortal o no seguía siendo poderoso! Y se lo demostraría a todos matando al niño que vivió.

-¿Y vas a matarme¿Tú, Potter? –le increpó con desprecio y emitió una pequeña carcajada seca y sibilante, estremecedora -¿El héroe mágico se manchará las manos?

-Sí –Harry le apuntó con la varita, impasible, serio. Decidido.

-¿Y si fallas¿Y si eres tú el que muere? –siseó Voldemort y Harry no supo que responder. El mago tenebroso sonrió, sus labios sólo eran una línea en torno a los feroces dientes entre los que se escurría el aliento de la muerte. La oficia de secretarios pareció volverse más oscura, como si alguien hubiera atenuado las luces y la sombra anidó en los corazones de todos los presentes que no eran mortífagos.

-¡Por los pantalones de Merlín, entonces te mataré yo! –exclamó McGonnagall rompiendo el ambiente opresivo.

-¡Y nosotros! –se apuntaron los gemelos.

-¡Yo también! –gritó Amos Diggory, que se había puesto en pie y se había acercado a la primera fila. Más voces surgieron de los combatientes, exaltadas, valientes, y los mortífagos parecieron encogerse, la duda empequeñeciéndolos.

Pero de nuevo la risa fiera y despectiva del Señor Oscuro fluyó en el aire, enviando desesperanza a unos, temeridad a otros.

-Maté a sus padres en menos de cinco minutos y acabaré con él del mismo modo –rió, aunque la risa no llegaba a sus ojos -Y cuando él muera, todos os rendiréis asustados y pediréis clemencia, suplicando por vuestras miserables vidas –se volvió hacia los espectadores y asomó su delgada lengua entre los dientes afilados -Disfrutaré asesinándonos uno a uno, como insectos.

-Eso lo veremos –le desafió Harry apretando su varita.

Voldemort le miró, su risa extinta, y alzó rápidamente la varita. Dos veloces movimientos, dos gritos, dos rayos rompieron el aire.

-¡AVADA KEDAVRA!

Siempre se había dicho que los Avadas mataban a sus víctimas antes de que éstas pudieran siquiera pestañear. Pero esa noche de Navidad, en aquella oficina del Ministerio, ante todos los presentes, el tiempo se ralentizó caprichosamente, el oxígeno desapareció absorbido por la ansiedad de los testigos del duelo, los latidos se paralizaron en la espera.

Los dos rayos de luz verde se deslizaron lánguidamente por el aire, como si las propias varitas que los habían enviado quisieran retenerlos. Harry, con las piernas separadas y el brazo extendido hacia delante, veía a cámara lenta como el rayo se aproximaba, volviéndolo todo verde. Su esperanza, sus recuerdos, sus seres queridos. Porque aquella noche la muerte era verde.

De pronto, alguien se alzó su varita como si hubiera roto el hechizo de inmovilidad, de silenció. Y gritó.

-¡PROTEGO!

Harry ni siquiera escuchó el grito, tan sólo vio aparecer de la nada un escudo traslúcido, como una fina capa de agua flotando ante él. Y luego surgió otro, y otro más. La capa de escudos crecía, uno tras otro, a medida que el verde Avada avanzaba hacia Harry, y de algún modo, él supo que iba a morir. Pero Harry Potter, el elegido, el niño que vivió, no cerró los ojos, sino que los mantuvo abiertos hasta el final. Hasta que el rayo verde atravesó el primer escudo como si fuera de mantequilla, cuando rompió el segundo y destrozó el tercero. Cuando horadó el cuarto y el quinto tembló unos segundos antes de desaparecer. Los mantuvo abiertos de modo que pudo ver cómo nuevos escudos surgían unos tras otros, ralentizando la inevitable llegada del rayo verde, batallando silenciosamente contra él, debilitándolo, minando sus fuerzas cada vez que alguien, Hermione, Ron, Ginny, Molly, los gemelos, Devany, Neville…, lanzaban nuevos hechizos protectores, sosteniéndolos con su esperanza, con su amor por Harry.

Los escudos se fusionaban y enriquecían, se hacían uno flotando como un ángel guardián ante Harry. El Avada, cada vez más delgado, más lento, más débil, derretía lentamente los escudos, internándose en ellos, horadando capa tras capa. Cada vez que una nueva desaparecía, una docena de varitas conjuraba nuevos escudos, volviendo la capa más y más impenetrable, tan cercana a Harry que casi le rozaba la punta de la nariz. El rayo de luz verde se fue afinando en el interior del bloque de Protegos, como un hilo atrapado en un cúbito de hielo. Tras unas delirantes décimas de segundo, la flecha verde tembló y desapareció cuando un extremo amenazaba con tocar la nariz del chico. Los escudos estallaron en una invisible explosión y Harry cayó al suelo empujado por la fuerza intangible de su detonación.

Al otro lado de la sala, el Avada Kedavra de Harry avanzaba ineludiblemente hacia Tom Riddle. Pero no fue el único. Tres varitas más apuntaron al Señor Oscuro. La de Lucius Malfoy, la Scrimgeour, la de Augusta Longbottom.

No obstante, fue la maldición de Harry la primera que impactó contra su pecho, golpeándole por debajo del brazo extendido, colisionando con el Mago Oscuro más grande de todos los tiempos. Sus ojos de serpiente se abrieron hasta sus límites y se congelaron, como si un charco de sangre rodeara el negro colmillo de sus pupilas, sus labios blanquecidos se despegaron exhalando su último aliento de vida y muerte, sus manos esqueléticas se aflojaron soltando la varita, y el cuerpo, el cuerpo del mal, se elevó en el aire girándose sobre sí mismo por la intensidad de la maldición mortal. Las capas de tele negra revoloteaban como oscuras alas a su alrededor y se enredaban como hiedra con él cuando tres avadas más, uno detrás de otro, le golpearon. Voldemort se agitó en el aire, como un frágil muñeco sacudido por despiadadas manos y finalmente cayó con un gran sonido sobre el frió suelo.

La muerte encontró a Lord Voldemort, Tom Riddle, el muchacho mestizo y huérfano que una vez la superó, y se lo llevó con ella, dejando tan sólo su cadáver.

Nadie se movió durante un largo minuto, como si se hubieran convertido en un ejército de estatuas de sal. Todos los ojos miraban la figura tirada en el suelo, el rostro aplastado oculto por la capa, y la mano blanca y raquítica extendida con la palma hacia arriba, inmóvil y laxa como si su amo hubiera fracasado en su último intento de aferrarse a la vida.

En medio de la quietud, de la expectación, del asombo, una muchacha pelirroja echó a correr hacia el niño que vivió. Se arrodilló a su lado mientras Harry se incorporaba trabajosamente y la miraba por encima de sus gafas torcidas sobre la nariz.

-Dijiste que cuando la guerra acabara vendrías a buscarme, pero soy yo la que ha venido por ti, Harry Potter –dijo Ginny con una sonrisa. Harry sonrió lentamente y tiró de ella para abrazarla.

-¡Harry! –gritaron Ron y Hermione y corriendo hacia él. La señora Weasley, los gemelos, Neville, Luna, Devany y muchos más les siguieron, rodeando al elegido.

Así, esa noche, en el Ministerio, Harry Potter volvió a ser el niño que vivió. Tom Riddle, Lord Voldemort murió porque jamás en su vida pudo comprender que el poder del amor, es más fuerte que el de la destrucción.


Hola:se agacha para esquivar los tomatazos:

Ya lo sé, lo sé, no soy Rowling pero he hecho lo que he podido con la batalla. Espero que no os haya decepcionado demasiado. Voldemort ha muerto, Harry vive. Me pareció apropiado que Harry usara un Avada y pensé que tenía cierta lógica que un número suficiente de Protegos pudiera frenar una maldición mortal. Uno sólo por sí mismo es insuficiente, pero una cantidad grande podría ir debilitando la maldición hasta hacerla desaparecer¿no? Espero que no haya quedado demasiado peliculero T.T Además encierra una moraleja: a Harry lo defendieron varias personas, a Voldemort ninguna, porque Harry tenía gente que le quería, Voldemort no, sólo sabía odiar. De ahí la conclusión final del capítulo. Por otro lado, Moody ha muerto -lo siento, tenía que matar a alguien-, Greyback también, un buen puñado de mortífagos y Peter Pettigrew. Siempre he pensado que era el padre de Cedric el que debía acabar con él y ha sido mi particular manera de rendirle homenaje a la memoria de mi personaje favorito: Cedric; y traté de hacer algo que redimiera un poco a Peter, después de todo le salvó la vida a Harry. Este ha sido el primer final de la historia -sí, habrá varios-y es posible que me alargue más de lo que pensaba porque aún me faltan un par de cosas que contar :) En el siguiente capítulo sabremos que pasa con Marsden, veremos quiénes de los buenos han muerto, sabremos más de Snape y un par de cosillas más.

Para Belladona. Si no te gusta mi historia y no tienes ninguna crítica constructiva que hacer al respecto, te sugiero que te guardes tus comentarios. Y sinceramente, no me interesa tu opinión sobre mí, no sé quién eres y tampoco es que me importe demasiado. Además no suelo tener en cuenta los insultos de personas que firman de forma anónima y no me dejan una dirección de contacto, gracias. Y si es conmigo, dirígete sólo a mí¿está claro?

Pasando a cosas más agradables e importantes, quiero haceros dos recomendaciones especiales. Dos fics que me han encantado totalmente, leedlos, y ya me diréis :)

El primero se llamada "Firmado James P" y es de nuevo de Crysania M, se basa en las cartas que James le escribió a Peter más o menos desde que dejaron Hogwarts hasta su muerte. Es muy emotivo, está maravillosamente escrito y hace que ame más a James Potter. El link (sin espacios): http//www .fanfiction. net/s/3861309/1/

El segundo se llama "Hey, Lily" es un compedio de drabbles con Lily y diversos personajes -merodeadores, Snape, etc- totalmente geniales y buenísimos. Es de Earwen Neruda -com no -os encantará, seguidle la pista porque cada drabble es si cabe mejor que el anterior. Link (sin espacios): http:// www. fanfiction. net/s/3875630/1/

También podéis encontrarlos en mis favoritos.

Y ya me callo :) Sólo daros un millón de gracias por todo el apoyo!

Mis agradecimientos especiales para:

Lady Orapma, Rominitap, chepita1990, lara evans, Sommeil Nuit, Merodeadora Chii, ZhirruUrie, Esmeralda, Tonkstar, pia.88, Xms Felton, Xia Malfoy, Lirizien, Marceps, Amanduka, mariapotter2002, patricia21, Meli, Veroli, Sevkrissrem, Priinciipessa, Marta, unkatahe, Isa Malfoy, Selegna, Mago, Merian Li, Sectusempra, Little Pandora, Danymeriqui, MarauderDesire, lauriska malfoy, PauMalfoy, Nathy2691, xik-l, Desi, Elea, lyssandra dumbledore, Nimue Tarrazo, est-potter, Neran, Alesiiita, Angeles Radcliffe, Sami Marauder girl, Christelle272, Marimione, isabel, sonylee, Andrux, Annemarie Hutt, pauli, Willow, Paula Tanimachi, Luisa, tefi, fantyhp, Arya Black Cullen, pikita45, Alaris, Judith Malfoy, Ery Malfoy, Hermi SsS, rosa, mi, beautifly92, Kapu Way, Kris Hart, Annkora, Laila Potter MD, Autogestioname, tiffany, Dysis, ely-chan, Iamalonefordanny-19, Saraddc, Fabby Reeves, psicodelyc corpse, Lalix, lunasel, Larita Tonks, Samej, Akiko, Olgaa, umiko, Lilitus, Hydria13, iranna07, Camila, Vicky Cereza, Katty, Alevivancov, Dani y Roumad Kenyon.

Muchisimas gracias por leerme y escribirme, de verdad :)

GRACIAS!!

Con mucho cariño, Dry!!!

Pd: Click a "Go" para lanzarle un Avada a Voldemort xD o achuchar a Harry.