o0o Recomendación musical: Faraway - Apocalyptica
http//www .youtube . com/watch?vcLvAh5CGns
Por favor, obviad el hecho de que en el video aparezcan un montón de melenudos sin camisa, y escuchad la canción. Realmente es la mitad del capítulo. Escuchadla con los oídos y con el corazón. Gracias.
Capítulo 50: Despedida
En el caos que siguió a la muerte de Lord Voldemort, mientras todos se apiñaban en torno a Harry Potter o ayudaban a los heridos a acercarse, mientras los mortífagos huían aprovechando la confusión perseguidos por los aurores del Ministerio, dos hombres se quedaron inmóviles en sus posiciones, mirándose a los ojos.
La batalla final había acabado y ninguno de los dos iba a huir. Lucius Malfoy miró a su hijo, sucio, herido y despeinado, y sin embargo vio en él una fuerza, una madurez que antes no había conocido. Draco había cambiado mucho desde la última vez que lo había visto, por dentro y por fuera. Y él también lo había hecho. Porque cuando había salido del agujero que era su celda, primero en Azkaban, luego en Montis Occultus, el único anhelo de Lucius Malfoy había sido reunirse con su familia. Pero había regresado a la "libertad" para descubrir que su mujer y su hijo estaban perdidos. Narcissa internada en San Mungo, su mente dañada, su cuerpo sano. Su razón robada por su propia hermana con la que Lucius debía colaborar en su servicio al Lord Oscuro. Su hijo desaparecido, perseguido por aquel a quien debía lealtad, sabiendo que encontrarle sería firmar la sentencia de muerte de Draco. Él atrapado en el lado oscuro, por mucho que el encierro, las pérdidas, le hubieran dejado en un plano gris.
Lucius había defendido durante toda su vida la pureza de la sangre, había luchado por tener poder, había sido ambicioso. Pero después de verse reducido a malvivir en un oscuro y maloliente agujero, después de no poder estar con su familia, sus prioridades habían cambiado. Tiempo atrás había creído en los ideales del Señor Oscuro, ávido de poder y gloria, pero nunca había estado dispuesto a ir a la cárcel por ellos. No había querido sacrificar a su familia por esas ideas.
Porque Lucius no podía culpar a Draco por no haber estado a la altura de unas expectativas que ni él mismo pudo cumplir. Porque sabía que lo habían convertido en mortífago para castigarle a él, para destrozar su familia. Sabía, aunque nadie se lo hubiera contado, que el castigo del Señor Oscuro había recaído en Narcissa, privada de su marido y con un hijo amenazado de muerte. Había recaído en Draco, extorsionado para asesinar a uno de los magos más grandes de la época siendo apenas un niño, so pena de muerte. Y en última instancia había recaído en él.
Habiendo huido de la cárcel, sus posibilidades eran nulas. O estaba con el Señor Oscuro con la protección que ello podía ofrecerle, o estaba contra él, en peligro de muerte y perseguido por el Ministerio. Por eso Lucius, siempre astuto, había aguardado el momento preciso para vengar a su amor, a su hijo, a su familia, víctima de la guerra de Voldemort. No creía en la igualdad mágica entre puros e impuros, no le importaban los muggles, ni los licántropos, ni la justicia o la ética. Sólo le importaba su familia, y por ella había luchado contra los mortífagos, contra su Señor, en la última batalla. Por eso había salvado a esa muchacha impura a la que Draco quería, esa muchacha que a pesar de ser sangre sucia había ocultado y protegido a su hijo puro. La misma que había irrumpido en la oficia de secretarios del Ministerio buscando a Draco desesperadamente, la misma que se había expuesto insensatamente al encontrar a su hijo, la misma que él había apartado de la pelea para ponerla a salvo.
Por mucho que todas sus creencias y sus prejuicios elitistas le quemaran, por mucho que la idea le repugnara, su hijo quería a esa chica. A Lucius le habían arrebatado a su amor cruelmente, no podía hacerle lo mismo a su hijo.
-Tu madre –dijo Lucius con tono frío -¿la…has visto?
-Sí –respondió Draco lentamente y a pesar de la apariencia siempre majestuosa e impasible de su padre, supo que él estaba sufriendo, deshaciéndose de dolor por dentro. Draco nunca había podido percibir el dolor, ni siquiera la furia en las facciones de su padre, pero ahora era transparente para él. Tal vez porque Lucius había sufrido más dolor del que podía ocultar, tal vez porque Draco había conocido demasiado bien el sufrimiento como para que le pasara desapercibido –el tío Marcus ha cuidado de ella.
Lucius asintió rígidamente, apretando los labios sin decir más. En ese momento, la puerta mágica del despacho de Marsden se abrió y el Ministro se asomó cautelosamente por ella, como si temiera que algún hechizo fuera a volar hacia él en cualquier instante. Vio el cuerpo inerte de Voldemort, los mortífagos retirándose, el pelotón de gente jubilosa aglutinándose en torno a Harry Potter. Y vio a los dos hombres, los dos mortífagos, rubios, orgullosos y altos plantados impasiblemente en el lugar donde antes habían estado un par de escritorios, ajenos a todo lo demás.
-¡Aurores, detenedlos! –bramó señalando a los dos Malfoy -¡rápido!
Un par de aurores titubearon y el grupo que rodeaba a Harry, se volvió hacia el Ministro, asombrado.
-¿No me habéis oído? –gritó Marsden imperiosamente -¡Detenedlos!¡Son mortífagos, asesinos!
Lucius Malfoy no se movió ni dio muestras de haber oído al Ministro o de ver a un puñado de inseguros mortífagos aproximándose. Escuchó un agudo y femenino No en alguna parte, pero no hizo demasiado caso. Simplemente extendió la enguantada mano dejando caer la varita con la que tantos compañeros habían asesinado y esperó, inalterable, que los magos de túnicas plateadas se acercaran. Su hijo estaba vivo, Voldemort muerto. Y eso era todo lo que le importaba.
Draco se colocó junto a su padre mientras el círculo de aurores se cerraba a su alrededor, enfrentándolos con la mirada.
-¡Detenedlos de una vez! –chillaba Marsden agitando la mano en la que llevaba el enorme anillo.
-¡No! –gritó de nuevo Hermione y rompió el círculo de aurores, colándose entre dos de ellos para llegar a Draco. Le abrazó con ansiedad y él le devolvió el abrazo, cerrando brevemente los ojos. La Señora Weasley, Lupin y Ron se acercaron también, seguidos por algunos curiosos.
-No pensaréis realmente detenerlos –aseveró Molly con el ceño fruncido, mirando a los aurores como si fueran niños traviesos.
-El Ministro… -comenzó uno de los abochornados aurores.
-El Ministro puede irse a la mierda –resopló Ron -¿dónde estaba él mientras todos nos jugábamos el culo? Escondido en su despacho¿no?
-¡Detened a los mortífagos! –repitió Marsden furioso, abriéndose paso a empellones hacia el grupo -¡Detenedlos u os despediré a todos¡Son prófugos de la justicia!
-Pero han servido al Ministerio –señaló Lupin con tono calmo –han luchado de nuestro lado.
-¡Siguen siendo mortífagos! –bramó el Ministro empujando a Neville y Dean Thomas para seguir avanzando –Y tú eres un licántropo –añadió con desprecio, en el mismo tono que hubiera empleado para decirle que era un monstruo inmundo.
-Edgar –intervino una voz. Todos se giraron hacia Scrimgeour que había aparecido en la batalla a última hora y había lanzado un Avada a Voldemort. El hombre se acercó hacia los Malfoy, cojeando, se apoyó en su bastón, les dirigió una mirada seca y después desvió los ojos hacia Marsden, que ya estaba casi con el grupo –han luchado de nuestra parte, no creo que…
-¿Qué te hace pensar que me importa lo que creas o dejes de creer? –replicó Marsden con crueldad –Tú ya no eres nadie, Rufus. ¡Detenedles! –ordenó dirigiéndose a los magos de túnicas plateadas.
En ese momento, mientras los aurores dudaban, mientras el Ministro se acercaba furiosamente al grupo, mientras los presentes protestaban y los aludidos aguardaban, un hombre entró corriendo a la Oficina de Secretarios con la pata rota y astillada de una silla de madera sujeta a modo de arma.
-¡Devy! –llamó agitando en el aire la pata mientras miraba a todas partes, sin duda dispuesto a darle un buen porrazo al primer mortífago que viera.
-¡Papá! –Devany se apartó del grupo y corrió hacia el encuentro de su padre -¿Qué haces aquí¡Te dije que…
-¡Lo sé, lo sé¿estás bien?–preguntó nervioso.
-Sí, pero…
–Espera, Devy, es importante. He venido a buscar al chico Malfoy¿dónde está?
Viendo a su padre tan alterado, Devany no hizo más preguntas y sujetándole por la manga de su jersey de rombos, la medimaga le guió hacia el grupo que discutía con Marsden. Mike Apeldty, pata de madera en mano, se adentró en la muchedumbre, ajeno a las discusiones, y llegó hasta Draco y Hermione. Miró fugazmente a Lucius Malfoy con desconfianza, ignoró a Marsden y Scrimgeour que discutían acaloradamente ayudados por la Señora Weasley y Tonks, y después se volvió hacia los jóvenes.
-Chico, tienes que volver a la casa –le explicó rápidamente –Snape ha empeorado, no para de llamarte… no creo que aguante mucho más.
-¿Qué? –dijo Draco con voz más aguda de lo que le hubiera gustado. Hermione se apartó un poco pero no le soltó, mirándole con comprensión.
-Tenemos que irnos –insistió Mike –he venido en taxi, ya sabes que soy un squib, y en estas fechas es casi imposible encontrar uno en Londres. A estas alturas ya puede ser demasiado tarde… no hay tiempo que perder.
Draco miró al Señor Apeldty y a su padre alternativamente. La batalla había acabado, Voldemort había muerto y sin embargo, Draco no se había sentido tan asustado en esa noche como lo estaba en ese momento. Tenía miedo, tenía miedo de llegar a Grimmauld Place y que Snape estuviera muerto. Tenía miedo de llegar y que estuviera vivo, esperando para morirse en su presencia.
Tenía miedo.
Y no quería separarse de su padre cuando todo apuntaba a que iban a detenerle. Y a él también después de todo.
-Vamos –le apremió Mike agitando la pata de madera nerviosamente. Hermione le estrechó una mano y Draco se volvió hacia su padre.
-¡Haré que los detengan! –gritaba Marsden -¡No me importa lo que …
-¡Es usted un sinvergüenza! –replicó la Señora Weasley acalorada.
Lucius apretó imperceptiblemente los labios, pero mantuvo su expresión inalterable por lo demás.
-Ve –dijo simplemente. Draco asintió con el corazón encogido y se dio media vuelta para irse, pero la voz de su padre le detuvo unos instantes –Haz que Marcus lleve a tu madre de vuelta a Malfoy Hall. Es allí donde debe estar.
No había nada en su expresión, en el timbre de su voz, en la fría cadencia de sus palabras que hiciera vislumbrar ningún sentimiento. Y tal vez, precisamente por eso, Hermione se dio cuenta de que Lucius Malfoy sentía demasiadas cosas para expresarlas.
Draco asintió con gesto adusto y aferrando con fuerza la mano de Hermione, comenzó a andar detrás de Mike, la gente haciéndose a un lado para dejarles pasar.
-¡Agarrad al chico! –bramó Marsden enfurecido al percatarse de su huida -¡No dejéis que escape!
No supieron si los aurores se negaron a obedecer o si la gente los detuvo, el hecho es que Draco, Hermione y el Señor Apeldty dejaron el destrozado Ministerio, rumbo a Grimmauld Place.
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Mientras subía los escalones hacia la habitación de Snape, Draco se sentía tan mareado y aterrado que no sabía si lo que escuchaba eran sus pisadas o sus latidos. Las cabezas disecadas de los elfos domésticos desfilaban a su lado a medida que ascendían como grotescas máscaras anunciando un lúgubre final. Las lámparas mágicas parecían pelear contra las sombras en la penumbra.
Hermione caminaba delante de él, tomándole la mano en un suave pero firme apretón, guiándole escaleras arriba como si él no pudiera ver. Mike Apeldty cerraba la marcha, en silencio.
-Deirdre y el elfo, Kreacher, están con él –murmuró Mike como si no pudiera soportar más el silencio –La chica de los Weasley nos encerró en la habitación de Snape para ir al Ministerio y Kreacher nos liberó.
Draco ni siquiera escuchó sus palabras, pero Hermione asintió suavemente. Llegaron a lo alto de las escaleras y la chica pudo ver a Kreacher bajo el marco de la entrada a la habitación de Snape, con la cabeza gacha y las orejas caídas. Parecía no atreverse a ir más allá de la puerta y cuando vio a los recién llegados, se apartó a un rincón del pasillo, escondiéndose detrás de una figura de mármol negro y esperó.
Hermione fue la primera en entrar en la habitación. Snape continuaba tumbado en su cama, empapado en sudor, pálido y con dificultades para respirar. Deirdre, la madre de Devany, estaba sentada a su lado limpiándole el rostro con un paño húmedo con expresión de profunda tristeza. Se puso en pie cuando vio a los dos jóvenes y a su esposo, dejó el paño húmedo en la pequeña palangana de la mesita y con discreción, salió de la habitación para reunirse con el Señor Apedlty.
Hermione estaba tan impactada por el terrible aspecto de su antiguo profesor que no se dio cuenta de que Draco no había entrado tras ella. Estaba bajo el umbral de la puerta, en el lugar que antes había ocupado Kreacher, tan pálido como Snape, temblando como un niño pequeño bajo una manta. Sus ojos grises miraban dentro de la habitación como si no pudiera ver nada y una mano manchada de sangre se aferraba al marco de la puerta, para sostenerle en pie.
-Draco –murmuró Hermione con lágrimas en los ojos.
Fue entonces cuando Snape pareció percibir que había otras personas en la habitación. Con un esfuerzo abrió los ojos negros y su vista errática recorrió la habitación sin detenerse en nada. Hermione se dio cuenta de que no podía ver y sintió algo retorciéndose dolorosamente en su interior. Se volvió hacia Draco y se acercó a él lentamente.
-Draco –volvió a llamarle –tienes que entrar –le instó acariciándole el rostro con una mano. Draco apartó los horrorizados ojos de Snape y la miró a la cara pidiéndole auxilio.
-No puedo –gimió como un niño a punto de echarse a llorar.
-Sí puedes –le alentó Hermione mordiéndose las comisuras de la boca para no derrumbarse ella también –te está esperando.
-Draco –musitó Snape con voz tan débil que los dos jóvenes apenas le oyeron –Draco –repitió con más potencia de voz y tomó una sonora bocanada de aire, como si hubiera perdido la respiración por el esfuerzo.
-Vamos –le apremió Hermione tirando suavemente de Draco hacia el interior de la habitación. Él la siguió dando tumbos hasta la silla donde se había sentado la Señora Apeldty. Hermione le obligó a sentarse en ella y se acercó a Snape para ponerle el paño húmedo en la frente.
-Está a su lado, profesor Snape –dijo suavemente, pasando el paño con delicadeza por el rostro marchito. Hacía meses que Snape no era su profesor, pero Hermione no podía llamarlo simplemente por su apellido. Snape había sido el nombre por el que le había llamado todo el tiempo que le había creído un traidor, y en realidad era un héroe.
Draco vio cómo la mano delgada y débil del hombre se movía sobre las sábanas, temblando. En un impulso la tomó con firmeza, reprimiendo un sollozo. Era consciente de que parecía una niña sensiblera, pero joder, Snape, su padrino, su protector, iba a morir.
Lo sabía, y eso le destrozaba.
-Estoy aquí –le dijo y la voz le tembló tanto que pareció que en cualquier momento se le rompería y no podría hablar más –Voldemort ha muerto, Potter lo mató.
Los delgados labios de Snape tiritaron y finalmente se contrajeron en el leve rictus de una sonrisa. Hermione, sintiéndose fuera de lugar, dejó el paño y se apartó para salir de la habitación.
-No –susurró Draco al verla –quédate –le pidió. Hermione se detuvo a unos pasos de la puerta y tratando de disimular las lágrimas que resbalaban por sus mejillas regresó junto a él y le puso una mano en el hombro.
-¿Es…tás…bi-bi… -comenzó Snape con un hilo de voz, su respiración se volvió un ronco silbido. Draco apretó su mano con más fuerza y los ojos se le humedecieron por completo, volviéndolo todo borroso y oscuro.
-Sí –replicó.
-¿Pott..er?
-También –respondió Draco tras unos segundos. Le dolía tanto la garganta de contener las lágrimas que apenas podía hablar sin que eso le supusiera un sufrimiento. No quería hablar, no quería respirar, no quería quedarse. No quería irse. No quería que él se fuera.
Snape dejó escapar aire, como si sonriera. Su mano se relajó entre la de Draco y su respiración se volvió más leve, como si ya pudiera descansar.
-Snape –le imploró Draco cuando le vio cerrar los ojos lentamente, sus párpados rindiéndose al cansancio. En ese momento, Hermione escuchó pasos acelerados por el pasillo y unos segundos después, Harry apareció por la puerta con el pelo lleno de sangre seca, el jersey destrozado y los pantalones manchados de polvo. Miró a Snape y su rostro se apenó.
-¿Está…
-Aún no –respondió Hermione.
Snape reaccionó unos instantes al oír la voz de Harry, tomó aire con suavidad y despegó los labios.
-Lily –dijo en un susurro. Y así, con el nombre de la única mujer que amó en los labios, Severus Snape murió.
Había tanto silencio en esa habitación, que las voces de los presentes, parecían haber muerto con él. Ninguno de los tres se movió por lo que parecieron horas, velando el cuerpo de héroe caído. Severus Snape había muerto por destruir a Voldemort y si embargo, todo el mundo iba a recordarle como el asesino de Dumbledore. En silencio, apretando los puños con rabia, Harry se prometió que limpiaría el nombre de su profesor, del más leal a Dumbledore, del miembro de la Orden.
Draco por su parte, no había soltado la mano de Snape por mucho que ésta aguardara inerte entre la suya. Lo miraba, atento a sus facciones, rogando desesperadamente porque hiciera el más mínimo gesto, porque le diera la más insignificante señal de que no le había dejado solo después de tanto tiempo protegiéndole en las sombras. Aunque en el fondo sabía que eso no iba a suceder.
Una pequeña figura se coló dentro de la habitación pasando al lado de Harry, avanzó hasta la cama y se detuvo a sus pies con los ojos verdes agrandados por las lágrimas.
Se puso de puntillas para observar a Snape y después bajó la cabeza apenado. Un par de lágrimas resbalaron hasta la punta de la nariz y cayeron cerca de sus sucios pies.
-El Señor Snape era bueno con Kreacher –murmuró meciéndose hacia delante y hacia atrás mientras se abrazaba a sí mismo –trataba bien a Kreacher. Kreacher siente que haya muerto.
Se acercó con reverencia a Snape y tocó los bajos de su túnica con una manita pequeña y sucia, frotando la tela con la yema de sus dedos. Después se sorbió la nariz, y cabizbajo, salió de la habitación.
Hermione apretó suavemente los hombros de Draco, fallando en su intento de contener las lágrimas. Él observaba a Snape, sin expresión pero con los ojos oscurecidos por una profunda pena. Harry, desde el marco de la puerta, se sentía impotente y desdichado.
-¿Podéis… dejarme solo? –pidió Draco sin moverse, con tono neutro.
Hermione asintió aunque estando a su espalda él no podía verla. Harry simplemente salió de la habitación y Hermione le siguió en silencio después de acariciar el pelo revuelto de Draco con cariño. Se detuvo en la puerta y antes de cerrarla echó un último vistazo a Snape. Draco se había inclinado sobre él y lo cubría con la sábana despacio, como si quisiera memorizar sus facciones antes de ocultarle, tal vez para siempre.
Los labios de Hermione temblaron, cerró los ojos unos instantes, conmovida, y cerró la puerta. La misión por la que había vivido durante años había acabado, Voldemort había sido derrotado, el hijo de Lily vivía. Severus Snape ya había podido morir en paz.
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Hermione y Harry se reunieron en las cocinas con los Apedlty y los dos agradecieron que el matrimonio no les hiciera preguntas. Deirdre, comprendiendo por sus expresiones lo sucedido, se puso en pie y comenzó a preparar té mientras cantaba a media voz una triste canción irlandesa llamada El viento que agita la cebada. Todos la escuchaban en silencio, con los rostros apenados.
Pocos minutos después, con las tazas de té ya servidas y templadas, se oyeron unos golpes en la puerta de la casa y Harry se levantó pesadamente para abrir. Tonks entró en el hall bastante acelerada, sucia y llena de rasguños.
-Han detenido a Lucius Malfoy y a Remus –explicó mientras bajaba las escaleras a zancadas. Llegó hasta las cocinas y vio las caras largas de los presentes. Miró de nuevo a Harry percatándose de su expresión desolada. No tenía pinta de estar feliz por haber ganado la guerra y derrotado a Voldemort -¿Qué ha pasado?
-Snape –murmuró Hermione –ha muerto.
-Oh –Tonks se dejó caer en una silla cansadamente, la excitación nerviosa que le había poseído, apagada. Nadie habló durante un par de minutos, guardando luto por Snape. Al final, Harry carraspeó y endureció el rostro.
-¿Qué noticias hay?¿Dices que han retenido a Malfoy y a Lupin?
-Sí –respondió la aurora volviendo a enfurecerse –se montó un gran revuelo cuando os fuisteis. Marsden quería detenerlos pero mucha gente protestaba y los aurores no sabían qué hacer. Al final Marsden detuvo él mismo a Lucius Malfoy y después, la mayoría de los aurores le obedecieron cuando les ordenó detener también a Remus. Ah, y han apresado a Scrimgeour.
-¿Scrimgeour¿Qué tienen contra él? –preguntó Harry.
-No tenían nada, pero Scrimgeour se oponía a las detenciones así que Marsden lo detuvo por "obstrucción a la justicia mágica" y no sé qué tonterías más. Lo hizo para servir de ejemplo a los demás y lograr que la gente se asustara y dejara de quejarse. Los han enviado a prisión en espera de juicio y ha puesto a mi primo en Búsqueda y captura. Aún no han acabado de trasladar a los heridos y caídos en el Ministerio y ya ha mandado a El Profeta escribir una crónica amañada de lo sucedido y a los funcionarios empapelar Londres con fotos de Draco. Está obsesionado por acabar con todos los mortífagos ahora que Voldemort ha muerto.
-Ese patán –masculló Mike dando un puñetazo en la mesa –ahora que por fin nos libramos de quién ya sabéis… tiene que quedar él para seguir amargando a la población mágica.
-¿Y cómo está el Señor Weasley?¿Y los demás? –preguntó Hermione envolviendo la taza de té con sus manos. Se sentía congelada, extenuada y tremendamente triste.
-Molly y los chicos han ido a San Mungo con él –explicó Tonks –parece que se pondrá bien. También Jada, la mujer de Kingsley, y un puñado de alumnos de Hogwarts y magos civiles han sido trasladados gravemente heridos. Tom el del Caldero Chorreante ha muerto, además de unos cuantos civiles y un chico…creo se llamaba Michael Corner o algo por el estilo…
Harry y Hermione intercambiaron una mirada triste por su compañero caído.
-Y bueno… -el labio inferior de Tonks tembló y ocultó las manos bajo la mesa –luego está Ojoloco. Sé que se sentiría orgulloso de ti, Harry, y que ahora que Voldemort ha desaparecido, pensaría que su tiempo había terminado. Pero…
No hizo falta que Tonks continuara la frase, todos entendían demasiado bien todos los peros que su silencio guardaba.
Habían vencido a Lord Voldemort, pero no había finales felices ni caras sonrientes, porque en una guerra el precio de la victoria siempre era alto. Demasiado.
-¿Qué ha pasado con mi padre? –preguntó Draco, y todos se volvieron sorprendidos hacia la puerta de la cocina, en la que él se encontraba. Estaba muy serio, pero tenía los ojos secos y su voz sonaba neutra.
-Lo han detenido –explicó Tonks –y ahora Marsden va a por ti. Tiene a Remus y no creo que lo haya detenido por lo sucedido en el Callejón Diagon, ni tampoco para marcarle y ponerle el localizador de licántropos, o bueno, al menos no sólo por eso… Creo que quiere darle Veritaserum para sacarle información sobre tu paradero y sobre la Orden del Fénix. Sabe quiénes formamos parte de ella…y Remus es el único contra el que tiene algo real y al que puede detener sin que la opinión mágica se le eche encima.
-Pero¿esta casa no estaba bajo un Fidelio? –preguntó Mike rascándose la cabeza –pensaba que el Veritaserum no servía de nada si no eras el guardián del Fidelio.
-Y así es –respondió Hermione con el mismo tono que usaba para responder a la pregunta de un profesor –pero Dumbledore, que fue quién conjuró el Fidelio, ha muerto. Así, todos los que sabíamos dónde estaba la casa somos guardianes, aunque Harry es el único que puede mostrar realmente Grimmauld Place. Remus puede indicarles la posición exacta de la Mansión Black, pero si Harry no les abre la puerta, nunca podrán verla.
-En ese caso, la Mansión sigue siendo un lugar seguro –dijo Mike con alivio. Hermione no dijo nada, sólo miró a Draco. Él no se había movido ni hecho ningún gesto ante las revelaciones de Tonks. Parecía tranquilo, como si todo eso le diera igual o ya se lo esperara. No supo por qué, pero Hermione sintió un escalofrío al ver sus ojos grises tan oscuros que casi parecían negros, y una extraña ansiedad se instaló en su pecho.
-Voy a entregarme –anunció Draco, y sin más, se dio media vuelta y salió de las cocinas. Hermione se puso en pie rápidamente y salió tras él, con el corazón acelerado, ignorando la estupefacción de los Apeldty, Harry y Tonks. No podía, él no podía…
-Draco –le llamó cuando al fin lo alcanzó, entrando en su habitación. Draco se volvió hacia ella, rígido, con la cabeza alzada, el pelo revuelto y la cara sucia, y parecía tan decidido, tan seguro, que Hermione sintió que el mundo se le caía a los pies. Se acercó a él y lo abrazó impulsivamente, tratando de contener las lágrimas.
-Draco –susurró de nuevo –no lo hagas.
Él no dijo nada, pero sus manos cubiertas de arañazos y sangre seca se cerraron en torno a la cintura de Hermione y hundió la nariz en su cuello, aspirando su olor a caramelo. Allí, solos, en su cuarto, con ella en sus brazos, las cosas parecían muy diferentes. El mundo no parecía deshacerse a pedazos, resultaba imposible creer que Snape había muerto, que su padre estaba de nuevo entre rejas y que a él le buscaban más que nunca. Que Lord Voldemort había muerto y Bellatrix también. Que la guerra había terminado.
Porque a pesar de la victoria, lo suyo no era un final feliz.
Porque no podía quedarse en Grimmauld Place, abrazado a Hermione, ni besarla y tocarla cada día. No podía seguir aprendiendo a usar la varita para hacerse algo comestible que no supiera a cenizas ayudado por ella. No podía dedicarse a ignorar a Potter y a Weasley, o hablar con ellos de vez en cuando como si no se odiaran. No podía permitirse ser feliz.
En el pasado se había equivocado, y aunque no se arrepentía, debía pagar las consecuencias. Si se quedaba en Grimmauld Place, tendría que pasar el resto de su vida escondido. Y obligaría a Hermione a esconderse con él. Nunca podrían regresar a Hogwarts, ni ir al Callejón Diagon, a Hogsmeade… a ninguna parte en realidad. Tendrían que quedarse en esa casa toda su vida, o huir lejos, lejos de todo y de todos.
No podía pedirle que se fuera con él y tampoco él quería hacerlo. Quería quedarse cerca de su madre, de su padre, de toda la gente que le había llegado a importar durante su estancia en la Mansión Black.
Estaba cansado de esconderse y esperar a que las cosas se solucionaran, y no iba hacerlo más.
-Tengo que hacerlo –susurró acariciándole el pelo con ternura.
-No –gimió ella y Draco la sintió temblar en sus brazos y sollozar en su hombro mientras le estrechaba más y más, como si así pudiera impedir que se fuera. Hermione no quería que se fuera, no podría estar sin él. Si los días en los que habían estado enfadados, cada uno encerrado en su habitación, se le habían hecho eternos, no podría soportar estar sin él. Sabiéndole encerrado en la cárcel, privado de la magia, de la libertad, del contacto humano. Tan sólo por tener una marca en el antebrazo, una marca impuesta como castigo por los fallos de su padre. Y aunque fuera un mortífago, lo único de lo que se le podía acusar era de haber dejado entrar a los suyos en Hogwarts aquella noche en la que Dumbledore murió. Y lo había hecho bajo amenazas. No había matado a Dumbledore ni tampoco a ella, había huido del bando tenebroso, había ayudado a la Orden del Fénix a derrotar a Voldemort. Luchó en Hogwarts y luchó en el Ministerio. Era un héroe más de esa guerra, no un enemigo.
Pero a Marsden no le importaría. Sólo le importaría su apellido y la marca tenebrosa, limpiar la sociedad mágica de todos aquellos que fueran diferentes, librarse de cualquier supuesta amenaza y en definitiva, hacer lo que le diera la gana. Sabía que si Draco se entregaba, no tendría un juicio justo. Posiblemente le negarían la posibilidad de defenderse y lo enviarían a la cárcel sin miramientos. Habían encerrado a Sirius Black a pesar de no tenía la marca, de que no era su varita la que había ejecutado el hechizo que mató a los muggles y supuestamente a Pettigrew también, y de que el Veritaserum les hubiera revelado la verdad si le hubieran dado la oportunidad de tomarlo. Haría lo mismo con Draco para sentirse seguro, para dejar de sentir un miedo que él mismo se había creado.
-Hermione…
-No –le interrumpió ella apartándose para mirarle a los ojos, los suyos llenos de lágrimas –no quiero que te vayas. Tienes que quedarte aquí, aquí estarás seguro…
-Hermione –comenzó él, pero le faltaba la voz. No podía soportar verla así, destrozada, con las lágrimas cubriéndole el rostro, los labios arrugados, los ojos cargados de dolor. Le estaba rompiendo el alma, no aguantaba verla llorar.
-Por favor –le rogó Hermione sollozando y le sujetó el rostro con las manos –no te vayas. Tómate un tiempo para pensarlo…puede que las cosas cambien. No creo que Marsden dure mucho como Ministro después de lo de esta noche y cualquier otro ministro entendería tu situación, te dejaría en libertad.
Draco suspiró, cubriendo con las suyas las temblorosas y frías manos de la chica. La miró a los ojos con tristeza y se inclinó sobre ella para besarla. Hermione tenía los labios húmedos por las lágrimas y temblaban cuando él se posó en ellos. Le acarició los labios con los suyos con una suavidad próxima a la devoción, rodeándole cuidadosamente el cuello con una mano para acercarla más a él. Hermione se estremeció, toda ella temblando por lo que él le hacía sentir. Se aferró a sus hombros y cerró los ojos, para frenar las lágrimas, para olvidar el miedo, el dolor, la desesperación. Para sentir la paz que sus caricias le daban. Su corazón latiendo apresurado, como las alas de un ave batiéndose en el aire, retumbando en la madera de una caja de música. Dictando las notas que sus manos, sobre el cuerpo del otro, seguían. Sus pechos se tocaban, como si la misma llama, el mismo latido, los impulsara. Él le acariciaba la espalda, colando sus manos por debajo del jersey para explorar el tacto de su piel. Ella lloraba, las lágrimas, brotaban de sus ojos como la sangre de una herida y como hojas marchitas caían por sus mejillas, mientras buscaba el final de la camisa negra y polvorienta de Draco. Y no importaba que ambos estuvieran cansados, magullados, sucios y tristes. Simplemente se necesitaban. Porque esa noche no existía un mañana.
Se besaron en una dulce batalla, danzando unidos hacia la cama. Cayeron en ella, él sobre ella, y continuaron besándose sin pausa. Las manos de él se deslizaban por su cuerpo, encendiéndola, desnudándola, consumiéndola. Ella tiró de su camisa hasta que consiguió apartarla y enviarla lejos sollozando. Draco dejó su boca y recogió las lágrimas con sus labios, sellando cada una con un beso, tan cálido que Hermione sentía su pecho henchido de poderosa emoción. Volvió a besarla y Hermione notó en su boca el gusto salado de sus lágrimas, como si los dos lloraran. Porque no querían separarse.
La tela desapareció entre besos, caricias y tirones, silenciosa testigo del acto de amor. Él besó cada parte de ella que desnudaba mientras Hermione lloraba calladamente, acariciándole el pelo. Las sábanas se arrugaron y se enredaron con ellos, y sus cuerpos se encontraron. Draco entró en ella y deseó quedarse siempre allí, estrechándola, sintiéndola, tocándola, teniéndola. Y una parte de su alma se rompió porque no sabía si después de esa noche podría volver a verla.
Se apartaba y regresaba despacio, muy despacio, como si quisiera congelar el tiempo, alargar el momento por siempre. Hermione le abrazaba como si no quisiera soltarle nunca, porque no quería. Y lloraba y gemía en su cuello, de amor y de dolor. De lenta y placentera agonía.
Cada segundo era un regalo, una oportunidad, una despedida. Un paso más hacia la vorágine de sentimientos que clamaban, se retorcían y gritaban sin voz dentro de ellos. Hasta que las sensaciones fueron demasiado fuertes para que sus cuerpos pudieran contenerlas y simplemente explosionaron. Primero en ella, luego en él, tensándoles, endureciéndoles. Y como las olas retirándose de la costa, la explosión de placer, el éxtasis, se calmó lentamente, abandonándoles con languidez, como si en realidad no quisiera irse. Dejándoles solos, abrazados, sudorosos.
Draco enterró el rostro en su cuello, respirando agitadamente, temblando aún. Hermione se mordió el labio inferior para tratar de contener las lágrimas y le acarició el pelo platino, oscurecido por la por la transpiración. Intentó hablar, pero sólo único que salió de su boca fue un ahogado sollozo.
Él la besó en el cuello con amor y Hermione sintió aún más ganas de llorar, pero se contuvo.
-¿Te…te quedarás conmigo? –le pidió, la voz frágil y estrangulada.
Draco no se movió ni respiró durante unos segundos, tocado por el peso de sus palabras.
-Sí –dijo contra la curva de su cuello. Hermione sonrió jugueteando con su pelo y sintió ganas de llorar, de alegría esta vez, pero no lo hizo. Él estaba con ella y no iba a irse. Sentía su cuerpo sobre el de ella, el calor de su piel mezclándose con el suyo, su cabello bajo la yema de sus dedos, su respiración golpeándole el cuello. El rítmico latido de su corazón contra el pecho.
Los párpados le pesaban así que decidió cerrar los ojos unos segundos, sólo unos pocos segundos. Pero el cansancio pareció apoderarse de cada miembro de su cuerpo, relajándolo y durmiéndolo. Sintió vagamente como Draco se apartaba de ella y medio dormida, se removió para apoyarse en su pecho. Él la rodeó con un brazo y le acarició el pelo, como solía hacer cada noche para ayudarla a dormir.
Parecía una niña pequeña perdida en dulces sueños, así, acurrucada contra él, inocente, lejos de todo lo demás. Y Draco sintió un punzante dolor en el pecho al saber que tenía que irse, que debía dejarla. Le había mentido, la había engañado, pero de otro nunca podría marcharse, nunca podría hacer lo que sabía que debía hacer. Porque si ella no dormía, si le miraba con los ojos húmedos y brillantes, si le pedía una vez más que se quedara, él lo haría, por mucho que supiera que eso estaba mal. Lo enviaría todo al cuerno egoístamente, los condenaría a ambos.
Y no pensaba hacer eso. La miró a pesar del dolor que eso le producía, como si quisiera aprenderse cada curva, cada parte de su rostro y de su cuerpo, por si no volvía a verla. La maraña de su pelo, las cejas marcadas, las pestañas oscuras, la suave nariz, los labios relajados y carnosos, la forma redondeada de su barbilla, el lunar en su hombro, la delgadez de sus muñecas y sus tobillos, sus pequeños pies. Memorizó todo para no olvidarlo nunca, para reconstruirla cuando no pudiera verla y después, conteniendo la respiración, los latidos de su corazón, se apartó suavemente de ella. Salió con sigilo de la cama y se vistió, observándola removerse entre las sábanas, posiblemente buscándole. No se molestó en ponerse calcetines o en abrochar cada botón de su camisa, porque cada segundo, cada instante que permanecía en esa habitación, luchaba contra él, contra su determinación. Corrió hacia la puerta, giró el pomo y la abrió. Pero antes de salir, antes de cruzar el umbral, el punto de no retorno, se volvió para mirarla.
Hermione alargó una mano, en sueños, hacia el hueco donde minutos antes había estado él. Su mano pequeña, de dedos delgados con alguna que otra dureza de escribir con pluma, con una cicatriz de niñez entre dos nudillos, palpó las sábanas recogiendo los restos de su calor, buscándole. Pero él no estaba allí, no estaría allí.
Draco tragó saliva y apartó la vista de ella, y sin más, salió de la habitación. Iría a visitar a su tío Marcus para pedirle que llevara a su madre de regreso a Malfoy Hall y después se entregaría.
Esa noche de Navidad, mientras el mundo mágico recibía la noticia de que Lord Voldemort había sido derrotado definitivamente, una figura oscura salió de Grimmauld Place y desapareció entre la nieve.
Porque el valor no tiene color, ni casa, sólo circunstancias. Porque en algunos momentos, todos somos valientes.
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En una guerra hay vencedores y vencidos, pero nadie gana, todos pierden. Las heridas de una guerra permanecen como edificios derruidos en ciudades fantasmas por las que los que sobrevivieron caminan. Monumentos al recuerdo de los que cayeron, de los que murieron luchando por su causa, de los que se quedaron sin ellos.
Los supervivientes son los que tienen en sus manos construir algo nuevo, no en orillas opuestas de un mismo río, sino con las mismas piedras al pie del mismo camino.
El único modo de curar las heridas de una guerra, de superar las huellas del horror, es perdonar.
Hola...
Este es el segundo final. Cuando dije que había varios, me refería a que voy a ir cerrando la historia por partes. Primero cerré la batalla final, ahora el destino de Snape y el principio del de Draco. Sé que me odiaréis mayoritariamente por lo que he hecho, pero simplemente tenía que hacerlo. Si os sirve de consuelo, he llorado escribiendo el capítulo y es la primera vez que me pasa. Me ha dado mucha pena escribir la muerte de Snape pero pienso que debía morir, una vez cumplió su misión sólo quería descansar...Por otro lado, no he tenido el valor para cargarme a nadie más que sea importante, que creo que ya "eliminé" a bastantes. Pasando a Draco, creo que entregarse es algo que tenía que hacer, era eso o esconderse toda la vida. A lo largo de la historia el personaje ha madurado, así que ya no pensaba rehuir más los problemas. El texto final es algo que escribí hace tiempo, no inspirado únicamente en la guerra mágica, sino en las guerras de verdad. Hoy en día todos vivimos en paises que han estado o están en guerra, y las heridas sólo se curan si la gente perdona y olvida. Finalmente, queda sólo un capítulo más y el epílogo, ya hemos llegado al final... estoy demasiado sensiblera con esto, así que mejor lo dejo aquí.
Espero que os haya gustado la canción, hace una semana que descubrí este maravilloso grupo y me tienen completamente enamorada. Interpretan canciones de metal con violonchelos, son canciones geniales para escribir...como no tienen letra, lo transmiten todo con la música, lo cual me emociona mucho más. Os recomiendo encarecidamente el grupo.
De paso, quería recomendaros un fic que leí hace poco y que me hizo llorar. Es de Dubhesigrid y se llama "Verde por Halloween", es un post DH por lo que contiene spoilers importantes y su protagonista es Andromeda Black. Este es el link: http//www .fanfiction . net/s/3846511/1/, también podéis encontrarlo en mi profile.
Creo que eso es todo. Hoy no tengo tiempo para poner agradecimientos especiales, pero editaré el capítulo añadiéndolos más adelante. Igualmente, mis agradecimientos especiales van para todas las personas que me escribieron en el anterior.
Ahora en general, a todos, muchisimas gracias por seguir conmigo hasta aquí, gracias, porque esta historia y todo lo que la envuelve es muy importante para mí. Gracias por todo el apoyo, de verdad, no os merezco.
Simplemente, gracias.
Con mucho cariño, Dry!
Pd: Click a "Go" para salvar a Snape o para que Draco no se vaya.
