DISCLAIMER: Todos los personajes de «Harry Potter» le pertenecen a J.K. Rowling.
AVISO: Este two shot es mi regalo de AI de San Valentín para SlyPrincess07.
Capítulo II
«Del odio al amor hay un paso»
Draco Malfoy era un engendro del mal. Punto. Y quien pensara lo contrario, estaba mal de la cabeza.
Hermione Granger no entendía la fascinación que le profesaban gran parte de las chicas de su generación y menos el hecho de que muchas de ellas tuvieran la estúpida idea de que ser su novia podía ser un privilegio. Era cierto que el muchacho tenía un poco de atractivo, bueno, mucho de esto, en realidad, igual que unos ojos grises llamativos y una sonrisa encantadora para algunas personas (no para ella, por supuesto), pero nadie podía negar tampoco que era un patán y un idiota.
Un idiota que tenía como pasatiempo favorito fastidiarle la existencia.
Al universo no le bastaba con hacerlos coincidir en gran parte de sus clases a diario y con esto, volverla el blanco de sus molestos comentarios, sino que además parecía haberle dado al chico un radar para encontrarla también en las zonas más recónditas del castillo cuando estaban fuera de clases.
¿Acaso no era suficiente tener que toparse con su arrogante existencia una cantidad ridícula de horas al día mientras trataba de aprender alguna cosa, como para tener que soportarlo también en sus momentos de descanso? ¿No existía siquiera una remota posibilidad de que se fuera de intercambio, quién sabe, quizás a Durmstrang?
Para su desgracia, eso lo veía prácticamente imposible.
Porque Hermione Granger podía jurar por lo más preciado que poseía en sus dieciséis años de vida, que, el «engendro del mal» (y futuro candidato a una calvicie prematura gracias a la cantidad de gel para el cabello que utilizaba a diario), disfrutaba más de molestarla que de jugar al quidditch.
Y no es que se mantuviera al pendiente de aquello (nada podía importarle menos que el estúpido quidditch), pero era inevitable no ser consciente de que incluso había llegado a saltarse un partido en aquella ocasión en que ella y otros cinco estudiantes de Gryffindor habían estado en la enfermería por horas gracias a la poción vomitiva que, de seguro, el mismo Malfoy les había colocado en el jugo de calabaza.
Y todo para poder burlarse de ella más de cerca. Porque así de malvado era el muy desgraciado.
No obstante, Hermione no conocía la razón exacta por la que Malfoy la había hecho el objeto de sus constantes burlas, pues su enemistad había surgido de la noche a la mañana. Era consciente de que sus casas eran rivales desde la cuna, al igual que del hecho de que el chico tenía algunos reparos con los nacidos de muggles (como muchos de los llamados «sagrados veintiocho»), pero, aunque en la escuela había varios chicos provenientes de familias no mágicas, ella era la única a la que Malfoy disfrutaba molestar.
«Supongo que me odia por ser Gryffindor y, además, tener el cabello alborotado», pensó tontamente en alguna ocasión mientras trataba (sin éxito) de hacer que su melena luciera menos voluminosa, intentando a su vez justificar el comportamiento del muchacho hacia su persona.
«¿Pero qué estupidez estoy pensando?», refutó de inmediato, siendo consciente de que Draco Malfoy era cualquier cosa menos estúpido. Sin embargo, al no tener otras opciones para sopesar, se quedó con esa idea durante algún tiempo.
«O quizás sea que le gusto», pensó en otra ocasión como si fuera algo obvio. Había escuchado decir a sus amigas que, cuando un chico molestaba a una chica tan decididamente, era porque quería llamar su atención de forma romántica y, aunque la premisa le pareció de lo más arcaica (¿quién hacía eso hoy en día?), no la descartó del todo hasta caer en cuenta de que era Malfoy de quien estaba hablando.
El idiota solo se quería a sí mismo.
—¿Escuchaste lo que andan diciendo por ahí? —pronunció una voz de pronto, haciendo que los ojos oscuros de Hermione se enfocaran en el rostro de la pelirroja que acababa de sentarse a su lado en la biblioteca, disipando sus absurdos pensamientos.
—He estado estudiando, como ves —mintió—, así que no he tenido tiempo para chismes —declaró, volviendo sus ojos a uno de sus libros luego de haber perdido varios minutos valiosos meditando tonterías.
—Entonces, ¿debo suponer que no quieres saber? Los rumores involucran nada menos que a tu querido Malfoy —insinuó Ginny, probándola.
Al oír el apellido de su némesis, Hermione se sintió, de repente, interesada, aunque trató de disimularlo.
Tal vez aquello le ayudara a entender el rollo que se traía con ella.
—Para empezar, Malfoy no es mi querido —remarcó—, y, en segundo lugar, no sé qué te hace pensar que me interesaría saber algo que involucrara a ese energúmeno. —Pero sí que quería saberlo.
—Bueno, supongo que tendré que irme con el chisme a otra parte —agregó Ginny, con una sonrisa mal disimulada, esperando la reacción de Hermione que no se hizo esperar.
—Está bien, supongo que puedo hacer una pausa (otra) en mis estudios para escucharte —respondió, con fingido desinterés.
—Sí, supongo que puedes. —Ginny rio.
—Entonces, ¿cuáles son esos «importantes» rumores de los que hablas?
Mierda. Necesitaba estudiar.
—En realidad, solo es uno. Pero es algo que, de seguro, pondrá fin a tus problemas con Malfoy.
Hermione puso los ojos en blanco por el suspenso que Ginny se estaba empeñando en ponerle al asunto.
—¿Y bien?
—Todo parece indicar que Malfoy está enamorado de alguien. Blaise se lo contó a Theo y él se lo dijo a Luna, quien, a su vez, me lo comentó de pasada —respondió Ginny, mirándola de reojo—. ¿No te parece genial? Si le pide a esa persona que sea su pareja, dejará de ser un idiota contigo. Incluso le saldrá bien si lo hace hoy que es San Valentín.
Ginny estudió su reacción.
—Bien por él. —Se limitó a decir Hermione, volviendo a sus ocupaciones. La verdad es que el presente asunto no tenía por qué interesarle.
No había respondido ninguna de sus dudas.
¿O sí?
—¿Es todo? —preguntó Ginny, desconcertada.
Hermione no levantó la vista del libro que leía. —No sé qué esperas que diga. Supongo que: bien por él y mal por la pobre alma que sea su víctima.
—No vas a decirme que no te importa.
—Pues no, no me importa para nada.
—Te conozco, Hermione y me mientes en la cara. —Ginny se levantó, dispuesta a marcharse—. Pero, bueno, supongo que eso es todo por ahora. Te veo al rato.
—Vale —respondió Hermione, haciendo como que el comentario no era para ella, pero solo pasaron unos minutos antes de que decidiera recoger sus cosas y salir de la biblioteca también.
Necesitaba razonar un poco sobre la nueva información.
«No creo que Blaise hablara en serio», se dijo así misma, mientras transitaba por uno de los pasillos de la escuela. «Todo el mundo sabe que es un mentiroso». Reflexionó. «¿Y si es cierto?». «Pues no sabe guardar un secreto», «Pero, y si…» se dijo antes de sacudir su cabeza de tales pensamientos. «No. No tiene por qué importarme».
Siguió caminando antes de pasar frente a un aula vacía y escuchar algunas voces que le parecieron familiares y que hicieron que la curiosidad empezara a picarle como una alergia en la piel.
—¿Estás seguro de que te enamoraste de ella precisamente? —preguntó el que parecía ser Theodore Nott.
—Eso no te importa, como tampoco debería importarle al resto de la escuela que, de seguro, ya se enteró gracias a que Blaise y tú son unos chismosos de mierda. —Se quejó alguien que sonó como Malfoy, lo que consiguió que un chillido involuntario saliera de la garganta de Hermione, alertándolos de que no estaban solos.
Ambos chicos se apresuraron a descubrir al intruso y como si hubieran visto al demonio en persona, pararon en seco. Hermione no supo quién tenía la peor expresión, si ella por haber sido pillada escuchándolos, o ellos al haberse visto descubiertos.
—¿Escuchando a hurtadillas, Granger? —preguntó Malfoy, retomando su habitual arrogancia.
—No te creas tan importante, Malfoy —atacó ella—. Yo solo pasaba por aquí. Fue casualidad que los escuchara.
Malfoy rio.
—Si, claro.
—Pues no me importa lo que creas —respondió ella, antes de marcharse y suspirar aliviada al verse salvada de dar explicaciones por haber sido pillada.
Sin embargo, fue difícil para ella dejar de pensar en el asunto del dichoso enamoramiento de Malfoy durante casi toda la jornada, menos cuando media escuela hablaba de lo mismo, preguntándose enérgicamente por el nombre del o la «afortunada», y para el final de las clases, había sido imposible que el asunto no la tuviera hasta la coronilla.
¿Por qué demonios no lo dejaban por la paz? Aunque no lo hubiera hecho por voluntad propia, según lo que había oído antes, aquello sólo había hecho que Malfoy se volviera aún más popular de lo que era.
Y a ella le molestaba sobremanera por la sencilla razón de que se había visto involucrada indirectamente, pues, a pesar de no tener idea de nada, algunas chicas se atrevían a preguntarle si sabía de quién se trataba.
Pero, ¿cómo iba a saberlo? Ellos no eran cercanos, ni mucho menos amigos. ¡Qué decía! Ni siquiera se trataban como compañeros de clase por culpa de sus tonterías. ¿Cómo iba a haberle confiado algo al respecto?
Cansada de tanta algarabía, Hermione decidió que ya tenía suficiente, por lo que salió de su última clase, dispuesta a marcharse directamente a su sala común. No obstante, para su mala suerte, la puerta de uno de los armarios de escobas de Filch se abrió de repente, dejando entrever una figura alta que la arrastró dentro del mismo en un segundo.
Quiso gritar, pero antes de conseguirlo, escuchó una voz que hizo que casi le diera un ataque.
—Guarda silencio o nos descubrirán —dijo Malfoy, aprisionándola contra su pecho, justo antes de que se oyeran algunas voces provenientes del exterior.
Una vez que el pasillo de afuera quedó en silencio, Malfoy la soltó por fin.
—Pero, ¿qué demonios te pasa, idiota? —preguntó enfurecida, antes de apresurarse a conjurar un «Lumos» con su varita para buscar la perilla de la puerta y salir de allí.
Malfoy, al percatarse de las intenciones de ella, la detuvo, agarrando su mano y haciéndola volverse hacia él, tomándola por sorpresa en el acto.
—Espera un momento —le pidió y su voz sonó tan seria que Hermione se obligó a permanecer quieta y expectante, mientras el chico la veía a los ojos.
Y por un instante, sus miradas chocaron y Hermione pudo ver que no había ni una sola pizca de burla en el rostro de Malfoy. Sin embargo, fue ella la que rompió la magia al notar la cercanía de ambos y dar un paso hacia atrás, chocando con la puerta del armario.
Malfoy sonrió condescendientemente.
—¿Escuchaste el rumor que anda por ahí? —indagó con total calma.
Ella asintió, y aunque pensó en miles de improperios qué decirle por lo estresante del asunto, permaneció en silencio.
—¿Qué piensas al respecto?
—¿Debería pensar algo? —soltó, enfadada—. No me importa lo que hagas con tu vida.
Malfoy volvió a sonreír.
—¿Estás segura de eso? Yo, en cambio, creo que te importa más de lo que quieres aceptar.
Hermione se enfadó aún más.
—Serás idiota.
—Estoy seguro de que incluso estás celosa y no quieres admitirlo —la acusó—. Pero, ¿sabes una cosa? Eso hace que me gustes todavía más.
—¿Qué es lo que acabas de decir? —chilló ella, de repente sonrojada hasta el cuello.
¿En serio estaba pasando esto?
—Que tú eres la chica de la que estoy enamorado, a pesar de que mis amigos lo echaron todo a perder.
—Pero, si tú y yo… —cortó la frase y lo primero que se le vino a la cabeza fue que había acertado al pensar que Malfoy estaba enamorado de ella.
Y Trelawney se atrevía a decirle que no tenía aptitudes para la adivinación. ¡Ja!
—Pensé que ya lo sabías —indicó Malfoy, tomando la mano de Hermione y colocándola sobre su pecho donde el corazón le latía muy fuerte—. Tu cercanía me pone nervioso como ves, y para todo el mundo era obvio que si me comportaba como un tonto contigo era porque no tenía idea de cómo hacer para que yo también te gustara.
—Pues déjame decirte que eres pésimo conquistando a una chica —respondió ella, con el corazón también latiéndole a mil en el pecho.
—Entonces, ¿debo suponer que no estás interesada? —preguntó él y Hermione pudo sentir un poco de decepción en sus palabras.
—Yo no dije eso —respondió, sorprendiéndose a sí misma incluso.
Fue inevitable que ambos soltaran una carcajada sin reparar en la posibilidad de que hubieran sido escuchados desde el exterior, y antes de que la gata de Filch avisara al conserje que estaban invadiendo su preciado armario, Draco entrelazó sus dedos con los de Hermione, como una señal de que todo había cambiado entre ellos.
—Feliz día de San Valentín —dijo él, soltando sus manos para conjurarle una flor.
—Feliz día de San Valentín —respondió ella, riendo ante el gesto trillado, antes de que ambos decidieran salir del armario y caminar por el pasillo, de la mano.
Era increíble que el «engendro del mal» hubiera pasado por tal metamorfosis en la vida de Hermione, en tan poco. Sin embargo, de momento no le preocupaba demasiado porque, esto, fuera lo que fuera, apenas estaba empezando. Ya tendría tiempo para asimilarlo, porque, al parecer, del odio al amor sí había un solo paso.
N/A: Bueno, eso fue todo.
