Catra era asombrosa. En un solo día había logrado hacerse con el control completo del Páramo Carmesí. No había nada que Catra no pudiera lograr, no había duda. Y eso Scorpia lo sabía. Su mejor amiga era genial y ese desierto había conseguido sacar lo mejor de ella. Ahora los demás también podían ver lo increíble que era.
Nunca antes la chica gato había sido tan feliz. La vida en la Horda no era fácil y Scorpia quería que esa felicidad se convirtiera en algo normal para ella. Pero en el Reino del Miedo Catra no podía llegar a ser feliz. Siempre habría algo que le arrebataría la poca felicidad que le podía dar ese frío lugar al que ambas llamaban hogar. Scorpia tenía claro que debía hacer lo que pudiera para que Catra no volviera, tenían que quedarse en ese desierto. Solo así Catra sería finalmente feliz.
Pero había un problema, siempre había un problema y siempre era el mismo: Adora. No sabía cómo pasaba, pero siempre que iban a cualquier lado, Adora y sus nuevos amigos estaban ahí también. Y eso irritaba enormemente a Scorpia porque sabía que no era bueno para Catra. Siempre que su ex mejor amiga aparecía, Catra perdía los papeles y sólo se dejaba llevar por el rencor.
Esa noche, después de haber capturado a Adora, todo parecía haber cambiado. Catra estaba completamente destrozada. Scorpia podía ver con tristeza como el corazón de su amiga se había roto en pedazos, pero ella estaba más que dispuesta a lograr repararlo. Si de algo se sentía orgullosa Scorpia era de su capacidad por ayudar a sus amigos como fuera posible.
—¿Por qué no esperamos a mañana? — sugirió la chica escorpión cuando Catra dijo que había que volver—. Hoy ha sido un día muy largo, necesitas descansar. Ya sabes que el viaje de vuelta es muy largo.
Scorpia pensaba que, como siempre, Catra no le haría caso. Que, quizás, la ira la había cegado tanto que le había hasta quitado el sueño. Pero para su sorpresa, Catra aceptó muy rápido, realmente se sentía demasiado cansada como para emprender un viaje tan largo.
La afirmación de la gata le dio la oportunidad a Scorpia de idear un plan para evitar que Catra volviera a su vida infeliz. Había tenido suerte de que tantas emociones habían cansado a Catra lo suficiente como para posponer su venganza un día.
En una de las habitaciones de la nave de Mara, se había improvisado una habitación para la jefa Catra así que Scorpia la escoltó hasta allí para asegurarse de que de verdad iba a descansar.
—Buenas noches, Catra— le dijo Scorpia con una cálida sonrisa, sabiendo que no obtendría respuesta de aquella chica tan destrozada.
Pero, cuando estaba a punto de marcharse, notó algo tirando de su chaleco. Seguro que se había enganchado con algo. Se giró para soltar su chaleco y marcharse cuando vio algo que no se esperaba. Era Catra, que la sujetaba del chaleco mientras miraba al suelo con una cara sonrojada y al borde del llanto.
—Quédate un rato. Hasta que me duerma— le suplicó con la voz rota a Scorpia.
El plan tenía que esperar. Era imposible que Scorpia le dijera que no a esos preciosos ojos bicolor. Sabía que el corazón de Catra estaba herido y que su mente estaba confusa: la receta perfecta para una noche de insomnio.
Mientras Catra se acurrucaba en un montón de telas raídas que hacían las veces de colchón, Scorpia se sentó cerca de la puerta, velando por el sueño de la gatita. Las horas pasaron a la velocidad de un caracol hasta que finalmente empezó a oír la respiración de Catra más relajada, completamente dormida. El momento perfecto para que Scorpia se escullera de la habitación para poner en marcha el plan que había ideado mientras esperaba que Catra se durmiera.
