Durante los siguientes días, Catra se mostró distante y arisca con cualquiera que le hablara. Se pasaba mucho tiempo en su nueva e improvisada habitación. Y, cuando de vez en cuando salía a patrullar su nueva "base", todos se alejaban a su paso. No querían molestar a la jefa que no volvió a hablar de volver a la Horda o de Adora.

Esa era su forma de curarse por todo el daño que le habían hecho. Catra necesitaba tiempo, y Scorpia se lo quería dar. Pero, durante esos días, Scorpia no podía evitar sentirse fuertemente culpable. Se habían quedado en el desierto, pero ya no había vuelto a ver a Catra feliz como aquel día. Empezaba a sentir que se había equivocado, que no debería haber elegido por Catra, pero sabía que volver a la Horda tampoco la ayudaría.

El aburrimiento finalmente pudo con Scorpia mientras esperaba a que Catra volviera a ser ella misma. Sabía que ese día llegaría, sólo tenía que esperar.

Por eso, un día en el que no estaba haciendo nada en su improvisada habitación, salió a explorar por el desierto, buscando cosas que le fueran de utilidad para arreglar un poco aquel sitio en el que ahora vivían. Comenzó a recolectar todo lo que pensaba que podía servirle y, en cuanto volvió cargada de decenas de cosas, se puso a trabajar.

Decoró las paredes con plantas secas y telas que se habían encontrado e hizo varios "muebles" que volvían más acogedor aquel espacio. Pero aún quedaba lo más importante de cualquier dormitorio: una cama cómoda para poder descansar.

Muy predispuesta, Scorpia comenzó a organizar los trozos de tela que había encontrado por el desierto: los que servirían de relleno y los que se usarían para hacer la forma de la cama. Solo había un pequeño problema que no se había planteado hasta ese momento: no sabía cómo unirlo todo.

Quizás era algo que debería haber planeado antes. Ese tipo de labores no se enseñaban en la Horda pero, por suerte, alguien que parecía haber oído sus suplicas internas, se compadeció de la pobre chica y se acercó a ofrecer su ayuda:

—¿Necesitas ayuda?
En la puerta de su habitación había una chica. Llevaba una capa con una caperuza gris que le tapaba el pelo, pero dejaba ver su amable rostro. De piel tostada por el sol del desierto y brillantes ojos amarillos. Scorpia la recordaba de verla por la nave. Como pasaba con todos, su capa tenía bordado el símbolo de la banda por lo que era una de los suyos. La chica escorpión le contó su gran problema a la otra chica que se ofreció a ayudar muy amablemente mientras se sentaba a su lado mirando el gran montón de tela que la otra había reunido.

—Mira— le enseñó una especie de pequeño hueso que llevaba en uno de los bolsillos de sus pantalones—. Si alguna vez tienes que coser algo, que tendrás que hacerlo, los huesos de los ratoncillos del desierto son muy útiles como agujas. Como hilo siempre puedes usar el de las telas que te vayas encontrando.

Mientras la chica impartía aquella extraña clase de costura, Scorpia la miraba hipnotizada, había tantas cosas que aún tenía que aprender. De verdad, que poco había aprendido en la Horda. El mundo estaba lleno de cosas maravillosas por aprender.

Mientras la chica cosía, Scorpia le iba pasando más telas que iba cortando con sus pinzas para ir completando aquel colchón. Pasaron las horas y ambas se quedaron satisfechas con su trabajo. No era nada el otro mundo, pero habían convertido esa habitación en algo más acogedor.

—Muchas gracias, eh…— Scorpia se acababa de dar cuenta de que ni le había preguntado el nombre a aquella chica tan amable.

—Sienna, me llamo Sienna— se presentó—. Por cierto— dijo mirando el montón de tela sin usar que aún quedaba en la habitación—. ¿Qué vas a hacer con todo eso? Tienes telas para hacer camas para todos.

Una idea apareció en la cabeza de Scorpia.

—Oye, Sienna. ¿Me podrías ayudar a hacer una más?

—Por supuesto.