Al día siguiente, Sienna se despertó con cierto dolor de cabeza, abrumada por el alcohol, por todo lo que había pasado aquella noche y por la conversación que sabía tenía pendiente. Esperaba que, con suerte, podría escabullirse de la habitación para escaquearse unas horas mientras Catra dormía. Así podría tener un poco de tiempo para organizar sus ideas.

Pero no tuvo tanta suerte como quiso ya que, en el otro lado del colchón que había cosido con Scorpia, estaba Catra, mirando a la nada y con unas ojeras que daban a entender que quizás no había dormido nada dándole vueltas a la repentina aparición de alguien como ella.

—Por fin despiertas— le dijo con voz arisca.

Sienna tembló. No pensaba que Catra pudiera llegar a ser tan aterradora. La había visto siendo una líder estricta y terrorífica si se lo proponía, pero esa vez era diferente. Parecía dispuesta a conseguir la información que quería sin importar las consecuencias. La gata más pequeña no veía forma de evadir el tema por más tiempo, pero intentó desviar la conversación unos minutos.

—Gracias por dejarme dormir aquí.

—No le des más importancia. Así me aseguraba de que no escaparas.

La chica tragó saliva. Al parecer su plan no era tan original como ella pensaba. Por eso Catra era la jefa y no ella. Así que no le quedó otra. Se sentó en el colchón y suspiró antes de enfrentarse al interrogatorio de su jefa. A pesar de estar a punto de tener una conversación bastante importante, ninguna de las dos se estaba mirando. Ambas se apoyaron en la espalda de la otra cuando Sienna empezó a hablar no muy segura de cómo podría acabar esa conversación.

—¿Y qué quieres saber?

—Todo… es decir, nunca antes había visto a nadie como yo y…

—Y yo tampoco— le cortó Sienna. Era más fácil empezar por ahí—. Eres la primera persona como yo que conozco. Yo me crie aquí.

—¿Cómo llegaste aquí?

—Cuando era pequeña y estaba a punto de morir en el desierto, algunos miembros de la banda de Tung me acogieron.

—Así que estabas sola…—Catra se sentía dolida. ¿Acaso su especie estaba destinada a la soledad o era solo una cruel coincidencia?

—Sí… bueno, supongo que llegué con mis padres y ellos no tuvieron tanta suerte como yo. Nunca supe como llegué a este desierto. Lo único que sé es que me encontraron llorando en una cueva. Pero tuve suerte de que me acogieran. Y así empecé a aprender a sobrevivir como se enseñan las cosas en este desierto.

Catra la miró desconcertada. Ella solo sabía cómo criaban a los niños en la Horda.

—El más fuerte hace las normas así que todo mi aprendizaje se basó en equivocarme mucho y no morir en el intento— señaló risueña la oreja con el mordisco.

—¿Entonces no sabes nada de los nuestros? — a Catra le estaba empezando a parecer que esa conversación no iba a ser tan fructífera como había pensado en un principio.

—Sólo sé que a los de nuestra especie nos llaman Magicats y que, cuando la Horda empezó a expandir su territorio, el reino de los Magicats fue de los primeros en caer. Muchos de los nuestros huyeron a las inhóspitas tierras del Páramo en busca de refugio, pero no estaban preparados para un territorio tan duro. Así que supongo que fueron muriendo o algo así…Son solo cosas que se hablan por el Páramo— conforme iba hablando, el tono de Sienna se iba apagando, hacía mucho que no recordaba esa historia y ya recordaba por qué.

—Ósea que puede que seamos las únicas que quedan…

Sienna asintió con tristeza mientras sus orejas se quedaban gachas como las de Catra. Nunca antes había pensado en personas como ella, pero al saber que existían o habían existido la melancolía la abrumó. Podría haber tenido una familia, una comunidad que la hubiera apoyado, un reino en el que hubiera podido encajar, alejada de todo lo malo que le había supuesto la Horda a lo largo de toda su vida. Estaba empezando a entender de verdad porque la gente odiaba tanto a la Horda. Ellos también habían sufrido la pérdida de los suyo y, en ese momento, Catra sintió una fuerte sensación de pérdida que no había sentido desde que Adora la abandonó. Adora… no era momento de pensar en eso. Quizás pudiera descubrir nuevas cosas de los suyos, pero ante todo quería seguir liderando aquel desierto.

—Magicat…

Catra repitió aquella palabra que hasta ahora había sido desconocida para ella. Le gustaba esa palabra. Le hacía sentirse parte de algo, se sentía acogida por aquella palabra. Ella era una Magicat.

—Pero, ¿sabes? —la voz asustadiza de Sienna la sacó de sus pensamientos—. Me alegra saber que no soy la única. Durante muchos años se han metido conmigo por mis orejas y mi cola. Aquí en el desierto hay de todo, pero como yo no había nadie. Y siendo tan pequeñita decidí que era mejor pasar desapercibida.

—Y por eso llevabas la capucha— dedujo Catra.

—Sip. Pero quizás ahora pueda probar a no ponérmela.

Catra se giró para ver la sonrisa orgullosa de la chica. Ahora que sabía que podía haber alguien que la entendiera se sentía más segura y ya no quería ocultarse. Era agradable tener una persona que se podía llenar de tanta confianza solo con saber que tenía su apoyo.

—Pero siento no habértelo dicho antes, jefa. No sabía cómo te lo podías tomar.

—Catra. Llámame Catra.