Ese día, como otro cualquiera la banda estaba de fiesta por la noche. Comidas y bebidas de origen desconocido recorrían toda la sala de mandos de la nave. La música y las alegres risas animaban cada vez más la fiesta.

Como era de esperar, Catra no bebió ese día. No quería volver a enfrentarse a ese infernal dolor de cabeza. Estaría sin beber hasta que olvidara lo mal que lo había pasado esa mañana. Prefirió disfrutar de la fiesta como una persona abstemia. No era tan divertido como cuando bebía, pero las fiestas de su banda siempre eran muy entretenidas. Se forzó a bailar un poco con Scorpia que no podía disimular lo que disfrutaba de ver a Catra haciendo cosa que ella consideraba súper divertidas.

La vida en el desierto era tan diferente a la de la Horda. Seguía siendo un sitio repleto de personas malvadas, pero en el Páramo se respetaba a los más fuertes no a gente con estúpidas chapitas. Cómo tenía que ser. En el desierto la respetaban. La respetaban por ser fuerte. Ella siempre había sabido que era fuerte, pero había estado desde pequeña rodeada de personas que se encargaban de que no dejara relucir sus esfuerzos.

La noche pasaba entre risas y bailes hasta que los pies de Catra no la dejaron seguir. Decidió descansa en su autoproclamado trono mientras comía algo. Poco a poco, mientras descansaba, la gente se empezó a marchar a sus habitaciones. Algunos con sueño y otros tan borrachos que necesitaban ser arrastrados por sus compañeros. Scorpia se marchó también y, cuando se dio cuenta, solo quedaban ella y Sienna.

La jefa de la banda no se había dado cuenta de que llevaba un buen rato mirándola, completamente hipnotizada. Veía con fascinación como Sienna, con una copa que se iba derramando, seguía bailando una canción que solo se escuchaba en su cabeza. Hacía mucho que los que tocaban música se había ido, pero ella seguía bailando. Esta vez era ella la que había bebido demasiado.

No sabía por qué, pero los movimientos de Sienna la tenían embelesada. No eran robóticos ni forzados como los de ella y Scorpia. Eran fluidos y naturales con cierto aire de sensualidad. Se podría dedicar a bailar, se le daba muy bien. Cuando notó que unos ojos la observaban, Sienna se acercó bailando hacia ella, siempre pegada a su inseparable copa de la que bebía casi la misma cantidad que caía al suelo por sus tambaleantes pasos.

—Hola, Catra.

Catra tragó saliva. Nunca había visto a Sienna así. Sus ojos brillaban con un fuego interno que no había visto nunca con nadie. Sentía cierto peligro al verla acercarse, pero ese peligro también la mantenía pegada a su asiento, expectante por lo que pudiera pasar.

—¿Sabes? — dijo Sienna. Su voz no era entrecortada como la suya cuando bebía. Era melosa y atrayente. Una voz seductora difícil de ignorar—. Me gusta que me miren mientras bailo. Me gusta sentirme deseada. Y esa mirada tuya me gusta… Catra.

—Bueno…bailas bastante bien. Llama bastante la atención— Catra no sabía si un cumplido podría provocar más a Sienna, pero estaba más que dispuesta a correr ese riesgo.

La gatita estaba cada vez más cerca de su líder. Daba pequeños pasos con sus pies descalzos mientras levantaba pequeñas nubes de arena a su paso.

—¿Te gusta como muevo las caderas? — le preguntó mientras repetía los sensuales movimientos de caderas con los que había conseguido llamar la atención de Catra.

Sin saber cómo, Sienna había llegado a donde estaba Catra. Su copa yacía ahora en el suelo y sus manos habían pasado a inmovilizar las muñecas de Catra. No pensaba dejarla escapar. Se acercó cada vez más sobre el trono y colocó una de sus rodillas entre las piernas de Catra, dándola más espacio para acercar sus caras un poco más.

—Pues sé mover las caderas de otras formas. Te las podría enseñar. Seguro que te encanta.

Los ojos de Catra se abrieron como platos y su cara empezó a tomar un color cada vez más rojo. En su vida se le habían insinuado de esa manera y no sabía realmente qué hacer. Tenía a Sienna demasiado cerca y su aliento con toques de alcohol la embriagaba. Sentía cada vez más calor en partes de su cuerpo a las que nunca le había hecho mucho caso. Tenía curiosidad por saber en qué consistía la propuesta de Sienna, pero sentía que no debían hacerlo en el estado en el que se encontraba su amiga.

—Venga, Sienna, vamos a mi cama— otra vez en la que prefería dejarla a salvo en su habitación a arriesgarse a lo que pudiera hacer ella sola por ahí.

—Mmm a tu cama. Vas muy rápido, Catra. ¿No me deberías invitar a una copa o algo?

—Ya has bebido suficiente. Ahora a dormir.

—Oh no, gatita. No voy a dejarte dormir esta noche.

Por suerte, ella era mucho más fuerte que Sienna y consiguió cargarla en brazos antes de que la otra gata acabara con el escaso espacio que separaba sus labios. Mientras la llevaba hasta su habitación, la gatita no dejaba de canturrear y mover las piernas de forma infantil haciendo el transporte mucho más difícil para Catra.

—Venga, a dormir ya— le ordenó cuando la lanzó a su colchón y Sienna soltó un pequeño gemido de dolor.

—Te he dicho que esta noche no vamos a dormir, gatita.

La voz de Sienna seguía siendo muy melosa mientras se acercaba a Catra que ya se había sentado en el colchón. Nunca antes había conocido a alguien tan pegajosa y tenía miedo de dejarse llevar por esos impulsos que le eran totalmente desconocidos.

—Se acabó— sentenció Catra volviendo a levantarse del colchón—. Te quedas aquí sola. Me voy a otro lado.

—Pero, ¿dónde vas a estar mejor que entre mis brazos? — Sienna estiró sus brazos, invitando a Catra a acercarse a ella.

—Me voy con Scorpia, ni siquiera ella es tan pesada.

Catra cerró la puerta, esperando que Sienna no saliera a perseguirla. Lo que Catra no sabía es que una traviesa sonrisa se había esbozado en la cara de Sienna al ver que su plan había surtido efecto.