SCARE
By: Vainiella
CAPÍTULO VI
El cementerio era un lugar desolado, muy a pesar del montón de personas que se encontraban descansando en paz bajo la tierra, y que cada una de ellas tenía una madre, un hermano, o un hijo. Era un lugar con tantas historias familiares, pero tan solitario al mismo tiempo, que el único motivo para visitarlo es para llorar a seres queridos.
Mimi Tachikawa contempló de lejos como una señora dejaba flores en la tumba de su hijo, abrazada de su esposo. No podría describir el dolor que puede estar sintiendo esa mujer. Ella jamás había perdido a nadie, o al menos alguien que realmente importase, así que solo era un testigo silencioso del dolor ajeno.
—Ya terminó.
La castaña entonces volteó a ver a Hikari Yagami, quien no resplandecía entre tanta vestimenta oscura, y con ojos tan rojos por las lágrimas que hacía casi tangible su dolor. Mimi asintió como toda respuesta mientras veían como cientos de jóvenes y adultos empezaban a dispersarse en el enorme terreno. A un mes de la tragedia, el Instituto Odaiba había organizado un homenaje a los 47 muertos en el Cementerio Aoyama, con un monumento de mármol de un niño leyendo un libro en su pupitre. Fue un homenaje que revolvió el estómago de muchos como sus recuerdos, llevándolos al día en el que sobrevivieron a una masacre sin precedentes, donde las víctimas murieron siendo niños, y los adultos murieron siendo héroes.
Mimi sintió como sus padres apretaron sus hombros con cariño, pero en lugar de marcharse con ellos les pidió que se fueran, mirando desde la distancia a un rubio de cabellos rebeldes que miraba el suelo bajo la triste sombra de un sakura. Una escena tan desgarradora que quedaría para siempre en su mente. Un Yamato Ishida tan acabado y oprimido por la desdicha que las lágrimas amenazaron con volver a emanar de sus ojos.
—Mira, ahí viene el superior Jou.
Entonces la mirada de Mimi tuvo que desviarse al joven de cabellos azulados que se aproximaba a ellas. Jou Kido caminaba lento, pero a juzgar como se había visto el día del accidente era un verdadero milagro que estuviera con vida. Caminaba con una muleta para apoyarse mejor, y con la mano libre se arregló los lentes una vez que estuvo en frente de Hikari. Ambos se miraron con cariño, en el cual brillaba el profundo agradecimiento que sentía el Kido por la pequeña Yagami.
—Hola.
—Que alivio verte de pie —dijo Mimi sonriente, acariciando el brazo del peliazul.
El joven no pudo evitar sonrojarse ante las muestras de afecto por sus nuevas amigas, pero en lugar de cohibirse sonrió cálidamente.
—Eso es gracias a ustedes —haciendo una pequeña reverencia—. Y gracias a…
Al igual que Mimi hace unos minutos, volteó a ver hacia Yamato, y los tres guardaron silencio mientras contemplaban con pena al chico.
—Kari.
En eso, un alto y bien vestido Taichi Yagami se aproximó a ellos, y junto con él venían también Sora Takenouchi y Koushirou Izumi. Mimi les sonrió como forma de saludo, viendo ahora como una normalidad el que aquellos tres jóvenes estén juntos.
—¿Vieron las noticias?
Jou asintió ante la pregunta del pelirrojo, con gesto serio.
—130 años de prisión.
—Es una pena que el otro esté muerto —soltó con frialdad el moreno, arrugando el ceño —. Debía podrirse en la cárcel también.
Días después las verdaderas intensiones de los asesinos salieron a la luz, cuando la policía reveló que tenían municiones para acribillar a más de 100 personas. Una carta suicida en casa de uno de ellos confesaba años de tormento en el Instituto Odaiba por culpa del bullying y como creían que hacer aquella barbaridad era la única forma de hacer justicia. Ambos jóvenes habían sido niños buenos hasta que ciertos sucesos en sus vidas los llevó a descarrilarse y llenarse del odio más puro, la única emoción detonante de las peores atrocidades del mundo.
Mimi intentó distraerse, pues pensar en los asesinos le revolvía grotescamente el estómago, así que sin poder evitarlo volvió a mirar hacia donde estaba el Ishida, sintiendo pena. Se estaba debatiendo internamente si acercarse o no, cuando sintió un cariñoso apretón en el hombro. Al desviar la mirada descubrió a Taichi Yagami observándola con afecto desde arriba, siendo más alto que ella.
—¿Cómo lo llevas?
Ella suspiró, sin dejar de sonreír, a pesar de que dicha sonrisa no les llegaba a los ojos.
—Poco a poco.
Ya no eran novios. Días después Mimi se armó de valor de terminar la relación con el Yagami, quien no se mostró para nada difícil con la decisión. Luego del accidente ser novios se había vuelto como una anomalía para ambos, algo extraño, cuando en realidad debía haber sido todo lo contrario. Pronto ocurrió lo que tenía que haber ocurrido hace mucho tiempo ya, y ahora solo quedaba un sincero cariño, pero nada más.
Sobre todo cuando ahora Taichi tenía a alguien más en su vida, pues apenas intercambiaron palabra volvió a prestarle toda su atención a la Takenouchi. Para Mimi fue evidente las miradas que se intercambiaban desde hace un par de semanas. Fue una verdadera tragedia que murieran los amigos de Tai, pero la compañía de Sora y de Koushirou era toda una fortuna, pues ambos sacaban lo mejor del Yagami y Mimi era testigo de ello.
Y el Izumi también parecía consciente de lo que se estaba desarrollando entre su mejor amiga y ahora su nuevo amigo. Mientras Taichi le decía algo a la pelirroja que la hacía sonreír Koushirou no pudo evitar sentirse complacido. A pesar del pasado, a pesar de los malos ratos, había aceptado a Taichi con tal naturalidad como si siempre hubiesen sido amigos. Ahora era normal ver al Yagami en su casa, revoloteando a su alrededor como una abeja con una flor, y más si sus propios padres incentivaban aquella amistad, después de todo Koushirou nunca había llevado a un amigo hombre a la casa, y desde el accidente pudieron ver el impacto positivo que tenía el moreno sobre su hijo, a pesar de lo vivido.
En eso, Sora volteó a ver a Yamato, sintiendo la misma preocupación que los demás.
—¿Han hablado con él?
—No realmente...
—Cada vez que hemos intentado acercarnos nos aleja —alegó Hikari decepcionada—. Hablé con su mamá ayer. Dice que cada día es peor.
Mimi sintió que le apretaban el corazón, acompañado de una pequeña pizca de celos.
Le dolía ver a Yamato Ishida en ese estado, pero cada vez que intentaba acercarse a él este se mostraba renuente, creando un escudo emocional al que nadie tenía acceso. Huía de ella, y no podía culparlo, siendo Hikari la única en tener contacto con sus padres por ser los mismos padres de Tk. Por temor a seguir viviendo esa clase de rechazo terminó por aceptar que era mejor darle su espacio, muy a pesar de que en el fondo de su corazón sabía que él necesitaba apoyo.
Decir que el día de la tragedia ella había estado ahí para él. Lo había acompañado en la ambulancia, y no se había separado ni un segundo hasta que llegaron al hospital. No se había ido hasta que él estuvo consciente. Y lo que Mimi esperaba como un reencuentro agradable, fue más bien como una despedida, cuando el Ishida le pidió fríamente que lo dejara en paz. Una y otra vez, cada vez que se acercaba a él, volvía a hacer lo mismo. Pero ya Mimi estaba cansada de estar lejos, no cuando era una testigo indirecta de como el rubio se autodestruía de esa manera con el pasar de los días. No podía seguir esperando, y el hecho de verlo allí, solo y atormentado, incentivó a la castaña en volver a intentarlo, sin importar de que vuelva a rechazarla.
—Voy a… —dijo entonces la castaña, mirando hacia el Ishida.
Hikari le sonrió, animándola.
Mimi caminó con paso dudoso hacia donde estaba el rubio. Miró su vestimenta, cuidando que alguna arruga o suciedad arruinara la impresión que quería causar. Al igual que todos vestía de color negro, un vestido oscuro hasta las rodillas con un cardigan gris. Se veía un poco mayor, pero creyó que era lo más apropiado. No obstante, en ese instante, pensó que hubiese sido mejor que vistiera el cardigan blanco que le había sugerido su madre, pues resaltaba el color de su piel.
Finalmente estaba a tres pasos de él, y una vez bajo la misma sombra del árbol se ubicó a su lado, respetando su silencio por unos segundos.
—Hola —saludó con un hilo de voz, sintiéndose fuera de lugar. Lo miró de reojo al no recibir respuesta, pues él seguía en silencio, mirando el suelo—. Yo...Creo que jamás podré experimentar el dolor y la culpa que estás sintiendo en este momento, pero sí puedo decirte que tu hermano sufriría mucho verte así.
Entonces el Ishida subió la mirada, ahora contemplando el monumento desde la distancia.
—Ese monumento que ves ahí significan 47 personas que no tienen lo que tú tienes, Matt: Una oportunidad— continuó Mimi, sintiendo como la voz se le quebraba con cada palabra. Siempre había sido una chica muy emocional, muy sensible, y más cuando hablaba con sinceridad—. Y aquí estás tú. Tú podías haber sido el número 48. Te vi morir y te revivieron en esa ambulancia. Estás vivo.
La castaña se mordió los labios cuando vio una lágrima correr por la mejilla del rubio. Nunca antes había sentido tantas ganas de abrazar a alguien.
—Por favor, perdónate de una vez por todas y empieza a vivir —con duda, acercó su mano a la suya, y la tomó fuertemente, tal y como hizo aquel día cuando pensó que iba a morir—. Aquí…Aquí estaré siempre que lo necesites.
Y entonces ocurrió un milagro.
Yamato apretó la mano de Mimi de vuelta, y un segundo después con su mano libre ocultó su rostro mientras lloraba. La piedra de aquella muralla se desmoronó para dejar a lugar un caudal de lágrimas y emociones que añoraban surgir. Ante tal escena la castaña no dudó en acercarse al rubio y abrazarlo con fuerza y cariño. Con la diferencia de tamaños, el Ishida se agachó para enterrar su rostro en el cuello de la chica, descargando, soltando, mojando su piel con lágrimas que llevaban mucho tiempo siendo reprimidas.
—Perdóname, TK —dijo entonces el rubio entre llantos, enterrando las uñas en el cardigan de la castaña como si la joven se tratara de su hermano—. Perdóname.
Mimi acarició su espalda mientras sentía como el joven hipeaba.
Solo el tiempo podría consolar un corazón tan abatido.
Taichi aguardó en la entrada del hospital impaciente, mirando a su alrededor por si los veía. Finalmente, luego de un par de minutos, los vio bajarse de un taxi. No fue difícil reconocerlos, pero fue inevitable la sorpresa al notar sus manos entrelazadas mientras caminaban. Ellos aún no lo habían visto, lo cual agradeció, pues necesitó de varios segundos para asimilar la sonrisa despreocupada de Mimi, dedicada a un chico que había visto un par de veces, y que de pronto se había vuelto el responsable de una sonrisa que él jamás había logrado en ella. Sin embargo, no sintió celos. Solo alivio por saber que ella también había encontrado a alguien que le trajera paz, tal y como él lo había hecho.
Pero no se entretuvo demasiado con aquel pensamiento, y mucho menos cuando Yamato Ishida notó su presencia. La mirada que intercambiaron fue una comunicación silenciosa que hizo que el rubio se detuviera, alarmando a Mimi.
—Despertó —fue lo único que pudo decir el Yagami.
Un segundo después el chico se soltó de la castaña y empezó a correr, pasando por un lado como si el mismo diablo lo persiguiera. Mimi trotó hasta el moreno, sin poder creer lo que había escuchado, y pronto los dos habían seguido al Ishida, sabiendo perfectamente hacia donde se dirigía.
En el piso cuatro, frente a la habitación 409, Yamato reconoció al resto de los chicos que desde un mes solían venir de vez en cuando. Pero no se detuvo para intercambiar palabra con ellos. No cuando su cabeza le daba vueltas y sentía hasta ganas de vomitar. Ingresó a la habitación sin dudarlo y luego notó a sus padres junto a la cama de la habitación. Su madre no paraba de llorar, y su padre tenía los ojos rojos por algunas lágrimas que ya se había limpiado, con una enorme sonrisa que creció al notar la presencia de su hijo mayor.
Su madre entonces se hizo a un lado, revelando a un joven de cabellos rubios acostado en la cama y quien miró a Yamato Ishida con una dulce sonrisa.
—Hola, hermano.
Lágrimas empezaron a correr por las mejillas del Ishida, solo que esta vez eran de alegría. Saltó hacia Tk, sentándose junto a él en la cama mientras enterraba su rostro en el pecho del chico mientras no paraba de llorar.
Luego de un mes en el cual los doctores habían sugerido desconectarlo, luego de un mes de ver a su hermano en coma sin grandes expectativas debido al daño causado por las balas, era un verdadero milagro verlo despierto y sonriendo, como quien no hubiese estado al borde de la muerte y sin esperanzas de regresar con ellos. Ya Yamato se había perdonado en el cementerio, cuando Mimi le había dicho aquellas importantes palabras. Incluso se despidió de la esperanza, con tal de poder seguir con su vida y no desaprovechar la oportunidad que no tenía Tk. No obstante, ahora que su hermano estaba despierto lo cambiaba todo. Ahí, con el rostro enterrado en el regazo de su hermano, dijo lo que ha deseado decirle desde lo ocurrido, sintiendo como la vida se le iba en ello.
—Perdóname, por favor...
Tk colocó su mano en sus cabellos rubios para calmarlo.
—¿Qué tengo que perdonar?
Pasaron minutos para el momento en que los padres de los chicos permitieron el acceso del resto, quienes aún aguardaban afuera expectantes. Tk no pudo creer lo que veía cuando notó a Hikari Yagami ingresar a la habitación, cuya sonrisa iluminó toda la estancia y el resto de su vida. También fue algo inolvidable ver a Jou Kido, quien se veía muchísimo mejor que él, ingresando con una muleta y con una expresión llena de cariño. Casi lloró al verlo con vida. Y luego le siguió Koushirou, la última persona que había visto antes de que caer en un profundo letargo. Se alegró enormemente al comprobar que también estaba con vida.
Tras él ingresaron otros chicos, de los cuales solo reconocía de caras y nombres, pero cuyas sonrisas fueron suficientes como para sentirse a gusto en su presencia.
—Somos amigos de Yamato —dijo entonces Sora, sonriendo con cariño a Tk y respondiendo su curiosidad. El Ishida miró a la pelirroja con sorpresa, sin esperarse aquello.
Ciertamente han coincidido un montón de ocasiones desde lo ocurrido, pero nunca como para llamarlos amigos. Sin embargo, se quedó mudo cuando sintió la mano de Mimi envolver la suya nuevamente. Vio como Taichi le sonreía, y como Koushirou y Jou hacían lo mismo. Hikari se había sentado del otro lado de la cama, tomando la mano del Takeru mientras le sonreía también.
Entendiendo entonces que, verlos a todos ellos aquí, apoyándolo a él y a su familia, era la clase de cosas que hacen los amigos.
Fin
Notas de la Autora:
Hello hello!
Ahora sí, este es el final. Pensaba dejarlo en el anterior, pero para aquellos corazones abatidos preferí que era mejor darles este epílogo, donde hay un final feliz. Anda, que yo tambien amo a Tk, ¿Cómo creen que voy a matarlo?
No sé si lo pillaron, pero he querido hacer como una mini referencia a los emblemas de cada chico. Algo leve, como para darle un toque.
Pero bueno, ¿Qué les pareció? Fue entretenido escribir Scare, y decir que lo había empezado en un lejano 2014, sino me equivoco.
Quiero decirles a todos que gracias por seguir esta corta historia y por sus increíbles comentarios. Por su lealtad, por su tiempo, por su apoyo. Ha sido un enorme placer entretenerlos con Scare.
Ahora sí, hasta la vista, babys. Nos vemos en Encrypted y próximamente en Stepmom's Recipe.
Ah, y en Instituto Hokkaido, que se me olvidó publicarlo en miércoles. Lo siento.
PD: De regalo de San Valentín publiqué un One-Shot only for you guys, espero que les guste! Otro más para Serie de Encuentros Afortunados :)
Atte.
Vai
