Capítulo 2: "Ya sea por accidente o por destino"
Me paré silenciosamente en el pasillo recordando la última vez que había estado buscando a Gabrielle aquí. Fue el primer día que llegó a mi palacio y tuve que ir a buscarla por mí misma. Sacudí la cabeza, las emociones que sentía ese día volviendo a mí mente.
Pensando que mi entonces esclava se había dejado cortejar por otro, la ira me robó la razón. Recuerdo que pensé que mataría a Gabrielle si la encontraba en los brazos de otro. Dioses, ha sido sólo una cuestión de lunas, pero se siente como si ese día hubiera pasado hace mucho. ¿Realmente el haberme enamorado ha hecho algo diferente de mí misma en tan poco tiempo? ¿Soy yo la persona que golpeaba, mataba y mutilaba por deporte? Xena la Conquistadora... ¿era esa la mujer que realmente soy?
Resultó que hoy encontré a Gabrielle sentada en el mismo lugar que cuando la encontré entonces, junto a una chimenea en la cocina de Delia. Parecía incluso más joven de lo que era, sentada en un taburete, con las manos quietas en el regazo. Su dorado pelo colgaba suelto sobre sus hombros y sus verdes ojos parecían trozos de ámbar fundido mientras reflejaban las llamas del fuego que tenía ante ella.
Sabía que estaba mal, escuchar a escondidas de esa manera. Bueno, parece que no me he convertido en la mujer perfecta de la noche a la mañana, porque no pude resistirme. Gabrielle y yo hablamos, pero la franqueza era algo en lo que ambas tendríamos que trabajar. Siempre fui cuidadosa de revelar demasiado y, en cambio Gabrielle, simplemente no sabía cómo hacerlo. Llevar la vida de un esclavo durante los últimos diez veranos hizo que la falta de habla se convirtiera en un hábito para mi joven amante. Mi excusa era un poco más complicada, bueno, quizás nada complicada. Era bastante simple después de todo. Estaba aterrorizada, esa es la única razón.
Recuerdo un día en que todo lo que temía era que alguien más fuerte que yo pudiera venir y tomar lo que era mío. Ahora, especialmente ahora que tengo a Gabrielle, le temo a mucho más. Mis terrores, si los nombrara a todos, serían mayores en número que las estrellas en el cielo nocturno. Por lo tanto, digo todo esto en un intento completamente patético de justificar mis próximas acciones. Me escabullí detrás de una pared de barriles llenos de aguamiel dedicándome a ver y escuchar todo lo que mi futura esposa y mi cocinera dijeron.
– ¿Estás segura de que no es una molestia, Delia? – preguntó Gabrielle.
– Por supuesto que no, niña. No hay nada que me guste más que planear una buena fiesta. – exclamó la mujer mayor con un guiño – Entonces, dime, ¿por qué tanto alboroto por este joven?
– Porque él es... – Gabrielle se detuvo abruptamente – Bueno, porque es un dignatario de la Nación Centauro.
Gabrielle bajó la cabeza rápidamente, tan rápido, de hecho, que no me extraño la pequeña sonrisa que tiraba de las esquinas de los labios de la mujer mayor. Me di cuenta de que Delia conocía a Gabrielle lo suficiente como para ver que ocultaba algo sobre la identidad del niño. Me pregunte, con una sonrisa, cuánto tiempo tardaría mi amante en admitir la verdad. Honestamente, no le guardo rencor a Gabrielle por darle esa información a Delia. Esta anciana sabía más de mí que mi capitán, Atrius. Además, Delia era más inteligente que la mayoría, no pensé que le llevará mucho tiempo darse cuenta. No albergaba temor por aquellos que me conocían como mujer y como persona, a que ellos llegaran a la conclusión de que Solan era en realidad mi hijo, aunque también debo decir que los que me conocían simplemente como la Conquistadora nunca imaginarían que un rumor así fuera era cierto.
– Admítelo, Gabrielle, es más que eso. ¿No lo es? – Delia pinchó.
Gabrielle miró a la cocinera, con la preocupación escrita en su cara – No puedo decirlo, Delia. Por favor, no me lo pidas de nuevo.
Ese comentario me sorprendió. Comencé a ver en ese momento que aunque parecía bastante honesta e inocente, Gabrielle era en verdad una mujer joven capaz de calmar su lengua cuando era necesario. Me invadió un sentimiento parecido al orgullo, pensando en un futuro con una pareja en la que pudiera confiar de verdad.
Delia miró a Gabrielle atentamente por un momento, estoy segura de que captó la expresión seria en los rasgos de su rostro y el tono de súplica en su voz.
– Muy bien, querida. Aunque es bastante guapo. Lo vi en el patio esta mañana. Alto, fuerte, ojos azules penetrantes... si no la conociera mejor podría estar tentada a decir que es...
¡Dioses, esa mujer es buena! Vi cómo Delia y Gabrielle levantaban la cabeza para mirarse la una la otra. Alguna suerte de comunicación tácita debe haber sido transmitida entre ellas, porque para cuando parpadeé, cada uno volteó la cabeza, perdida en sus propios pensamientos. Lo juro por el Hades, debe haber sido una de esas cosas de mujeres. Tal vez es el tipo de telepatía extraña que las mujeres parecen tener la capacidad de compartir, pero que siempre me ha faltado. Sospecho que es debido a que hay demasiado de guerrero en mí.
– Veo... que muy... intrigante – dijo Delia, obviamente atrapada por su propia falta de respuesta. Se quedó allí, pensativa y aparentemente perdida en sus pensamientos durante unos cuantos latidos antes de volver a su mesa de cortar – Encaja, debo decirlo. Parece algo que ella haría – terminó diciendo con un seguro asentimiento con la cabeza.
Gabrielle no dijo nada durante la meditación aparentemente privada de mi amiga. La joven rubia se volvió en su asiento hacia la mesa, la cual, por fortuna, estaba morando en mi dirección. Gabrielle tiró de un cuenco cerca de ella y distraídamente empezó a pelar guisantes
– Entonces, ¿qué piensas de este joven? – preguntó Delia.
– ¡Oh, Delia, es un mocoso egoísta y malcriado! – Gabrielle soltó.
Prácticamente tuve que poner una mano sobre mi boca para evitar que una explosiva risa repentina escapara de mis labios. Mi joven amante era extremadamente perspicaz y me alegró ver que su discernimiento de la gente no había disminuido en el tiempo que había estado conmigo. Delia se rió a carcajadas, cubriendo cualquier ruido que yo pudiera haber hecho.
– Bueno, entonces parece ser el hijo de su madre, ¿no?
– Pero ella cambió... – La cara de Gabrielle se volvió seria al instante.
Delia sonrió a la joven – La quieres mucho, ¿verdad, Gabrielle?
Si vivo hasta los mil años, creo que nunca olvidaré la expresión de su rostro en ese momento. La mirada total y completamente llena de amor y devoción que brilló de los ojos de Gabrielle hizo que mi corazón se estrechara con fuerza dentro de mi pecho.
– Sí, así es. Nunca pensé que sería posible sentirme así, que podría sentirme así por alguien, y mucho menos por la Conquistadora del Mundo Conocido.
– Estoy seguro de que Xena tiene la misma sensación de asombro que tú.
– ¿De verdad lo crees, Delia? – Gabrielle giró la cabeza rápidamente para mirar a la mujer mayor.
– ¿Tienes alguna duda? – Delia parecía bastante incrédula.
– Bueno... yo... no, pero...
– Por los sonidos que emanan de sus habitaciones a todas horas del día y de la noche, creo que no – Contestó Delia con ligereza.
Gabrielle bajó rápidamente la cabeza para mirar fijamente la mesa, con las mejillas rosadas. Como he hecho en otras ocasiones, goce viendo cómo se extendía el delicado color en sus mejillas. Siempre me sorprende que esa mujer que ha pasado la mitad de su vida complaciendo a hombres y mujeres con su cuerpo se ruborice por la mera mención de lo que hacemos en nuestra alcoba. Supongo que es simplemente uno de los muchos encantos que tiene.
– Pero... lo que hacemos... el placer físico... eso no es realmente todo a lo que se reduce el amor – tartamudeó Gabrielle.
– No, no lo es – Delia contestó – Pero no es la única razón por la que la amas, ¿verdad?
La sonrisa de Gabrielle regresó – No – agitó la cabeza – Es mucho más, apenas puedo entenderlo todo, y apenas puedo explicarlo.
– Sé de hecho que ella siente lo mismo.
– ¿Estás segura de eso? – preguntó Gabrielle de nuevo.
Sentí cierta tristeza por la respuesta de Gabrielle. A través de hechos o palabras, ¿había permitido que Gabrielle pensara que mi amor por ella era simplemente por el de un amante talentoso? ¿No se da cuenta todavía de lo que realmente significa para mí, de lo que significa nuestra relación? Todo esto era tan poco conocido para mí. Todavía no estaba segura de cómo revelar todo lo que sentía, aún temía el más mínimo rechazo. Necesitaba encontrar una manera de expresarle a Gabrielle, una manera de mostrarle todo lo que sentía por ella en mi corazón.
– Gabrielle, ¿nunca le has expresado estas preocupaciones a Xena? – preguntó Delia.
– No – respondió Gabrielle en voz baja – Ella pensaría que estoy siendo infantil, o demasiado insegura, o pensaría…
Delia interrumpió su verborrea inclinando la barbilla de la joven para verla directamente a los ojos – Ella pensaría que la amas lo suficiente como para querer asegurarse de que tengan una vida feliz juntas.
– Estoy actuando como una tonta, ¿no? – preguntó Gabrielle con una sonrisa avergonzada.
– Digamos que estás actuando como si estuvieras enamorada, creo que eso lo abarca todo. Ahora vete, si voy a organizar un banquete para mañana por la noche, necesito tiempo para prepararme. ¡Puede que seas la futura Reina, pero hoy eres simplemente una mujer joven en mi cocina! – Delia despidió con la mano a Gabrielle de la habitación.
Me quedé allí un rato más, con la espalda contra la pared, disfrutando de los últimos ecos persistentes de la risa de Gabrielle. La chica era un tesoro seguro y quería hacer todo lo posible para aliviar las dudas que aún tenía, estaría segura que la amare para siempre.
Era por la tarde cuando regresé a nuestras habitaciones privadas. Necesitaba pensar, y lo hago mejor desde la silla de montar de un caballo. Dejé que Tenorio se liberara un poco y el gran semental negro disfrutó de cada momento de su libertad. Estábamos atravesando el oleaje del golfo en un abrir y cerrar de ojos, no estaba segura de cuál de los dos había disfrutado más de eso. Ahora, cubierta como estaba de sal, sudor y barro, oliendo a establo, Gabrielle sólo tuvo que mirarme una vez para saber mi paradero.
– Me preguntaba dónde estabas – dijo mientras caminaba hacia mí.
Levantándose en puntillas me besó. Le puse un brazo alrededor de la cintura, presionando su cuerpo contra el mío y profundizando el beso – Mmmm – dije, finalmente alejándose por aire – Si hubiera sabido que este iba a ser mi recibimiento, me habría apresurado a llegar a casa mucho antes.
– Necesitas un baño, mi Conquistadora – contestó Gabrielle, arrugando su nariz mientras sonreía.
– Gracioso – dije, apartándola un poco de mi cuerpo. La parte delantera de su vestido estaba cubierta por el barro de mi propia ropa – Pero tú también lo necesitas
– Hmmm, eso funcionó muy bien para ti, ¿no? – Sus ojos verdes brillaban.
– Sí, pero ahora me pregunto quién lo planeó de esa forma. ¿Tú o yo?
– Esa, querida Conquistadora, es una pregunta que tendrás que responder por ti misma.
Gabrielle se separó por completo, pero no antes de besarme burlonamente. Se dirigió a la cámara de baño, llegando rápidamente a un estado de desnudez mientras la veía desaparecer en la otra habitación. Me reí y comencé a quitarme rápidamente mis propias prendas de vestir. Tenía la sensación de que con esta mujer alrededor, esa era una pregunta que nunca iba a ser capaz de responder.
Después de un baño caliente, que consistía en lavarse tanto como salpicarse a partes iguales, y una comida caliente, Gabrielle y yo estábamos muy contentas de poder descansar el resto de la noche. Vestidas sólo con nuestras túnicas, nos manteníamos calientes estiradas sobre un montón de pieles blandas colocadas delante de la chimenea. El fuego, una pequeña cantidad de vino y el cuerpo de Gabrielle fueron suficientes para llevarme a un estado de relajación muy cerca del ensueño.
Me acosté con mi cabeza en el regazo de Gabrielle, sus dedos masajeando lentamente la parte posterior de mi cuello, deslizándose a través de mi cabello oscuro, las yemas de sus dedos moviéndose para descansar suavemente a lo largo de mi sien. Ella repitió el procedimiento hasta que sentí como mi cuerpo, así como mi mente, estuviesen flotando en una nube de placer. Mi mente nunca dejó de funcionar durante este tiempo y el fácil estado en que se encontraba mi cuerpo me animó a hablar con Gabrielle. Su conversación anterior, escuchada por casualidad con Delia, todavía estaba en mi mente. No debo haber sido la única con pensamientos tan obscuros rondando en la cabeza, porque escuché la voz de Gabrielle al unísono con la mía.
– ¿Gabrielle?
– ¿Xena?
Ambas nos reímos y, por supuesto, insistimos en que la otra empezara.
– Por favor, tú primero – logré persuadirla.
– Yo... yo sólo... ¿quieres háblarme de Solan? – Gabrielle tartamudeó la pregunta.
Su manera de hablar vacilante me hizo preguntarme si esa era realmente la pregunta que se estaba proponiendo hacer. Sin embargo, se lo había prometido, así que seguí recostada en sus brazos, un lugar en el cual me sentía muy segura por cierto, y comencé a contarle esa parte de mi vida.
Le hablé a Gabrielle de Xena, la Señora de la Guerra, y de mi búsqueda de poder. Sé que leyó la mayoría de los pergaminos de mi oficina, pero también sabía que los escritos sobre mi vida no hablaban de mí, sólo de mis acciones. Tampoco describieron lo que sentí en ese momento ni mis motivaciones por todo lo que ocurrió. De hecho, Gabrielle iba a ser la primera persona en enterarse de lo que hacía a un Conquistador. No desde afuera, escribiendo cada uno de mis movimientos, sino escribiendo las palabras que mejor describían todo lo que yo pensaba y sentía en aquellos primeros años.
Le dije que mi búsqueda de poder me llevó hacia una bruja llamada Alti y cómo me usaba para su propio beneficio, pero que veía en sus visiones mi destino. Fue Alti quien predijo que yo me convertiría en la Destructora de las Naciones y por un precio, ella prometió que podría hacer realidad ese futuro. Cuando le dije a Gabrielle que Alti tenía un solo precio, estoy segura de que mi joven amante nunca esperó que le dijera: "sangre". Tanta sangre, y de tantos.
Le expliqué que todavía tenía conciencia en ese entonces. Oh, todavía hacía lo que la bruja me pedía, incluso exigía, pero por la noche, empecé a tener pesadillas. Las Amazonas... especialmente con las Amazonas, pero eso no le conté a Gabrielle sobre ellas. Hasta el día de hoy, no podía soportar decir esas palabras en voz alta. Destruí, y maté, y tomé... todo. A cualquiera o a cualquier cosa que se interpusiera entre mi destino manifiesto y yo, la aplasté bajo mis pies.
Hablé de la batalla en Corinto entre los ejércitos bajo mi mando y los centauros. Necesitaba poseer la piedra Ixión, un icono atesorado, para completar la profecía de Alti. Le expliqué sobre Borías y cómo me encontré embarazada de Solan. Fue en este punto de mi historia que pude sentir que mi corazón se hacía más pesado. A menudo me preguntaba qué habría pasado ese día si hubiera abandonado mi búsqueda un día antes, cómo habría sido mi vida si Borías hubiera vivido. No debía ser así y la especulación no tenía sentido.
Percibí que el cuerpo de Gabrielle se ponía tenso esa parte de mi historia. Cerré los ojos y esperé. ¿Cómo me sentiría si Gabrielle me contara la historia de su vida con otro amante? Respiré profundamente y sentí una amarga sensación de celos correr a través de mí, como quizá ella debe estar experimentando ahora. Sin embargo ella tenía derecho a preguntar y yo esperé para darle esa oportunidad.
– ¿Estabas enamorada de él? – preguntó Gabrielle.
Le expliqué pacientemente que nunca amé a Borías y que, tras una inspección más detallada y una pequeña retrospectiva, sus sentimientos hacia mí eran igual de erróneos. ¿Qué clase de hombre podría haberme amado entonces? Era una asesina despiadada y estaba maldita. Si Borías realmente amaba algo de esa mujer, no estaba viendo mi verdadero yo. Ella estaba allí, pero tardaría muchas más temporadas para emerger.
Continué mi historia, contando mis tratos con los centauros, lo que sabía en ese momento sobre la muerte de Borías y, finalmente, de Solan.
– Recuerdo la forma en la que entré en ese claro como si hubiera ocurrido esta mañana, con Kaleipus ahí parado, listo para matarme a la menor provocación. Recuerdo que en el fondo de mi mente pensaba; ¿me matará y si lo hace, matará a mi hijo también? Todavía tenía sangraba y tenía muchos calambres a pesar de la flor de santra que me dio Satrina, así que estaba un poco tambaleante de pie, además acababa de terminar de dar de comer a Solan y mis pechos estaban doloridos por el roce de la túnica sobre mi pecho.
De repente me di cuenta de que me salían lágrimas de los ojos mientras mantenía la cabeza en el regazo de Gabrielle. Sus manos secaron las lágrimas y cepillaron el pelo que cayó sobre mi cara. El toque tierno y relajante de mi amante simplemente hizo que las lágrimas llegaran con más fuerza. Me atraganté con las palabras cuando terminé de contarle lo que pasó en ese claro.
– ¡Detente ahí, Xena!
– Recibiste mi mensaje. Sólo quiero hablar contigo.
– ¿Cómo lo hiciste la última vez, cuando intentaste matarme? No importa; no conseguirás la Piedra Ixión. Borías, el amigo de los centauros, nos lo ha contado todo. Encontramos su cuerpo en su campamento, pero su leyenda vivirá para siempre con nuestra gente.
– Llévate a este niño. Es mi hijo... el hijo de Borías. Si se queda conmigo, se convertirá en un objetivo para todos aquellos que me odian... aprenderá cosas que un niño no debería saber. Se convertirá en alguien como... yo. Por favor...
– El hijo de Borías será criado como mi propio hijo...
– No había llorado en temporadas... no desde que era una niña, pero lloré cuando me alejé de ese claro. Lloré por algo que habría arruinado o hubiese muerto en un santiamén. Me pareció tan inquietante. Lo más extraño fue que, cuando me fui, pude sentir la sensación de tirón en mi pecho, como si todavía estuviera amamantando. Supongo que crees que es una estupidez decir eso – Me ahogué por completo con esas últimas palabras y sentí que Gabrielle me apretaba más fuerte. Fue entonces cuando mi cuerpo decidió rebelarse y empecé a llorar en serio, incapaz de detener los sollozos que convulsionaban mi cuerpo.
Me sentí como si hubiera llorado durante días, cuando en realidad tal vez pasaron dos marcas de vela. Me sentí vacía en cierto modo, pero sorprendentemente mejor. Esta fue quizás la pregunta más ridícula que le haría a Gabrielle, pero tuve que arriesgarme a parecer una tonta al preguntarle por qué. Ella me besó y me abrazó más fuerte y yo me hundí en su abrazo fuerte y cálido.
– Xena, llevas eso dentro de ti, sin decírselo a nadie, al menos no de la forma en que me lo acabas de decir, desde hace más de veinte temporadas. Decir las palabras en voz alta es una forma de dejarlas ir, llorar por nuestro pasado es una forma de liberarlo".
Me volví en sus brazos y miré hacia los ojos verdes, el mismo color del bosque. Gabrielle me besó en la frente y me quitó el pelo mojado por el sudor de la cara.
– La gente piensa que es mucho más fácil quedarse callado sobre las cosas, que están siendo fuertes en su silencio. No se dan cuenta de que se necesita mucha más fuerza para dejar ir su dolor que para aferrarse a él. Has albergado ese dolor dentro de ti tanto tiempo que casi parecía normal, o natural, vivir con él. Ahora que el dolor es libre, tu corazón está recordando lo que se siente al estar sin él. Es recordar que se siente mucho mejor.
Alcancé a acariciar su mejilla con la punta de mis dedos – ¿Cómo te volviste tan sabia, tan cariñosa después de todo lo que has pasado?
Me ofreció una sonrisa agridulce a través de sus lágrimas – Atenea nunca me dio más de lo que podía soportar en un momento dado. Ella rociaba las estaciones con gente que realmente se preocupaba por mí, gente que me ofrecía amistad. ¿Por qué lloras de nuevo, amor? – preguntó Gabrielle mientras un renovado torrente de lágrimas se derramaba sobre mis mejillas.
– Has tenido tan poco en tu vida...
– Pero tengo tanto en este momento – me sonrió, cosa que admito, me hizo sonreír a cambio.
– ¿Y tú, Gabrielle? Todo esto – dije con los ojos abiertos por toda la habitación – ¿es esto lo que quieres, soy yo lo que quieres?
– Oh, Xena – Gabrielle tomó mi cara con ambas manos y me besó profundamente – No eres sólo lo que quiero, eres lo que siempre he soñado.
Tomó mis manos en las suyas y las apretó con fuerza – ¿Soy yo a quien quieres, Xena... a quien quieres amar de verdad para siempre? Sé que has amado tantas veces antes que yo...
Sin levantar la vista, tomé una de las pequeñas manos de Gabrielle y me la llevé a los labios. Le besé suavemente la palma de la mano y puse sus dedos contra mi mejilla. Sentí tanta adrenalina corriendo por mis venas como si me estuviera preparando para la batalla. Tragué y respiré profundamente – Eres todo lo que siempre he querido. Nunca supe cómo amar a nadie antes de que entraras en mi vida, Gabrielle.
– Estás muy callada ahora. ¿Estás segura de que te sientes mejor? – preguntó Gabrielle.
¿Cómo podía decirle que me sentía un tonta? ¿Pensaría menos de mí por mostrar al ser humano y no el Conquistador? Tenía que empezar a mejorar en esto; simplemente tenía que hacerlo. Tome valor mentalmente los dientes y me metí de lleno a ello.
– Me siento como una tonta – admití por fin.
Gabrielle parecía genuinamente sorprendida – ¿Te sientes tonta por revelarme tus sentimientos?"
– Bueno... yo... me hace sentir débil – murmuré inaudiblemente.
– ¿Qué?
– Débil – respondí en voz alta – Me hace sentir...débil.
– Xena – dijo Gabrielle moviéndose para sentarse erguida – Eres la mujer más fuerte que el mundo ha conocido.
– Sí, pero no todos me ven como lo haces tú. No dejo que me vean... vulnerable.
– Pero tú me dejaste verte de esa manera. Desde la primera vez.
– Lo sé, y todavía no sé por qué. Excepto que sentí desde el principio que nunca lo usarías en mi contra, que nunca me harías daño. Otros... la gente usará lo que sabe de ti, Gabrielle. Usarán tus palabras o tus secretos para herirte o destruirte. Supongo que por eso el secreto es una parte tan natural en mí.
Gabrielle se inclinó de nuevo mientras yo me sentaba a su lado y me besaba la mejilla – Ya no tienes que guardar secretos, Xena. Te prometo que nunca dejaré que nadie te haga daño.
Parecía tan sincera, incluso dedicada a su meta que no pude evitar sonreír. Esas pocas palabras dichas y de repente mi preocupación y el dolor en mi corazón se esfumaron. Esta pequeña niña iba a proteger a la Conquistadora del mundo conocido. Me divirtió, pero me conmovió profundamente.
– Me protegerás, ¿eh? – Le sonreí.
Me miró con expresión tímida, dándose cuenta ahora de cómo sonaba su declaración. Sin embargo, no le restó valor a su intención, especialmente a mi corazón.
– Recordaré estar detrás de ti la próxima vez, pequeña – Sonreí.
– Podría protegerte si me enseñaras a usar un arma – dijo ella a continuación
– ¿Si yo qué? – Dije un poco más fuerte.
– Bueno, sólo pensé que...
– ¿Y en qué clase de arma estás pensando, eso si realmente estuviera inclinada a instruirte? – interrumpí.
De repente se me ocurrió que Gabrielle estaba cambiando de tantas maneras al igual que yo siendo una mujer fuerte, no tenía ningún deseo de que mi futura pareja fuera el tipo de persona que estaba indefensa ante el peligro. No sé por qué este pensamiento me impactó de la forma en que lo hizo, pero ahí estaba.
– Yo... no lo sé. Xena, ¿qué tipo de armas hay? – preguntó Gabrielle en serio.
Me reí largo y fuerte, abrazando a la pequeña mujer – No me estoy riendo de ti, pequeña. Me estoy riendo de mí misma. Tú me recuerdas lo que me he tomado en serio durante un largo tiempo. En verdad creo – me incliné, mordiendo juguetonamente su cuello, – que ciertamente he encontrado mi pareja perfecta en ti, Gabrielle.
Ella se rió y devolvió mis besos juguetones hasta que ya no pude mantener mis manos lejos de su cuerpo. La tomé en mis brazos y me dirigí hacia el dormitorio.
– Espera, Xena. ¿Qué hay de Solan?
– Que se consiga su propia chica – murmuré contra la suave piel de su pecho.
– Oh, Xena, eso se siente... quiero decir, ¿no deberías asegurarte de que esté cómodo o bien instalado?
Me detuve repentinamente, cerrando la pesada puerta de madera de nuestra alcoba con mi pie – Gabrielle, ¿crees que un joven de la edad de Solan, que visita Corinto por primera vez, está listo para acostarse a estas horas?
– Oh – respondió Gabrielle.
– Además, le dije a Atrius que lo vigilara. Ahora, mi amor... ¿dónde estaba?
Compartir sus respuestas verbales al placer puede haber sido algo nuevo para Gabrielle, pero su conocimiento de lo físico estaba más allá de lo que la mayoría de los amantes podían esperar. Su sabiduría de todas las cosas sensuales, combinada con mis pasiones por ella, le dio la habilidad de llevar mi cuerpo a la cima del éxtasis rápidamente. Durante mucho tiempo, me pregunté si Gabrielle sabía de su poder sobre mí en esta área de nuestras vidas. Ahora, tengo que sonreírle a mi arrogancia. Dioses, claro que lo sabe. Es lo que ella hacía, para lo que fue entrenada, y es tan buena como guerrera lo soy yo, así de talentosa es mi Gabrielle.
¿Ella sabe de su poder? Viéndola ahora mientras empuja mi espalda contra la cama y se aleja de mí, ordenándome que la vigile, tiene que saber que ella es muy consciente. La joven que se sonroja en público ante la más mínima mención del placer físico que compartimos en nuestros momentos privados, toma el mando como si estuviera en un escenario. Ella se hace más segura de su capacidad cuando estamos solas y esta actriz, que hace el papel de seductora, me hipnotiza.
Ella desliza la bata de mi cuerpo, luego regresa a una esquina de la gran cama y se encoge de hombros para quitarse su propia bata. Se instala allí en un montón de almohadas y me pregunto si las habrá puesto antes, planeando esta noche así para las das. Me muevo para tocarla, pero me ha quedado claro que no vamos a jugar a mi manera esta vez.
– No tocar, mi amor, sólo mirar...
– ¿Estoy siendo castigada entonces? – Ronroneé. Extendí mi cuerpo largo, recargada sobre un codo doblado, apoyando la cabeza en la palma de mi mano.
– Creo que lo disfrutarías demasiado – dijo Gabrielle en voz baja – Quizá lo guardemos para otro momento.
Me tragué con fuerza su audaz respuesta, sin dudar de ella por un momento.
– Pasaste toda la tarde lejos de mí, Conquistadora – me regañó suavemente.
Sonreí, no por su amonestación, sino por su uso de mi título. Gabrielle tiende a usar ese término como una especie de apelativo cariñoso cuando estamos solas y por ahora, está de un humor particularmente juguetón.
– Pareces muy contento contigo mismo. Tal vez disfrutas más de la compañía de tu caballo que de la mía.
– Bueno, es una montura muy talentosa – Esta vez los dos sonreímos y me alegró ver que ella captó mi doble sentido.
Los ojos de Gabrielle se volvieron de un verde intenso y noté que mantenía las piernas apretadas, cuidadosa de no revelar demasiado a mis ojos errantes. Se colocó de tal manera que se reclinó contra los cojines que tenía detrás, inclinándose ligeramente hacia un lado. Ella reflejó mi pose, descansando su cabeza en su mano. Deslizó su otra mano hacia arriba a lo largo de su pierna, llevándola a descansar sobre su estómago. Su pulgar continuó cepillando la piel allí en un movimiento de ida y vuelta, sus dedos tocando suavemente a lo largo de la línea del fino vello de su montículo.
Observé con una sonrisa divertida cómo mi joven amante trataba de seducirme con caricias cuidadosamente colocadas en su propio cuerpo. Admito que el calor dentro de mi cuerpo se estaba elevando a un nivel bastante alto al ver a Gabrielle burlarse de mí, pero nunca he sido esclava de mis deseos y nunca estuve cerca de perder mi control habitual.
Sin querer admitir la derrota y conociendo mi libido mejor que yo, Gabrielle continuó con las acciones de su mano, sin apartar nunca sus ojos de los míos. No tenía ni idea de lo cerca que estaba de la derrota, pero debería haberlo sospechado por la mirada traviesa que brillaba entre los ojos verdes frente a mí.
Gabrielle se llevó el dedo índice a la boca y se puso el extremo a lo largo del labio inferior. Vi como la punta desaparecía dentro de su boca, para reaparecer un momento después, brillando húmedo. Renuncié al contacto con sus ojos para seguir a ese dedo mientras bajaba lentamente por su pecho para rodear un pezón rosado pálido, la carne temblando bajo su tacto. Admito que mi aliento se aceleró mientras enfocaba toda la atención de su dedo, dibujando círculos perezosos alrededor del nudo de carne cada vez más duro. Al poner en movimiento su pulgar, comenzó a acariciar la punta que se alargaba. Girando el pezón entre el pulgar y el índice, Gabriele agarró firmemente la punta dura, tirando hacia afuera al mismo tiempo. Ella inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás y gimió.
Dioses, lo que ella me está haciendo, y todo sin tocarme. Gabrielle se había entrenado durante la mitad de su vida para no sentir placer por las acciones que realizaba con sus amos ilegales ni hacer ruido durante su tarea. Por lo tanto, escuchar a mi joven amante fue un placer exquisito, del cual nunca me cansaría. Si yo creía que tendría el control por mucho más tiempo, pronto me convertiría en una idiota. Gabrielle continuó la exploración sensual de sus senos, moviéndose de uno a otro, su lengua ocasionalmente extendiéndose para deslizarse a lo largo de su labio superior, sabiendo que mis ojos estaban fijos en ella. Sus pequeños gemidos y lloriqueos me hicieron retorcerme incómodamente, tratando de encontrar una posición en la que pudiera ocultar la obvia excitación que cubría la parte interior de mis muslos.
– Xena – no sabes lo emocionada que me pone... que me veas tocarme.
Sólo pude mirar mientras su mano se movía más abajo, sus dedos girando entre los rizos dorados entre sus piernas. Me quedé en silencio, mi atención se fijó completamente en su mano.
– A ti también te gusta, ¿verdad, Xena?
Intenté hablar, asentir con la cabeza, responder con una señal inteligible de alguna forma que ella pudiera tomar como estímulo para continuar. Dioses, juro que abrí la boca para hablar, pero no salió ningún sonido.
Esa fue mi perdición.
Gabrielle sonrió entonces y reconocí la expresión porque había usado esa sonrisa salvaje en más de una ocasión. Esa sonrisa vino de la creencia de que sin importar las acciones que uno tomara a continuación, perder no era una posibilidad. Ahora, estoy aquí acostada; mientras mi más talentosa amante me sonríe, planeando Dios sabe qué, como términos para mi rendición.
– Me gusta pensar en ti cuando me toco así, – dibujó. – ¿Sabes lo que imagino que me estás haciendo?
Vi sus dedos moverse más entre las piernas que aún no se había separado.
– ¿Xena? – Gabrielle hablaba más alto, acercando mis ojos a los de ella al fin – ¿Sabes lo que pienso cuando me estoy burlando así?
Mi condición de mutismo persistió. Al encontrarme incapaz de expresar verbalmente mi respuesta, simplemente agité la cabeza de un lado a otro.
Volvió a sonreír.
– Pienso en ti y en tu increíble lengua. Siempre pienso en la última vez que me lo hiciste, cómo se sintió tu lengua en mi piel, burlándote de mi clítoris... enterrada profundamente dentro de mí. Me mojo tanto cuando me miras. Tú también, ¿verdad, Xena? ¿Estás mojada por mí, Xena?
Gemía bastante fuerte y asentí con la cabeza. Sí, mi respiración se hizo bastante audible en ese momento, y es cierto que mi pecho estaba subiendo y bajando mucho más rápido que antes, pero en defensa de mi falta de control, Gabrielle también estaba empezando a inhalar y exhalar un poco más rápido por sí misma.
– Déjame ver, Xena...déjame ver lo mojada que estás por mí – ordenó ella.
Creo que oí otra serie de pequeños gemidos, avergonzada por el hecho de que los sonidos venían de mí. Recibir órdenes de mi pequeña amante, fue extrañamente fascinante y un tanto humillante, pero sobre todo fue extremadamente emocionante. No pude hacer nada más que cumplir sus deseos y separe las piernas, abriéndome a su mirada hambrienta. Sabía lo que ella vería allí, podía sentir la humedad a medida que fluía de mi excitado sexo, sentirla avanzando por los rizos oscuros y deslizando a mis muslos. Gabrielle también lo vio y mi única satisfacción fue su aguda respiración.
Gabrielle imito mis acciones. Se giró un poco hasta que su espalda quedó plana contra los cojines, liberando ambas manos. Presionó las palmas de ambas manos sobre sus pechos, amasándolos firmemente, presionando los montones de carne juntos. Las manos corrían a lo largo de su cuerpo, uniéndose en el ápice de sus muslos. Usando sus manos, finalmente separó sus propios muslos, permitiendo que sus palmas mantuvieran suavemente sus piernas abiertas a mi apasionado escrutinio.
– Esto es lo que me haces, Xena.
Dioses, lo que su voz puede hacerme sentir. Me siento como si estuviera dando vueltas, fuera de control, mareada por el sonido, la vista, el olor de ella. Observé como deslizaba los dedos de ambas manos en esa abundante humedad, y gemí con empatía ante el placer que experimentaba cuando los dedos de una mano rozaban su hinchado clítoris. Sus caderas se inclinaron involuntariamente hacia adelante y de repente tuve que mirar hacia abajo a mi propia mano, acariciando la carne entre mis piernas sin ser completamente consciente de ello. No fue un esfuerzo consciente para liberarme, más bien un lento acariciar la carne, sólo lo suficiente para burlarme de mi propio cuerpo.
Gabrielle me pidió que mirara, mientras se abría con una mano, separando aún más las piernas. Ella se abrió a mí y yo miré absorta y fascinada. Me recordaba a una delicada flor, extendiendo sus pétalos abiertos al sol de la mañana, los bordes sus pétalos mojados por el rocío de la mañana. Más suaves gemidos emanaron de ambas mientras mi mirada se posaba en los dedos de Gabrielle. Se mantuvo abierta para que yo pudiera ver todo lo que estaba haciendo. Ella se expresó verbalmente para que yo pudiera escuchar todo lo que estaba sintiendo. Parte de mi excitación, mi satisfacción, vino del hecho de que ahora puede permitirse dejar ir los sonidos que durante tanto tiempo ha estado controlando tan cuidadosamente. La otra parte de mi placer se debe a que sabe que ella siente esto por mí... por mí. Esa conciencia me lleva a lo más alto.
Sus dedos continuaron extendiendo su humedad hacia arriba y sobre la carne rápidamente hinchada en la parte superior de su hendidura, cepillando sus dedos a través de ella más rápidamente ahora. Ella continuó la acción, obviamente sin querer renunciar al placer. Usó la mano con la que se abrió y presionó dos dedos hacia adentro, deteniéndose un momento para inclinar la cabeza hacia atrás. Un bajo sonido de satisfacción gutural se le escapó de los labios y me olvidé por completo de tocarme. Estaba usando ambas manos para apretar puñados de mantas, que se inflamaron más allá de mis expectativas más salvajes con sólo mirarla y escucharla. Podía sentir mis caderas girando contra el tacto que ya no está allí. Las acciones de Gabrielle me hacen sentir la sensación fantasma mientras mi amante se complace.
Mis brazos tiemblan de la emoción aunque no estoy segura. ¿Es porque me estoy esforzando por no limitarme a acercarme a esa mujer? ¿Estoy trabajando hacia mi propia liberación o me estoy absteniendo de hacerlo? Sea lo que sea, aguanto otro latido hasta que escucho la voz sin aliento de Gabrielle llamándome.
– ¡Oh, Dioses...por favor, Xena... ahora!
Ni siquiera recuerdo haberme movido, pero de repente estoy acostado encima de ella y ella está arrancando los dedos de su cuerpo.
– No – le suplico – Quédate adentro.
Me miró y sus ojos estaban casi negros por la dilatación de sus pupilas.
– Yo... Xena, no quiero mi liberación para ti... la quiero debida a ti – jadeó.
Mis dedos encontraron su camino hacia sus rizos dorados y tiró de su cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta a mis labios. Le besé y chupé la carne allí, mi mano resbalando fácilmente dentro de sus pliegues empapados mientras ella sacaba la suya, dejando que la mía ocupara su lugar. Ella gritó por la sensación y yo sabía que era placer, no dolor lo que estaba experimentando. Gemí en voz alta mientras me frotaba a lo largo de su muslo, con las caderas en su sitio, concentrada en una sola tarea.
Empecé despacio, con los dedos hacia adentro y hacia afuera a un ritmo constante mientras usaba la boca en cada parte del cuerpo de Gabrielle que podía alcanzar. Mis dientes y lengua jugaron con sus pezones hasta que me levanté para tomar su boca en un beso profundo, justo cuando su cuerpo se arqueó en el mío. Sus músculos se contrajeron y luego revolotearon alrededor de mis dedos enterrados dentro de ella. Me tragué sus gritos de liberación, dejándome llevar, sin creer que un orgasmo tan intenso no me dañaría permanentemente de alguna manera.
Nos abrazamos una a la otra, ambas necesitando tiempo extra para recuperarnos de la placentera experiencia. Algún tiempo después, antes de que el sueño se apoderara de cualquiera de nosotras, le besé la cabeza y le susurré.
– Si eso es lo que consideras un castigo, entonces no puedo esperar a ver lo que das como recompensa.
Gabrielle se rió de mi humor y se acurrucó cerca de mí. – Gracias – murmuró justo antes de quedarse dormida.
Me reí en voz alta, pero mi futura Reina ya estaba dormida e ignorante de mí desde su lugar en el reino de Morfeo.
¿Ella, me está dando las gracias?
Atenea, sé que desde que conocí a Gabrielle he orado por la longevidad... Me gustaría enmendar esa oración anterior y añadirle fuerza. ¡Porque seguramente hare viuda a mi joven Reina, mientras estoy en la agonía de la pasión, aquí en nuestra propia cama!
