Bueno, bueno, aquí iniciando el desafío "Mes NaruHina - Febrero 2020" que se inició en el grupo "Somos NaruHina". Son 29 días con 29 pequeñas historias (cuyos temas ya fueron seleccionados, yo solo los voy siguiendo). Soy muy inexperta en esto, es la primera vez que participo en algo así, y tengo una tendencia a abandonar historias, pero voy a intentar cumplir con el reto.
Por supuesto, cualquier comentario, crítica o corrección es bienvenida. Así que, sin más que añadir, gracias por leer :)
Día 1: Yakuza (Mafia japonesa)
"El hijo del Jefe"
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El goteo de la sangre sobre las inmaculadas sábanas fue lo que llamó su atención.
Pese a estar acostumbrado al familiar olor metálico, de todas formas se sintió impresionado por las pequeñas gotas carmesí que habían caído sin cuidado sobre el lienzo blanco. Había algo extraño en tener que lidiar con sangre precisamente fuera de los límites de su hogar o, quizás, era que, tal y como insistía la testaruda voz de su mente, se sentía incorrecto por estar sangrando precisamente sobre las sábanas blancas.
Bueno, ni siquiera debería estar sangrando en primer lugar.
Reprimió el quejido que amenazó con escapar de sus labios al estirarse por una de las toallas cercanas. Incluso aunque significaba mancharlas también, le parecía mejor que ensuciar las pulcras sábanas que no tenían nada que ver en el asunto.
Soltando por un instante las presión ejercida sobre la herida -mucha más sangre cayó alrededor- alcanzó una de las toallas limpias y envolvió su mano lastimada en ella.
Y esperó.
Rodeado del denso aroma a desinfectante que se colaba por su nariz, se preguntó si para entonces ya habrían llamado a su padre o si la directora todavía estaría extendiendo el tiempo antes de tener que tomar el teléfono para marcar el tan temido número.
A Naruto Namikaze no le sorprendía en lo absoluto, después de todo, tener que lidiar con su padre no era una tarea fácil.
Cuando se trataba de la yakuza, el respeto y el temor eran dos sentimientos que tendían a ir de la mano.
Casi podía imaginar a su padre en ese mismo momento, entrenando en el jardín junto al resto de la familia, a punto de recibir una llamada de la preparatoria a la que asistía su único hijo para comunicarle los motivos por los cuales se encontraba en la enfermería. Se preguntó si su padre podría imaginar lo sucedido o si no le importaría en lo absoluto. Quizás, ya en casa, se limitara a regañarle por bajar de esa manera su guardia y permitirse ser herido.
No le agradó la idea, principalmente porque no le agradaba tener que enfrentarse al semblante rígido en el rostro del hombre mayor.
Desde que su madre hubiera muerto, tantos años atrás, el joven no recordaba haber visto a su padre sonreír. En escasas ocasiones, como cuando los negocios resultaban justo como él quería, conseguía vislumbrar apenas una ligera sombra de una sonrisa o del brillo divertido en sus ojos que le recordaba a los tiempos de antaño, pero nada más.
Él se había acostumbrado, por supuesto. Había crecido bajo esa expresión de seriedad propia del hombre que ostentaba el título del Jefe de la familia Namikaze.
Y él, nadie más que el hijo del Jefe, cuyo deber casi intrínseco era seguir los pasos de su padre y jamás avergonzarlo, había heredado cada rasgo suyo. O, más bien, se había forzado a ello, porque no había nada más peligroso que verse expuesto y débil ante el resto. En su medio, podría incluso significar la muerte.
Naruto lo sabía bien. Lo había aprendido desde que era solo un niño. Así como había aprendido a pelear, a identificar el peligro e incluso a usar una katana.
Y, con todo eso, aún se preguntaba cómo había cometido tamaño desliz que lo había dejado herido y vulnerable en la enfermería de su preparatoria. ¿Qué era lo que le diría a su padre cuando este le pidiera una explicación? ¿Qué no había visto el panel de vidrio apoyado cuándo intentó golpear la pared con su puño?
Si al menos no hubiese sucedido con media escuela observándolo, quizás no se sentiría tan humillado.
Arrojó un largo suspiro. Se permitió aquel simple acto de descarga que en otros lugares tenía prohibido realizar. Balanceo sus pies, que colgaban por el borde de la cama, preguntándose un tanto impaciente en dónde estaría la enfermera y cuánto más tardaría en llegar.
Justo en el segundo en que pensaba levantarse para buscar el botiquín por sí mismo, la puerta de la enfermería se abrió y una chica la atravesó.
Llevando tan solo su uniforme, hizo el mismo gesto de temor que todo el mundo le dirigía al ser conscientes de su presencia en una habitación. Bajó su vista, como la mayoría tendía a hacer, y tras un par de segundos de indecisión anunció que entraría. En silencio avanzó hasta el otro extremo, como si pretendiera colocar la mayor distancia posible entre ambos.
- Hey -Naruto la llamó. Su voz le produjo un evidente sobre salto, y el joven se preguntó en silencio si ella lo habría visto estrellar su mano contra el panel de vidrio o si habría escuchado algún rumor al respecto.
- ¿Sí? -mirando al suelo aún, ella giró en su dirección. La cabeza inclinada, como si se tratara de un gesto que estuviese acostumbrada a realizar.
- Tráeme las cosas que hay ese armario -ordenó. La joven le miró desconcertada, y él alzó su mano herida envuelta en la toalla para eliminar cualquier pregunta desagradable-. Vamos, ¿qué esperas? No tengo todo el día… -gruñó, exasperado con su lentitud. Le produjo otro sobresalto, pero se sintió conforme al verla colocarse en movimiento.
De todas maneras, notó la tensión con la que ella se movía por la enfermería, mientras recolectaba las cosas que él le ordenaba.
El joven recordó que, en su escuela, le era poco frecuente interactuar con alguien que no fuera un maestro. Sus compañeros, demasiado temerosos de su apellido como para intentar entablar una relación con él, tendían a evadirlo si era posible. Si le hablaba, siempre era de manera educada y a una distancia que cualquiera consideraría segura.
Él no los culpaba. Incluso si a veces le parecía que exageraban, se obligaba a recordar que él no era cualquier chico. Era un Namikaze.
- A-Aquí está todo -su voz lo hizo salir de sus pensamientos. Justo frente a él, la joven había vuelto con una bandeja de metal, pinzas, alcohol, desinfectante y suficiente gasa para envolverle el brazo. Lo depositó sobre la pequeña mesa de noche e hizo el intento de retirarse.
- Necesitaré ayuda -Naruto la detuvo. Conteniendo el gesto de dolor que le produjo volver a mover su mano, retiró la toalla que había utilizado para detener el sangrado.
Su mano herida, con trozos de vidrio clavados en el dorso, y las brillantes gotas carmesí resbalando, no le produjo ningún sentimiento. Había visto heridas cientos de veces peores que esa gracias a su familia, que tenía la tendencia de lastimarse cuando se realizaba algún trabajo. Pero fue consciente de que para su acompañante la vista no era nada agradable.
- Coge las a tener que retirar los trozos -ordenó nuevamente. La joven, que parecía haberse acostumbrado por el momento a que él le dijera que hacer, obedeció-. Primero desinféctalas. Usa el alcohol -sin embargo, al ver los sobresaltos que daba con cada nueva orden suya, se vio obligado a añadir un "por favor".
Funcionó. Sus manos por fin dejaron de temblar, y su cuerpo por fin se relajó mientras ella se inclinaba hacía su mano para comenzar la improvisada tarea. Su largo cabello oscuro cayó como una cascada enmarcando su rostro.
Naruto no pudo evitar observarla detalladamente, mientras le daba instrucciones de como proceder. Con sus ojos en los instrumentos, sin percatarse de que estaba siendo espiada, él tuvo el tiempo que quiso para observar con detalle el tono claro de sus ojos, sus largas pestañas y finas cejas. Paseó la mirada por su tez limpia, sus labios delgados y su rostro ovalado, buscando con esmero distraerse de la sensación de los vidrios siendo retirados de la piel; concentrándose, por el contrario, en el ligero toque de color en sus pómulos y labios.
Se preguntó si es que alguna vez había visto a esa chica, transitando por los pasillos o estudiando en la biblioteca, pero no obtuvo la respuesta. Intentó descifrar porque le resultaba tan familiar, junto antes de percatarse de sus ojos húmedos, dónde -y de la nada- las lágrimas amenazaban con escapar. Como si ella se hubiese percatado por fin de que su atención estaba puesta en su rostro, llevó el dorso de su palma libre para deshacerse de aquellas intrusas. Sin embargo, no consiguió eliminar su curiosidad.
- ¿Por qué demonios lloras? -por alguna razón aquel gesto lo confundió e irritó en lo más profundo. ¡Él era quién tenía la mano cubierta de trozos de vidrio!
- Lo… lo siento. Parecía que… que te dolía -fue su respuesta temblorosa. Naruto creyó que debía estar burlándose de él, pero mantuvo el silencio y redobló sus esfuerzos para no permitir que ninguna expresión saliera de él.
Por el rabillo del ojo observó el reflejo de su rostro en la bandeja de los instrumentos. Fue consciente de su semblante rígido, la copia exacta de la expresión que su padre solía emplear a diario.
¿Cómo entonces es que ella había adivinado eso? ¿O quizás solo había sido una respuesta al azar?
Lo pensaba demasiado, seguramente, ¿quién no sentiría dolor con algo así?
Cuando el último trozo de vidrio cayó sobre la pequeña bandeja de metal, él se permitió respirar profundo nuevamente. Su mano aún dolía, sin embargo, le producía alivio que la parte más desagradable de la tarea por fin hubiese concluido. Incluso el goteo de sangre se había ralentizado. Ahora, necesitaría limpiar su mano, desinfectar los cortes y vendarla.
En eso pensaba cuando la puerta corrediza se abrió. No entró la enfermera. En su lugar, un hombre algo y de cabello rubio se abrió paso. A pesar de ir enfundado en un traje negro, Naruto pudo divisar por el cuello de la camisa el extremo de una de las colas anaranjadas tatuadas que allí había. El emblema de su familia, que un día él también habría de portar.
- Vámonos.
Fue una simple orden, pero suficiente para colocarlo en marcha. De un salto abandonó la cama, la sábana y toalla manchadas de sangre, y a la joven de mirada preocupada. Sin despedirse salió del cuarto, y siguió a su padre en silencio, a lo largo del pasillo, ignorando las fervientes disculpas de la directora por el accidente y su mano lastimada.
- Olvidé algo -de un segundo a otro, esas dos simples palabras salieron de su boca sin pretenderlo. Frente a él su padre se detuvo solo para observarlo por sobre su propio hombro. Naruto percibió en su silencio hostil un permiso para volver sobre sus pasos.
Antes de darle la oportunidad de cambiar de opinión, dio media vuelta y caminó con tranquilidad hacia la enfermería. Con su mano no lastimada abrió la puerta y avanzó.
Ella aún estaba dentro, terminando de limpiar su desastre. Miraba las salpicaduras de sangre que había sobre la cama con los labios apretados, como si resultara algo en extremo desagradable o como si estuviera preocupada por el destino de su dueño.
- Olvidé mi corbata -explicó él en cuanto ella se hubiese percatado de su presencia. Avanzó en su dirección para recoger al abandonado trozo de tela de la cama.
Mientras se movía, percibió la mirada de la joven aún en su mano herida.
- De… deberías lavarla, para que no…
- Sé cómo hacerlo -la interrumpió. Ella asintió, bajando su cabeza con prisa. Aquel gesto solo consiguió su curiosidad-. Gracias -añadió nuevamente, aunque, por dentro, sentía que era innecesario.
Por primera vez, una sonrisa se formó en los labios de la joven. Fue sencilla, pequeña incluso, pero suficiente para generarle cierta sensación extraña en el pecho. Sin pretenderlo, una ligera nostalgia lo invadió.
Hacía mucho tiempo que nadie sonreía en su presencia.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Hyuga -ella respondió-, Hyuga Hinata -su voz fue un ligero susurro, que se perdió incluso antes de terminar de decirlo. Sus ojos, de pronto en Naruto, dejaban ver una enorme incertidumbre.
Él asintió.
- Pues… te veré por ahí, Hyuga -fue su contestación. Si ella estaba sorprendida, lo cierto es que no le dejó notarlo. Por un instante se reprendió por la elección de sus palabras, recordando que en realidad nadie quería tratar con él, pero entonces ella volvió a sonreír.
- Claro, nos veremos -y fue como si se tratara de una promesa.
Él asintió, se retiró con calma. Solo fuera de la enfermería, y a salvo de las miradas ajenas, se permitió sonreír. No supo la razón exacta de aquel impulso, más allá de que obviamente tenía que ver con su encuentro con la joven.
Se apresuró por el pasillo, casi sin importarle la herida en su mano o el hecho que, dentro de poco, debería darle explicaciones a su padre. Seguramente para cuando alcanzara a los adultos habría recuperado ya su habitual gesto serio, prueba absoluta de su posición como el hijo del Jefe de la familia Namikaze. Sin embargo, en ese momento, Naruto no podía recordar otro momento en el que se hubiese sentido tan normal.
Para el joven, un cambio así en su abrumadora rutina, era más que bienvenido.
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