Día 3: Amantes.
"A la mañana siguiente"
...
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La luz del día fue la que lo hizo abrir los ojos.
Deseando poder regresar al sueño que estaba teniendo, se removió sobre la cama, aún cansado. Cerró sus ojos nuevamente, bostezó y rodó sobre sí mismo, quedando sobre su estómago.
Una risa inundó la habitación tras hacer eso. Un par de pasos resonaron, un segundo antes de que el colchón se hundiera justo a su lado.
Un par de manos se apoyaron en su espalda, pertenecientes a quién repentinamente había decidido invadirlo.
- Buenos días -y la melodiosa voz que entró por sus oídos le confirmó la identidad de su misteriosa invitada.
- Buenos días -repuso, sin pensarlo demasiado. ¿Cuántas veces había fantaseado con despertar a su lado? -. ¿Qué tal el sofá?
Abrió sus ojos un momento, mientras se acostumbraba a la luz en el cuarto, solo para encontrarse con su hermoso rostro, espiándolo a solo unos centímetros del suyo. Sus ojos claros le devolvieron un guiño de sutil coquetería, mientras sus labios se movían para formar una delicada sonrisa.
- Muy duro, pondré una queja con el dueño -fue su comentario, con cierto deje de burla. La respuesta fue contundente, un gruñido similar a un "quéjate en otro lugar"-. A menos que el desayuno sea gratuito -añadió apresuradamente, con un fingido tono de desinterés que no consiguió engañarlo.
- Claro, mira como corro a prepararlo.
Naruto bostezó una vez más, antes de volver a enterrar la cabeza entre sus brazos. Quería seguir durmiendo. Sintió como ella hacía lo imposible por llamar su atención, como una niña jugando, antes de dejarlo tranquilo en los próximos minutos. Sin embargo, su peso continuaba allí, así como el calor de su cuerpo. Tan cerca suyo.
Volvió a abrir sus ojos, deseoso de espiarla. La descubrió concentrada, leyendo un pequeño libro con el que le había visto la noche anterior. Sus cejas estaban levemente fruncida y sus labios formaban un mohín, en un gesto de concentración. Sus ojos claros iban de aquí para allá sin parar, leyendo a toda velocidad, demasiado atrapada en la historia. Su cabello azulado, revuelto a esa hora de la mañana, caía sin cuidado alrededor de su rostro.
Con todo eso, estaba seguro de que continuaba siendo la chica más hermosa del planeta.
Naruto bajó su mirada, esperando que ella no notase que había vuelto a abrir los ojos. Distinguió la camisa que apenas terminaba de cubrir su cuerpo, y que dejaba a la vista sus largas piernas. Apartó su mirada, más por educación que por deseo propio.
Volvió a girar y a bostezar, demasiado perezoso para no hacer nada más que clavar la vista en el techo de su propio cuarto. Pensó en el calor que hacía, que lo había llevado a tomar la decisión de dormir solo con el pantalón corto de su pijama, y que ahora le obligaba a luchar contra la posibilidad de una indeseada erección ante el roce de la pierna de su acompañante.
Volvió a clavar su vista en ella, por tercera vez esa mañana. De reojo, examinó las curvas de su cuerpo que se dejaban adivinar bajo su improvisado pijama.
Suspiró. Sintió la tentación de rodearla entre sus brazos, de sentir su cuerpo apegado al suyo. Pero no podía, no debía.
Se contentó con estirar su mano hasta alcanzar su mejilla, en el momento en el que ella sonreía por alguna disparatada situación en la historia en la que estaba tan atrapada.
Ella hizo un nuevo mohín, quejándose de aquella acción, y con una ligera patada dio a inicio a un breve forcejeo entre ambos, que terminó demasiado rápido para su gusto. No pudo evitar disfrutar cada segundo, incluso a sabiendas de que no debía hacerlo.
Porque ella no era suya. Él no era el dueño de su corazón.
La había robado, o al menos eso era lo que había pretendido conseguir en sus escasos encuentros.
Al pensar en ello la culpa regresó abrasadora, como tantas otras veces se había presentado. Tras tantos años Naruto casi había conseguido silenciar aquella vocecita en su cabeza, que intentaba reprocharle sus sentimientos, pero de vez en cuando resurgía con éxito.
Ah, Hinata, Hinata…
¿Por qué tenía que ser la novia de su mejor amigo?
Sonrió para sí mismo, y reprimió una risa amarga al imaginar qué era lo que diría su mejor amigo, Sasuke, de verlo en esa situación: a él, acostado semidesnudo junto a su hermosa y adorada Hinata. Pese a lo que cualquiera pudiese imaginar con aquella escena, la realidad era que nada había sucedido entre ambos.
Al menos, nada en las últimas semanas.
Había sido parte del trato. Detenerse. Antes de que las cosas fueran demasiado lejos para ambos, antes de terminar lastimando y perdiendo a la única persona a la que amaban en común, quién no tenía la culpa de que su mejor amigo fuera un bastardo sin moral y su novia una mentirosa.
Sin darse cuenta, continuando con aquella pequeña rutina de tirar de su mejilla solo para molestarla, el forcejeo retorno. Esta vez, para su gusto, Hinata dejó de lado su libro, concentrándose por completo en la batalla que no tenía oportunidad de ganar. De todas formas lo intentó, arrojando pequeñas patadas y recibiendo pellizcos a cambio.
Y de pronto, ella terminó justo sobre él, con sus largas piernas alrededor.
Naruto tuvo que contener su jadeo ante su cuerpo moviéndose delicadamente sobre él.
Ella sonrió, exhausta por el esfuerzo que le había tomado posicionarse como la vencedora de su fugaz encuentro. Su respiración acelerada, en cambio, y su pecho subiendo y bajando le fueron evidentes. Él estaba seguro de poder adivinar la forma de su cuerpo debajo de la simple camisa, el lugar de sus curvas, la sensación de la yema de sus dedos acariciando su piel.
Deseo poder tocarla, sentir su calor. Deseó poder hacerla soltar todos aquellos maravillosos y melodiosos sonidos que había descubierto podía componer.
Ella se removió entonces, sus labios ligeramente entreabiertos. Su mirada, apenada, bajó un simple instante a su cadera, antes de desviarla apresurada. Naruto fue testigo de su sonrojo involuntario, y supo que ella debía de estar sintiéndolo perfectamente. Su excitación, su deseo por ella. La incomoda erección que había decidido aparecer en el peor instante. Anhelo poder sostener su cintura y, con un simple movimiento, provocar el roce de sus cuerpos. Pero no se atrevió.
Hinata era su amiga ahora, se forzó a recordar. Su amiga, que confiaba en él, y que por eso había accedido a quedarse en su casa tras la fiesta de la noche anterior.
Más importante que eso, sabía que, de seguir jugando con ella, terminarían arrojando por la borda todos sus intentos por cortar con su pecaminosa relación.
Ella debió leer su mente, pero de todas maneras esperó en silencio, sin atreverse a retirarse o a iniciar algo. Naruto se contuvo también, después de todo, lo que ellos hacían estaba mal.
Mentir y engañar, al resto y a ellos mismos, solo para disfrutar de unos instantes juntos. Siempre había estado mal.
Se maldijo una vez más por no haber sido lo suficientemente valiente para invitarla a salir primero. Y, después, por pasar tantos años negando que sentía algo por ella, asediado por la culpa de desear a la novia de su mejor amigo. Sin embargo, incluso tras tanto tiempo, desconocía por completo lo que ella pensaba al respecto.
Si Hinata sentía algo más que solo atracción y deseo, él no lo sabía. Jamás se habían atrevido a colocar en palabras esos instantes robados.
¿Quién era él para reprocharle por traicionar a su mejor amigo, cuando él hacía exactamente lo mismo?
Jamás se habría creído posible de tal acción, pero al momento de la verdad ahí estaba, deseándola como jamás había deseado nada antes, disfrutando de su sonrisa, de la forma en que lo miraba y de un millón de cosas simples que lo habían cautivado con el paso de los años.
La amaba. Pero, incluso en esa situación, nuevamente no era lo suficientemente valiente como para atreverse a confesar lo que sentía.
Porque era un gran cobarde.
- Naruto -ella le llamó, con su melodiosa voz. Su rostro había cambiado, y ahora dejaba ver un aire de tristeza. Solo entonces él fue consciente del teléfono sonando.
Contestó sin detenerse a ver y la voz de su mejor amigo replicó en oído.
- Dobe, ¿hasta cuándo planeas engañarme?
- ¿Eh? -sus palabras sin contexto, el sueño que aún sentía y el hecho de que Hinata continuaba sobre él lo confundieron-. ¿De qué…? ¿De qué hablas?
- Dijiste que me enviarías el archivo, ya sabes, para terminar el trabajo -le recordó, evidentemente irritado, antes de suspirar y cambiar su tono de voz por uno más tranquilo-. Por cierto, ¿Hinata sigue contigo?
- Sí -respondió, mirándola fijamente a los ojos.
- ¿Duerme?
- Sí.
- Me alegra, lucía algo cansada cuánto tuve que irme anoche. Por cierto, gracias por dejar que se quede en tu departamento. Dile que la llamaré después, por favor. Y envíame el maldito archivo.
- Claro -y cortó, sin despedirse. Todo lo que quedó fue un silencio incomodo-. Él te llamará, luego -añadió..
Ella asintió, antes de abandonar su lugar. Su cuerpo cayó junto a él. Incluso a esa distancia, tras inspirar nuevamente solo pudo sentir el aroma de lavanda de su shampoo.
Lentamente, Naruto dejó que el aire escapara de su cuerpo.
Había hecho lo correcto y, sin embargo, continuaba sintiéndose vacío por dentro. ¿Por qué?
- Naruto -ella le llamó, sin voltear a verlo. Había cierta suplica en la manera en que pronunciaba su nombre-. ¿Puedes abrazarme?
Él cedió. Pero está vez, cuando ella lo rodeó con sus brazos, no de detuvo. Ni tampoco lo hizo cuando ella volvió a suspirar su nombre, mientras él rozaba su cuello con la punta de su nariz.
Y, una vez más, olvidó el resto del mundo, cuando sus labios por fin se fundieron con ella.
