Ella, Saeko
Disclaimer: personajes no son míos
Advertencias: spoilers manga - ¿poliamor? - smut
Anteriormente: Las nacionales de primavera están por empezar y Saeko irá con todo su grupo de Taiko a animar a Karasuno. Le pide a Akiteru que vaya a verla porque le encantará con aquel atuendo. Akiteru le responde que ya le encanta. Saeko atraviesa la prefectura para pasar una noche con Akiteru, en un love hotel cercano a la estación de trenes.
II. Desayuno compartido
Saeko es una espalda desnuda, estrecha en sus hombros, sobre todo cálida. Akiteru observa aquella espalda que se le ofrece inocente la mañana después. Se atreve a extender un dedo. Con la yema sigue la línea de su columna hasta el límite de la sábana que cae sobre su cintura. Saeko es una duda con sabor dulce, Saeko es un dolor que se comparte en un desayuno. Akiteru le cubre los hombros con la sábana.
No bebió demasiado la noche anterior, aun así le duele un poco la cabeza. Husmea por la ventana junto a la cama. Los cristales empañados revelan un paisaje con la nieve acumulada de la noche anterior. Piensa en su sedan, sin cadenas en los neumáticos.
Recuerda cuando conoció a Saeko. O bien, cuando la reconoció, unos meses atrás, en la final de prefectura de voleibol donde sus hermanos jugaban.
Nunca creyó que su atuendo, diseñado para pasar desapercibido entre la muchedumbre, ocasionara el efecto contrario, ni que una de las asistentes, alertada de su curioso aspecto, lo acusara de espía frente a las tribunas.
«Qué lío», cruzaron estas palabras la mente de Akiteru.
Rojo de vergüenza, se vio obligado a bajarse el cubrebocas, las gafas oscuras y la gorra de béisbol. Su identidad quedó al descubierto, y para su sorpresa, la joven que le había acusado lo reconoció enseguida, «de la preparatoria», dijo. Pero Akiteru no tenía idea de con quién hablaba.
—¿De verdad no me recuerdas? Qué decepción.
Akiteru no supo qué responder a ello.
—Yo tampoco debería recordarte, porque nunca cruzamos palabras. Pero te recuerdo. No es mi culpa.
Esa chica era Saeko.
Tras el partido, el líder de la barra que se llamaba Shimada, convocó a los espectadores a festejar la victoria de Karasuno en un bar. Saeko se enrolló en el brazo de Akiteru con mucha confianza, como si fuesen conocidos de la vida, arrastrándolo junto a la comitiva sin dejarle opción. Akiteru no entendía qué hacía allí rodeado de gente que le era extraña, pero le apetecía un trago de cerveza o dos.
—Es que vi a Kei hace unos meses —retomó Saeko tomando asiento junto a Akiteru y una copa de sake. Le pidió a la camarera que dejase la botella—. Al principio no sabía por qué me resultaba familiar, hasta que oí que lo llamaron «Tsukishima», y me vino tu rostro a la mente. Me dije: «¡deben ser hermanos!».
—¿De verdad?
—Luego le pregunté a Ryuu. Por supuesto ese vago no sabía nada. Pero estaba segura que eran hermanos, y ha resultado que tenía razón.
—Qué curioso. La percepción habitual de la gente es que Kei y yo no nos parecemos demasiado.
—¿Es una broma, cierto? No hay muchos rubios naturales por las montañas, ni muchos que midan exacto como las montañas. Es cierto que sus personalidades son distintas…
—Sí.
—Pero seguro que también es un rompecorazones. Debe de serlo.
No era la continuación que esperaba. Akiteru se ahogó con su cerveza.
—¿«También»?
—¿Cómo? ¿No sabías?
—No, claro que no. De haberlo sabido mis recuerdos de la adolescencia serían muy distintos.
Akiteru no pasó por alto cómo se encendieron las mejillas de Saeko tras aquella confesión. Sus ojos regresaron a la botella de sake de Saeko, que no había bajado demasiado. Si no era el alcohol, quería decir que la razón era él mismo. Qué bochorno. Akiteru apuró un trago de cerveza.
—Todas estaban loquitas por ti. Oye, pero de verdad. Loquitas, loquitas. ¡Ahhh! ¡Si supieran mis amigas con quien estoy bebiendo justo ahora cuánta envidia sentirían! ¡Hey! ¡Eso es! ¡Saquémonos una foto!
Y sin esperar respuesta, acercó su silla junto a la de Akiteru y pasó el brazo tras sus hombros.
—A mí en realidad no me gustabas —tuvo la necesidad de aclararle—. No te lo tomes a mal, es que eras muy amable.
—No me lo puedo tomar a mal.
—A mí el que me gustaba era ese otro chico, ¿sabes? Ese a quien ustedes llamaban Pequeño Gigante.
—Ahhh, ya. Udai.
—Así que tenía nombre después de todo… Inclínate un poco que no sales en la foto.
—Es que tienes los brazos cortos. Déjame a mí.
Akiteru se hizo con el móvil de Saeko. Con sus brazos que eran más largos, Akiteru pudo encuadrar mejor. Dos fotografías sonriendo, apenas diferentes una de otra. Para la tercera foto Saeko reunió coraje y le estampó un beso en la mejilla justo antes del flash. «Está agarrando mucha confianza», pensó Akiteru. No se sentía incómodo junto a ella, al contrario. Aquella tercera fotografía, tan espontánea, le hizo pensar en lo bien que se veían juntos.
—¿Nos conoceremos de otras vidas? —meditó Akiteru, sin darse cuenta, en voz alta. El rostro de ella se crispó—. ¿Entonces te gustaba Udai? —retomó Akiteru por cambiar de tema.
Saeko pasó un dedo por el pómulo de Akiteru, allí donde estuvieron sus labios.
—Quizá no tanto como yo creía —admitió mirando su dedo, manchado en pintalabios—. Siempre me ha gustado lo que es más complicado. Y ese chico era… pues complicado.
Akiteru largó a reír.
—¡Oye! ¡Te estoy abriendo mi corazón!
—Lo siento —se disculpó, aun riendo—. Bueno, es que tú realmente no lo conociste, ¿cierto? Nunca hablaste con él.
—No. En realidad, no. Me daba un poco de miedo.
Akiteru volvió a reír. Saeko le golpeó en el brazo con rabia fingida.
—Oye Akiteru-chan, háblame de él, ¿sí? ¿Cómo dijiste que se llamaba? ¿Udon?
Akiteru rio hasta las lágrimas.
Recostado en aquel camastro junto aquella espalda apenas cubierta por una delgada sábana, Akiteru vuelve a reír tras rememorar aquella primera conversación junto a Saeko, una botella de sake, y un jarro de cerveza. No sabe qué hora serán. No tiene ganas de descubrirlo.
Compartieron sus opiniones sobre los profesores más espinosos, de antiguos compañeros que ambos conocían. En el transcurso de la noche tuvo que disculparse varias veces por no recordarla. A ella le gustaba hacerse la ofendida, y con un poco de alcohol en la cabeza, no dejaba ir los temas.
Volvió a Udon muchas veces, hasta que por fin lo dijo bien.
—Udai, ya está. Es Udai. ¿Por qué esquivas tanto hablarme de él?
—No estoy esquivando nada —mintió Akiteru, el recuerdo que aún le produce dolor—, nosotros si bien formamos parte del mismo equipo, no congeniábamos demasiado.
—¿Por qué? ¿No te caía bien?
—No es eso.
—¿Qué es? Vamos, dime. No se lo diré a nadie.
—Su carácter era excepcional —admitió Akiteru, alzando la mano para pedirle a la camarera una nueva ronda de cerveza—. Tenía sus días, como todos. A veces era la persona más atenta que podías encontrar, y otros días (los peores días) explotaba como una granada. Tendía a asumir errores ajenos como propios, pero no era amable a la hora de señalar esos errores. No creo que se diera cuenta o que lo hiciera con mala intención, en todo caso era hiriente. Si tenía que decirte cuatro verdades a la cara, no se iba con rodeos.
—¿Te hirió?
—Algunas veces, sí. Pero es que yo no soy nada fuerte.
—No digas eso, Yo toqué tus bíceps hoy, estás más fuerte que Shimada, al menos. Dime, ¿eran amigos? ¿Conocidos?
—Fuimos compañeros de equipo. Como sea, hemos perdido el contacto.
—¿Por qué?
—Porque es algo que sucede. Simplemente dejamos de recordarnos. Ya está.
—Oye, no te enfades conmigo.
—Claro que no me enfado —y la estrechó a su lado.
—¿Es porque dije que me gustaba Udai y tú no? Fue uno de esos caprichos de quinceañera, no hay que darle importancia. Además, ahora que he hablado contigo me gustas un montón. No seas rencoroso, Akiteru-chan.
—Es porque lo has mencionado, eso es todo. Lo que hayas sentido por él no tiene relevancia.
—Debería.
Quizá porque su rostro no es bueno ocultando sus emociones. Saeko alargó una mano sobre la mesa para acariciar la suya.
—¿Qué sucede? Sé que soy una desconocida para ti y tú para mí, pero no soporto verte así. ¿He dicho algo que no debía?
—No es tu culpa. Supongo que Udai me recuerda una parte de mí que quise y no pude ser.
Akiteru vacía su jarra. La conversación toma un giro no calculado. Habla de su hermano pequeño Kei, de cómo lo ha decepcionado continuamente, lo mucho que a ambos les daña el pasado. Se vacían dos, cuatro copas entre ambos. Saeko entrelaza sus dedos con los de Akiteru. Los ojos de Akiteru que se oscurecen en las profundidades de la taberna le descubren a Saeko su propia tristeza olvidada. Sin soltarle de la mano, Saeko también se confiesa. Un desliz menor con un profesor, un no-romance con un hombre casado que ha prometido sacarla de la pobreza. Se siente sola. Los hombres la abrazan e igual se siente sola.
Habían seguido conversando de esa manera hasta el cierre del local, pero Akiteru, con tantas cervezas, es incapaz de recordar con precisión lo que siguió a la mención de Udai. Todavía se pregunta si habrá besado a Saeko aquella noche, o peor, si habrá sido aún más imprudente. No recuerda a Saeko, pero sí a Udai. Besó a Saeko, empapado en el recuerdo de Udai. Se pregunta si lo habrá llamado. Si habrá besado a Saeko y luego haya corrido a un teléfono a contárselo a Udai. Realmente ya no importa. Se ha despertado en el camastro mohoso de un love hotel junto a Saeko, a ratos ha pensado en ella, a ratos en otra persona.
«Akiteru, tú sí sabes cómo hacerte de problemas», se regaña. Decide finalmente levantarse. En aquellos sitios cobran por hora, y la verdad, debe ir a trabajar. Se calza los calzoncillos sucios del día anterior. Tiembla al subirse los pantalones y recordar el tacto de Saeko sobre su bragueta. La remece del hombro, más brusco de lo que le habría gustado. Es delicada, no calcula bien la fuerza. Ella abre los ojos, todavía adormilados, y levanta la cabeza en dirección a Akiteru. En la almohada se ven rastros de la base del día anterior, y sobre sus mejillas los ríos secos de la línea de ojos que el sudor corrió.
—Akiteru —llama Saeko con voz ronca—. Akiteru a dónde vas.
—A trabajar.
—Akiteru —repite ella. No añade nada.
—¿Te quieres quedar aquí?
Sin esperar respuesta, Akiteru reúne del suelo las ropas de Saeko.
—Dime que te arrepientes. Akiteru, por favor dímelo.
Ella le ofrece sus senos desnudos. Akiteru no sabe qué hora es. No puede, simplemente.
—Por favor vístete. Tenemos que irnos.
—Solo dime que te arrepientes. Tienes que decírmelo. Ahora mismo.
Akiteru termina de abotonarse la camisa. Tiembla. Saeko se cubre los senos con el sujetador. Sus bragas sucias. La pollera blanca que rescata la forma de sus pezones. La línea de los ojos toda corrida, seca en sus mejillas.
—Estoy segura de que no es tan tarde para ti, Akiteru. Al menos acompáñame a un café en la estación de trenes. Te invito yo.
—¿Por qué? ¿Es acaso tú manera de disculparte por algo?
—Solo quiero pasar un rato más a tu lado. No tiene nada de malo… ¿O sí?
Akiteru la toma de la mano , la arrastra al baño. Humedece una toalla y limpia su rostro del maquillaje de ayer. Descubre unos labios pálidos y que sus pestañas son cortas. Quiere decirle que se ve muy bonita al natural, que no entiende por qué alguien tan joven se oculta bajo capas de maquillaje. En la piel hay hoyuelos, cicatrices de viejos granos, y no sabe por qué, pero le encantan. Los acaricia con el pulgar, dibujando círculos en sus mejillas. Es bonita. Es realmente bonita.
La vuelve a tomar de la mano, la conduce hasta la recepción del hotel. Deja a Saeko ocultarse bajo su brazo mientras él paga la cuenta. El sedan sigue estacionado allí donde lo dejaron, en el parquímetro de la estación de trenes.
—Cuando llegues a Karasuno, avísame.
—Iré a despedir a Ryuu, viajarán esta noche. ¿Irás a despedir a Kei?
—No.
—¿Le doy saludos de tu parte?
—Por favor no.
Saeko compra un café en una máquina expendedora. Como si lo ocurrido en horas de la noche no tuviese nada de extraordinario, como si fuese lo más natural llamar a una persona que no es la más cercana para acostarse con él, en un camastro mohoso, sin amor, acompañados de desesperación; con toda naturalidad Saeko ingresa más monedas y paga un segundo café para Akiteru. Ella le habla de su hermano con soltura, toda coqueta, cuidando la gracia de sus ademanes. No se da cuenta del bigote de espuma sobre sus labios. Akiteru ríe y ella no sabe qué es tan gracioso. Hace un mohín, patalea. Akiteru sigue riendo.
—Es tan cliché. Tienes espuma allí.
Con un dedo, Akiteru rompe la distancia entre ambos.
—No creas que trato de huir de ti, pero…
—«Pero», siempre hay un «pero».
—Pero debo ir al trabajo. Los atascos en la mañana son infernales.
—¿Pensarás en mí mientras estés en tu oficina?
—Gracias por el café.
—Qué cruel eres. Te llamaré. No seas más cruel de lo que ya eres y contéstame cuando te llame. Trata de venir a Tokio. Te voy a encantar cuando me veas tocando los tambores.
A varios metros de distancia el uno del otro, Akiteru le grita.
—Pero si ya me encantas, ¿por qué dudas tanto?
La ve sonreír, sin pintura en sus labios, sin máscara en sus ojos. Algo en él burbujea y quiere estallar. Va a ver a Saeko. Piensa en ella, piensa en Udai.
La reina Saeko ha vuelto a aparecer en el manga y yo estoy que lloro. Qué mujer tan perfecta. Take care!
