Ella, Saeko

Disclaimer: personajes no son míos

Advertencias: spoilers manga - ¿poliamor? - smut


Anteriormente: Después de una noche junto a Saeko, Akiteru recuerda la primera conversación entre ambos. Estaban bebidos, y Akiteru recuerda que hablaron de Udai, y desde entonces, no ha dejado de recordarlo, incluso después de una noche con Saeko


III. Charla entre amigas

Saeko despide a Ryuu en la escuela. Kei también está allí, no así Akiteru. Los ademanes de Kei son aún más delicados y evidentes que los de su hermano, pero Saeko está segura de que, del mismo modo como le ocurrió con Akiteru, solo ella puede verlo.

—¿Por qué no te agrada Kei? —le pregunta Saeko a Ryuu—, ¿lo discriminas?

—¿Qué?

—Solo dime qué es eso que tanto te desagrada.

—Es un insoportable.

—Entonces no es discriminación, sino una cosa de personalidades.

—¿Por qué tendría que discriminarlo? ¿Por sus estúpidos genes nórdicos?, ¿por sus gafas de «oh, miren qué intelectual soy»? Me la suda.

Saeko arregla las cejas a su hermano. No tienen caso replicar.

—Oye, Ryuu… no quiero sonar como mamá, pero… te vas a portar bien, ¿cierto?

—Sí, sí.

—No te metas en problemas.

—Te estás poniendo pesada.

—Nos vemos en unos días.

Ryuu protesta cuando Saeko intenta ordenarle su camiseta. Tiene dieciséis años todavía, igual que Kei. Son niños. Sus preocupaciones son las de unos niños. Le da unas palmadas en la espalda y aguarda a que suba al autobús. También se despide del resto de los amigos de Ryuu, del pequeño Shouyou-chan, y por supuesto (aunque le huye), también de Kei. Agita sus manos de un lado a otro una vez el vehículo se pone en marcha. En su cabeza cuenta los días para ver a Akiteru de nuevo. El primer día será la recepción. El segundo día la primera ronda de partidos. El tercer día Saeko y su grupo de Taiko se unirán a apoyar al equipo a hacer bullicio. Akiteru tratará de estar ahí. Akiteru le prometió que ahí estaría.

Le llega un mensaje al teléfono: el alto ejecutivo acaba de salir de una cena con unos empresarios y necesita cambiar de aires. Saeko suspira. Le responde que ahora es imposible para ella. Añade un «lo siento» que no siente, y luego telefonea a su amiga Eiko, de la preparatoria.

—Necesito confesarte algo muy importante. Algo por lo que me vas a odiar. Eiko, hoy nos emborrachamos hasta vomitarnos encima.

Eiko era una de aquellas chicas que se derretía por Akiteru-senpai. Saeko necesita conocer su opinión. También espera ser abofeteada, a ver si le hace reaccionar. Quiere que le recrimine su lealtad y la haga llorar.

Eiko la espera de pie fuera de un izakaya. En sus manos luce un anillo de compromiso con una piedra enorme, del tamaño de un planeta. Saeko grita del entusiasmo. Resulta que no es ella la única que vive en el mundo. Que miles de historias se van forjando al mismo tiempo, y la suya ni es la más importante, ni la más trascendente, y no sería de buena amiga llenar a Eiko con todos sus dilemas morales cuando está a punto de casarse.

Saeko pide que le dejen la botella de sake.

—¿Quién es esa persona? ¿Con quién te casas? ¿Y cuándo? ¿Cómo es que no sabía nada?

Eiko presume su anillo.

—Estuve comprometida, ya no. Eso ha muerto para mí, pero me niego a regresar el anillo. Que se joda. El anillo es un regalo, así que no tengo por qué regresarlo. ¿Sabes? Esto es súper curioso. Ahora que tengo un anillo me ha ido la mar de bien en los bares. He ligado que ni veas, hasta ponerme morada. Es una estupidez, una crueldad. Cuando llega la hora, se me evaporan todos los escrúpulos y los remordimientos. Ya no me detengo a pensar en esas cosas. Hay días que sí, y pienso que es terrible está situación, pero eso ocurre cada vez menos. Me digo: así son los tiempos ahora.

—Así ha sido siempre, pasa que ahora se oculta menos.

—¿Quién te ha roto el corazón? Solo me llamas cuanto tienes roto el corazón.

—No lo tengo roto… todavía.

—Pero puede que te lo rompan. ¿Quién?

—No me vas a creer, ¿estás preparada? Se trata de Akiteru-senpai.

Eiko calla, registrando en su memoria.

—¿No será…? ¡Imposible! ¿Lo dices en serio? ¿Akiteru-senpai de la preparatoria? ¿Ese Akiteru-senpai? —Saeko asiente. Eiko le da un golpe con su sobre Prada imitación—. ¡Saeko sucia zorra!

Como sospecha, Eiko pone el grito en el cielo. Su reacción infantil, igual que en preparatoria, dando saltitos de emoción, le hacen tomar consciencia del estado de su propia madurez. Cada vez que sale de copas junto a Eiko, nota la adolescencia apoderase de ella. El mundo vuelve a conspirar en su contra, y pese a la adversidad, a la injusticia que la rodea, Saeko tiene la fuerza suficiente para luchar. De pronto Akiteru-senpai no le parece la gran cosa. Está bueno. Bien bueno. ¿Y qué? Se besaron una vez. Luego se besaron hasta el infierno y se acostaron, ayer. ¿Y qué? Solo se trata de un trozo de carne. Si le rompe el corazón, puede volver a juntar los pedazos, uno a uno. Realmente no es la gran cosa. Para nada. Es un trozo de carne.

—Zorra maldita, no te pases. ¿Akiteru-senpai? ¿De verdad? No, no te creo, es un farol tuyo. No juegues con mis sentimientos. Dime la verdad, Saeko. Tienes que decirme la verdad.

—Lo que la mujer quiere, la mujer lo obtiene.

—Te odio. Te odio tanto. Te odio porque te envidio. En realidad, te amo. Y tú que decías que ninguna chica de la prepa podría tener oportunidad con Akiteru-senpai… te odiaré ahora y siempre. Pero ya, hablando seriamente. Tú sabes que tienes que contármelo todo, ¿cierto? Todo de todo, Sucia Saeko, ¡más te vale que con detalles!

Saeko suspira. Sí, esto es revivir la adolescencia. Culpa suya, no se hable más.

—¿Es bueno en la cama? —Saeko mira hacia otro lado para aumentar la intriga. Eiko presiona—. ¿Cuántas veces?

—¿Por qué eres así? —Finge ofenderse—. No voy contando cuantas veces.

—No sabes mentir, Saeko-chan, siempre las cuentas. ¿Una vez? ¿Fueron dos veces? ¿Cinco veces? ¿Diez? ¿Más de Diez? Saeko zorra maldita, ¿más de diez?

Saeko casi se cae de la risa.

—¿Pero a ti no que te gustaba ese otro? —insiste Eiko, recuperando el pasado— ¿Ese pequeñito que saltaba como rana?

—Ya, Udai.

—Así que tenía nombre.

Saeko duda un momento. Revisa al interior de su copa. Todavía es muy temprano para embriagarse.

—Eso es agua pasada.

—Te lo dijimos. Todas te lo dijimos. Si había alguien rescatable en ese colegio, era Akiteru-senpai. Y al final, caíste. Hasta tú caíste. Siempre te esfuerzas por nadar contra la corriente, por el puro gusto de ir peleando con todos. Tu actitud acabará agotándote.

—Estoy agotada —reconoce. Entonces recuerda que tiene el corazón a punto de rompérsele—. Eiko, ¿por qué no funcionó lo tuyo? ¿Por qué no te vas a casar?

—Porque él se enamoró de otra persona. Si te soy honesta, me sentí aliviada cuando me enteré de la existencia de esa otra. Por supuesto armé un alboroto de los mil diablos. Le lloré a mamá, a mi hermana, incluso a mi suegra. Todavía no repartía las invitaciones de la boda, por fortuna. Las acababa de mandar a imprimir, y tuve que pagarlas. De hecho, te traje la tuya. Ten, toma. Guárdala como recuerdo. El amor se acaba. Es real, es cierto, y no tiene nada de malo. Mientras antes lo sepas, menos podrán hacerte daño.

Saeko recibe la invitación de Eiko, papel de bohemia, color espliego, perfumado. La boda estaba fechada para abril, con todos los cerezos florecidos. Habría sido un lindo espectáculo que contemplar. Seguramente, conociendo a Eiko, en un templo shinto, cerca de una laguna, con farolillos flotando a la deriva, los pétalos levantados por el viento. Sintió una punzada de pena. La Eiko que recordaba era una empedernida romántica. Ahora, con aquellos tacones aguja, la minifalda, el escote profundo, y el sobre Prada de imitación, se había empoderado de su sexualidad y abandonado todo sentimentalismo.

—¿Qué sucede, Saeko-chan?

—Nada, estoy bien. Es solo… creo que podría llegar a enamorarme de Akiteru-chan. No sé por qué. Es cierto que apenas nos conocemos. Hemos hablado un par de veces, eso es todo. Pero presiento que si nos conociéramos más… ¿Estás segura de que el amor se acaba? Y si se acaba ¿Por qué tiene que empezar?

—Si se trata de amor, nunca pienses en el futuro. Solo vive el hoy y el ahora.

—El hoy y el ahora —repite. Quiere creer en aquellas palabras.

—¿Todavía está bueno Akiteru-senpai? ¿No ha engordado? ¿No muestra signos de calvicie?

—Aunque pesará cien kilos y no le quedase ningún pelo en la cabeza.

—¿Así de bestia es en la cama? No mientas, a ti solo te gustan los bestias.

Saeko le enseña las fotos que se tomaron en el izakaya, tras la victoria de karasuno.

—Ni gordo ni calvo, a diferencia de varios de nuestros compañeros —presume Saeko. Se desconoce completamente, ¿quién es ella?

—Está bueno —admite Eiko, haciendo tamborilear sus largas uñas sobre sus mejillas—. Está bien bueno. Saeko no seas tonta y no pierdas tu tiempo en enamoramientos que a la larga solo causan sufrimientos. La belleza es efímera, la nuestra y la de ellos. Diviértete ahora que nuestra piel sigue siendo elástica, y pásalo bien.

—Lo estoy pasando bien.

—No lo estás. Estás deprimida, por eso me has llamado. No para presumirme que te ligaste al rompecorazones de la preparatoria. Que envidia me da esto… Pero te repito: es una pérdida de tiempo. Ten sexo, pásalo bien. No metas tus sentimientos.

—Tendré mucho sexo sin sentimientos.

—Pero no con Akiteru-senpai.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—¡Tú lo has dicho! ¡Porque estás a nada de enamorarte de él! El amor es igual que las adicciones: más vale cortar el suministro antes de generar dependencia.

Se desconoce totalmente. Quiere largarse de allí y llorar. En cambio, pide otra ronda porque es una cobarde. Entiende el punto de Eiko. ¿De verdad el amor se acaba? Entonces, ¿para qué la gente se casa, en primer lugar? Apenas llega su bebida se bebe la mitad de su trago.

—Pero parece ser una buena persona. ¿No puede haber una excepción para los Akiteru?

—No lo sé… todavía no me has contado los detalles.

—¡Por favor! ¡Cuánto morbo!

Eiko la obliga a confesar los pormenores prohibidos, los más cochinos. Quiere saber cuántos minutos puede durar Akiteru y cuánto tarda en darle un orgasmo a Saeko. Quiere conocer medidas, quiere saber si Akiteru-senpai es de los que hablan o de los que callan durante el sexo. Si la miró a los ojos. Si la mordió, y dónde lo hizo. «Esto es una tortura», piensa Saeko con sus dedos presionando su cuello. No la mordió, pero sí llegó a posar sus dientes, ahí donde las yemas intentan absorber el recuerdo.

El alto ejecutivo vuelve a escribir. Saeko no lee su mensaje.

—No sé qué decirte, amiga —duda Eiko. Puede ver en los ojos de Saeko que su tristeza es pura y se arrepiente de su frivolidad—. No sabía que tenías esa profundidad de sentimientos…

—Fue un error ¿cierto? Nunca debí involucrarme.

—No es solo tu culpa. Se llama «pareja» porque son dos personas.

—Todavía no estoy borracha, necesito más sake.

Unos chicos junto a la barra las invitan a unas copas.

Son las cuatro de la mañana. Eiko se ha ido del brazo de un desconocido. Ese tipo de amigas tiene. Le agrada Eiko. Al menos está segura de lo que hace y tiene claros sus objetivos en la vida: conservar la piel elástica, lo que más se pueda. Saeko todavía desconoce sus objetivos. No puede admitir que de pronto le gustaría tener un novio a quien tomar de la mano y salir a caminar un día de luna llena. Que ese novio fuera Akiteru, que la amara. ¿Sentirá acaso lo mismo? Y si se siente parecido, ¿sería por ella? ¿O por Udai Tenma?

Suspira. Uno de los chicos con los que compartió copa le pregunta si la acerca a algún lado. Saeko rechaza la proposición. Eiko se lo reprochará más tarde por dejar ir una oportunidad así, pero no le importa.

Todavía algo la hace dudar. Si no las hubieran invitado a las copas, Saeko no vuelto a titubear, y le habría preguntado a Eiko si recordaba cómo era la relación entre Akiteru y Udai. Según Akiteru, ellos no congeniaron tanto, pero Saeko huele la mentira. Lo recuerda con mucha claridad, la de veces que Akiteru, en su tercer año, se paseaba por el pasillo de los de segundo buscando a Udai. Lo recordaba porque sus amigas enloquecían con esas visitas, y corrían a esconderse tras las máquinas expendedoras, a espiar. Saeko se preguntaba cómo era que solo ella notaba los ademanes delicados de Akiteru, y si acaso había una relación entre aquellos ademanes y sus frecuentes conversaciones junto al Pequeño Gigante. Al final, Saeko acabó sufriendo un desliz menor con un profesor porque estaba harta de sus sospechas. El Pequeño Gigante apenas sabía quién era ella; el Pequeño Gigante permanecía junto a la ventana del pasillo, esperando si aparecía o no Akiteru a verlo, porque quizá no tenía otros amigos, porque quizá era más que un mero amigo.

«Pero si me dijo que soy su persona favorita. ¿Qué debería pensar de eso? Akiteru no es como Eiko. Akiteru solo puede disfrutar de la vida si le pone sentimientos. Yo también soy como Akiteru».

Saeko enfila sus pasos por la calzada oscura. Todavía hay rastros de la nieve acumulada del día anterior; el parte meteorológico indica que al día siguiente caerá aguanieve. La nieve fría que se vuelve agua con el tacto humano porque el calor la derrite. La nieve que no se puede sostener y se deshace.

«Quizá yo sea un poco como la aguanieve».


Próximamente: los nacionales de primavera! ufff