Mil gracias por todo el apoyo que está recibiendo este triste intento de historia.

Como siempre nada me pertenece yo solo ocupo los personajes sin fines de lucro.

Capítulo III. Primera noche juntas.

Una carroza arribó al castillo de Arendelle, dentro de ella estaban el Rey de aquel reino, y la que sería su reina.

Elsa podía notar la diferencia entre ambos reinos, no era como si no le gustará Corona, pero nunca en su vida había salido de su reino y ver que fuera de aquella cuidad había un mundo mucho más grande con sus propios ojos fue simplemente algo excepcional.

Cuando el carruaje llegó a las puertas del castillo, Anna bajo de este y extendió su mano para ayudar a Elsa a bajar, su vista se maravilló con el estilo que tenía el castillo frente suyo, era más pequeño que en el que había vivido toda su vida, sin embargo tenía algo que hizo a su corazón latir más fuerte.

- Bienvenida a tu nuevo hogar.

Elsa vio a la que ahora era su reina, su rostro no mostraba ningún sentimiento, lo cual le incomodó, pues la única sonrisa que había recibido de parte del Rey fue cuando aceptó ir con ella, y en realidad Elsa no sabía como sentirse con ello, era como si le hiciera falta algo.

Ambas caminaron al interior del castillo, Elsa sentía esa extraña sensación al ir con su brazo enlazado con el de Anna, era como si hubiera comido algo antes de dormir y su estomago no le dejara dormir, era para ella algo nuevo, sentir el calor de otra persona a un lado suyo, y compartir esa intimidad, quería creer que no era la gran cosa, sin embargo las palabras del Rey retumbaban en su cabeza, "La hago mi mujer", eso no fue ni por cerca lo más romántico que la princesa hubiera escuchado, sin embargo el peso de aquellas palabras era lo que hacia a su corazón latir descontrolado, en el momento en el que ella aceptó su mano, había aceptado ser de ella, había aceptado dar su vida a aquella mujer que hacia temblar a hombres y mujeres con su sola presencia, aquella que tenía en su poder a un ejército y un reino, aquella que nunca dejó que el hecho de ser mujer le impidiera tomar lo que por derecho le pertenecía. Elsa había escuchado aquellos rumores, había sido cuando ella fue presentada a la sociedad en su quinceavo cumpleaños, y aunque la fiesta fue uno de sus mejores momentos, bailar con su padre y ser el centro de atención, escucho como también había otro tema entre sus invitados, aquel que llevaba el nombre de la mujer que tenía a un lado suyo.

- Está es mi reina. - Elsa fue sacada de sus recuerdos con esa voz de mando, y aunque no era como si gritara, no había ninguna manera en que no se escuchara, pues hasta su piel se erizo por el tono usado y aunque sabía que no se estaba dirigiendo a ella no pudo evitar tensarse cual arco con aquella voz. - Están a sus ordenes.

Elsa se permitió relajarse un poco cuando su brazo quedo libre de aquel agarre del que estaba sujeto, aunque solo pudo respirar normalmente cuando el sonido de sus pisadas dejaron de escucharse en la habitación y por fin vio a las personas a las que Anna había dado órdenes.

Todos y todas estaban vestidos con los más finos trajes, podía jurar que nunca había visto a servidumbre tan arreglada, las mucamas tenía sus vestidos pomposos negros con blanco sin ninguna tipo de mancha, los hombres en cambio estaban vestidos de dos maneras algunos tenían trajes negros con camisas blancas, y otros trajes cafés de piel que Elsa aseguró eran los que hacían los trabajos pesados del castillo.

- Hola querida, Soy Gerda la ama de llaves, cualquier inconveniente o incomodidad que sienta con la servidumbre le suplico me lo haga saber.

- Si gracias. - Contestó Elsa, no sabiendo como contestar, nunca alguien de servicio le había hablado con aquella familiaridad, pero no era como si le incomodara, ella era la única mujer que le había dirigido la palabra desde que salió de Corona.

Y esa pareció la señal para que todos regresarán a sus puestos, y solo quedo Elsa ahí parada sin ninguna compañía.

Elsa vio a su alrededor, y aunque no había muchas cosas que le llamaran la atención, su curiosidad le llamo a aventurarse a indagar por el castillo.

Siguiendo el pasillo principal, las armaduras de diferentes épocas parecían guiarla, de vez en cuando encontraba a un sirviente, que solo al verla se inclinaba y seguía su camino sin atreverse a molestarla. Después de pasar por un par de cuartos vacíos, solo podía pensar que había sido una pérdida de tiempo.

- En cuánto vea al siguiente sirviente le preguntare dónde está mi habitación.

Sin esperanza de ver algo interesante, abrió la que ella pensaría sería la última puerta, sin embargo su respiración quedo atrapada en su pecho ante lo que veía.

Era un salón no demasiado grande como para alguna fiesta, sin embargo el tamaño no era lo que le hizo quedar paralizada. En el centro de aquella habitación, una escultura de mármol, sin embargo no era cualquier escultura, sino que era aquella que representaba lo que había leído solo en un libro que había robado de la biblioteca de Corona, El Atlas cargando al mundo.

Elsa entro al salón, su corazón latía con fuerza y temor de ser descubierta, como si ella no pudiera estar ahí.

Al estar cerca de aquella magnífica escultura podía apreciar como el artista había plasmado a la perfección el dolor de cargar con el peso del mundo entero, como su rostro reflejaba ese dolor de tener aquella difícil tarea, y como había sido engañado por Hércules mostrando como sus músculos solo pedían clemencia, la altura de aquella escultura era de cuatro metros, pero Elsa se sentía como si frente a ella estuviera aquel ser.

En realidad no supo cuánto tiempo estuvo admirado aquella obra, solo se sentó en el suelo a dejar que su mente la llevara a aquellos tiempos en los que los titanes y dioses caminaban entre los mortales.

Cuando su cadera le dolió, se enderezó y vio que por la fascinación que sintió, no vio un par de sillones que había en la habitación. Y al sentarse vio como los muebles no fue lo único que ignoro, en las paredes los cuadros de obras de arte, había escuchado hablar de algunas de las piezas que colgaban en las paredes de aquella habitación.

La "La Liberté guidant le peuple" o la libertad guiando al pueblo, aquella mujer que hondeaba la bandera de Francia teniendo detrás suyo a las personas que luchaban contra la tiranía.

Y algunas más lúgubres, como aquella que tenía al Dios Cronos cortando las alas de Cupido, Elsa se acercó a la pintura, pudiendo leer una pequeña inscripción que había debajo de la pintura.

"El amor lo vence todo, pero el tiempo vence incluso al amor"

Un escalofrío recorrió su espalda comprendiendo aquel significado, Cronos el Dios del tiempo, cortando las alas del Dios del amor, para que no pueda volar muy lejos. El sentimiento que le provocó aquella pintura le hizo salir de la habitación, ella no sabía lo que era el amor, ella no lo comprendía, pero su mente le hizo creer que nunca lo sentiría, pues ella no estaba ahí por amor, claro que lo hizo por amor a su gente, pero nunca podría llegar a sentir aquel amor del que se habla en los cuentos de hadas, en las novelas, o que se hacen en los teatros.

"Yo nunca conoceré el amor"

Y Elsa corrió, corrió fuera de ese castillo, corrió por la cuidad hasta llegar al bosque, quería correr de la acción que había cometido, del error que creyó haber hecho, quería simplemente alejarse de todo.

Fue cuando sus piernas no pudieron dar un paso más, cuando el cielo oscureció y el bosque solo emitía ruidos de los animales nocturnos que se detuvo, se detuvo en medio de la nada, cayendo de rodillas, sintió en sus mejillas las lágrimas que habían salido de sus ojos, sintió como el pecho le quemaba y solo pudo arrastrarse hasta quedar acostada en las raíces de un árbol.

No sabía dónde estaba, y no era como si pudiera moverse en primer lugar.

Solo podía esperar a que amaneciera.

Pero a pesar del cansancio que sentía, el miedo que empezó a recorrer su cuerpo no le dejo dormir en lo absoluto.

Y en la quietud de la noche lo vio, la noche le hizo forzar la vista para poder verlo, era un corcel blanco, majestuoso y sobre de él una persona.

La escucho bajar del caballo y caminar hasta ella, no tenía las fuerzas para alejarse ni mucho menos defenderse, pero la suave voz que escucho fue como un bálsamo en una herida, refrescante y cálida al mismo tiempo.

- Al fin te encuentro.

La voz sonaba llena de ilusión, de anheló.

Sintió como un par de brazos se envolvieron alrededor de ella y la cargaron con fuerza pero al mismo tiempo delicadamente, como si estuviera en un lugar donde nada pudiera hacerle daño.

- Vamos a casa.

Y no importaba a dónde la llevara, Elsa se sentía en casa.