Aqui esta mi nueva adaptación espero les guste.
**Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor
CAPITULO VEINTITRÉS
Marie
Mantuve la palma de mi mano a menos de una pulgada de distancia de mi cara.
—Estuvo así de cerca.
—Estabas alucinando por la hemorragia de Elizabeth.
Él estaba tratando de calmarte. Creo que te estás confundiendo un poco sobre esto —dijo Alice antes de echarse agua en la boca como una jugadora de fútbol profesional mientras estaba sentada en el otro extremo de mi sofá.
Cuando iba camino a casa, le envié un mensaje de texto diciendo que era una emergencia. Había llegado cubierta de sudor directamente del gimnasio, pero tenía que reconocérselo. Casi llega antes que yo a mi casa.
—No estoy confundiendo nada.
—Todavía no te deja a solas con la niña, pero ahora, ¿crees que está tratando de meterse en tus pantalones?
—No dije nada sobre mis pantalones. Solo dije que me miraba como si quisiera besarme y luego posiblemente comerme como un bocadillo.
Arqueó una ceja.
—Sé que has estado fuera del negocio por un tiempo, pero eso normalmente no requiere pantalones.
Suspiré.
—Hablo en serio, Alice. Había algo allí esta noche. Y no solo de mi lado de la ecuación. Estaba sintiendo algo. Sé que lo estaba. Debería haberlo besado.
—No deberías haberlo besado.
—Debería haberlo hecho. Dios, ¿por qué no lo besé?
Se recostó contra el cojín y me miró fijamente.
—Jesús, ¿qué estás pensando ahora mismo?
—Estaba a dos segundos de hacerlo él mismo. Podría haber acelerado el proceso para los ambos.
—¿Te estás escuchando a ti misma? Porque esto es una locura. Y el hecho de que me hayas hecho perder el tiempo llamándome aquí en vez de decirme que te encuentre en el manicomio, donde obviamente tienes que estar, es de mala educación.
Me quedé mirando a la distancia, con un escalofrío en la piel mientras pensaba en su duro cuerpo.
—Era como un baño mágico. Entró ahí y trajo todo este océano de calma con él. Lo que es gracioso, porque Edward suele ser la tormenta. Pero luego me abrazó. Fue tan dulce y tan real.
—¿Sabes qué más es real? Tus delirios.
—Tú no estabas allí. No viste la mirada en su rostro.
Era como si no pudiera detenerse. Estaba en... —Una ráfaga de agua fría me golpeó en la cara—. ¡Mierda!
Ella bajó su cañón de agua/botella de agua y me miró fijamente.
—¡Lo siento! Pero alguien tenía que hacerlo.
Usando la parte inferior de mi camiseta, me sequé la cara con palmaditas.
—¿Qué diablos te pasa?
—Tú, Marie. Tú eres lo que me pasa. —Se puso en pie y se elevó sobre mí—. Me prometiste que podrías manejar esto. Juraste arriba y abajo cuando te traje de regreso de Puerto Rico que podías soportar estar cerca de él sin ponerle los ojos saltones de niña de ocho años de edad. Y aquí estamos, un poco más de tres meses después, ¿discutiendo sobre si debiste besarlo? —resopló y cruzó los brazos sobre su pecho, por suerte sin volver a apuntarme con la botella de agua.
—Ya no es el Edward Masen de quince años. Es Edward Cullen. El padre de tu hija que, gracias al acuerdo de mierda que firmaste, es dueño de tu tiempo con Elizabeth durante los próximos tres meses. Literal y figurativamente: No arruines esto.
—¿Y si me besa? ¿Y si él lo arruina?
Puso los ojos en blanco.
—Por favor, déjame que te ponga en contacto con un chico. Unos cuantos orgasmos y una gran polla diluirían mucho el caso de la locura sexual que tienes en este momento.
—¿Sabes qué? Cambié de opinión. Vete a casa.
Necesito una mejor amiga.
—No. Lo que necesitas es una polla... y no la ficticia que pertenece a Edward Cullen en tus pequeñas fantasías secretas.
—Produjo una hija. Estoy noventa y nueve por ciento segura de que su pene no es ficticio.
—Podría haberse caído en los últimos cuatro años. No lo sabes.
Miré a la pared, mi cara floreciendo con el calor.
—Se la coloca a la izquierda.
Ella jadeó dramáticamente, como solo la loca de Alice podía hacerlo.
—Has estado mirando su polla.
—¡No! —Me mordí el labio inferior—. Bueno... tal vez una vez... por accidente.
—Explícame cómo chequeas accidentalmente la polla de un hombre.
—Ese día llevaba pantalones especialmente ajustados. Se notó cuando se sentó. ¿Qué se suponía que debía mirar?
—Uhhhh... ¿su cara?
—Confía en mí. Si vieras cómo me miraba esta noche, sabrías que su cara es mucho más peligrosa que el contorno de su pene.
—Ew, no digas pene. Estás arruinando mi imagen mental de Edward metiendo su polla a la izquierda.
Mi boca se abrió.
—No acabas de decir eso.
—¿Qué? Es un hombre sexy. Se me permite imaginar.
Deberías intentarlo la próxima vez en vez de quedarte boquiabierta como una pervertida.
—Sí. Hora de irse. —Me desdoblé del sofá y me dirigí a la puerta. Al abrirla, la hice señas como si fuera una azafata que señalaba la salida de emergencia más cercana—. Como mi abogada, ¿puedes hacer el papeleo para terminar nuestra amistad esta noche?
Me siguió y se detuvo antes de llegar al umbral.
—Solo estoy tratando de ser real aquí. Ustedes dos enrollándose tienen el peor tipo de malas noticias escritas por todas partes. —Colocó su mano sobre mi costado y me dio un apretón sobre la cicatriz redonda que, en lugar de desaparecer con el tiempo, se había ido estirado y crecido conmigo—.
No hagas esto más complicado de lo que ya es.
Mis hombros se hundieron mientras la decepción llovía sobre mí. En el fondo, sabía que tenía razón. Ya no era Edward Masen, pero el problema era: Cuanto más tiempo conocía a Edward Cullen, más me empezaba a gustar él también
Era un buen padre con un exterior duro, ¿pero por dentro? Su chica lo ablandó. Y seamos honestos, su sentido del humor era tan seco como el Sahara, pero sus sonrisas sutiles y sus tics labiales iban a ser mi fin.
Me encantaba que no se riera de todo. El sonido rico y profundo era tan raro que cuando me las daba parecía como si hubiera encontrado oro. Claro, odiaba cuando se disculpaba, pero me encantaba la forma en que no era tan orgulloso como para mostrar vulnerabilidad. Y sobre todo, era adicta a la forma en que él no solo podía leer mis emociones, sino también entenderlas.
En muchos sentidos, deseaba que no fuera Edward Masen, porque entonces no habría importado que quisiera arrastrarme a sus brazos y nunca irme.
Pero sí importaba y desear no me había llevado a ninguna parte antes. Esta vez no sería diferente.
—Odio cuando tienes razón.
—Lo sé. Pero una de nosotras tiene que hacerlo.
—Me tiró para un casto abrazo.
— ¿Qué te parece esto? Si tienes razón sobre la forma en que te miraba esta noche y trata de besarte en el futuro y eres físicamente incapaz de apartarte de la trayectoria de sus labios, te doy permiso para que le devuelvas el beso durante ocho segundos antes de empujarlo, diciéndole que ha perdido la razón, que se ha vuelto loco y te vas furiosa. ¿De acuerdo?
Sonreí ampliamente.
—Ocho segundos, ¿eh?
—Si un jinete de toros puede hacerlo e irse sin un corazón roto, tú también puedes.
—Impresionante. Los jinetes de toros y yo.
—Hablando de jinetes de toros, hay un bar country al que deberíamos ir para tu cumpleaños. Pantalones tan ajustados que puedes ser un poco pervertida y ver de qué lado se ponen todos los vaqueros.
Puse los ojos en blanco.
—Ya te dije que no voy a celebrar mi cumpleaños.
—Bueno, sí cambias de opinión, sabes que estoy aquí. —Despidiéndose por encima del hombro se dirigió hacia auto, gritando—: ¡Duerme un poco esta noche! ¡Te ves como la mierda!
Probablemente me veía como una mierda después de haberla perdido en la casa de Edward, pero no lo había mencionado por eso. La preocupación en su rostro cada vez que venía, también conocido como: a revisarme, en las últimas semanas había sido obvia.
Odiaba que yo pasara tanto tiempo en mi estudio improvisado tratando y fallando en hacer una sola pieza que no se sintiera como un fraude.
Necesitaba dormir. No necesitaba señalármelo.
Después de cerrar mi casa y arrastrar mi cuerpo cansado por las escaleras, apenas pude lavarme la cara y cepillarme los dientes antes de caer en la cama. Eran más de las nueve y tenía una cita caliente con la parte posterior de mis párpados cuando mi teléfono sonó en mi mesita de noche.
Edward: Por fin se ha dormido y he prohibido toda la cafeína de la casa.
Uhhhhh... ¿Qué estaba pasando? Edward no me enviaba un mensaje a menos que tuviera algo que ver con las "clases de arte" de Elizabeth. Cosas como: ¿Por qué demonios hay brillo en mi cartón de huevos? o ¡Derramaron tinte en mi escritorio! Pero nunca, ni una sola vez se había acercado a mí para decirme que ella estaba dormida.
Yo: Oye, creo que querías enviar ese mensaje a alguien más. Esta es Marie.
Edward: Sé quién es.
Bien, así que esa teoría se fue por la ventana. El problema era: Sin leer en esto mucho más que la mirada caliente de voy-a-besarte que me había dado en el baño, estaba fuera de otras teorías sobre por qué me estaba enviando mensajes de texto.
Yo: Oh. De acuerdo.
Síp. Eso fue todo lo que se me ocurrió para responder. ¿Oh. De acuerdo?
Idiota.
Edward: Solo quería que supieras que ella estaba bien.
Ni siquiera volvió a mencionar su boca después de que te fuiste.
Santo cielo. ¿Me estaba buscando porque le preocupaba que yo siguiera preocupada? ¿Qué tan dulce era eso? Sentándome en la cama, puse una almohada detrás de mi espalda y sonreí al teléfono.
Yo: Aw, gracias por eso. Odio que se haya hecho daño, pero te prometo que no volverá a pasar.
Edward: Oh, absolutamente volverá a pasar. Quizá no por estar en la silla, pero hará otra cosa. Todavía no nos han puesto puntos, pero con lo propensa que es a los accidentes es solo cuestión de tiempo.
Yo: Sí. Lo siento por eso. Lo heredó de mi parte de la familia. Me rompí el brazo cuando tenía cinco años después de resbalar con una cáscara de plátano.
Edward: ¿Una cáscara de plátano? Estás bromeando, ¿verdad?
Yo: No. Es una historia real. Mi mamá estaba haciendo pan de plátano y una de esas trampas mortales se cayó del mostrador. Mi padre estaba fingiendo ser un monstruo, persiguiéndome por toda la casa. No lo vi antes de que fuera demasiado tarde.
Fue una escena de Los Tres Chiflados.
Edward: Vaya, ¿Los Tres Chiflados? ¿Cuántos años tienes?
Yo: Veintisiete.
Edward: Sé cuántos años tienes. Me estaba burlando de tu referencia a Los Tres Chiflados. Claramente fue una broma fantástica.
Y ahora estaba haciendo bromas.
Mediante texto.
Para mí.
Su archienemiga.
Solo que ya no era su archienemiga.
Era una mujer a la que le enviaba mensajes de texto y contaba chistes a casi las nueve de la noche porque le preocupaba que yo me preocupara por Elizabeth.
Alice estaba tan equivocada acerca de mí confundiendo esa situación en el baño.
Me mordí el labio inferior para suprimir mi sonrisa como si pudiera verme.
Yo: Sí. Cuando era pequeña mis padres no nos dejaban ver la televisión, pero de vez en cuando mi papá nos llevaba a la biblioteca cuando mostraban Los Tres Chiflados en el proyector grande.
Edward: ¿Nada de televisión?
Yo: Nah. Eran de la vieja escuela. Si se conectaba a la pared, no se nos permitía tenerlo. Teníamos libros y arte. De eso se trataba.
Edward: Entonces, ¿cómo te metiste en la fotografía?
Mierda. Estábamos teniendo una conversación. Completa con preguntas y todo.
Mis dedos no podrían volar a través de ese teclado lo suficientemente rápido.
Yo: Bueno, joven mocoso, en la Edad Media, había una cosa llamada película. No funcionaba en una pantalla elegante ni requería ninguna tecnología, así que mamá Swan no podía decir que no.
Edward: Listilla.
Yo: A mi mamá le gustaba la fotografía mucho antes que a mí. Era la fotógrafa más talentosa que jamás había visto. Desafortunadamente, ella murió mientras yo todavía estaba tomando fotos en una cámara desechable así que no me enseñó mucho más que lo básico. Pero supongo que al final lo descubrí.
Esta vez, su respuesta se tardó mucho más y observé la burbuja de texto moviéndose en la pantalla durante más de un minuto.
Edward: Mierda, Marie. Lo siento mucho. No debí haber mencionado a tus padres.
Yo: Tú no los mencionaste. Yo lo hice. Y está bien. Me gusta hablar de ellos. Los recuerdos se desvanecen más lentamente de esa manera.
Edward: Aún me siento como un idiota dadas las circunstancias.
Yo: Sí, bueno. No deberías hacerlo. Si alguien debería sentirse como una idiota, soy yo. Hoy me he metido en tu baño sin siquiera levantar el asiento. Qué grosero.
Edward: Jesús, ¿vomitaste en seco?
Está bien. Así que eso no había salido como estaba planeado. Pensé que podría distraerlo de que se sintiera culpable por sacar a colación a mis padres solo para que se sintiera culpable por vomitar en seco en su baño.
Yo: ¿Qué? ¿Quién ha dicho nada sobre eso? ¿Lizzie se calmó cuando me fui?
Edward: Buen cambio de tema. Y no. Fue una mujer salvaje toda la noche. La única vez que se calmó fue para decirme que Jacob era un experto en amor.
Yo: Awwwww. Eso es tan lindo.
Edward: Jacob no es lindo. Pero te agradezco que le des la inyección de los piojos. Este año estoy tratando de mantener bajos mis gastos médicos. Necesitaré el dinero de la fianza para cuando me enfrente al padre de Jacob.
Yo: ¿Mencionó por casualidad que el padre de Jacob es un ex boxeador profesional de peso pesado convertido en doble de riesgo?
Edward: Oh, por favor. Podría vencerlo. Espera... ¿hablas en serio?
Yo: Tal vez. No puedo recordar exactamente lo que dijo. Era un ex boxeador profesional de peso pesado convertido en doble de riesgo o en proctólogo.
Definitivamente uno de los dos.
Edward: ¿Elizabeth conocía la palabra proctólogo?
Yo: No. Solo intentaba salvarte del horror de escuchar: "El padre de Jacob es un médico que mira el interior de los traseros de la gente".
Edward: ¿Qué tamaño de caja necesitaría para enviar por correo a un niño de cuatro años a China?
Me reí, mi sonrisa tan amplia que fue casi doloroso.
Dios, esto se sentía bien. Fácil y cómodo, como siempre había esperado en secreto que fuera entre Edward y yo. Tomé una respiración profunda, sosteniéndola como si pudiera inhalar este momento y engullirla en mi subconsciente para volver a visitarla en el futuro cuando las cosas inevitablemente se pongan difíciles de nuevo.
Yo: No tengo mucha experiencia en ese campo. Pero tengo fe en que podrías llevar al doctor de traseros de punta a punta. Así que tal vez una charla con sus padres sería la opción más segura.
Edward: Buen punto.
Yo: Oye, ¿Elizabeth terminó las flores de papel que le dejé?
Edward: Más o menos. Ella coloreó un rollo entero de papel higiénico y luego trató de esconderlo tirándolo por el inodoro junto con dos marcadores. El fontanero acaba de irse.
Yo: No lo hizo.
Edward: Oh, si lo hizo. Pero estaba bromeando sobre el plomero. Pude pescarlo todo con una percha de alambre de la tintorería. No fue mi mejor momento, pero tampoco me costó seiscientos dólares así que lo tomaré como una victoria.
Yo: Guau.
Edward: Sí. Así que esa fue mi noche. ¿Cómo estuvo el resto de la tuya?
Le parpadeé al teléfono.
Bien... Así que, ahora, solo éramos dos personas charlando por mensaje a las nueve de la noche como si esto fuera cualquier miércoles por la noche y no la primera vez en... nunca.
Inhalé por la nariz. Está bien. Podría hacerlo. No hay problema.
Yo: Estuvo bien.
Sí, esa era la respuesta inteligente e intrigante que seguramente incitaría horas de conversación, derribaría las barreras entre nosotros y abriría un futuro totalmente nuevo.
Él se acercó a mí y yo le di una respuesta fascinante.
¡Sobresaliente!
Recosté la cabeza contra la cabecera y maldije mis habilidades de casi superheroína para darme cuenta de qué lado se coloca la polla un hombre cuando se viste, pero no respondía a un mensaje de texto con más de tres palabras. Era como si mi cerebro no tuviera idea de que había un maldito botón de borrar.
Edward: Bien. Me alegra que te sientas mejor.
Escucha, Elizabeth tiene esta ceremonia de entrega de premios de fin de año en su preescolar el viernes.
Le prometí que te invitaría. No te sientas obligada a venir ni nada.
Me senté en la cama, casi se me cae el teléfono.
Yo: ¡Estaré allí!
Mi cerebro gritó un recordatorio para escribir más de tres malditas palabras.
Yo: Quiero decir... me encantaría ir. Muchas gracias por invitarme.
Yo: Ella me dijo que iba a recibir un premio de arte y yo desesperadamente quería ir, pero no quería hacer las cosas raras si tú no me querías ahí. Sé que las cosas aún están tensas entre nosotros, así que no puedo culparte.
Yo: La quiero mucho y estoy tratando de no causar problemas contigo.
Yo: Y creo que la mayor parte del tiempo ha estado yendo muy bien.
Yo: Bueno, excepto esta noche, cuando estaba vomitando en seco en tu baño sin levantar el asiento.
En ese momento, mi cerebro gritó que cien y dos palabras eran probablemente demasiadas y tiré mi teléfono sobre la cama para forzar a mis malditos dedos a detenerse.
Mi teléfono vibró, e hice una cuenta de diez ejercicios de respiración antes de reunir el nervio para ver su respuesta.
Edward: ¿Quién ha dicho nada sobre vomitar en seco?
Me reí, vértigo puro arremolinándose en mi cabeza.
Ya había mencionado el vomitar en seco. Otra vez. Porque todavía era una imbécil.
Pero era una imbécil que acababa de ser invitada a la escuela de Elizabeth, donde podía verla recibir un premio de arte.
Yo: No tienes idea de lo mucho que esto significa para mí.
Edward: Es el viernes a las seis y media. Te reenviaré la invitación que la escuela me envió por correo electrónico. Y todos los niños de la escuela reciben un premio de fin de año. Así que, no te emociones demasiado.
Demasiado tarde para eso.
Yo: Gracias, Edward.
Edward: No hay problema. Que tengas una buena noche.
Yo: Tú también.
No tuve una buena noche. Ni siquiera tuve una noche. Porque tan pronto como me di cuenta de que no iba a volver a enviarme un mensaje de texto, tiré las sábanas, me vestí y conduje más de una hora para compartir las buenas noticias con mi familia.
Incluyendo dejar una de las flores de papel de Elizabeth en cada una de sus tumbas.
