II
—Pensé que usted, por encima de todas las demás personas que trabajan aquí, tenía en alta estima a las reglas —dijo el director del hospital a una Hermione que se había puesto colorada a causa de su indiscreción—. Está bien que vengas a visitar a un amigo, pero no puedo permitir que hagas tu trabajo fuera de tu horario, sobre todo cuando no es tu caso. Va contra las normas.
—Pero Harry va a morir esperando por ese especialista —protestó Hermione, pero su jefe alzó la mano para que ella se callara.
—¿Y qué pasaría si el paciente muere porque usted hizo el diagnóstico equivocado? —dijo el director con paciencia, algo que Hermione no podía hallar en ningún lado—. Como dije, no es su caso y, claro, no puedo pretender que usted, con una simple ojeada, pueda hacer el diagnóstico. No nos hicimos sanadores para arriesgar la vida de los pacientes porque a algún sanador se le ocurrió jugar a ser dios.
—Tiene razón —dijo Hermione, respirando hondo para calmarse, aunque falló miserablemente en hacerlo. El hecho que Harry estuviera al borde de la muerte impedía que ella mantuviera la cabeza fría—. Nos hicimos sanadores para salvar vidas. Y déjeme decirle que es precisamente la vida de ese paciente la que me importa. Si tiene siquiera un mínimo de compasión, va a hacer lo necesario para impedir que Harry muera.
—¿Debo entender que está dispuesta a desobedecer una orden directa?
Hermione tragó saliva. Siempre había visto al director del hospital como alguien sabio, amable, pero al mismo tiempo, estricto. Sin embargo, lo que estaba viendo no se acercaba para nada a lo que había aprendido de su jefe. Trató de dar algún rodeo ante la pregunta.
—¿Cómo dice?
—Responda, señorita Granger.
Sus entrañas se convirtieron en plomo ante la severidad con la que había hablado el director del hospital. Había llegado a un punto de inflexión en su carrera. Si escogía no hacer nada, era muy probable que Harry perdiera la vida. Por otro lado, si actuaba de acuerdo a sus emociones, tendría una chance de curarlo, pero seguramente tendría que buscarse otro trabajo. Pero, por supuesto, desobedecer al director del hospital mágico más importante del país iba a minar seriamente su reputación. Todos los sanadores de la nación sabrían lo que pasó y, en un santiamén, Hermione tendría que alejarse de la medicina y escoger otra profesión. Ninguna de las opciones ofrecía buenas posibilidades, y parecía ser que ambas eran igualmente malas.
—¿Y bien? ¿Cuál es su decisión? —presionó el director del hospital. Hermione volvió a tragar saliva.
—Voy a salvar la vida de Harry —dijo Hermione, aunque si fue fruto de su razón o sus emociones, no estaba totalmente segura—. No puedo quedarme de brazos cruzados, sabiendo que puedo hacer algo por él.
El director del hospital suspiró.
—Eso es desafortunado, señorita Granger. Sin embargo, dejaré que haga su trabajo, en honor a su destacada labor previa.
—¿No me va a despedir?
—No, señorita Granger —dijo el director del hospital, aunque aún seguía apenado por alguna razón—. Usted va a renunciar. Considérelo un premio de consuelo, si es que así lo quiere.
Hermione miró a su jefe con incredulidad.
—Pero, si renuncio, voy a perder la indemnización por tiempo de servicio.
—Como usted quiera —dijo el director del hospital, sacando un trozo de pergamino, una pluma, tinta, y comenzó a escribir lo que parecía una especie de carta—. Sin embargo, es mi deber informarle que si no renuncia, me veré obligado a despedirla y a notificar de sus acciones a todos los hospitales mágicos del mundo.
—¿Del mundo? ¿No del país?
—Bueno, ningún director de hospital desea un sanador que use su corazón en lugar de su cabeza, ¿no cree usted? La medicina es una ciencia, no un oficio o un arte, señorita Granger. Puede irse.
Hermione sentía que le ardían las orejas, a tal punto que imaginó humo brotando de ellas. Murmurando cosas que el director del hospital no escuchó, volvió a la sala en la que estaba internado Harry y esperó por el regreso del sanador que había ido a Borgin & Burkes a corroborar la teoría del collar.
Por fortuna, o por desgracia, dicho sanador llegó a la carrera, respirando con mucha dificultad.
—Señorita Granger —dijo el sanador, casi sin aliento—. Le tengo noticias.
—¿Buenas o malas?
—Ambas.
Hermione frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—A que el collar fue entregado en préstamo hasta ayer —dijo el sanador, recuperando lentamente la respiración—. Coincide con el tiempo en que el paciente estuvo desaparecido. Pero Borgin dijo que el prestatario no se identificó. Ya sabe cómo son las cosas en Knockturn. Nadie sigue las reglas allá. Lo único que sé es que ese desconocido entregó un montón de dinero por ese collar.
—Entonces, era cierto. Harry no tiene dos días. Podría morir dentro de las próximas horas.
—¿Y qué hacemos? —preguntó el sanador que había ido al callejón Knockturn—. Ese maleficio no es algo que podamos curar con una pócima o algo por el estilo. Se necesita mucho tiempo para que se recupere, si es que ese collar no dejó alguna secuela permanente. Tal vez mi colega tenga razón. Deberíamos esperar al especialista y rezar para que el paciente siga vivo hasta entonces.
Hermione no dijo nada. Se llevó una mano al mentón, paseándose de un lado a otro, tratando de recordar los hechos en sexto, cuando una alumna había pasado por algo parecido, claro que a menor escala. No podía recordar si había sido un hechizo o una pócima lo que se había usado en esa ocasión para eliminar el maleficio. Vamos, vamos, Harry no tiene mucho tiempo.
El sanador que había ido a Borgin & Burkes miraba a Hermione con preocupación, como si el hecho que ella encontrara o no la cura para la condición de Harry supusiera un asunto de vida o muerte para él. Al final, dándose cuenta que ella estaba perdida en cuanto al problema actual, dio un paso adelante.
—Señorita Granger. Creo que hay algo que podemos hacer por el señor Potter.
Hermione miró al sanador con ojos fulgurantes.
—¿Y por qué mierda no me dijiste antes?
—Es que acabo de recordar algo que me platicó el director del hospital en una oportunidad, algo sobre maleficios latentes. No me acordaba porque el caso del señor Potter es un poco diferente, pero podría funcionar.
—¿Y de qué se trata? —inquirió Hermione con brusquedad.
—Es muy arriesgado —dijo el sanador, quien tragó saliva—, porque el paciente podría perder la vida de forma permanente.
Hermione taladró con la mirada al sanador.
—¿Qué quieres decir con "permanente"?
—Es que esta clase de maleficios solamente funcionan en seres vivos —explicó el sanador, sacando su varita e instando a que Hermione hiciera lo mismo—. En palabras simples, tenemos que matar momentáneamente al paciente, de modo que el maleficio desaparezca.
Hermione sintió cómo sus entrañas se retorcían dentro de ella.
—¿Quieres matar a Harry?
—Como dije, solamente será algo temporal. La idea es causar un paro cardíaco, de forma que su cuerpo deje de funcionar. Pienso que el tiempo de supervivencia de un maleficio de este tipo en un cuerpo inerte es de unos treinta segundos, de acuerdo con lo que me platicó el director del hospital. Lo máximo que podemos esperar para que podamos reanimar al paciente es de un minuto.
Un minuto para revivir a Harry y treinta segundos para que el maleficio desapareciera. No era un margen tan estrecho como Hermione creía, pero aun así, había muchas cosas que podían salir mal, aparte que matar a un paciente, aunque fuese de forma temporal, iba en contra de todas las reglas habidas y por haber de la medicina, ya sea mágica o muggle. Pero, Hermione razonó, eso ya no importaba. Pasara lo que pasara, ya no iba a trabajar más en San Mungo, porque no tenía ninguna intención de renunciar. Si era despedida a la mala, aún podía cobrar su indemnización, pues no había cometido ninguna infracción grave al contrato. Desobedecer a su superior no era óbice para perder los beneficios del desempleo.
Dejar morir a un paciente sí lo era, sobre todo cuando había una posibilidad de salvarlo.
—De acuerdo —dijo Hermione después de un largo momento de reflexión—. Hagámoslo.
El sanador asintió con la cabeza, arremangándose la túnica y blandiendo su varita como si fuese un guerrero a punto de asestar el golpe final a algún enemigo. Hermione hizo lo mismo.
—A la cuenta de tres —dijo el sanador, notando que su varita estaba temblando a causa de los nervios—. ¿Estás lista?
—Lista.
—Tres, dos, uno, YA.
Ambos sanadores usaron sus varitas para aplicar una descarga eléctrica que frenó el corazón de Harry al instante. Hermione, sintiendo que todo su cuerpo se estremecía, comprobó el pulso. No encontró ninguno.
—Vamos a contar los treinta segundos en tres, dos, uno… ahora.
Hermione llevó la cuenta en su mente, aunque le era muy difícil mantener la concentración al ver a su mejor amigo muerto, aunque fuese por unos cuantos segundos. Confiaba en que su colega también estuviera contando los segundos, pero imaginó que debía sentirse del mismo modo que ella. Después de todo, se trataba de un procedimiento que jamás se había hecho en la historia de la medicina mágica.
Quince segundos… dieciséis… diecisiete…
Ambos sanadores notaron un extraño siseo que parecía provenir del cuerpo de Harry, e imaginaron que se trataba del maleficio. Cuando iban veinticinco segundos, se dejó de escuchar el siseo e intuyeron que el hechizo había abandonado por completo el cuerpo del paciente.
—Reanimación en tres, dos, uno… ya.
Ambos aplicaron una carga eléctrica más suave para hacer que el corazón de Harry volviera a latir, pero no ocurrió nada. El cuerpo solamente pegó un brinco y volvió a su lugar, sin moverse, sin pulso… sin vida.
—No esperaba que funcionara al primer intento —dijo el sanador frente a Hermione, limpiándose el sudor de su frente—. De nuevo. Tres, dos, uno…
Pero el shock dio el mismo resultado anterior. Volvieron a intentarlo nuevamente, pero el corazón de Harry se rehusaba a latir. Hermione estaba comenzando a perder la compostura y realizaba shock tras shock, pero ni un atisbo de vida pudo percibir de su mejor amigo.
