Muchísimas gracias por todo el apoyo que está recibiendo este triste intento de historia.

De verdad no se como agradecer su apoyo, tomo sugerencias :3

Como siempre los personajes no me pertenecen yo solo los ocupo sin fines de lucro.

Capítulo XV. La lealtad

El rey sentía aun ese molesto sonido en sus oídos, sumado al hecho de que su estomago aun no lograba tranquilizarse, le hizo que viera con dureza a los hombres frente a ella.

Pues aunque se encontraba entusiasmada por el nuevo invento de aquellos hombres, no podía permitirse el lujo que otra persona los usara, ya sea en su contra o en beneficio de alguien mas que no fueran los ciudadanos de Arendelle. Ella era consciente que era necesario que sus allegados fueran leales sola a ella, o en su defecto a Arendelle, por lo que no le importaba gastar oro, posiciones, bienes, recursos, o prestigio para que ella fuera a la única que juraran lealtad. Y posiblemente ese fuera el mayor error del rey, puesto que ella no creía que alguien pudiera ser leal a ella solo por su persona, siempre pensaba que eran leales al oro de sus bodegas, al poder de su ejercito, o a su facultad de poder hacer sus sueños realidad.

Los hombres vieron con cierta esperanza a la mujer frente a ellos, pese a la mirada dura de su rey, podían ver como este se encontraba complacido por su trabajo, y pese a que lo hicieron con la intensión de alegrar y ayudar al rey que los habia cobijado cuando fueron expulsados de sus reinos, no podían negar que tener un beneficio extra por su labor no fuera bienvenido.

- Dime Vicenzo, ¿Que es lo que quieres?

El hombre se quito el fósforo de su boca e hizo una ligera mueca mientras se apoyaba sobre su pie izquierdo y tomaba un cigarro de tabaco de la bolsa de su chaqueta.

- Creo que es tiempo de mi retiro, ya sabe, estar en el centro con Jim, abrir una florería, vender tulipanes, rosas, puede que adoptar a un niño, Jim a estado hablando de ello, y no puedo sacarle la idea de la cabeza.

El rey le sonrío al hombre, claro que sabia que aquella era la ilusión de este.

Recordaba cuando había sucedido su encuentro y aunque no fue el mejor de los momentos, ella solía recodar con cierto cariño al hombre, ella había ido a Italia a entablar conversación con el rey de aquel momento. Los tratados no eran nada del otro mundo, el rey de Italia quería comprarle armas a Arendelle por el creciente poder que significaba el imperio del pais vecino con el emperador Napoleón a cargo y Anna podía utilizar la entrada al mediterráneo para facilitar los viajes al Medio Oriente, y a pesar de que las negociaciones fueron fáciles con un cómodo precio sobre de las armas a cambio del uso de muelles y ciudades portuarias, hubo algo que hizo de su estadía en el país mediterráneo no del todo cómoda.

El rey de Arendelle había sido invitada a pasar su estadía en el palacio Real de Nápoles, y pese a su insistencia para ocupar una villa ajena al rey, fue convencida para permanecer en aquel palacio, fue tratada con el mayor respeto por parte de los siervos, sin embargo la mañana en la que estaba programada su partida, vio algo que llamo su atención, un hombre claramente del ejercito de aquella nación, recibía un duro castigo en la plaza frente al castillo, los honores de su uniforme habían sido arrancados, de su frente caía un río de sangre, y su espada estaba siendo cruelmente castigada con un látigo de nieve colas, despedazando la piel de su espalda.

La escolta del rey de Arendelle la siguieron cuando esta atravesó la plaza para saber el por que de aquel castigo, pues ella suponía había sido producto de traición a la corona, y quería saber como lo habían descubierto para evitar una en su propio ejercito.

Un coronel de la armada Italiana, el ejecutor del castigo hizo una ligera reverencia cuando tuvo enfrente al rey de Arendelle, aunque cabe destacar que había sido difícil para el por el, hecho de que el rey fuera una mujer, sin embargo no podía permitirse ser el provocador de un altercado entre ambos reinos, por lo que oculto lo mejor posible su disgusto.

- Rey Annabelle, ¿puedo ayudarle en algo?

- Este hombre, ¿cual fue su crimen?.

El sonido del látigo rompiendo el viento fue opacado por el grito de dolor del hombre, que estaba rendido a su destino.

- Es un depravado, alteza.

- Ya veo. - la respuesta no fue del todo satisfactoria para el rey, siendo que en Arendelle cualquiera que abusara de otro en contra de su consentimiento, era castigado con la amputación de sus manos. - ¿Como fue que lo descubrieron? - decidió preguntar, solo para hacer mas efectiva la búsqueda de aquellos infractores.

- Se le encontró con otro hombre en la bodega de alimentos, según su declaración, obligo al muchacho amenazándolo, ya teníamos un reporte por un superior por ser un afeminado, por lo que el otro solo recibirá un par de días en la mazmorras, este, al amanecer será ejecutado.

El rey vio al hombre postrado al punto del desmayo, delirando en sus últimos momentos, con la mirada perdida, con su espalda sin ningún rastro de piel, solo con la carne viva, sangrante.

- Ya veo, gracias.

Camino a su dormitorio, sabia que en aquel reino eran cazados las personas que preferían a las personas de su mismo sexo, poco podía hacer ella para ayudar a todas ellas, sin embargo suponía que aquel hombre se había entregado como un infractor antes de que a su pareja le hicieran algo, eso era algo digno de admirar, mas cuando vio que los honores del hombre no eran algo que se pudiera conseguir de la noche a la mañana, posiblemente había pasado toda su vida para ascender, y lo había perdido todo en un momento.

Con cada paso que daba, Anna mas se convencía de que aquello era una estupidez, sin embargo, su padre le había inculcado el seguir sus instintos en ese tipo de situaciones, y ahí estaba, caminando entre las mazmorras del castillo buscando a aquel hombre. Entrar había sido extrañamente fácil, solo un par de monedas de oro, y el guardia le abrió la puerta, ella no estaba acostumbrada a ese tipo de lugares, sin embargo seguía caminado, necesitando saber si sus sospechas habían sido ciertas.

Apenas llego a la celda correcta vio como un par de ratas comenzaban a rodear al hombre que permanecía sentado en contra de la pared, buscando saciar su hambre con la carne de este. Su escolta golpeo la puerta de metal para espantar a los roedores y hacerle ver al hombre su presencia, sin embargo este solo se limito a alzar un poco la cabeza para después volver a bajarla.

-¿Amenazaste a tu pareja para tener relaciones? - pregunto el rey, sabiendo que no tendría su entera atención.

- ¿tiene un cigarrillo? Moriría por uno ahora mismo. - el hombre río ante su propia broma.

- Responde lo que te pregunte.

- ¿Importa?

El rey se sentía decepcionada de su corta travesía, y estaba por retirarse, cuando la voz del hombre retumbo en las paredes.

- Claro que no, nos amamos, bueno, yo lo amo.

El rey sonrío, y saco un cigarrillo de su bolsillo y terminó ofreciéndolo por entre los barrotes de la puerta. - Toma.

El hombre se levanto tambaleante, acercándose a la mujer frente suyo. Listo para fumar el que creía seria su ultimo placer.

Cuando la mano tambaleante tomo el cigarro, una firme mano tomo su muñeca impidiéndole moverla. - ¿Cual era tu rango?

- General, experto en explosivos.

El rey soltó la mano, y con un movimiento de cabeza su escolta abrió la puerta con las llaves que el guardia les había proporcionado.

Decir que estaba sorprendido era poco, Vicenzo por un momento pensó estaba delirando, solo sintió de nuevo la realidad, cuando a bordo de un barco, Jim, su pareja le rodeo con sus brazos dandole un gran beso.

- Si es lo que quieres, tienes mi apoyo, solo necesito entrenes a tu suplente para la fabrica de pólvora.

Vicenzo asintió, viendo frente a el, aquel ideal que solo había sido un sueño imposible.

- Ahora que lo pienso, la nueva colonia en Corona podria ayudarte con el cultivo de la flores.

La sonrisa del hombre solo fue una pequeña prueba de lo feliz que se sentía en aquel momento, y no dijo nada, pues sabia que las palabras no podían ser lo suficiente para agradecer al rey frente suyo.

La mirada del rey se poso sobre del otro hombre, pues ya sabia que era lo que pediría.

- Sabe, he sabido que la guerra en contra de Corona dejó muchos cuerpos sin reconocer. - Dijo Gaetan. - No se...si se podrían transportar, ya sabe para practicar con ellos.

Todos los presentes vieron con cierto desprecio al hombre de baja estatura, pues para la mayoría era sabido el porque había sido expulsado de Francia.

- Claro, haré que te los traigan en el primer barco que venga.

El hombre tuvo que pasar saliva, por el placer de saber que tendría en su poder aquellos cuerpos.

El había sido uno de los prisioneros de la bastilla, pues cuando joven gustaba de profanar tumbas y a los cuerpos que guardaban en ellas. Cuando fue liberado no tardo mucho para que el nuevo estado lo buscara para encarcelarlo, claro que esa vez fue más rápido, terminando huyendo del pais.

Por cuestiones del destino, terminó entrando a Arendelle, siendo encarcelado al poco tiempo, por haber sido encontrado en uno de los cementerios a punto de abrir una tumba. Sin embargo su conocimiento en varias ramas de las ciencias, le dio cierto prestigio entre los presos, y no tardo mucho para que fuera liberado como investigador, pero su afición necrofila debía mantenerse en control solo con los cuerpos de aquellos que eran desconocidos.

Ninguno de los dos hombres había esperado llegar ahí, sin embargo, estaban del todo seguros, darían la vida por su rey.