IV
—Potter ha despertado, señor.
Aquellas palabras le habían sentado muy bien al Alquimista. Miraba atentamente a la cabeza del hombre con el que estaba hablando, una cabeza rodeada de llamas. Al parecer, la noticia había sido reciente, porque dudaba que un mago pudiera recuperarse de semejante maleficio como quien se recuperaba de un resfrío.
—Eso es bueno —dijo el Alquimista de buen humor, bebiendo un sorbo de whiskey de fuego mientras tanto—. Asegúrate que llegue al recinto mañana. Si mal no recuerdo, Potter estará un día en observación.
—Estoy en eso, señor.
—Mantenme informado.
La cabeza asintió brevemente antes de desaparecer de la chimenea. Sin embargo, el Alquimista no había acabado de usarla. Se puso de pie, arrojó más polvos flu al fuego y pronunció el nombre de otra persona.
—¿Se le ofrece algo, señor?
—Quiero una actualización con el asunto del maletín.
—Hemos logrado identificar el refugio donde se encuentra —dijo el agente en un tono casi militar—. Podríamos tomarlo por asalto, pero no contamos con el personal suficiente. Además, hay otras complicaciones.
—¿El encantamiento Fidelio?
—Así es, señor. Aunque sepamos en qué edificio se encuentra, no podríamos encontrarlo jamás.
—Entonces sabes cuál es el siguiente paso. —El Alquimista se puso de pie nuevamente y se acercó a un gabinete donde tenía documentos varios y extrajo un libro particularmente voluminoso. La tapa estaba adornada con un fénix a todo color que parecía moverse por su propia cuenta. Lo abrió más o menos en la mitad, donde aparecía una lista de nombres. Buscó el nombre que necesitaba con el dedo y, cuando lo hubo hallado, cerró el libro, dejándolo a un lado. Le dijo el nombre al agente, lenta y deliberadamente, para que su hombre no tuviera duda alguna.
—¿Está seguro que es la persona que estamos buscando?
—¿Por qué lo preguntas?
—Pues todos sabemos que el está… bueno… muerto.
—Hay una solución para ese problema —dijo el Alquimista, recordando que debía contactarse con su infiltrado en Hogwarts—. Regresen a la casa segura y esperen instrucciones. Bajo ninguna circunstancia salgan de allí. ¿Entendido?
—Entendido, señor.
La cara desapareció de las llamas, pero el Alquimista juzgó que aún no era prudente contactarse con su infiltrado en Hogwarts. De todos modos, él le avisaría cuándo sería seguro hacerlo. De momento, se contentó con devolver el libro al gabinete y a beber otro sorbo de whiskey de fuego. Cuando se trataba de un plan que había sido urdido durante siglos, lo peor que uno podía hacer era perder la paciencia y el temple.
Sin embargo, había un último asunto que atender, e implicaba contratar a alguien que había perdido su trabajo hace muy poco.
El primer día de desempleo fue uno de los peores que Hermione jamás hubo experimentado. No podía quedarse en casa, donde solamente estaba acompañada de noche. Lamentaba haberse negado a tener un poco de sexo antes de dormir. Vaya que le hacía falta para, por lo menos, relajarse un poco después de haber perdido su trabajo. Como sanadora, Hermione sabía que el sexo tenía un montón de beneficios para la salud, pero había ocasiones en las que simplemente quería dejarse caer sobre la cama y dormir hasta decir basta.
Sin embargo, eso no le había hecho demasiado bien.
Había ido a dos entrevistas de trabajo ese día, y en ninguna de ellas le fue bien. Al parecer, aquel desacuerdo con su ex jefe en San Mungo se había regado como fuego en un pastizal. Su currículum era excelente, y su única mácula era precisamente la razón por la que había sido forzada a renunciar. Daba lo mismo si los trabajos a los que estaba postulando no tuvieran relación con la salud, los empleadores no estaban dispuestos a correr riesgos con una empleada que posiblemente contradijera las órdenes de su superior. Sin embargo, pese a todo, Hermione se dijo a sí misma que solamente había pasado un día desde que perdió su empleo. No era suficiente tiempo para desesperarse.
Sin embargo, pasaron dos días más, y el asunto se estaba tornando tonto. Hermione había postulado a diez empleos más, y siempre, sin excepción, se esgrimían las mismas razones. Era como si en todas partes los empleadores se hubieran puesto de acuerdo para no contratarla. Incluso en el Ministerio no la querían, pese a todo lo que había hecho, pese a su currículum, pese a que era más capaz que muchos de sus funcionarios.
Cuando volvió a su casa ese día, Hermione ni siquiera tenía ganas de comer. Se derrumbó sobre su asiento, notando que una lechuza estaba de pie en la mesa ratona, con una pata extendida. Delante de ésta, yacía un periódico. Recordó que estaba suscrita al Profeta y le pagó a la lechuza. Cuando ésta hubo salido por una de las ventanas, Hermione tomó el periódico y leyó la primera plana.
IMPACTANTE DESCUBRIMIENTO
Después de años de estudio por parte de los Inefables, al fin se ha hallado el real propósito del misterioso velo dentro del Departamento de Misterios.
Pese a que los detalles del descubrimiento se han mantenido bajo un riguroso secreto, uno de los Inefables a cargo del equipo de investigación dio a conocer que el velo no se parece a nada de lo que se había dicho en un principio. Durante mucho tiempo se pensó que el velo era una especie de portal entre el mundo de los vivos y el de los muertos, pero nueva evidencia apunta a algo muy distinto. De nuevo, los Inefables no dieron detalles al respecto, pero se ha revelado que este descubrimiento se hará público en cuanto se haya demostrado que no supone una amenaza para la comunidad mágica. Más detalles en la página cinco.
Hermione abrió el periódico en la página cinco y vio que los Inefables estaban reclutando gente de diversas disciplinas para un estudio más exhaustivo del velo, aunque ninguno de ellos dio a conocer cómo sería seleccionado el personal. Típico de los Inefables se dijo Hermione, cerrando el periódico y poniéndose de pie para prepararse algo de comer. Nunca revelan nada importante.
Hermione iba a entrar a la cocina cuando oyó la puerta abrirse. Olvidando el bocadillo, dio media vuelta hacia la sala de estar y vio a su pareja de hace tres años. Tuvo que suprimir una risa. Ron Weasley, al menos en un principio, no parecía tener madera de novio, más que nada por su comportamiento durante sexto año, pero le había sorprendido lo atento que podía llegar a ser. Claro, a veces podía ser alguien despistado y que no se tomaba las cosas en serio, pero su lealtad y disposición a apoyarla finalmente pesaron más que sus defectos. Eso no significaba que no tuviera debilidades, porque las tenía. A Hermione se le revolvía el estómago cada vez que salía de fiesta con sus amigos (y ella no le prohibía hacerlo, porque él no lo hacía cada vez que ella salía con sus amigas), porque los amigos de Ron tenían la mala costumbre de invitar amigas atractivas, y Ron tenía una debilidad por ellas. No obstante, según los amigos de Ron, él jamás le había sido infiel con otra, aunque sí parecía más animado en compañía de ellas.
Pero Ron no volvía de una fiesta, sino de su trabajo. Había declinado de trabajar para el Ministerio, pues de ese modo, su padre no podría ser acusado de nepotismo. En lugar de eso, Ron escogió trabajar en la administración de los Chudley Cannons como asistente de contabilidad. No era un trabajo demasiado lucrativo, y Ron debió realizar una capacitación en auditoría, pero, con la ayuda de Hermione, consiguió el trabajo y no había tenido malos ratos desde entonces. Sin embargo, su más grande ambición era jugar de guardián para tal equipo y había estado practicando asiduamente para tal menester.
—¿Aún sin suerte? —preguntó Ron después de propinar un breve beso a Hermione.
—Es como si estos empleadores gozaran de memoria colectiva —rezongó ella, volviéndose a derrumbar sobre el sillón, como si discutir sobre el tema le robara las energías—. Todos me dicen lo mismo, que soy una especie de rebelde. Ni siquiera miran mi currículum.
Ron suspiró en señal de apoyo a su pareja.
—Es injusto —dijo, tomando asiento junto a ella y tomándola por los hombros—. Salvaste la vida de Harry y te obligan a renunciar—. Ron pareció recordar algo y revolvió los bolsillos de su túnica, hallando un sobre sellado. Se lo tendió a Hermione, quien lucía mistificada por la carta.
—¿Es para mí?
—Dice tu nombre, aunque no tiene remitente.
Hermione frunció el ceño. Tomó la carta y comprobó que, en efecto, el nombre del remitente brillaba por su ausencia. Luego, se preguntó cómo no había visto el sobre cuando llegó a la casa, pero se percató que aquello era irrelevante. Rompió el sobre, extrajo la carta, pero cuando iba a leerla, se le cayó el alma a los pies.
—¿Pasa algo? —inquirió Ron, viendo el contenido de la carta, solamente para dilatar los ojos a tope—. ¿Qué mierda es eso?
—Lo mismo quiero saber —dijo Hermione, dejando la carta sobre la mesa, pensando en quién podría enviarle algo así.
311213521834
Nada es lo que parece.
Divide y vencerás.
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