Muchas gracias por todo el apoyo que está recibiendo este triste intento de historia.
Está es la ultima actualización del año, Feliz Año Nuevo!
Nos leemos en la próxima Década!
Cómo siempre los personajes no me pertenecen, yo solo los ocupó sin fines de lucro.
Capitulo XX. Preparativos y pelea.
Mientras más se acercaba la fiesta por el cumpleaños del rey, la tensión subía, cada uno de los ayudantes del castillo corría de un lado a otro, verificando más de dos veces que todo estuviera en orden, no podían permitirse que cualquier cosa saliera mal.
Sin duda alguna, todos estaban estresados, pero había alguien que lo estaba mucho más.
La rubia apenas podía leer un par de páginas de algún libro, cuando casi de inmediato cualquier persona la interrumpía, había ocasiones en los que los pedidos eran de lo más extraños, desde de qué color debían ser las cortinas, hasta como debían vestir los encargados de sala o si estos deberían vestir igual a los sirvientes.
Podía jurar nunca había tomado tantas decisiones, llegando al punto de llegarse a cuestionar si había tomado una buena decisión al pedirle a Anna que dejara encargarse de la fiesta.
La antigua princesa de Corona, caminaba rumbo al despacho del rey, tenía planeado almorzar juntas, pero apenas estuvo en el pasillo, pudo escuchar la voz de Anna retumbar en el.
- La bóveda debe estar resguardada, las habitaciones del ese pasillo no pueden ser ocupadas, hay suficientes fincas para dar abasto a los invitados, mi traje debe ser negro...
Los pasos de Elsa la llevaron a ver cómo dentro del despacho habían más de veinte sirvientes, podía escuchar sus susurros, al querer la atención del monarca cuanto antes.
Fue más de una hora para que el rey pudiera desocuparse para atenderla.
En sus ojos se veía el cansancio, y podía jurar que estaba haciendo lo posible para no estallar.
- ¿Que deseas Elsa? - el rey trato de hacer sonar su voz lo más suave posible, pero el estrés le hizo la tarea difícil.
- ¿Haz comido? - Pregunto haciendo como si no hubiera visto una bandeja a medio comer sobre el escritorio.
- Estoy atrasada con el papeleo sobre los impuestos, y la compra de lo necesario para esta estúpida fiesta.
El labio de la platinada sufrió entre sus dientes. Pues una idea emergió dentro suyo, pues sabía era un anhelo que estuvo durmiendo en su interior por años, y no sabía si pudiera soportar una negativa.
- ¿Gerda no te está ayudando? - hizo sonar su voz como si fuera simple curiosidad, aunque estaba preparando el terreno para su verdadera pregunta.
- Ella y Kai están haciendo lo mejor posible por mantener las cosas bajo control, pero hay cosas en las que ellos no pueden decidir. - Dijo el rey mientras tomaba un documento y comenzaba a leerlo, estudiando cada palabra las consecuencias y el porque de el, para después tomar la pluma que le perteneció a su padre y firmar con su nombre, y finalmente ponerlo en la pila donde descansaban los que estaban terminados.
- ¿Y por eso vienen a ti?
El rey asintió distraídamente.
- Y por ejemplo, ¿quien más podría tomar esas decisiones?
La mirada de la pelicobre se alzó ligeramente, observando con atención a la rubia, solo para después volver a bajarla y leer el documento entre sus manos. - Alguien de la familia real, es tradición que sea la misma la que organiza este tipo de cosas.
El pequeño anhelo de la princesa fue tomando forma, pues aunque aun no habia una argolla en su dedo, ni mucho menos estaban casadas, fue la misma Anna la que le había dado el nombre de Elsa de Arendelle, su mujer. Y eso le dio el valor de hacer la pregunta.
- ¿Puedo encargarme de los preparativos de la fiesta?
Los pocos segundos que tardó en contestar, fueron una verdadera tortura, sintiendo su corazón latir desesperado en su pecho.
- Claro.
- Estoy segura que puedo hacerlo, e leído los estándares de la realeza de Arendelle e incluso los protocolos, además te puedo preguntar cualquier cosa en la que tenga dudas. - soltó de golpe Elsa sin haber escuchado la respuesta del rey, dandole razones para aceptar.
- Confió en ti, pero claro que puedes venir si lo crees necesario.
- Se que estoy preparada para esto, solo necesito una oportunidad.
- No lo dudo, pero no te exijas demasiado.
- Se que es una gran responsabili... espera - En su mente Elsa reprodujo la conversación. - ¿Puedo hacerlo?
- Si, pero como dije no te exijas demasiado.
- Juro no te arrepentirás.
El rey sonrío por la ternura que Elsa le causaba, aún sabiendo que su decisión podría significar que los rumores que corrían en su reino se intensificarán.
La rubia corrió fuera del despacho para comenzar con su labor, dejando sola a Anna.
El rey por unos cuantos minutos se permitió relajarse, recargándose en contra del respaldo de su sillón. Con su mano derecha abrió uno de los cajones de su escritorio, un par de papeles se asomaron, pero ello no era lo que buscaba, alzando un trasfondo, dónde descansaban los objetos más preciados del rey, entre sus manos tomo una antigua reliquia familiar, una alianza de oro con apenas un par de diamantes sobre de el, aquella pequeña argolla era aún más valiosa que todo el oro de sus arcas, aquel anillo había visto a su reino nacer, estuvo en la mano de las reinas en los tiempos de abundancia, y también en los de guerra y hambruna, le perteneció a su madre y fue con la que su padre unió su vida con la de ella, por unos segundos admiro el anillo en su mano, antes de volver a guardarlo en su lugar.
Apenas se había sentado a probar los platillos que serían servidos durante la celebración, según tenía entendido era lo ultimo que se veía, y Elsa no podía estar más agradecida de ello, ahora solo era cuestión de ver que todo saliera según lo previsto y estar preparados para cuando comiencen a llegar los invitados.
Los platos fueron puestos sobre la mesa frente a ella, debía escoger de entre cuarenta opciones de cada tiempo, veinticinco platillos, para los cinco días que duraría la celebración, para que cada día se sirvieran tres diferentes comidas y hubiera dos de opción si ello no era del agrado de los invitados. Y aunque pensó sería sencillo, entre la décima sopa y la cuarta pasta comenzaba a cuestionarse ello. Pues cada que comía algo de su agrado y decidía que estaría en el menú, una nueva llegaba y le hacia cuestionarse si era correcto, todo fue a peor cuando los platos fuertes llegaron, pues la sopa podía contrastar incorrectamente con este y todo se saldría de control, el infierno se abrirá y los cuatro jinetes del Apocalipsis partirían el cielo para desatar su furia sobre la tierra, bueno podría ser que estaba exagerando, pero si sería incómodo que sucediera.
Y fue cuando una idea iluminó su ser, sería la perfecta oportunidad para pasar tiempo con Anna, podrían tomarlo como un juego, o inclusive como un ensayo para algo más grande en el futuro, sus mejillas se sonrojaron por el pensamiento de una boda protagonizada por ella y la pelicobre que robaba su aliento.
Se disculpó con los chefs prometiendo volver con el rey a su lado.
Algunos sirvientes la interceptaron para pedirle su opinión sobre algunas pequeñeces, e inclusive su autorización para usar algunas de las alcobas como bodegas improvisadas, su pecho se inflaba con orgullo pues ahora no veía como los demás tomaban las decisiones por ella, era ella la que estaba a cargo.
Su sonrisa se hizo aún más grande cuando vio el despacho del rey. Sin embargo sus pasos se detuvieron al ver a uno de los guardias personales de Anna junto a uno de los perros de la misma guarida, escoltando a un hombre que vestía un uniforme terriblemente familiar, y el recuerdo del porque estaba ahí se hizo presente en su mente, todo lo que había acontecido desde su llegada le había nublado la mente, pues el recuerdo de su reino caer ante Anna y como ella aprovechó eso para tenerla a su merced le hizo sentir como su corazón se estrujo en dolor, y miles de pensamientos emergieron en su cabeza como si ellos fueran un desastre natural, tan contradictorios entre ellos que no sabía que era lo que realmente sentía en ese momento.
Sin detenerse a pensar lo que estaba haciendo, camino hacia el despacho y abrió las puertas con fuerza.
Las miradas de las tres personas que se encontraban dentro cayeron sobre de ella, podía ver el desconcierto de ellas, sin embargo la mirada que recibió del rey, era hasta cierto punto apacible como si hubiera previsto su visita.
- Alteza, es un gusto verla de nueva cuenta. - El mensajero de Corona se inclinó, dejando ver su felicidad por su presencia, pues con ella ahí, podría hacer el rey de Arendelle aceptara la propuesta.
La rubia miro como el hombre se enderezaba, antes de ver al rey que seguía sentada en su silla.
Por un par de minutos el silencio reino en la habitación, hasta que el rey hablo con aquel tono que hacia a más de uno estremecer. - Dime que te trae a mi reino.
- Su majestad, se me encomendó traerle una carta de parte de mi rey, solicitando su ayuda para apaciguar la revolución que pone en peligro a la realeza de Corona. - Dijo el hombre mientras extendía dicha carta al rey, pero en cambio su guardia tomo el sobre y se lo dio a oler al perro que le acompañaba.
El rey sabía que había dicho su motivo para presionarla a aceptar por la presencia de Elsa, y desafortunadamente, acertó en ese movimiento.
El perro ladró en aprobación, haciendo que el guardia le diera el sobre a su rey.
La pelicobre leyó rápidamente la carta, visualizando los puntos más importantes, pedían armas para el ejército, con la promesa de un pago futuro, con un ligero interés de por medio, y antes de aceptar verificó que la carta hubiera sido enviada por el mismo rey.
- Dile a tu rey, que aceptó en los términos establecidos, el pago deberá efectuarse una vez la revolución sea aplastada.
El hombre no ocultó su sonrisa, y estaba a punto de retirarse, cuando la voz de Elsa lo detuvo.
- ¿La realeza de Corona está invitada a la celebración del cumpleaños del rey Annabella? - Y aunque la pregunta estaba dirigida al mensajero, los ojos de la rubia no se despegaron de Anna.
- No mi señora, no se ha recibido ninguna invitación.
- En ese caso están invitados.
El guardia inflo su pecho sintiendo la ira correr por su cuerpo, por el atrevimiento de Elsa, sin embargo aquel sentimiento desapareció al ver a su rey sonreír cuando la platinada no la veía, conocía aquella sonrisa, era la misma que tuvo cuando la resistencia a su ascenso cayó a sus pies, la misma que tuvo cuando invadió a Corona, era aquella sonrisa de que había algo que los demás ignoraban como si todo fuera un juego para el rey.
Dejando a ambas mujeres solas, el guardia escoltó al mensajero para preparar el pedido del rey de Corona.
La tensión podía cortarse con un cuchillo, los ojos de Elsa destellaban, como si ellos mostrarán un poco de todo lo que sentía, mientras que Anna se levanto de su silla y camino hasta estar de frente a Elsa, recargándose sobre su escritorio, y dejo que su mirada corriera por el rostro de la mujer frente suyo, impresionada como inclusive claramente enojada seguía siendo increíblemente hermosa.
- ¿Quieres hablar de lo que sucede?
Fue al escuchar su voz serena que Elsa estalló, dirigiéndose con grandes zancadas hasta que podía sentir la respiración del rey sobre sus labios.
- ¿¡También me consideras una moneda de cambio?! - grito Elsa dejando qué pequeñas gotas de su saliva cayeran en el rostro del rey.
Por un momento, Anna verdaderamente se sorprendió del grito, sin embargo lo que hizo mella en su corazón fue el que dudará de ella, pensando que la consideraba una cosa, pero supo guardar su dolor en un semblante estoico.
- No, si ese fuera el caso, no te tendría a mi lado como una igual, estarías a mi disposición como eso, como una cosa.
Pese a las frías palabras, el corazón de Elsa logró tranquilizarse un poco, pero ellas no eran suficientes para ella. - ¡Me trajiste como una garantía para que tus tierras no sufrieran! - Acusó Elsa.
- Mi ejercitó está para ello, si algo llega a sucederles puedo mandar a mi gente a que defiendan los intereses de mi reino, te concedo el hecho de que use esas palabras para convencer a tu padre, pero apenas estuviste aquí fuiste libre de tomar tu camino... pero déjame hacerte una pregunta ante tus acusaciones. - Las manos del rey tomaron las de Elsa, con la suficiente fuerza para que no le fueran arrebatadas. - ¿Que es lo que verdaderamente te aqueja?
Y pese a que no contesto con palabras, aquellos ojos le dieron la respuesta, pues bajo la ira, podía ver el miedo que sentía.
- Temes que sea mentira todo lo que te he dicho. - Por primera vez, Anna le dejo ver lo lastimada que se sentía en ese momento y fue verdaderamente consciente del poder que ejercía Elsa sobre de ella. - No te he mentido sobre los sentimientos que te profeso, pero en cambio tú dudas de ellos...
El ver el dolor en las facciones de la mujer frente a ella fue un placer culposo, pues pese a que a ella misma le dolía verla así, no podía evitar sentirse amada por ella.
Y tomo las mejillas del rey, plantando un beso sobre aquellos labios, queriendo poderle hacer sentir que su amor por ella.
