VIII
El Alquimista lucía complacido por cómo se habían dado los últimos acontecimientos. Pero aquello se veía empañado, una vez más, por el fracaso en recuperar el maletín. El último reporte de campo de su agente hablaba de cómo la mitad de sus hombres habían sido neutralizados o asesinados en el asalto al edifico donde se encontraban los custodios del maletín. El Alquimista sabía que recuperarlo era vital, pero jamás esperó que ellos opusieran tanta resistencia. Tal vez era momento de recurrir a los pesos pesados para tal labor. Tomó un pergamino, pluma y una botella de tinta, y comenzó a garrapatear nuevas órdenes para el equipo de asalto.
Si no funciona la fuerza bruta, tendré que apoderarme de ese maletín por otros medios.
Por fortuna, al Alquimista no le faltaban herramientas. El asalto frontal lo había hecho simplemente porque era el método más económico, pero había llegado el momento de echar mano de todo su poder financiero. Y la clave del éxito de su nuevo plan estaba en aquel libro polvoriento que había empleado antes. Allí se encontraba la información que necesitaba, y no iba a dudar en usarla para su beneficio.
Ellos serán testigos de lo que ocurre cuando me hacen las cosas difíciles.
Un empleado, encargado de la limpieza de los terrenos de Hogwarts, usaba su varita para recoger las hojas sueltas y la basura ocasional que dejaban algunos alumnos irresponsables. Incluso tuvo que ponerse guantes para coger un par de condones usados que yacían olvidados al borde del Bosque Prohibido.
Supongo que el bosque no es lo único prohibido aquí.
Haciendo una mueca de asco, el empleado siguió con su labor, penetrando cada vez más en el bosque. Aquello no entraba precisamente en su descripción del cargo, pero él no estaba allí para limpiar los terrenos.
Elías Watson era joven, pero tenía nombre de viejo. Había pasado los últimos tres meses trabajando en el colegio como barrendero, aunque poco o nada se preocupaba de limpiar el sector central de los terrenos de Hogwarts. Siempre se le veía por el borde del Bosque Prohibido, aunque nadie podía afirmar que estuviera allá todo el tiempo. Pero había una razón por la que Elías trabajaba en esos sectores en específico. Por eso pretendía hacer su trabajo, no solamente para guardar las apariencias, sino porque buscaba algo, algo que sabía que se encontraba en algún punto del bosque.
Elías sabía que estaba buscando una aguja en un pajar, pero su jefe no aceptaba fracasos, al menos no de la forma usual. De todas formas, tres meses haciendo una labor que no le gustaba para nada era demasiado tiempo, pero era necesario. Lo que estaba buscando no era cualquier cosa. Sin embargo, sabía que su jefe era paciente y estaba al tanto que la tarea podría tomar muchos meses, y Elías era una de las pocas personas con la paciencia para desempeñar la función que estaba realizando.
Ese día, Elías se había adentrado más de lo aconsejable en el Bosque Prohibido. Podía escuchar el sonido de animales salvajes rondando en las cercanías, el ulular de las lechuzas y las hojas mecerse al ritmo de la brisa. La tarea de recoger hojas sueltas y alguna que otra basura la había hecho por tanto tiempo que se había vuelto muy eficiente haciéndolo. Podía cubrir cientos de metros cuadrados en un día, lo que le había hecho más fácil su real propósito en el colegio.
La jornada estaba por acabar y Elías iba a regresar al castillo cuando, en medio de las hojas, recogió lo que parecía un guijarro de río. No era común encontrar esa clase de piedras en medio de un bosque por el que no circulaba ningún cauce y pensó que podía tratarse de más basura, pero algo en el guijarro llamó su atención. Lo tomó entre sus dedos y vio que su forma era demasiado simétrica para tratarse de una piedra común. La examinó con más detalle y vio algo que le causó una enorme conmoción.
Había un emblema en una de las caras de la piedra. Se trataba de un triángulo, con una circunferencia inscrita en éste, y un línea vertical que nacía en el vértice superior del triángulo y moría en el lado inferior. Elías sabía lo suficiente de historia mágica para saber que aquel símbolo era legendario.
Así que esta es la Piedra de la Resurrección. Justo lo que el jefe estaba buscando.
Cuidando que nadie estuviera observando, Elías guardó en su bolsillo la piedra y dio por finalizada la jornada laboral. El paso siguiente era obvio: no podía llegar e irse del colegio. Eso generaría sospechas. Lo que debía hacer era algo más sutil.
Usó su varita para hacerse un corte en su mano. Luego, empapó un árbol cercano con su sangre, de forma que fuese bien visible. Usando esencia de díctamo para curar su herida. Elías se escurrió entre los árboles, buscando la entrada al colegio, aquella que estaba coronada con cerdos alados. Daba las gracias a que Voldemort ya no fuese una amenaza y salió del perímetro del colegio en dirección a la estación de Hogsmeade, donde podría trasladarse mediante Desaparición.
Su jefe iba a estar muy contento con la noticia.
—¿Está seguro que esto era lo que vestían los magos de esa época? —quiso saber Hermione, mirándose el vestido que estaba usando, sintiéndose un poco incómoda—. Luzco como una… como una…
—Como una cortesana —completó Arsenius Blackwood, quien compartía la molestia de Hermione—. Admito que no fue una buena elección de indumentaria en ese tiempo, pero creo que los muggles adoptaron aquellos atuendos para sus… bueno…
—Prostitutas —completó Harry en esa ocasión, sin ninguna clase de vergüenza. Tampoco parecía muy incómodo con sus ropas, las que se asemejaban más o menos a lo que había visto de Godric Gryffindor, pero éstas incluso podía rivalizar con los estrafalarios atuendos de los Aurores—. Relájate, Hermione. Estaremos mayormente entre magos, así que no van a querer pagarte para que te acuestes con ellos.
—El señor Potter tiene razón —dijo el señor Blackwood, mostrando una sonrisa tranquilizadora a Hermione—. Ahora, si me hacen el favor de acompañarme…
Harry y Hermione siguieron al señor Blackwood hasta el anfiteatro donde se erigía el famoso velo. Hermione vio los números romanos en la parte superior de la arcada. Lucían como tallados en la propia piedra y se preguntó cuál era el papel de aquellos números.
—Como pueden ver, hay tres números romanos visibles —dijo el señor Blackwood, apuntado su varita a éstos—. Uno representa el año, el segundo, el mes y el último, el día. Como es natural, en esos tiempos regía el calendario juliano, el que presenta un desfase de aproximadamente tres meses con el calendario gregoriano que empleamos hoy, por lo que hay que tener cierto cuidado al determinar a qué fecha se desea viajar.
—¿Y cuál es la fecha exacta en la que debemos estar? —preguntó Hermione, lo cual le había intrigado desde el momento que supo que debía usar el velo para trasladarse al pasado—. Porque hay varias fechas significativas en ese tiempo.
—Siempre hemos tenido curiosidad sobre cómo se formó el colegio Hogwarts —dijo el señor Blackwood, luciendo emocionado—. Claro, uno siempre escucha la historia que cuenta el Sombrero Seleccionador cada vez que nuevos alumnos llegan al colegio, pero todos sabemos que la historia la escriben los ganadores, lo que no siempre es la verdad. La esperanza es que ustedes, como observadores imparciales, puedan descubrir si el cuento de ese sombrero es cierto o si es solamente una versión romántica de la verdad. Es por eso que ustedes viajarán al año 987, 15 de mayo, lo que hoy sería 15 de febrero. De acuerdo a los registros que disponemos, esa fue la fecha en la que a Rowena Ravenclaw se le ocurrió la idea de crear un colegio de magia.
Hermione asintió en señal de aprobación. Sus brazos y piernas temblaban de la emoción frente a la perspectiva de verificar los registros históricos sobre la creación de Hogwarts, saber si las leyendas eran ciertas o si se trataban de meros mitos. Harry, por otro lado, no decía nada. Su único cometido en la misión era proteger a Hermione, si es que, por alguna razón, se vieran expuestos a algún peligro. Claro, también observaría los acontecimientos, pero sería Hermione quien los iba a documentar. Juzgaba que su mente era más imparcial para la tarea.
—Bueno, ¿están listos? —preguntó el señor Blackwood. Harry y Hermione asintieron con la cabeza, tragando saliva mientras tanto. El señor Blackwood realizó un encantamiento para modificar los números del velo, fijando la fecha especificada. Ni Harry ni Hermione notaron un cambio apreciable en el velo mismo—. Les daré varias semanas de ventaja para que lleguen a Escocia a tiempo.
—¿Y está seguro que llegaremos a la fecha correcta? —preguntó Hermione, tragando saliva nuevamente.
—Por desgracia, no. La única forma de saberlo es cruzando el umbral.
Harry tomó la mano de Hermione, tratando de transmitirle confianza y coraje. Hermione miró a los ojos verdes de su amigo y asintió con la cabeza. El momento había llegado.
—Estamos listos —confirmó Harry, y tanto él como Hermione caminaron en dirección al velo, contemplando el portal y la luz tenue que parecía brotar de éste. Ambos volvieron a tragar saliva, mientras que sus ritmos cardíacos se disparaban a medida que se acercaban cada vez más al velo.
Cuando finalmente atravesaron el portal, ninguno de los dos vio un túnel multicolor que parecía no tener fin, tampoco se sintieron ingrávidos, o que una fuerza incontestable estuviera jalándolos hacia delante. De hecho, fue como si atravesaran la puerta de una casa para salir al exterior. El viaje al tiempo había sido instantáneo.
Harry y Hermione miraron en lontananza y se dieron cuenta que el anfiteatro seguía en su lugar, pero no había nada más que campo en todas direcciones. Londres todavía no existía como ciudad en esos tiempos. Sí podía ver unas carretas tiradas por caballos, acarreando bultos y trotando con mansedumbre. Era obvio que se trataban de muggles, pero parecía no poner ni la más mínima atención al velo, o a las dos personas de pie junto a éste. Hermione concluyó que el sector del anfiteatro estaba protegido por encantamientos defensivos y esperó a que la carreta hubiera pasado de largo para salir de la esfera de protección de los encantamientos. Era como mucho pedir que dos personas aparecieran de la nada y nadie se diera cuenta.
—Recuerda, Harry —dijo Hermione en un tono estricto—. Estamos aquí solamente para observar. Bajo ninguna circunstancia debemos intervenir en asuntos importantes. Y, por lo que más quieras Harry, no emplees la palabra "época" en una conversación. Podrían sospechar de nosotros.
—De acuerdo —repuso Harry sin siquiera protestar. Hermione arqueó una ceja. Normalmente, Harry no respondía de forma tan solícita cuando ella platicaba sobre asuntos importantes, pero decidió que aquel difícilmente era el punto. La tarea a mano era viajar a Escocia lo antes posible.
—Necesitamos transporte —dijo Hermione, mirando otra carreta discurrir por el camino—, uno que no llame la atención. Estoy segura que existían las escobas voladoras en este tiempo, pero no es el medio de transporte más discreto.
—Podríamos emplear caballos. Todo el mundo los usaba en este tiempo.
—Es una buena idea —aprobó Hermione, empleando el útil encantamiento de orientación—. Si mi memoria no me falla, debe haber pueblos yendo hacia el sur. Con suerte, hallaremos un establo con caballos de sobra. El único problema es que deberemos pagar por ellos. Con dinero muggle.
—¿Y cómo lo conseguiremos? —quiso saber Harry, dándose cuenta de que había una gran falla en el plan—. No tenemos meses para ganar el dinero suficiente y costear un par de caballos.
—No te preocupes —le tranquilizó Hermione, y Harry supo que ella sí había considerado aquella variable—. Con suerte, no tendremos que trabajar mucho para ganar el dinero. Recuerda que soy sanadora. Con un solo trabajo, podríamos comprar una carreta si quisiéramos.
Harry asintió con la cabeza. Era obvio que era imposible argumentar contra alguien con el doble de coeficiente intelectual que él.
