IX

Elías Watson entró en la mansión, donde sabía que iba a encontrar a su jefe, el hombre al que todos llamaban "El Alquimista". Había cuidado que la Piedra de la Resurrección estuviera a buen recaudo. Como bien decía el refrán: "en la puerta del horno se quema el pan".

El Alquimista se encontraba en la amplia sala de estar. Los candelabros estaban apagados y las cortinas, corridas. La única fuente de luz provenía de la chimenea. La silueta de un sillón se recortaba contra las llamas. A paso incierto, Elías se acercó al sillón, sabiendo que nadie venía al Alquimista a la cara. De todas formas, su cara siempre estaba oculta por las sombras, pues solamente encaraba a la chimenea cuando hablaba con alguien a través de polvos flu. En ese momento, no tenía ninguna conversación, por lo que el Alquimista estaba sentado en dirección opuesta a la chimenea. Elías pudo ver que había una mesita al lado del sillón, sobre la cual las siluetas de una botella y una copa se recortaban contra la penumbra.

—La misión fue un éxito, señor —dijo Elías, extendiendo una mano, mostrando la Piedra de la Resurrección—. Esto nos pone más cerca de la Orden del Fénix.

El Alquimista se quedó en silencio, mirando atentamente la piedra en forma de octaedro.

—La Piedra de la Resurrección es solamente un medio. No estamos más cerca de la Orden del Fénix solamente porque encontraste este objeto. Aún tenemos varios problemas que resolver. El libro, pese a lo que pensamos en un comienzo, no posee todas las respuestas. Solamente contiene una lista de nombres y casas francas. No habla de su cuartel general.

—¿Y usted cree que pueda sonsacarle la información a una persona muerta?

—Ese es el problema más desafiante —dijo el Alquimista como si aquel no fuese un dilema en absoluto—. Sin embargo, si he entendido bien cómo funciona la Piedra de la Resurrección, entonces conozco una forma de hacer hablar a un fantasma, o a un eco en este caso.

—¿No basta con un hechizo?

—Si fuese así de fácil —dijo el Alquimista, aunque no sonó como si aquello fuese un obstáculo insalvable—. No obstante, aquel hechizo, usando la herramienta correcta, puede obrar milagros.

Elías sabía a lo que se estaba refiriendo el Alquimista. Además, supo que debía volver a Hogwarts.

—¿Quiere que regrese al colegio?

—Eso no será necesario —dijo el Alquimista, tomando un vaso vacío y vertiendo un poco de vino de elfo en éste—. Has cumplido con tu misión y has sido diligente. Pensé que podría tomar un año mínimo encontrar esa piedra. Te felicito.

—Se lo agradezco, señor.

—Como te lo prometí, los fondos están siendo transferidos a tu cuenta mientras hablamos. ¿Qué tal si lo celebramos con una copa? Ten. —El Alquimista le tendió el vaso de vino de elfo y Elías lo tomó con un poco de tiento. Había pasado el tiempo suficiente en el mundo muggle para entender que podría estar cayendo en una trampa.

—¿Pasa algo? —preguntó el Alquimista, mirando cómo Elías parecía titubear. A continuación, soltó una carcajada—. ¡Por favor, Elías! No he envenenado el vino, si es que es eso lo que estás pensando. No podría mancillar un vino añejado en roble por casi cien años. ¡Eso sería un desperdicio!

Elías, sintiéndose más tranquilo, acercó el vaso a su boba y bebió un sorbo. Pese a las palabras de su jefe, esperó por cualquier efecto secundario que pudiera haber, pero al parecer, el Alquimista estaba diciendo la verdad. Aquella era, en efecto, un buen vino de elfo añejado en roble.

—Espero que entiendas por qué no quiero que vayas a Hogwarts nuevamente —dijo el Alquimista, bebiendo de su propia copa—. Te ceñiste a un plan, y por culpa de ese plan, no puedes regresar. Sería muy sospechoso que alguien te viera allá, especialmente después que simularas tu propia muerte a manos de una criatura salvaje. ¿no crees?

—Lo entiendo a la perfección, señor.

—Perfecto. Puedes retirarte. Procura no despilfarrar ese dinero.

—No lo haré, señor.

Elías dio media vuelta y salió de la mansión, aún preocupado por el vaso de vino de elfo que había bebido, pero en todo el trayecto hasta Gringotts no le ocurrió nada fuera de lo normal. Podía darse el caso que hubiera un veneno de efecto lento mezclado con el vino, pero eso ya podía catalogarse como paranoico. No mostró ningún síntoma de envenenamiento durante todo el trámite para comprobar que los fondos habían sido transferidos. Ni siquiera cuando bajó hasta su propia bóveda para retirar un poco de dinero se sintió extraño, ni siquiera un pequeño dolor de estómago.

Elías comenzó a sentirse más tranquilo cuando veía cómo su bóveda se abría. Su tranquilidad aumentó al ver que el Alquimista había cumplido con su palabra. Hace mucho tiempo que no se sentía así de contento, pues diez mil Galeones no los ganaba todos los días.

Entró en la bóveda, sacando una pequeño saco de cuero y tomó un puñado de monedas doradas.

La explosión remeció todo el banco.


En un amplio complejo, ubicado bajo tierra, un hombre ataviado con el uniforme de un sanador penetraba en el vestíbulo, luciendo preocupado y emocionado al mismo tiempo por los últimos acontecimientos. Hace poco había visto la señal que la Orden del Fénix había estado esperando por tres años ya.

Ian Brewster descendió por unas escaleras hasta un recinto circular, donde había varios hombres y mujeres, realizando diferentes hechizos a un objeto rectangular de aspecto pesado. Cuando se acercó, vio que se trataba de un maletín de color negro, hecho de cuero y bastante voluminoso. Había pasado tanto tiempo afuera del complejo que no se había enterado de muchas cosas que habían ocurrido entre esas paredes.

—Oh, Ian —dijo una mujer cuando escuchó los pasos acercarse al grupo—. ¿El mundo exterior te ha tratado bien?

—No mejor de lo que me tratan aquí —repuso Ian en tono de broma—. Se ve que hay cosas de las que no me he enterado.

—¿Te refieres al maletín?

—Y quien sabe qué cosa más. Escuchen, tengo noticias importantes que contarles. A todos ustedes.

El grupo dejó de realizar encantamientos al maletín y miraron con atención a Ian.

—Tal vez suene como una locura, pero he encontrado al dragón.

Cuando Ian acabó de hablar, hubo un murmullo de desconfianza. Muchos miembros de la Orden del Fénix habían estado buscando al dragón desde su formación, pero ninguno de ellos lo había encontrado.

—Debes estar bromeando —dijo un hombre que no parecía mayor que Ian, y él solamente tenía veintitrés años—. Dumbledore dijo que no lo encontraríamos hasta dentro de unos dos años más.

—Pero ya sabes lo que pasa con esto de las profecías —dijo Ian razonablemente—. Suelen ser bastante imprecisas en cuanto a las fechas o a la forma en que se cumplen. Además, no recuerdo que la profecía haya hecho alusión a un dragón, y con esto me refiero al animal.

—¿Y en qué forma lo encontraste? —inquirió la mujer que le había hablado primero a Ian.

—En la espalda de un hombre, en forma de un tatuaje.

Si Ian creyó que iba a sorprender a los demás, se había equivocado miserablemente. La mayoría de las caras que le devolvían la mirada mostraban decepción. Ian supuso que ellos esperaban que la aparición del dragón sería más dramática.

—¿Un tatuaje? —dijo la mujer como si no hubiera escuchado bien—. ¡Por Merlín, Ian! ¡Cualquiera puede hacerse un tatuaje de un dragón en la espalda!

—No uno que se mueve.

Aquello hizo que el resto quedara en completo silencio. Los tatuajes animados no eran comunes y solamente los habían visto en el antebrazo de los Mortífagos. El miembro de más edad del grupo que trataba de abrir el maletín se acercó a Ian, luciendo cortésmente desconcertado.

—¿Y en la espalda de quién lo encontraste?

—En la de Harry Potter.

Todo el mundo contuvo la respiración al escuchar el nombre de Harry. Aquello había sido completamente inesperado. La mayoría de los miembros de la Orden del Fénix creían que el dragón iba a aparecer de una forma más literal, pero no que apareciera en la espalda de una persona que había salvado el mundo mágico hace tres años atrás.

—Si lo piensan bien, tiene más sentido que el dragón apareciera en la espalda de una persona —dijo Ian a todos los presentes—. Después de todo, esa es la marca de los guerreros que protegían a nuestra orden hace ya miles de años.

—No… no esperábamos a que el dragón se manifestara de ese modo —dijo el miembro de más edad, llevándose una mano al mentón—. Todo este tiempo pensamos que cuando se hablaba del dragón, se refería al animal, no a un descendiente de aquella secta guerrera.

—Otra cosa —dijo la mujer, acercándose a Ian, luciendo apremiada—, si encontraste al dragón, eso significa que el fénix también debe estar cerca. De todos modos, la profecía dice que "el dragón siempre estará cerca del fénix para protegerlo".

Ian negó con la cabeza.

—No, no he encontrado a nadie con el fénix —repuso Ian, negando con la cabeza—. Pero si lo que dice la profecía es cierto, entonces debe tratarse de alguien cercano a él. ¿Harry Potter tiene amigos, alguna esposa, novia o algo por el estilo?

—Tiene un amplio círculo de amigos —dijo la mujer, mirando al suelo—. No será fácil encontrar al fénix.

—¿Y dónde se encuentra Harry Potter en este momento? —preguntó el miembro de más edad, alguien que respondía al nombre de Antonius Smith.

—Después que le dieron el alta, dijo que debía regresar al Ministerio de la Magia, pero eso fue hace unos tres días atrás. No creo que haya permanecido en el mismo sitio por tanto tiempo. Pero sabemos que él es un Auror, por lo que no será difícil localizarlo. En todo caso, ya le hablé de ustedes y creo que lo he convencido de que venga al cuartel general. Solamente necesito ubicarlo.

—Trata de recurrir a todos los medios posibles para encontrar al fénix —dijo Antonius en un tono inusualmente severo—. Es imperativo que tengamos bajo nuestro alero al dragón y al fénix antes que el enemigo los encuentre.

Ian asintió con la cabeza antes de dar media vuelta y desaparecer del recinto. Mientras tanto, los demás miembros siguieron aplicando encantamientos al maletín. Para sorpresa de Antonius, el primer número de la combinación fue encontrado. Les había tomado varios días, pero al menos habían hecho un avance.

Faltaban nueve números más.