Los personajes de Inuyasha no son míos,
pertenecen a su creadora Rumiko Takahashi,
yo solo los utilizo para fines de entretenimiento y sin fines de lucro.
La historia es de mi propiedad y queda prohibido su uso, adaptación y publicación sin mi autorización.
Capítulo 2: DULZURA
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Una noche cualquiera…. El bullicio y ajetreo de la vida diaria se tornó en silencio y calma, propia de la paz de la noche. Entre toda esa templanza una figura encapuchada, se movía sigilosa entre las paredes exteriores de una elegante mansión nipona antigua, se recargó en un muro cerciorándose que nadie se encontrara cerca, jaló hacia abajo una palanca de hierro donde reposaba una antorcha encendida, entonces el muro frente a él se removió un tanto haciendo un pesado ruido, el hueco que se abrió era apenas lo suficientemente espacioso para que esa figura entrara. Rápidamente y sin pensarlo tomó la antorcha antes mencionada y se introdujo e inmediatamente la pared volvió a su lugar.
Ya adentro, caminó por un largo pasadizo, seco y vacío, más adelante se comenzaron a escuchar un par de voces, conocidas para él, llegó hasta una cámara espaciosa con una gran mesa al centro, alumbrada perfectamente, a un costado se podía observar otra entrada que dirigía a unas escaleras hacia arriba. Se quitó la capucha de la cabeza dejando mostrar una negra cabellera ondulada y un rostro apiñonado, en sus orbes rojizos se podía distinguir claramente un palpe de maldad.
—Naraku… creí que no vendrías. —Dijo uno de ellos.
—Eso desearías en verdad… ¿No es así, Moryomaru? —El mencionado solo sonrió de lado. — ¿Dónde está Shishinki?
—Llegará en cualquier momento no desesperes. —Habló la otra figura junto a ellos.
—Yo estoy tranquilo… — Dijo con una sonrisa altanera. —En todo caso eres tú el que parece inquieto… Magatsuhi. —El mencionado le miro con rabio y comenzó a acercarse a él, rápidamente Moryomaru se interpuso para apaciguarlo, en ese momento otro hombre apareció bajando por las escaleras ganándose la atención de los demás.
—Buenas noches caballeros. —Saludo tranquilamente.
—Hasta que te apareces… creí que nos harías esperar toda la noche.
—Tranquilízate Magatsuhi, recuerda que tengo asuntos importantes que atender con su alteza…— mencionó acercándose para luego hablar mientras pasaba la mirada por cada uno. —Si queremos que nuestros planes funcionen debemos aparentar muy bien nuestros papeles, en especial yo que pertenezco al consejo real.
— ¡¿Y de que nos ha servido eso?! —Gritó exasperado Naraku. —Hemos estado ocultos durante años aparentando, aguardando, viviendo de las migajas que ese maldito nos ha dado, cuando deberíamos ser nosotros lo que nos regocijáramos con todas las riquezas que él y su maldita familia se hartan.
—Entiendo tu frustración Naraku, estamos de acuerdo en que la familia Tokugawa ya ha disfrutado lo suficiente de una vida de riquezas y gloria… y debo de ensalzarles el hecho que por varios años han aguardado por la tan ansiada justica, por tres generaciones nuestras familias han tenido que arrodillarse y rendir respeto a esos malditos… —Masculló apretando los puños. —Pero su era de gloria ha llegado a su fin, a partir de ahora su vida cambiara, volverán al arrabal a donde pertenecen.
—De donde nunca debieron haber salido. —Mencionó Moryomaru, Magatsuhi le sonrió cómplice.
—Así es, por eso los llamé, he encontrado la oportunidad perfecta para actuar por fin, comenzaremos a atacar. —Una sonrisa se formó en el rostro de los demás.
—Cuéntanos. —Dijeron al unísono.
—Lo haremos cautelosos debemos actuar con sigilo para no levantar sospechas, pero desde las sombras comenzaremos a mover los hilos del miserable destino de los Tokugawa…
—Muy bien, me voy. —Dijo Inu no Taishō terminado de alistarse con su nuevo uniforme, volvió la vista a sus hijos y habló nuevamente. —Pueden salir a conocer los alrededores, pero no se vallan muy lejos y no se adentren al palacio ni a otros lugares sin permiso, cuídense entre ustedes y no se metan problemas. —Inuyasha asentía con cada palabra de su padre, mientras Sesshōmaru rodó los ojos un tanto irritado de recibir indicaciones que de antemano sabia con exactitud. —Volveré al anochecer, pórtense bien. —Dijo echándoles una última mirada y tomando su espada salió dejando a los hermanos solos y en silencio.
Sesshomaru comenzó a levantar los tazones de la mesa y a limpiar donde minutos antes habían tomado su desayuno. Una vez que terminó volvió la vista hacia Inuyasha quien le miraba con la intención de decirle algo pero las palabras se negaban a salir quedándose atoradas en su garganta al observar el rostro serio y frio de su hermano mayor. Sesshōmaru cansado de esperar a que su hermano hablara; preguntó.
— ¿Qué es lo que quieres? —Dijo serio, Inuyasha bajo la mirada y jugueteo con sus deditos mientras hablaba.
—Padre dijo que podríamos salir a conocer el lugar… — Sesshōmaru frunció el ceño, ahora sabia a donde quería llegar su pequeño hermano de seis años. —Por favor Sesshomaru. —Pidió el pequeño, Sesshōmaru resopló ligeramente y después de ponerse sus zapatos, hizo a un lado la puerta corrediza y le habló sin siquiera volverlo a ver.
—Andando. —Inuyasha sonrió mientras salía tas de él.
Recorrieron toda el área de las barracas, la cual era considerablemente grande, encontrándose con otros niños de edades similares, que al igual que ellos pronto comenzarían a entrenar, para en un futuro cercano, al igual que sus padres, dar sus servicios a la familia real. Inuyasha conversaba con otro par de niños, Sesshōmaru se turbó de la facilidad con que su hermano entablaba nuevas amistades, a diferencia de él que ni siquiera mencionaba su nombre a sus compañeros de viviendas. Se alejó un poco cansado de tanto parloteo infantil, cerró los ojos respirado lentamente, de pronto a sus oídos llegó una hermosa sinfonía transformada en risa, con el tintineo de cascabeles de fondo, perturbado aún, sin notarlo sus pies se movieron por si solos en dirección a las carcajadas como hipnotizado por el canto de una sirena, doblo en la esquina de la muralla saliendo de los terrenos de las barracas y adentrándose en un gran campo verde lleno de árboles de cerezo.
Nuevamente sus ojos se deleitaron con la menuda figura que danzaba entre el prado, maravillada por la gran nube rosa que reposaba sobre ella, corría entre los árboles en zigzag rodeándolos y brincando tratando de alcanzar los pétalos más cercanos a ella. Sesshōmaru permaneció inmóvil ante la vista frente a él, recordado apenas que tenía que respirar. La noche anterior había logrado conciliar el sueño hasta muy tarde por pensar en el enigma que la pequeña princesa había dejado en él, la necesidad de verla aunque sea a lo lejos, como ahora.
— ¡Todo se ve hermoso Kaede! —La niña dirigió sus palabras a su acompañante quien permanecía cercana a ella. Sesshōmaru apenas se dio cuenta de la presencia de la mujer mayor. —Mira que flores más bonitas… —Dijo con su vista fija en la copa de los árboles.
—En verdad son hermosas. —Mencionó Kaede.
— ¡Voy a cortar unas cuantas para llevárselas a mi padre! Seguro le van a encantar. —Dijo mientras arremangaba un poco su kimono y comenzaba a trepar.
— ¡Princesa por favor no haga eso es peligroso! —Dijo Kaede nerviosa mientras la pequeña subía cada vez más alto entre las ramas.
—No te preocupes tendré cuidado. —Le aseguró.
—Por favor le pido que baje, si tanto desea las flores le podemos decir a alguien más que las baje.
—Pero quiero hacerlo yo, si no, no es lo mismo.
Kaede cada vez estaba más nerviosa, rogando al cielo para que Rin terminara pronto de cortar las dichosas flores y que bajara rápido sin ningún rasguño, Sesshōmaru se acercó un par de pasos más embelesado por la audacia de la pequeña, al parecer ella no era la típica princesa; niña mimada, parecía ser aventurera y arriesgada; una cualidad más que agregarle.
La princesa había decidido cortar la última ramita, una rebosante y bella, la que más le llamó la atención, se estiró lo más que pudo hasta alcanzarla y al tomarla firmemente sonrió y de repente la rama donde estaba posando sus pies tronó un poco para segundos después quebrase dejándola caer, tanto Kaede como Sesshōmaru se aceraron, el ultimo más rápidamente que la mujer, pero se detuvieron al ver que las manos de Rin ágilmente o por pura suerte se sostuvieron de otra rama más abajo pero al igual que la anterior esta también se quebró por el peso y la niña calló de sentón al suelo estrepitosamente, aunque no de una gran altura, pudo verse claramente como su cuerpo rebotó un poco al igual que sus rellenitas mejillas, quedando con una expresión de asombro.
— ¡Hay no! ¡Princesa! ¿Está bien? —Preguntó angustiada la mujer, Sesshōmaru se quedó en silencio con el ceño ligeramente fruncido observándola con expectativa, de un momento a otro Rin, aún sentada en el suelo, bajo la mirada ocultado su rostro.
— ¿Princesa…? —Kaede la llamó con temor, inmediatamente el cuerpo de la niña comenzó a temblar ligeramente, sus hombros bajaba y subían sin cesar. Sesshōmaru dio por sentado que la princesa estaba llorando, una rabia e impotencia lo envolvió de inmediato, empuño las manos y miró el suelo bajo sus pies, si hubiera podido ser más rápido, él hubiera podido evitar que ella callera del árbol, o es más si, se hubiera ofrecido ser él, quien bajara las flores, ella no estaría llorando de dolor ahora. Elevó la vista hacia ella nuevamente, sin ser capaz de pronunciar tan siquiera una palabra. —Princesa ¿Le duele mucho, verdad? Llamaré a un médico pronto. —Kaede tenía intenciones de levantarse y buscar ayuda pero un gimoteo captó su atención, volvió a verla mientras más ruidillos salían de los labios de la niña, súbitamente, Rin elevó el rostro soltando sonoras carcajadas, con los ojos cerrados y empuñados. Desde el principio ella no estaba llorando, estaba riendo. Tanto Sesshōmaru como Kaede estaban atónitos.
— ¡Eso fue muy divertido! —Exclamó la chiquilla.
— ¡Por todos los cielos! ¡Un día va a matarme de un susto! —Dijo Kaede poniendo ambas manos en su pecho, tratando de tranquilizar su corazón, mientras Rin seguía riendo a carcajadas, Sesshōmaru soltó un ligero suspiro. Hasta después de un rato que logró tranquilizarse y dejar de reír, Rin se percató de la presencia del chico, sus miradas se cruzaron nuevamente y por una fracción de segundo el mundo pareció haber dejado de dar vueltas, los mismos sentimientos revoltosos que surgían en él lo hacían también en el interior de ella, se puso de pie y se acercó a él lentamente con una sonrisa.
—Hola… —Le saludo, él permaneció petrificado un momento por la cercanía de ella, rápidamente se despabilo y haciendo una reverencia se dirigió a ella.
—Su majestad. —Dijo con voz firme y después hizo algo que no era característico de él; se atrevió a pronunciar más palabras y no simples palabras si no unas de carácter preocupado. — ¿Se encuentra bien? ¿Segura que no está lastimada? —Rin se acercó aún más.
—Estoy bien, no te preocupes. —Dijo alegremente, después bajó su cabeza ladeando su rostro buscando la mirada de Sesshōmaru, cuando encontró sus ojos le sonrió ligeramente quedándose en esa posición, mientras él le sostenía la mirada. — ¿Cómo te llamas? —Susurró.
—Sesshōmaru, su alteza. —Respondió en el mismo tono y la sonrisa de ella aumentó.
—Que nombre tan lindo. —Mencionó con dulzura, Sesshōmaru se preguntó internamente si la princesa sabía realmente el significado de su nombre para que mencionara que era lindo. No pudo evitar sentirse complacido de escuchar que ella elogiara su nombre, anteriormente cuando se presentaba siempre recibía comentarios nada agradables "¿Enserio te llamas así?" "Que nombre tan feo" "Es un nombre tan raro ¿Si sabes que significa asesino?" Claro que lo sabía, pero ese era el nombre que sus padres habían escogido para él y en realidad a él no le disgustaba.
—Le agradezco alteza… —Rin se enderezó.
—Yo me llamo Rin. —Dijo desde su lugar.
—Lo sé alteza, es un bello nombre… —Dijo él alzando apenas un poco su rostro para mirarla a los ojos. —Muy bello. —Las mejillas de la princesa se abolaron producto de su sonrisa y se colorearon de un hermoso tono rojizo. A Sesshōmaru se le apetecieron tanto, como una jugosa manzana.
—Levántate por favor. —Pidió ella y el acató su orden, se miraron en completo silencio, ella sonreía, él la admiraba, guardando en su memoria la imagen de la infanta, memorizando cada detalle de su rostro; su nariz respingada cual luna menguante, sus labios rellenos y rosados estirados formando una tenue sonrisa y esos hoyuelos en sus mejillas. Su postura recatada, con las manos empuñadas y juntas hacia abajo, los hombros levantados ocultando un poco entre ellos su rostro un tanto apenada y nerviosa ante la constante mirada dorada de su nuevo compañero, jamás había sentido algo así, a su corta edad había conocido a mucho niños, pero ninguno la hacía sentir tan pequeñita y al mismo tiempo expuesta, deseaba saber más de él y aún más ¿Porque le dedicaba esa tan intensa mirada? Llena de tantos sentimientos indescifrables aún, que esperaba con fervor fueron los mismos que ella profesaba hacia él.
Kaede miraba la escena de los infantes con ternura, a sus años ya sabía reconocer los momentos en que el corazón daba rienda suelta sus ganas de florecer ente latido y latido. La mujer pensó que todavía eran muy jóvenes, les faltaba mucho por descubrir y padecer antes de darse cuenta y reconocer cualquier emoción que justo ahora se acrecentaba en sus entrañas.
— ¡Oye Rin! —La voz de otro niño captó la atención de los tres presentes, un muchachito de piel bronceada ligeramente, cabello negro atado en una corta trenza y ojos color oliva se acercó a ellos a paso firme y áspero, apenas dos años mayor a Rin; el príncipe Akihiro, heredero legitimo del trono.
—Hermano…
—Príncipe. —Reverencio Kaede.
— ¿Qué pasó? —Preguntó al ver las ramas del árbol en el suelo y las ropas de su hermana desordenadas y empolvadas.
—Fue un descuido mío príncipe. —Dijo Kaede.
— ¡No! ¡Eso no es cierto! —Se apresuró a hablar Rin. —Yo subí al árbol porque quería bajar unas flores entonces una rama se rompió y me caí, pero no fue culpa de Kaede, ella me advirtió que no subiera y no le hice caso, ella no tiene la culpa fui yo. —Dijo preocupada de absolver a su querida niñera ante su hermano quien solo alzó las cejas un tanto perturbado.
—Oye, tranquila fierecilla. —Dijo levantando las manos frente a ella. —Yo solo pregunté qué había pasado y no pretendo culpar a nadie por tus caídas, de ser así tendríamos a sirvientes azotados a diario. —Dijo con una leve risa volteando ver a la mujer mayor.
—Príncipe yo…
—Tranquila Kaede, sé muy bien lo inquieta que es mi hermana, no tienes que dar explicaciones. —Volteo la mirada hacia el chico al lado de Rin. — ¿Y tú eres…?
—Él es Sesshōmaru. —Dijo Rin. —Mi nuevo amigo. —El chico se inclinó nuevamente ante el príncipe, quien asintió en modo de agradecimiento.
—Un gusto, oye nuestras clases comenzaran pronto y no creo que a la señora Hitomiko le agrade verte así de sucia… —Mencionó su hermano a sabiendas de lo estricta que era la profesora con su hermana sobre su apariencia y modales.
—Es cierta princesa. —Recordó Kaede.
—Está bien, iré a mis aposentos a cambiarme. —Dijo mirando a Kaede para tranquilizarla, después volvió la vista a Sesshōmaru con una sonrisa. —Después nos veremos para jugar. —Rio un poco y se encamino al palacio. —Nos vemos en la clase. —Le habló a su hermano pasando a su lado dando brinquitos.
—No tiene remedio… —Mencionó Akihiro en un suspiro, después miro por el rabillo del ojo a Sesshōmaru, quien a su lado permanecía con la vista fija en dirección donde la princesa ya había desaparecido. —Eres el hijo de Inu No Taishō ¿No es así? —Sesshōmaru presto atención al príncipe bajando la mirada.
—Así es majestad.
—He oído hablar de tu padre, todos los guerreros dicen que es el mejor que ha habido en mucho tiempo, es toda una leyenda, realmente me parece formidable todas las batallas que ha librado y como lo ha hecho, me emociona saber que ahora tanto él cómo sus hijos forman parte de nuestra guardia, tienen una sangre noble, virtuosos como pocos, estoy seguro que en un futuro tú y tu hermano lograran poner en alto el linaje Taishō.
Sesshōmaru, aunque no lo demostrara por su rostro imperturbable, por dentro estaba impresionado de la forma en que se expresaba el joven heredero, el cual contaba con su misma edad, realmente a sus escasos años parecía tener una sabiduría enorme, se expresaba de una manera respetuosa y honorable, sin duda ese chico era digno heredero al trono por sangre y por mérito propio. Sumándole a eso el hecho que elogiara a su familia, en especial a su padre, lo llenaba de orgullo y un tanto de arrogancia.
—Le agradezco sus palabras príncipe, es un honor para los Taishō servirles, hasta que llegue usted al trono le serviremos fielmente, puedo confiar en que esta tierra bajo su gobierno será glorioso… usted será un gran rey. —Akihiro sonrió complacido.
—Te agradezco… —Susurró para después aclararse la garganta. —Ahora, antes de irme… quisiera pedirte un favor especial…
—Si Príncipe.
—Mi hermana dice que eres su amigo… —A Sesshōmaru le cosquilleo un poco el cuerpo ante la mención de la pequeña, Akihiro continuo hablando. —Ella es un poco… inquieta. —Suspiró. —Siempre anda de aquí para allá, saltando, corriendo, dando vueltas y Kaede no es tan ágil para poder cuidar de ella lo suficiente, necesita un poco de ayuda, Sesshōmaru, quisiera pedirte que cuides de mi hermana siempre que puedas, cuando te encuentres cerca, con el tiempo te darás cuenta que también es muy terca en cuanto algo le interesa y es casi imposible detenerla, pero nada es más valioso que su bienestar, ella es muy valiosa para mí y sé que en ti puedo confiar su seguridad y su vida si es necesario. —Termino por hablar y Sesshōmaru se atrevió a verlo a los ojos, seguro de sí mismo, demostrándole esa misma seguridad al heredero.
—Príncipe Akihiro, le juro por mi honor que mientras yo viva, nada malo le pasara a la princesa Rin, aún a costa de mi propia vida, la protegeré. —Akihiro sonrió una vez más y tomando el hombro del Joven Taishō habló.
—Sé que puedo confiar en ti, a partir de ahora, también eres mi amigo. —Le palmeó el hombro y se retiró caminando con gran porte, mientras Sesshōmaru se rejuraba a sí mismo la promesa que antes había declarado.
La necesidad de aseguración se acrecentaba en él, proveniente del reciente encuentro con Rin y ahora la aprobación del príncipe Akihiro, el a quien, sinceramente le importaba muchísimo menos conseguir la amistad y el agrado de otro ser vivo, en este momento se sentía agradecido con el destino, que fue él a su gusto, que llegara junto con su hermano y su padre a este castillo donde hasta ahora había sido bien recibido y ser testigo de la visión más pura y hermosa que ni siquiera en sus más absurdos sueños llegase a imaginar.
Como si un nuevo soplo de vida le llegase a sus pulmones, después de tan grandes y desgraciadas pérdidas, tanto para él como para su hermano y padre, a este último un golpe doble. La vida trataba de enmendar la cruel jugarreta que la muerte les efectuó.
Con su vida reorganizándose, iluminándose día a día con la presencia de Rin, un corazón tan infantil lleno con el más puro y fuerte sentimiento, engrandeciendo a cada segundo que compartía con ella. Siguiendo al pie de la letra el juramente que realizo, en más de una ocasión le salvaguardo y protegió de peligros tanto grandes como insignificantemente pequeños. Repentinamente su entrenamiento obligatorio comenzó, alejando su atención de ella un tanto pero no de su pensamiento, obligándose a ser más fuerte, sin darse cuenta, entre su esfuerzo en los entrenamientos, el convivio con su hermano y padre, la grandeza del palacio, y la devoción a ella, había pasado un año en un abrir y cerrar de ojos; días soleados al campo libre, noches de lluvia con viento fresco, alfombras rojas de hojas secas y huellas en la nieve, los atardeceres se volvían noche y las noches en un nuevo amanecer y una nueva oportunidad.
Consiguió rápidamente ser el mejor de su grupo y casi asegurando su puesto de capitán en el futuro, mientras Inuyasha quien estaba en otro grupo, igualmente se destacaba enorgulleciendo a su padre el cual liderando en varias misiones, llevo a la victoria a los guerreros del emperador.
—Ha pasado solo un año Inu No. —Dijo Keiji mirando la puesta de sol desde un balcón, Mientras Taishō permanecía detrás de él arrodillado con la mirada baja. —Pero ha sido suficiente para ganarte mi respeto y gratitud.
—Yo solo sigo sus órdenes majestad, cumplo con mi obligación.
—Tus hijos también se están convirtiendo en grandes guerreros. Los he visto, son fuertes como tú. A pesar de todo han sabido salir adelante. —Inu No Taishō entristeció su mirada un momento, recordando la perdida de las dos mujeres que había amado y que la vida, en un cruel capricho se decidió en arrebátaselas a él y a sus hijos. Irasue, su primer amor, murió al dar a luz a su primogénito, un par de años después conoció a Izayoi, con ella imagino sanar su dolor e iniciar una nueva vida, que equivocado… tan solo un año después de haber dado a luz a Inuyasha murió de un terrible enfermedad.
—Me he esforzado para hacer que olviden un poco el dolor…
—Pues has hecho un buen trabajo, no solo como guerrero también como padre. —Se dio la vuelta para pasar junto a él y acomodarse detrás de un escritorio donde había un gran pergamino extendido. —No quisiera exigirle demasiado a mi mejor guerrero, pero tengo una misión y solo puedo confía en ti y tus hombres más allegados.
—Solo tiene que ordenar majestad.
—Hay un templo en las faldas de la montaña, a dos días de aquí, en ese lugar yacen los restos de mi difunto Bisabuelo, últimamente he recibido noticias de que han intentado profanar su tumba, quisiera que vayas y averigües quien o quienes se han atrevido a irrumpir en su descanso eterno.
—Entiendo, así lo hare majestad.
—Si capturas vivo al responsable, deseo que lo traigas ante mí. —Inu No asintió mientras se ponía frente a él. —Tendrás que dejar a tus hijos solos unos días.
—Confió en que sabrán cuidarse solos, unos cuantos días de mi ausencia no les hará daño.
—De cualquier manera, te aseguro que los mantendré vigilados, por si acaso.
—Le agradezco majestad…
Caminaba sin prisa dirigiéndose a su hogar, sentía su cuerpo un tanto pesado, además de que estaba sudoroso y sus ropas sucias, producto de la práctica diaria que recién hace rato había finalizado, había sido un día no tan grato, su grupo de compañeros tuvo que reunirse con el grupo de Inuyasha para ayudarles a practicar con la espada, oficio en el cual el grupo de su hermano menor era aún inexperto. Sesshōmaru creyó que sería totalmente fastidioso pero sencillo llevar a cabo la práctica, no contaba que de pareja de pelea le había tocado precisamente su medio hermano, quien hoy precisamente había querido desahogar toda su ira y frustración, al pelear con él ambos ejecutando movimientos que su padre anteriormente les había mostrado, haba sido verdaderamente una pelea consistente dejando asombrados tanto a sus compañeros como a sus instructores, aunque casi todo se trató de esquivar, en algún momento no supo que diantres paso; perdió un tanto el equilibrio, un reflejo del sol, el sudor en sus manos o quien sabe que, el punto… el maldito punto fue que en ese descuido Inuyasha aprovecho para estocarlo hiriéndolo superficialmente en la palma de la mano izquierda e interiormente una profunda puñalada en el orgullo. Jamás olvidaría esto y aunque fuera su medio hermano se aseguraría le cobrarle caro esta humillación.
— ¡Sesshōmaru! — Volvió la vista a la derecha donde la princesa se acercaba a él caminando lentamente, algo poco común en ella, pero la sonrisa que adornaba su rostro no estaba ausente. Rápidamente se irguió haciendo una reverencia lenta y así mismo con la confianza que ella misma le había dado, levanto el rostro completamente mirándola a los ojos un poco.
—Majestad…
—Te vi desde el pasillo y quise venir a saludarte ¿Cómo va el entrenamiento? —Preguntó curiosa. Sesshōmaru frunció un poco el ceño entornando los ojos.
—Hay mejores días que otros… —A Rin le extrañaron las palabras del chico, quiso preguntar a que se refería pero en un momento dirigió su mirada a la extremidad izquierda de él y miro una mancha roja en gran medida, tanto que se deslizaba entre sus dedos goteando grueso hacia el suelo, en donde ya se había formado un pequeño charquito.
— ¡Estas sangrando! —Gritó horrorizada acercándose más a él con expresión preocupada, Sesshōmaru miro su mano recordando su herida.
—Ha si… un inconveniente en la práctica. —Dijo sin más.
— ¿Te duele mucho? Deberías ir a ver a un doctor.
—No es necesario, no es nada grave —Dirigió su mirada a un costado.
—Eres tan orgulloso… —Dijo ella y de entre sus ropas sacó un delicado pañuelo color blanco con los bordes decorados con flores de color rosas, tomo la mano de Sesshōmaru y ante la sorpresa de él empezó a vendar con el pañuelo su herida.
—No es necesario que haga esto…
—Déjame hacerlo… —Dijo viéndolo a los ojos —Yo también soy un poco terca… ya deberías saberlo. —Le sonrió volviendo a su labor, Sesshōmaru se dejó hacer, perdiéndose un momento; en el suave rosar de sus manos que ejercían al contacto, el primero que tenían tan directamente. Rin envolvía su mano en la tela con tanta delicadeza y tan gentilmente, era inexplicable describir la sensación que experimentaba, cuando por fin ella finalizó terminando el vendaje con un pequeño nudo en el dorso ajustándolo lo suficiente para no lastimarlo. Tomo entre sus pequeñas manos la de él y ella por un segundo se perdió en la imagen que proyectaban así unidas, la sensación que le envolvía al ver sus dedos casi entrelazados y la necesidad de no soltarlo se hacía cada vez más grande.
Sesshōmaru experimentaba un una tranquilidad inimaginable, sentía en el aire ese aroma dulce, el mismo que aparecía cada vez que ella estaba cerca, junto con el ambiente tibio que emanaba la chiquilla, ella era un bálsamo espiritual, capaz de curar cualquier herida de su ser… Como ahora…
Notó como ella comenzaba a acariciar con el dedo pulgar el dorso de su mano, transmitiendo calor, consolándolo, se dio cuenta del ligero contraste que hacían las tonalidades de sus pieles y entonces notó que el pañuelo que antes era blanco, ahora estaba en gran medida manchada de rojo, el rojo de su sangre y no solo el pañuelo, las manos de la princesa también estaban humedecidas por el líquido que indócil se negaba a estancarse tan fácilmente.
—Sus manos… —Rin apretó un poco más entre sus manos la de él, indicándole silenciosamente que no le molestaba. —Princesa… —Susurró, Rin aún con la vista en sus manos cerró los ojos al escucharlo nombrarla. Después él aclaro su garganta cesando un poco el ambiente y dándose cuenta que la mujer que siempre la acompañaba, no estaba con ella, siendo sustituida esta vez por una jovencita de aparentemente la misma edad que él.
—Kaede no viene con usted…
—No… —Dijo soltando sus manos dando por finalizado completamente el ambiente. —Ella está asistiendo en el parto de la madre de Sango… —Volteo a ver a la chica tras de ella quien permanecía en silencio con la mirada baja.
—Ya veo… —Y nuevamente el silencio reino entre la mescla de miradas de chocolate y oro. Cada vez se hacía más común entre ellos.
—Su alteza… —Llamó Sango. —Esta anocheciendo, será mejor que entremos al palacio…
—Sango…
—Es verdad… —Le interrumpió Sesshōmaru. —Vaya a adentro, le agradezco por sus atenciones. —Dijo mostrando su mano izquierda empuñada. Rin Sonrió tenuemente mientras asentía.
—Bien, me retiro Sesshōmaru, nos vemos mañana.
—Majestad… —Hizo una reverencia viéndola dar vuelta y adentrarse entre los pasillos seguía por Sango muy de cerca.
Ya estaba totalmente oscuro para cuando llegaba a su morada, encontrándose con la mirada esquiva de su hermano a quien no le preso más atención, se mantuvieron en silencio hasta que llegó su padre dándole la noticia de la reciente misión que le entregaron, ellos acataron muy bien las ordenes que Inu No les dijo, ya que partiría al siguiente día muy temprano se encargó de especificar y recalcar varios detalles, después de eso Inuyasha no perdió tiempo de mencionarle a su padre su gran logro del día: Herir a su hermano, solo herir, ya que a pesar de eso Sesshōmaru había ganado el combate. Inu No felicito a su hijo menor observando como el mayor dirigía su mirada a otra parte en señal de disgusto, que un niñito lo hubiera herido era imperdonable para su supremacía. Escuchando aún la exagerada historia que su medio hermano le contaba a su padre tomó algunas cosas para salir en dirección a los baños y tomar una muy necesaria ducha.
A la mañana siguiente ambos jovencitos se despedían de su padre a las puertas del palacio, lo vieron arreglar sus cosas en la montura del caballo, a su alrededor los demás miembros de la misión se preparaban igualmente, el hombre se acercó a su hijos, se acuclillo y los miro a cada uno y después soltó un suspiro.
—Realmente no sé qué decir ahora… —Sonrió, Inuyasha lo imito y Sesshōmaru no. El Taishō mayor meditó por unos momentos y después habló. —Hemos pasado por momentos muy difíciles, la vida no ha sido misericordiosa con nosotros, no lo suficiente, pero la vida sin sufrimiento no tiene sentido, necesitamos experimentar el miedo y el dolor para poder distinguir y apreciar los momentos de felicidad. —Posó su mano izquierda en el hombro de Inuyasha y después su mano derecha en el de Sesshōmaru. —Ustedes son lo más valioso que la vida me ha dado, sin ustedes a mi lado mi vida no tendría ningún sentido, el destino me ha arrebatado a sus madres pero no permitiré que haga lo mismo con ustedes, a ambos los amo por igual, son mis hijos y no hay uno al que prefiera más o menos que al otro, no hay distinciones, ambos son parte de mí y no quiero que jamás haya una rivalidad entre ustedes por cosas estúpidas sobre quien es mejor, el más rápido, el más fuerte eso no importa, deben estar unidos siempre a pesar de todo, no tuvieron la misma madre pero eso no es impedimento para que no se consideren verdaderos hermanos, tienen que prometerme que ustedes se protegerán y se apoyaran el uno al otro siempre.
—Lo prometo padre… —Dijo Inuyasha no muy contento pero hizo el esfuerzo para complacer a su padre.
—Bien… ¿Sesshōmaru…? —Volvió la vista hacia él, quien indiferente giró su rostro hacia un lado emitiendo su clásico monosílabo. Su padre aun así sonrió. —Tomaré eso como un si… —Susurró para después estrecharlos en sus brazos al mismo tiempo, Inuyasha le abrasó igualmente mientras Sesshōmaru se dejó hacer, hasta que después de un rato instintivamente tomó el brazo de su padre apretándolo, correspondiendo así el gesto.
El sol no terminaba de alumbrar completamente cuando la figura del peliblanco se perdió desvaneciéndose a lo lejos, mientras los pequeños mantenían la vista fija en la calzada que su padre había tomado junto a otros guerreros, internamente ambos, a pesar del reciente distanciamiento que habían tomado y las prolongadas rencillas que tenían, en algo estaban de acuerdo; Deseaban que su padre volviera con bien.
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Hola otra vez ¡Segundo capítulo subido! Espero que les haya gustado y que también disfruten el rumbo que va tomando la historia cada vez se pondrá mejor lo prometo, sigan leyendo.
Hasta la próxima.
