XI

Henry Johnson era el típico mago maldecido por la economía, pero bendecido en habilidades. En su caso, se trataba de infiltración. Por eso, cuando un hombre solamente conocido como el Alquimista se había puesto en contacto con él, le había sorprendido que alguien necesitara a una persona como él. El Ministerio ya no necesitaba agentes encubiertos, pues aquellos eran tiempos de paz, y la paz muchas veces era mala para el negocio. Debido a eso, Henry se había quedado sin trabajo y debía aceptar empleos con los que no estaba familiarizado, lo que conducía a despidos prematuros. Sin embargo, había conseguido sobrevivir hasta ese momento e iba a postular a un nuevo empleo cuando el Alquimista se puso en contacto con él.

Por primera vez en dos años, Henry Johnson pudo respirar tranquilo. El trabajo que iba a desempeñar caía en su rubro y la paga era ridículamente buena. Más tarde, se daría cuenta de que todo eso era demasiado bueno para ser verdad.

Su objetivo se encontraba en Hogwarts, por eso, había postulado a un trabajo aparentemente mundano. Resultaba que Argus Filch tenía un archienemigo con el que debía batallar todo el tiempo. Al final, el reumatismo le ganó la guerra y el desdichado celador tuvo que solicitar una licencia médica de dos meses para descansar. Resultaba que Johnson había trabajado un tiempo en un puesto similar al de Filch. Eso, y la falta de reemplazos competentes, lo instalaron en el colegio dos días después de haber enviado el currículum.

Después que Filch le instruyera en todo lo que necesitaba saber, como los pasadizos secretos que empleaba para llegar más pronto a algún destino y otros secretos que el colegio ocultaba, Johnson firmó el contrato. Con aquella nueva información en su poder, Johnson comenzó con sus labores, y su primer día había sido decente.

Sin embargo, conforme pasaban los días, se dio cuenta que los alumnos podían ser unos pequeños diablillos. Apenas tenía tiempo para hacer el trabajo que se supone que debía hacer, pues siempre había algún altercado que solucionar. Ya fuesen alumnos que hubieran arrojado bombas fétidas en alguna sala de clases, alumnos que jugaran a los duelos en los pasillos o alumnos que anduvieran fuera de sus salas comunes en las noches, Johnson pocas veces tenía una noche enteramente para él. Lo único positivo de todo el maldito asunto era que no necesitaba mucho tiempo para cubrir el terreno necesario.

Porque el trabajo de Henry Johnson en el castillo no era precisamente reemplazar a Filch.

Había pasado una semana en Hogwarts y había averiguado lo suficiente para averiguar la ubicación del objeto que estaba buscando. La mala noticia era que tal objeto se hallaba en el único lugar del colegio al que no podía acceder, ni siquiera como celador. Necesitaba una idea, un plan para entrar en el despacho del director, obtener lo que buscaba y salir sin ser detectado.

Johnson sabía que la infiltración en el mundo mágico era un asunto truculento, pues había muchas formas de descubrir cosas ocultas y muy pocos métodos realmente confiables para pasar desapercibido. Pero él no se había labrado la reputación que tenía si no tuviera el ingenio de obtener cosas de forma totalmente silenciosa. Los encantamientos de impasibilidad eran los más difíciles de burlar, pues parecía no haber forma de atravesar puertas encantadas, ni siquiera con capas de invisibilidad. De todos modos, las capas de invisibilidad no eran confiables, y la única capa que realmente tenía esa capacidad estaba en poder de otra persona, y dudaba mucho que él la prestara. ¿Cómo podría, tratándose de una Reliquia de la Muerte? Aparte de la seguridad que podría encontrar al interior del despacho del director, necesitaba una contraseña para entrar. Pero aquella sería fácil de obtener. Bastaba con escuchar atentamente desde un rincón con la suficiente sombra.

Necesitaba hacerse una idea de lo que le esperaba.

Afortunadamente, ya tenía un plan en marcha.


El segundo número en la contraseña del maletín había sido encontrado.

Sin embargo, Antonius Smith y los demás no lucían muy esperanzados. Les había tomado una semana encontrar un simple número. Al contrario de lo que uno podría pensar, la Orden del Fénix no contaba con mucho tiempo. Era una certeza que sus enemigos los encontraran tarde o temprano, y, aunque los miembros de la orden supieran cómo cuidar de sí mismos, no eran ni remotamente guerreros. Antonius sentía que una guerra se avecinaba, y el desenlace se estaba volviendo cada vez más desfavorable. El enemigo tenía más medios, más poder y menos escrúpulos, mientras que ellos solamente poseían el secreto.

Ese secreto.

Me pregunto qué estará haciendo Ian en este momento se dijo Antonius, paseándose de un lado a otro de la sala. ¿Dónde está el fénix? Lo necesitamos más que nunca. No podemos revelar el secreto sin el fénix.

Resultaba que el secreto que la Orden del Fénix guardaba era de una naturaleza tan explosiva que sacaría ronchas en todos los magos del mundo. Y el trabajo de la orden era custodiarlo hasta el retorno del fénix, momento en el cual el secreto vería la luz. Solamente así, sus enemigos caerían, solamente así, los magos sabrían la verdad. Porque estaba entre las proclamas de la Orden del Fénix luchar por la verdad. Estaban en contra de las mentiras, los secretos y las acciones encubiertas. Antonius creía en eso a tal punto que no era capaz de entender por qué las organizaciones gubernamentales no eran capaces de hacer algo tan simple como ser transparente. Aunque tal vez, la razón fuese más simple de lo que imaginaba.

El ser humano ocultaba cosas cuando sabía que aquellas cosas estaban moral o legalmente prohibidas. Estaba en su naturaleza esconder los errores, pues los errores conducían inevitablemente al rechazo social, y había muy pocas fobias que estuvieran tan extendidas entre los humanos que el rechazo social. Antonius ignoraba de dónde provenía aquella fobia, pero eso no quitaba que fuese una verdad sacramental. La Orden luchaba diariamente contra el secreto, y era por eso que necesitaban al fénix a toda costa.

Y era esa la razón por la que intentaba descubrir qué ocultaba ese maletín.

Los pensamientos de Antonius fueron interrumpidos por la llegada de Ian. Frunció el ceño cuando vio la expresión de su compañero. Era seguro que las noticias que traía no eran para nada buenas.

—Antonius —dijo Ian en un tono que hablaba claramente de que algo terrible había ocurrido—. Tengo malas noticias con respecto al fénix.

—¿Lo encontraste?

—Me temo que sí. —Al pobre Ian le costaba mucho trabajo mantener la calma y sostener la mirada penetrante de Antonius—. Hace un par de horas atrás. En su propia casa, nada menos.

—¿Y cómo supiste quién era el fénix?

—Ella se reveló sola. No tuve que averiguar mucho. ¿Recuerda que hablé con Harry Potter sobre el asunto del dragón? Fue él quien le dijo al fénix que nosotros podríamos ayudarla con el tatuaje en su espalda y ella se contactó conmigo para que pudiera llevarla aquí. Pero cuando llegué a su casa, la encontré muerta en la sala de estar de su casa.

Antonius y los demás se sintieron como si acabaran de tragar una bala de cañón. Aquella era la peor noticia que pudieran haber recibido. Sin el fénix, el secreto jamás vería la luz, y lo que era más terrible, convertiría a ellos en cómplices del enemigo, ideológicamente hablando.

—Esto es… es…

—Lo sé —dijo Ian, sin ser capaz de sostener la mirada de tristeza de Antonius—. Es el día más negro para la orden. Es posible que este sea el fin. Hemos esperado tanto tiempo, solamente para fallar de la forma más inesperada y terrible.

—¿Y qué hay del dragón?

—Sigue con vida, eso lo sé, pero ignoro donde se encuentra.

Antonius, para sorpresa de Ian, suspiró de alivio.

—Si el dragón sigue con vida, aún hay una oportunidad para recuperar al fénix.

Ian miró a Antonius, sin creer lo que acababa de oír.

—¿Recuperar? ¿Al fénix?

—Claro —dijo Antonius, volviendo a pasear por la sala—. La profecía dice que hay un vínculo vital entre el dragón y el fénix. Mientras uno siga con vida, el otro no habrá realmente muerto.

Ian era un miembro relativamente nuevo en la Orden del Fénix, y jamás había escuchado acerca de eso. Después de todo, solamente los miembros más experimentados eran dignos de conocer la profecía en su totalidad.

—Entonces…

—Debes encontrar al dragón, cueste lo que cueste.


Era de noche, y Henry Johnson decidió que era tiempo de poner en marcha su plan. Éste consistía en dos fases. La primera sería reconocimiento. Necesitaba observar el entorno, buscar debilidades que él pudiera explotar, trampas que posiblemente le entorpecieran su labor, lugares donde esconderse en caso de emergencia. Aquella sería la parte más fácil. La segunda fase sería la extracción. Una vez localizado el objeto, el siguiente reto sería obtenerlo. Necesitaba estar preparado para cualquier cosa. Debía asumir que el objeto se encontraría protegido, por lo cual, necesitaba averiguar cuáles eran las defensas y cómo burlarlas, todo en menos de tres horas. Por eso era tan importante el reconocimiento.

Sabiendo que tenía poco tiempo para llevar a cabo la primera fase, Henry decidió ir al despacho del director cuanto antes. Había aprovechado que ella quería verle a propósito de su nuevo trabajo y de cómo le estaba yendo hasta el momento. Henry tuvo que suprimir una carcajada. La contraseña había sido bastante fácil de obtener. La misma directora se la había entregado, precisamente para que pudiera asistir a la entrevista. Por supuesto, nadie en el colegio tenía alguna razón para sospechar de él, pero se suponía que una bruja tan experimentada como Minerva McGonagall debería ser capaz de darse cuenta que Henry Johnson estaba ocultando algo. Era una fortuna que Albus Dumbledore estuviera muerto. Él lo habría descubierto en un parpadeo.

—Dragón blanco —dijo Henry frente a la gárgola, y ésta se hizo a un lado, revelando la escalera de caracol. Después de un breve ascenso, llegó a la puerta de la directora, la cual se abrió por su propia cuenta.

Henry trató de avanzar lo más lentamente posible, mirando en todas direcciones, fingiendo asombro, porque en realidad estaba observando concienzudamente cada detalle del despacho, buscando con la mirada el objeto que buscaba. Y, cuando estuvo a punto de llegar al amplio escritorio, lo vio.

Apenas podía creer que el objeto no estuviera escondido. Algo como eso debería estar custodiado bajo mil llaves, porque se trataba de uno de los objetos mágicos más poderosos del mundo de la magia.

La infame Varita de Saúco.