XII

Harry y Hermione se habían quedado atónitos al ver a Godric Gryffindor en persona. La experiencia era similar a encontrarse cara a cara con un dinosaurio en los tiempos modernos, y ambos viajeros permanecieron de pie, sin saber qué mierda decir. Al parecer Godric lo notó y se acercó lentamente, de modo que no lo vieran como una amenaza.

—Perdón por esta inoportuna intromisión, pero necesito de vuestros servicios, si aquello no es una molestia.

Hermione, en su estupor, recordó que en esos tiempos se hablaba de manera más formal. Era una forma fácil de expresar educación o caballerosidad. Sin embargo, agradecía que el hombre frente a ella, por lo menos, tuviera educación para dirigirse a una mujer. Era un hecho histórico que las mujeres en la Edad Media fuesen tratadas como objetos o esclavas.

—¿Y… bueno… qué servicios necesita de nosotros?

—No es mucho lo que necesito, mi buena dama —dijo Godric, viendo que ella no iba a atacarlo—. Solamente requiero un poco de comida para continuar con mi viaje hacia el norte. Vosotros serán bien recompensados.

Hermione llegó a la conclusión que Godric Gryffindor no era una amenaza e hizo un gesto para que se acercara más. Harry bajó la varita (no era exactamente difícil para un mago hacerse pasar por otra persona) e imitó el gesto de Hermione.

Godric tomó asiento en el suelo, mirando los trozos de carne que aún se cocinaban al fuego y las hogazas de pan que sobresalían de uno de los morrales. Aquello era más —y mejor— de lo que había comido en los últimos dos días.

—Disculpe si no es mucho lo que podemos ofrecerle, señor —dijo Hermione, sentándose junto a Harry y frente a Godric, pero él no parecía decepcionado. Era más. Lucía contento, como si no hubiera visto carne asada en un lustro.

—Esto es un festín para mí, después de la empresa que debí emprender —dijo Godric en un tono ligero y amigable—. Un rey duende quería que yo le recuperara un objeto muy preciado para él. Tuve que pelear contra un dragón muy temperamental para recuperar el objeto, y cosa rara, cuando se lo devolví, el rey me lo obsequió. Incluso grabó mi nombre en la hoja.

Godric desenvainó la espada que llevaba al cinto y Harry y Hermione contuvieron el aliento al ver que se trataba de la misma arma con la que Harry había derrotado al basilisco y decapitado a la serpiente de Voldemort. Sin tan sólo Godric supiera que esa espada había contribuido enormemente a salvar al mundo mágico, mil años después…

—Veo que estáis muy interesados en mi espada —observó Godric, tomando un trozo de carne y llevándoselo a la boca, sin cubiertos ni nada—. Reconozco que no es un arma común. He golpeado roca con la hoja, y no he visto mella alguna en el filo. Después supe que los duendes son los mejores herreros del mundo mágico, y he tratado de aprender de sus artes, no con el éxito que hubiera deseado.

—No queremos apoderarnos de su espada —dijo Hermione con un poco de timidez—. Es que es como usted dijo: no es un arma común.

—Ese sería un mal plan —dijo Godric, llevándose un pan a la boca y mirando a Harry—. Pero me da la impresión que tú has blandido espadas en el pasado. Tienes esa mirada que me dice alguna vez combatiste con una. Tu oponente debió haber sido poderoso. Hay muy pocas criaturas que son resistentes a la magia. Eso, o perdiste tu varita mientras peleabas.

Harry no dijo nada. No sabía cómo diablos Godric había sabido, a grandes rasgos, que él había peleado contra un basilisco y que no contaba con su varita en ese momento (hay que recordar que la imagen de Tom Riddle se había apoderado de ella).

—Tu silencio lo confirma —añadió Godric, tomando otro pedazo de carne y comiéndola como si fuese una hogaza de pan—. Para enfrentar esa clase de retos, debes poseer mucho coraje. Yo siempre he creído que no hay nada que no puedas hacer solamente con fuerza y arrojo. De hecho, es todo lo que necesitas para labrarte un nombre y dejar tu marca en la historia.

Hermione no hizo más que darle la razón a Godric Gryffindor.

—Bueno, amigos, mi estómago os agradece por la comida y yo por la compañía—. Godric se puso de pie e hizo una reverencia. Hermione se puso ligeramente colorada—. ¡Que tengan buena fortuna en su viaje, caballero, dama!

Harry y Hermione vieron cómo Godric montaba su caballo y desaparecía en la oscuridad. Ambos permanecieron por varios minutos en silencio antes que consideraran seguro hablar.

—¿Puedes creer lo que acaba de pasar?

—Y yo que pensé que pasar desapercibidos iba a ser fácil —dijo Hermione, quien lucía preocupada—. En todo caso, olvidamos algunas protecciones, de modo que ningún mago pudiera vernos.

—La próxima vez seremos más cautelosos.

—Menos mal que fue un encuentro casual. Godric pudo haberse encontrado con cualquiera a la vera del camino. Fue un alivio que no nos hubiera preguntado nuestros nombres.

—Aquello habría sido catastrófico —acotó Harry, poniéndose de pie y añadiendo protección adicional, de modo que ni siquiera un mago pudiera verlos—. ¿Notaste que dijo que se dirigía al norte?

—Lo noté —repuso Hermione, mirando en esa dirección—. Necesitamos saber exactamente hacia dónde iba. Tal vez tenía en mente reunirse con los otros fundadores. Recuerda que tenemos unas pocas semanas para averiguar qué fue lo que realmente pasó entre ellos para que tuvieran la idea de fundar Hogwarts.

—Pero, de acuerdo con Blackwood, falta aún para que a Rowena se le ocurra la idea. No creo que Godric haya ido a reunirse con los fundadores.

—Eso no cambia que debemos seguirlo —dijo Hermione, suprimiendo un bostezo descomunal—. Demonios, ya es muy tarde. Harry, ¿podrías poner la carne sobrante en sal y apagar el fuego? Debo preparar las sábanas.

—¿Dormiremos sobre el suelo?

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Traer sacos de dormir?

—No habría sido una mala idea —dijo Harry, encogiéndose de hombros.

—No. Habría sido una idea terrible —replicó Hermione mientras miraba a sus alrededores, asegurándose que no hubiera nadie—. Imagínate si alguien ve sacos de dormir en este tiempo. Habrá muchas preguntas incómodas que yo preferiría evitar. Así que, en honor a la discreción, tendrás que apañártelas como en estos tiempos.

Harry gruñó. Sabía que habría muchas dificultades en retroceder casi mil años en el tiempo, pero dormir sobre el suelo se le antojaba un poco extremo. El buen sueño era muy necesario para que la cabeza funcionara correctamente, y dadas las circunstancias, asumió que iba a amanecer con un dolor de espalda de aquellos.


Harry no se equivocó.

Cuando amaneció, tuvo algunas dificultades para levantarse, pues se sentía como si pudiera doblarse en las regiones incorrectas de su cuerpo. Cuando pudo acomodarse a posturas más ortodoxas, vio que Hermione ya se había puesto de pie. Luego vio, con horror, que estaba desnuda, echándose agua en el cuerpo. Daba igual si nadie podía verlos; Harry jamás esperó ver a Hermione en ese estado, aunque, entre otras cosas, sí pudo comprobar lo que ella le había dicho sobre el fénix tatuado en su espalda.

—¿Podrías mostrar más decoro? —gruñó Harry, aunque, en el fondo, no le resultaba muy molesto que digamos.

—¿Y qué? —dijo Hermione, secándose la piel con una toalla que fácilmente podía pasar por un trapo de esos tiempos—. Ya te dije que no tengo nada que no hayas visto antes. Además, pudiste comprobar lo del fénix, ¿no es así? —Hermione no pareció esperar por una respuesta, pues añadió—: deberías tomarte una ducha también. En ese tiesto tengo agua tibia, por si quieres hacerte un poco de aseo. Recuerda que en estos tiempos no había mucha preocupación por la salubridad… o mejor dicho, no había los medios que hay en nuestra época.

—No creí que fueses tan impúdica —gruñó Harry, mirando el tiesto con agua y decidiendo que Hermione tenía razón—. Me lavaré cuando hayas acabado. Yo, a diferencia de ti, conozco el sentido del decoro.

Hermione no dijo nada, pero Harry juró escuchar un bufido mientras ella se adentraba en la carpa para vestirse. Cuando vio que ella no podía verlo, Harry se quitó la ropa y se echó el tiesto entero sobre su cuerpo, sintiendo que el agua tibia hacía un buen trabajo aliviando las molestias en su espalda. Como era natural, Hermione no había traído jabón, por lo que se conformó con frotarse la piel mojada, de modo que reducir al mínimo los olores propios del cuerpo humano.

Cuando Hermione volvió a salir de la carpa, Harry ya había acabado y se encontraba vestido. Su cabello seguía tan desordenado como siempre.

—Vamos a desayunar algo antes de retomar el camino —dijo, sosteniendo pan con mantequilla y un poco de tocino—. Aún están calientes, así que aprovecha.

Cuando ambos acabaron con sus respectivos desayunos, desarmaron el campamento, guardaron todo en la bolsa de cuentas de Hermione, montaron sus respectivos caballos y reanudaron la marcha.

Los bosques fueron haciéndose más frecuentes conforme avanzaban hacia el norte, y las caravanas brillaban por su ausencia. A veces se podía ver a algún que otro caballo y su jinete discurriendo en dirección contraria, pero el tráfico era expedito y podían galopar a toda velocidad sin encontrarse con obstáculo alguno.

—¡A este paso llegaremos a Escocia antes de tiempo! —exclamó Hermione, quien tenía que gritar a causa del viento generado por la cabalgata misma—. ¡Espero que esto sea frecuente en nuestro camino!

—¡No cuentes con ello! ¡Debe haber ciudades delante de nosotros! ¡Seguramente allí habrá caravanas en la entrada y la salida!

—¡En todo caso, no podemos pasar todas las noches acampando! ¡Si hallamos un pueblo, allá nos quedamos! ¡Tenemos suficientes monedas para costear un par de meses de estadía en alguna posada!

Harry no dijo nada, pero era obvio que le alegraba la idea de que Hermione considerara alojarse en un pueblo. Su espalda se lo iba a agradecer bastante.

Sin embargo, cuando el sol estuvo en su cénit, ambos vieron una imagen que los sobresaltó. Mientras cabalgaban a través de un descampado con plantaciones de trigo, una sombra oscureció el sol por una fracción de segundo. Pensando que tal vez podría tratarse de un ave, Harry no le dio mucha importancia. No obstante, mientras llegaban al final de los campos de trigo, el sol volvió a oscurecerse y, en esa ocasión, Harry miró hacia arriba y vio a un dragón sobrevolar los campos.

—Hermione —dijo Harry, indicando con el dedo hacia arriba.

Ella siguió la dirección del dedo de Harry y sintió cómo el corazón se detenía al ver al dragón planear a unos diez metros de altura. Avanzaba hacia el norte, en la misma dirección hacia la que se dirigían ellos.

Eso, hasta que el dragón dio media vuelta y aterrizó en medio del camino.

Harry y Hermione hicieron que los caballos se detuvieran, pero los animales se encontraban asustados y se encabritaron, desmontando violentamente a sus jinetes y escapando hacia los campos de trigo. Se pusieron de pie con cierta dificultad y vieron que el dragón estaba a solamente cinco metros de ellos.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Harry, mirando a los ojos del dragón como si jamás hubiera enfrentado a uno.

Hermione no respondió. Había perdido el habla. Y mientras tanto, el dragón daba un paso hacia ellos, y ambos supieron que habían llegado al final del camino antes de tiempo.