Muchísimas gracias por todo el apoyo que recibió este triste intento de historia.

Como dicen todo lo que tiene un comienzo, tiene un final, y agradezco mucho el haberme acompañado a lo largo de esta historia, algunos cuando acabe este capitulo será la última vez que nos leeremos, a otros los leere en mis demás trabajos, pero a todos les agradezco.

Aún después de este capitulo, viene un pequeño epílogo, pero este es el final de la historia.

Como siempre los personajes no me pertenecen yo solo los ocupo sin fines de lucro.

Capítulo XXV. Final. El Rey.

El invierno se acercaba tan inminente como el amanecer.

Los más experimentados, sabían que los fríos traerían consigo más que las nevadas. Aunque aún no sonarán los cuernos de guerra, la tensión en los reinos del norte, tenían a toda Europa a la espera.

La mujer de cabellos platinados veía un mapa frente a ella.

Su experiencia en el arte de la guerra era nula, pero en unos cuantos meses habían unido a tres reinos en contra de un enemigo en común y por tan extraordinaria proeza, había tomado las riendas de la invasión y conquista de Arendelle.

Sabía debían actuar rápido, pues el espía que tenían en aquel reino les había informado sobre el delicado estado del rey. Y sabía que sí no enviaba a los buques de guerra antes de que Annabella se recuperará, no tendrían la más mínima oportunidad.

También era consciente de que a diferencia de Corona, las Islas del Sur y Weselton, los inviernos en Arendelle eran tan crudos y atroces que era casi imposible que lograrán sobrevivir si cortaban sus suministros de comida, por lo que decidió usar aquella estrategia que vio caer a su pueblo, aunque con ligeros cambios seria en esencia una probada de su misma medicina hacia el rey.

El plan era bastante simple, usarían a los barcos para interrumpir las vías de comercio y abastecimiento, y cuando se quedarán sin comida, el avanzar y destruir al reino sería cosa de niños.

Dejando la comodidad de su oficina, camino hacia al balcón principal del castillo, viendo a las fuerzas de los tres reinos debajo de ella.

Estaba segura, que sería recordada en la historia por la alianza que tenía frente suyo, y aunque el precio era alto, la venganza por la muerte de su padre, lo valía. A ambos reinos, tanto a los de las Islas del Sur, como a Weselton, les había prometido las riquezas y tierras de Arendelle, si se unían a ella a tan sangrienta cruzada, después de convencerlos al recordarles que ambos tenían deudas con el reino del norte, y que tarde o temprano, sufrirían la misma suerte que Corona, le fueron entregados un ejército tan basto que haría temblar hasta al más fuerte de los reinos.

- Ustedes marcharán al norte. - Podía sentir como las miles de miradas se clavaban en ella, pero en ese momento no le importó en lo mas mínimo. - Sus acciones traerán honor y gloria a sus reinos, serán recordados como aquellos que no bajaron la cabeza ante el tirano que quiere sus tierras. - Podía sentir como los hombres frente suyo comenzaban a mostrar la emoción por la guerra. - Sus hijos e hijas cantaran sus proezas, y el orgullo llenara sus pechos cuando digan quiénes son sus padres.

Los clarines sonaron, las botas retumbaron al marchar, la tierra tembló por la fuerza demostrada, y los hombres se embarcaron a la lucha que les traería honor.

Cuando el último barco zarpo, Elsa volvió a internarse en su oficina, viendo a la pieza que figuraba al rey Annabella, y tomándola entre sus manos.

- Me hubiera gustado que las cosas hubieran sido diferentes. - Dijo como si aquella pieza de mármol en verdad fuera el rey. - Y sé que esto traerá muerte y hambruna, pero... - las palabras parecían atorársele en la garganta. - Lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y el mal.

Recordó con pena, como había comenzado su relación, y era casi una broma del destino, que aquel regalo que había sido el que comenzaría a abrir su corazón, fuera ocupado para clamar la muerte de una de ellas.

Los mensajeros eran puntuales, y gracias a ellos, apenas unas cuantas semanas después de la partida de los barcos, supieron que en ese momento, Arendelle ardía en llamas.

El primer general, pedía una audiencia, solicitando el refuerzo de tropas para limpiar las cenizas de lo que llego a ser el reino más rico del norte, y darle a la reina Elsa, un regalo que sabía le encantaría.

Y aunque el saber que había ganado, que su reino había sido el victorioso, la ahora reina de Corona, sentía un gran vacío en su pecho, pues creía que Annabella había muerto.

Las lágrimas habían caído sin su permiso, mojando sus mejillas, su respiración se hizo pesada, pues aunque era consciente de que eso pasaría, en lo más remoto de su corazón, anhelaba ver por una última vez a Anna.

Un toque en la puerta de su oficina, le hizo limpiarse el rostro, y con la más clara de las veces le indico a quien fuera que entrará.

La puerta de madera se abrió revelando a un par de hombres perfectamente uniformados, mostrando con orgullo los colores de su reino, aunque le pareció extraño que los tres cubrieran sus rostros, el objeto que uno de ellos traía consigo, hizo que el pensamiento se esfumara.

El fino artefacto era inconfundible, y aunque solo lo había visto una sola vez, el recuerdo a quien había pertenecido le hizo congelarse.

La espada de la familia real de Arendelle.

Por unos cuantos segundos, solo pudo quedarse completamente quieta frente a ella.

- Déjennos solos. - dio la orden, necesitando oír el como la había conseguido de primera mano.

Y pese a lo ambiguo de la orden, dos de los soldados abandonaron la habitación.

- ¿Que fue de ella?

Mientras decía el anhelo de su corazón, se acerco al general, pero antes de siquiera poder tocar la espada, esta se quito de su alcance.

Elsa encaró al hombre, dandole la mas fiera de las miradas por su atrevimiento. Pero lo que hizo este, le hizo callar cualquier cosa que estuviera por decir.

El cabello blanco perfectamente peinado, hacia ver a la mujer que hacia tan solo unos segundos creía muerta, verse tan hermosa e imponente que su respiración quedo atrapada en su pecho.

- Por el amor a los dioses, en verdad creías que moriría tan fácilmente. - su voz al contrario de la ultima vez que la había escuchado estaba cargada de fuerza.

- De no ser así lo estarás pronto. - ataco de vuelta, pensando que el castillo estaba rebosante de soldados.

Pero en vez de una respuesta, vio como el rey de Arendelle se paseaba por su oficina, hasta que se detuvo enfrente de un tablero de ajedrez, tomando una pieza entre sus manos.

- ¿Te apetece jugar? - pregunto mientras que ponía la pieza en el lugar que la había tomado.

El tenerla frente suyo, hacia que cada pensamiento se viera interrumpido por el pánico, y por aquella emoción que seguía en su pecho. Y sin poder entender que era lo que tramaba, tomo asiento frente a las piezas blancas, pensado que aquella era una manera de hacer tiempo en lo que cualquier persona pudiera llegar a encargarse de la ahora peliblanca.

Durante veinte movimientos, el silencio reino en la oficina, solo siendo brevemente interrumpido por las piezas al ser puestas en el tablero.

- Jaque. - dijo Elsa tomando a la reina con la propia, lista para tomar al rey negro.

Pero la partida se vio interrumpida por alguien entrando en la oficina, siendo mas ni menos que el aun príncipe de Corona, Kristoff, acompañado de un par de hombres.

El rubio enrojeció de furia, al ver a la acompañante de su hermana, pero antes de que siquiera pudiera acercarse, los hombres a su lado, le golpearon las piernas con sus rifles tirándole al suelo, el príncipe grito de dolor, pero antes de que dijera otra cosa, un golpe en la tuca le hizo perder el conocimiento.

Cuando el estupor de ver la escena desapareció junto con su hermano, vio hacia Anna, viendo como un peón comía a su reina.

- ¿Que hiciste?

- Comí a tu reina. - dijo con total calma, mostrándole la pieza en su manos.

- No me refiero a eso. - hizo sonar su voz con una serenidad que no sentía.

- Bueno, supongo que termino la hora de juego.

La rubia se levanto cuando vio a Anna levantarse, y la siguió cuando está se acerco a su mapa dónde había demostrado su estrategia.

- Hacia más de un siglo que Arendelle en verdad había conocido el peligro. - Dijo el rey viendo con atención el mapa. - Te felicitó.

- Arendelle cayo, cualquier cosa que hagas aquí, solo será inú...

Pero guardo silencio, al ver aquella sonrisa, la misma que vio cuando entro a su reino triunfante, y de pronto sintió pánico.

- "Arendelle arde. El rey a muerto. Su ejército no tuvo oportunidad en contra de la alianza. Dios salve a la reina Elsa." - Dijo Anna.

Y Elsa sintió su conciencia atormentarse, pues aquellas palabras, eran las mismas de la ultima carta que había recibido.

- Puede que si hubieras tenido un poco más de experiencia, verdaderamente hubieran sido un desafío. - Anna tomo las piezas que figuraban a la alianza y las guió hacia Arendelle. - Pero supongo que no podías esperar para tomar mi cabeza.

- Era imposible que Arendelle sobreviviera sin alimentos. - Y aunque trato de hacer sonar su voz lo más segura, falló en el intento.

- Ese es tu problema, solo crees en algo. - Dijo Anna sin siquiera verla, moviendo a las piezas que figuraban su reino, al norte. - Pues aunque no lo creas, hacia muchos años, durante el invierno, mi pueblo emigraban al norte, pues hay un bosque en el que los alimentos se mantienen frescos gracias al frío de la región, y durante un par de años no fue necesario, pues los trenes hacían que el transporte fuera en poco tiempo, ahora que cuando me enteré de tu plan, comencé la movilización de mi gente hacia esa región.

- El ejercito...

La risa de Anna retumbo en la oficina, burlándose de ella con total descaro, despues de un par de segundos logró guardar compostura. - No puedo creer que la misma estrategia funcionará dos veces, cuando se cansaron de esperar un ataque, o lo que sea que esperarán, desembarcaron, solo para encontrarse un pueblo deshabitado lleno de dinamita.

Las piezas de la alianza volaron con un golpe del rey, cayendo a los pies de Elsa.

- Los cuerpos de tu tan aclamada alianza quedaron esparcidos por todas mis tierras, la sangre de aquellos ilusos que creyeron en ti, aun cubre mi reino.

La reina veía estupefacta, pero no pudo darse el lujo de permanecer inmóvil, cuando de pronto gritos de angustia y dolor llegaron a ella.

Se tropezó con sus propios pies al correr al balcón, solo para ver como los nobles de su reino, eran empujados por soldados de Arendelle acompañados de revolucionarios, niños y adultos eran golpeados, mientras que los soldados se reían de su desgracia.

Cuando pensó que el dolor no podía ser mayor, los guardias que se habían llevado a su hermano, lo amarraron de pies y manos para después cubrirlo de aceite y prenderle fuego, los gritos de agonía solo fueron interrumpidos por la detonación de las armas que cegaron la vida de los nobles.

- Todo esto es por ti. - Elsa escucho detrás suyo. - Esto lo causaste tu, cuando comenzaste a planear mi caída, se comenzó a orquestar la tuya y la de esos malditos de las islas del sur y Weselton, ahora no te queda nada.

Con desconcierto, Elsa volteo para ver a Anna, pero le sorprendió ver que esta le ofrecía una arma.

- Ten tan siquiera el honor de morir junto a los tuyos. - nunca le había escuchado esa voz, tan fría y carente de emociones.

Tomo la culata de la arma, acostumbrándose al peso de esta, pero la ira que sentía, no le hizo apuntarse a si misma, sino a la mujer frente suyo, y sin siquiera detenerse a pensar, jalo el gatillo.

Pero solo escucho el martillo golpear, sin detonación.

- Supongo que era mucho pedir... - en los ojos de Anna se pinto la mas profunda pena. - Supongo que en verdad, yo fui la única que tenía estos estúpidos sentimientos.

- ¿Era...una prueba? - su voz estaba cargada de pena.

- Ya no importa.

Y antes de darse cuenta, las lagrimas cayeron por las mejillas del rey mientras tomaba su espada, podía ver como Elsa trato de decir algo, pero antes de que lo hiciera, el filo de su arma le corto el cuello, le sonido sordo de la cabeza de la ultima reina de Corona fue lo único que acompañó al llanto del rey de Arendelle.

Fin.