XIII
Henry Johnson no tenía mucho tiempo. La directora del colegio podía llegar en cualquier minuto. Decidió comprobar si la varita poseía algunos encantamientos defensivos a su alrededor. Realizó una serie de complicados movimientos con su propia varita, pero nada ocurrió.
Esto debe ser una broma. ¿Por qué mierda algo tan poderoso no posee ninguna protección? Esto debería estar en una bóveda, cien metros bajo tierra. ¡No lo entiendo!
Después de cavilar por un par de minutos, Henry escogió irse del despacho de la profesora McGonagall, al tanto que estaba siendo observado por los cuadros. Pretendió hacer el trabajo para el que había sido contratado por varios minutos y se retiró, asegurándose de dejar la puerta cerrada tras él.
Cuando estuvo dos pisos más abajo, Henry buscó una chimenea para comunicarse con el Alquimista. Seguramente él tendría la explicación para la laxa seguridad con la que contaba la Varita de Saúco.
Encontró un aula vacía que poseía una chimenea. Asegurándose que no hubiera ningún profesor cerca, Henry cerró la puerta y echó polvos flu a las llamas, llamando al Alquimista por su alias. Enseguida, una cara cubierta por lo que parecía humo apareció en medio del fuego.
—¿Qué ocurre?
—Hay un problema —dijo Henry. El Alquimista no parecía perturbado por la noticia.
—¿De qué se trata?
—Bueno, no es exactamente un problema —explicó Henry, sabiendo que debía escoger sus palabras con mucho cuidado—. Se trata de la Varita de Saúco. Debería estar protegida por los encantamientos más potentes, pero cuando evalué la seguridad con la que contaba, vi que no tenía ninguna. Está tirada sobre el escritorio, como si fuese una pluma para escribir.
Por un momento, Henry creyó que el Alquimista se encontraba pensando en una respuesta a su inquietud. Pero aquello distaba mucho de la verdad. Al parecer, lucía exasperado.
—Henry, te di un trabajo, y ese trabajo es apoderarte de esa varita —dijo el Alquimista en un tono que trababa de enmascarar su impaciencia, con muy poco éxito—. No me importa si está protegida o no. Se supone que te contraté para que extrajeras la varita de su sitio. Una nimiedad no puede detenerte.
—Pues, en mi experiencia, un objeto de enorme valor, simplemente tirado a vista y paciencia de todos, tiene que ocultar algo. Debe haber alguna trampa.
—¿Y no te has puesto a pensar que la varita está desprotegida porque la directora es descuidada? —dijo el Alquimista, en un tono más elevado—. Si no hay ninguna protección, entonces tu trabajo es más simple de lo que crees. Toma la varita y llévamela ante mí. Tienes hasta mañana.
La comunicación acabó allí, dejando a Henry con más preguntas que respuestas. Si todo lo que le había dicho acerca del Alquimista era cierto, entonces estaba exhibiendo un comportamiento muy fuera de su carácter. Él era un personaje bastante cauteloso, y no hacía nada si no contaba con información, buena información, acerca de lo que se proponía hacer. Henry supuso que solamente había dos alternativas: o el Alquimista no conocía la verdadera naturaleza de la Varita de Saúco, o sí la sabía y no había ningún riesgo real en tomar el objeto. Considerando los antecedentes de su empleador, Henry decidió robar la varita mañana y cobrar su merecida recompensa.
Para Ian Montgomery, la inesperada caída del fénix causaba más problemas de los que deseaba. Poco consuelo le daba que Antonius Smith le hubiera dicho que el dragón podía solucionar ese entuerto, pues también estaba el asunto del maletín. Algo le decía que no le iba a gustar lo que escondía.
Pese a que era un miembro relativamente nuevo de la Orden, Ian sabía cómo ese maletín había llegado a las manos de Antonius. Se había tratado de un asunto sangriento, pues involucraba un duelo a muerte con unos magos que supuestamente trataban de ingresar material de contrabando al callejón Knockturn. Los Aurores se dieron cuenta de esto y hubo una refriega en la que casi todos los involucrados perecieron, salvo uno. Ese mago escapó de la contienda hacia el callejón Diagon, llevando el maletín consigo, mirando en todas direcciones, como si esperara que alguien de la muchedumbre le atacara en cualquier minuto. Sin embargo, cuando iba pasando frente a Gringotts, chocó con un miembro de la Orden del Fénix y, por alguna razón, le atacó a matar, a vista y paciencia de la gente. El miembro de la Orden era un duelista experimentado y acabó con el atacante en quince segundos. Una vez reducido, el hombre se acercó al maletín, pensando en devolverlo a su dueño, cuando se percató del símbolo estampado en el cuero.
El símbolo que tanto temía ver.
El escudo de la Orden de Merlín.
Ian, como miembro nuevo de la Orden del Fénix, no estaba al tanto del verdadero trasfondo tras el premio que se otorgaba a los magos distinguidos. Aquel galardón era solamente una fachada. Y el hecho que se hubiera encontrado un maletín con el escudo de la Orden de Merlín de forma tan casual había sido un auténtico golpe de suerte.
Pero no era eso lo que más le molestaba a Ian.
El maletín podía contener documentos o algún objeto legendario, pero éste era demasiado pesado. Y, lo que era peor, hacía un sonido muy extraño cada vez que se agitaba, como si hubiera un montón de leña apilada dentro. También resultaba extraño su tamaño. Era demasiado grande para que ocultara solamente documentos. La pregunta del millón era la siguiente.
¿Qué es lo que hay dentro que la Orden de Merlín no quiere que se sepa?
Ian sabía que no ganaba nada con hacerse esas preguntas. No estaba recorriendo las calles de Londres para resolver el misterio del maletín. Necesitaba encontrar al dragón, y pronto. El problema era que, al parecer, el dragón no quería ser encontrado, pues Ian había registrado prácticamente todo el centro de la ciudad y no había ni rastro de esa persona. Ya estaba anocheciendo y a Ian se le caían solos los párpados. Incluso estaba dispuesto a soportar el sabor horripilante del café muggle con el solo fin de mantenerse despierto.
Mierda. Si tan solo hubiera puesto más atención en esas clases de Encantamientos Estimulantes.
A Ian le había sorprendido la identidad del fénix. Había personas no más calificadas, sino que eran el tipo idóneo para llevar el tatuaje en su espalda. Antonius le había platicado lo suficiente de la profecía para sentirse confundido. Siempre se hablaba del dragón y el fénix. De especial importancia eran los artículos empleados para aquellas dos personas. La profecía claramente hacía referencia a dos hombres, pero, si lo que había escuchado era cierto, entonces la profecía podría estar errada, o malinterpretada. Porque el fénix había resultado ser una mujer.
Una mujer con la que trabajé por un año y medio.
Ian iba a extender su búsqueda por los suburbios de Londres, aunque juzgó necesario pasar a una cafetería primero. Suspirando, buscó un local que no estuviese demasiado atiborrado de gente y encontró un pequeño puesto, en el cual solamente había un cliente, quien se encontraba ataviado con un sombrero de copa y una gabardina. Considerando las temperaturas de los últimos días, Ian tenía al menos una razón para sospechar de ese sujeto, pero necesitaba el café. Al final, decidió entrar al local y escogió una mesa a cierta distancia de la persona de la gabardina, de modo que no lo perdiera de vista.
—¿Qué desea tomar, señor? —preguntó la mesera, una joven un poco pasada de peso, pero de maneras amables y muy bien vestida. Olía a lavanda.
—Un café, para variar —repuso Ian de forma distraída, poniendo más atención al tipo de la gabardina que a la mesera.
La mesera soltó una risa graciosa.
—Tenemos varios tipos de café —explicó, notando el interés de Ian por el sujeto frente a él—. Lleva como media hora allí, y apenas ha bebido de su capuchino.
Ian arqueó una ceja.
—¿Media hora?
—Extraño, ¿verdad?
Ian, juzgando que no tenía ni la más remota idea sobre café, decidió ordenar lo mismo que el sujeto de la gabardina.
—Serían tres libras esterlinas.
Por fortuna, Ian tenía dinero muggle y le pasó unas cuantas monedas a la mesera, quien le dijo que su pedido iba a demorarse unos cinco minutos. No es mucho, tratándose del mundo muggle. Decidió pasar el tiempo observando al tipo de la gabardina, quien parecía tener cosas más importantes en su cabeza que el capuchino frente a él. Tampoco parecía caer en la cuenta que estaba siendo observado. De todos modos, no era exactamente un mito que la gente podía darse cuenta de eso.
El capuchino llegó y la mesera le sonrió antes de volver a su puesto. Ian, sin saber qué pensar, tanto sobre el café como por el gesto de la mesera, decidió beber un sorbo, solamente para hacerse una idea del sabor. Para su sorpresa, no había resultado ser tan malo después de todo. Sí, era un trago amargo, pero nada que un poco de azúcar no pudiera remediar. Además, estaba el aroma. La mezcla del café con la crema era algo que jamás había probado en toda su vida, y eso que había probado esa porquería del café expreso…
El hombre de la gabardina tomó su capuchino y lo bebió de un solo trago. El estómago de Ian dio un doble mortal cuando el tipo dejó la taza sobre la mesa y miró hacia atrás, en su dirección.
Ian no estaba preparado para ver lo que estaba viendo. El hombre de la gabardina era un sujeto al que había visto antes, hace unos días, en San Mungo. Desde que le había dado el alta médica, le dio la impresión que la tierra se lo hubiera tragado, pues nadie lo podía encontrar. Pero allí estaba, tratando de pasar desapercibido. Ian tragó saliva.
—Tu eres Ian, ¿verdad?
El aludido tardó un poco en responder, pero cuando lo hizo, le salió la voz trémula.
—S-Sí.
—Me dijiste en San Mungo que podías ayudarme con un problema.
Ian lo recordaba bastante bien. Asintió con la cabeza.
—Bien. Porque eso es lo que necesito en este momento. Me gustaría saber por qué mierda tengo ese dragón tatuado en mi espalda.
