Muchas gracias por todo el apoyo que recibió este triste intento de historia.

Supongo que no hay nada mas que decir, mas que espero les agrade esta idea que no pude sacar de mi cabeza.

Como siempre los personajes no me pertenecen yo solo los ocupo sin fines de lucro.

Epílogo. La historia nunca deja de escribirse.

Los barcos hondeaban sus banderas, mientras se acercaban al reino que había hecho lo inimaginable en tan poco tiempo.

Pues después de acabar con los nobles de los tres reinos, los esclavos y siervos, pasaron a ser ciudadanos y plebeyos de Arendelle. El cambio no fue fácil, mas por el temor de aquellos que durante generaciones habían sufrido a la sombra de las casas nobles, las mas bajas y horribles perversiones.

Pero el rey Annabella había orquestado hasta el último movimiento, usando el odio hacia sus antiguos amos, para ganar su confianza, vendiéndoles las tierras que antes habían sido trabajadas a costa de su libertad, a pago de su trabajo como impuestos.

Al ser su gente, se había dado a la tarea de erradicar aquel mal que había odiado desde que tenía memoria, instruyendo a la población al estudio.

Y todo con la ayuda de una persona, Merida.

Aquella mujer de cabellos rizados, y de naturaleza juguetona, pese a sus sentimientos y acciones, que pusieron en peligro a Arendelle fue el pilar que le ayudo a no derrumbarse.

No supo en que momento exacto, ni en que condiciones, aquel profundo agradecimiento que sentía por su concejal, se transformó, en aquello que había jurado nunca mas sentir. Sin embargo si sabia cuando se había dado cuenta de ello...

La noche cubría en penumbras al castillo, los únicos sonidos eran los de aquellos animales que preferían la oscuridad. Solo algunos cuantos guardias habrían de permanecer en sus puestos. Hacia bastante tiempo que el único momento en el que el rey se permitía sentir, era cuando sabía estaba verdaderamente sola. Aun con toda la gente a su alrededor, se sentía tan vacía que cada vez le era más difícil mantener su cordura, cada noche sin descanso el recuerdo de sus acciones la atormentaban, sabia que habia sido lo correcto, incluso viéndolo desde el punto social, aquellos reinos que ahora pertenecían al suyo nunca habían estado en mejores condiciones, y sin embargo, cada que cerraba los ojos se preguntaba si las cosas habían podido ser diferentes.

Las lagrimas cayeron de sus ojos, cuando su mente nuevamente le atormento con los sucesos de aquel día.

No podía concebir la idea de su vida sin Elsa, y sin embargo sabía que no podía tomar la vía fácil para librarse de su dolor, su castigo era el vivir siempre con aquella carga que estaría sobre sus hombros hasta el fin de sus días.

Estaba tan ensimismada que nunca sintió la presencia de aquella que había entrado a su despacho, hasta que sintió sus brazos rodearle y hacer que su cabeza descansará en el pecho contrario.

- Esta bien... - la suave voz, carecía de cualquier reproche, dejando solo una genuina preocupación por ella, una que sabia no merecía. - Todo estará bien... puedes romperte ahora, puedes despedazarte, y se que cuando todo pase, volverás a ser aquella mujer fuerte que siempre haz sido... volverás a ser mi rey.

Los alaridos de Anna se escucharon en todo el castillo, dejándole ver a todos los ocupantes el dolor de su monarca.

Y entre aquella presa de dolor que había desembocado, un cálido sentimiento, lo único que le permitió volverse a levantar, fue el sentir como Merida la sostenía mientas ella se rompía.

A partir de aquella noche, ambas se volvieron inseparables, por su carácter discutían cada tanto por las cosas más pequeñas que pudieran imaginar, y sin embargo todos aquellos que veían la escena fueron testigos de como la luz que se había perdido en los ojos del rey, había estado presente siempre al ver a Merida.

Fue en una visita a Corona, para ver a la primera ministra, Rapunzel, aquella joven revolucionaria, que había visto por su pueblo desde las sombras y que se había negado a tomar la corona, cuando ambas mujeres, una de cabellera plata y otra de cabellos cobres miraban a la luna desde el barco que las llevaría a su destino.

La suave brisa marina hondeaba sus cabelleras, el sonido de las olas golpeando el casco del bote hizo hipnótico el momento.

El rey volteo su mirada hacia aquella que la había salvado, sus ojos reflejaban cual faros en la obscuridad, aquella obscuridad en la que se había perdido, y supo que no podía vivir un solo momento sin ella, su corazón y mente le gritaban, se sentía tan aturdida que sabía que en cualquier momento perdería el conocimiento.

Pero a diferencia de aquella vez que había entregado su corazón, está era vez era la primera vez que en realidad se sentía bien consigo misma al hacerlo.

Su mano se poso sobre de la contraria, podía sentir como se tenso ligeramente ante su toque, pero cuando sus miradas se cruzaron, las palabras no fueron necesarias.

La luna siendo la única testigo, fue una fiel confidente del amor que se profesaron.

El rey termino por colocar su capa sobre su hombro cubriendo la mitad de su traje militar azul, las condecoraciones adornaban el otro lado de su pecho.

Aquella capa era una piel de oso que según la tradición ella misma había matado, al igual que aquella que ocupaba la que en unos momentos seria su esposa.

Sus ojos corrieron por su cabello, tan blanco como la nieve, que le era imposible no recordarle a aquella princesa de la que se había enamorado.

- Aun la amas. - Anna sonrío al reflejo de la mujer a la que se encontraba detrás de ella.

- Supongo que nunca dejare de hacerlo. - dijo dándose la vuelta para encarar a Merida.

El vestido verde con detalles de hilo de oro, la hacia ver aun mas hermosa, resaltando su cabellera de fuego, y aunque vio cierto deje de dolor en sus ojos, termino por tomar su mano para plantar un beso en ella.

- Pues sin ella, posiblemente me hubiera tomado mucho tiempo darme cuenta de que a mi lado estaba la mujer más maravillosa del mundo.

Un suave sonrojo tiño las mejillas de Merida.

- Lo que sentí por ella, no puede ser comparado con lo que siento por ti. - el rey peino un mechón de su cabello, poniéndolo detrás de su oreja. - Pues contigo no siento que deba ganarme tu aprecio, y sin embargo te daría todo... y a pocos minutos te daré mi vida entera, podrá no valer mucho, pero será tuya.

Merida tomo sus mejillas, y planto sus labios en los contrarios, queriendo hacerle ver, cuánto la amaba, y supo en ese momento, que su rey, la amaba con igual o más intensidad que ella.

Klaus, vestido con su propio traje militar, veía con orgullo a la hija del que fue su hermano. Claro que había tenido sus errores, pero él fue testigo de cómo se había vuelto a levantar, más fuerte de lo que algunas fue.

Los invitados veían maravillados la unión de ambas almas.

El bosque mismo parecía celebrar la unión, pues aunque pareciera increíble los árboles parecían aún más hermosos que lo que alguna vez fueron.

- El camino de la vida. - comenzó a decir Klaus, con voz solemne. - Suele ser difícil, muchas veces incluso tortuoso, sin embargo, hoy estamos reunidos, para unir dos caminos en uno solo, ambas encontraron en la contraria a su compañera... Y hoy lo celebramos, y esperamos que los dioses bendigan esta unión.

Anna tomó las mejillas de Merida, sellando su destino con el amor de su vida, con un beso.

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El rey saboreaba el néctar de su esposa, podía sentir como él cuerpo temblaba con cada toque suyo, sus labios se unieron a aquel punto de placer que hizo jadear a Merida.

Los gemidos se hicieron cada vez más profundos cuando Anna utilizó sus dedos para prolongar su dulce tortura.

Y fue cuando sintió que el orgasmo de la cobriza estaba cerca que sin dejar de lado su tarea se impulso a sí misma para unir sus labios, mientras que sus sexos se unían.

- Te amo.

Tan dulces palabras nunca faltaban, y aunque ambas se las habían dicho innumerables veces, nunca podían ser suficientes para ninguna.

El cansancio hizo que Anna se acostara sobre la cama, y el cuerpo de Merida se unió a ella como los últimos cuatro años.

El rey acarició la espalda de su esposa, mientras que ella dibujaba en su estómago.

- Anna. - la voz rompió el silencio.

- Dime.

- ¿Haz pensado en los hijos?

Por la sorpresa, el rey detuvo todos sus movimientos e hizo que su cuerpo se pusiera en alertar.

- ¿Que estas diciendo? - los celos inundaron la voz del rey, haciendo que su escucha se estremeciera, pues su placer culposo era aquella ronca voz.

Merida se sento sobre el estómago de Anna, sabiendo que su cuerpo era una manera de controlar el carácter de la mujer debajo suyo.

- He hablado con Teach. - comenzó Merida, inclinándose para besar el cuello de Anna, haciendo que un profundo suspiro escapara de sus labios. - A estado trabajando en una forma para dejar preñada a una vaca sin necesidad de que se le monte, es simple en realidad, se hace que el toro deje su semilla, y después con una jeringa se le inyecta a la vaca.

Pesé a querer consentrarse en lo que decía, el sentir su aliento contra su pulso le hacía difícil la tarea.

- ¿Te parece si lo intentamos?

Con aquella pregunta, Mérida se separó de Anna, dejando que esta lo pensara.

- ¿Crees que uno de tus hermanos, pueda ayudarnos a ello?

- ¿Que? - preguntó desconcertada Merida.

- Ya sabes, ser yo quien lo tenga, pues como sabes no tengo familiares que puedan servir para ello.

- Pero... ¿Estas segura?

- Me encantaría tener a un o una personita corriendo por los pasillos, molestando a los guardias... Pero sobre todo si es a tu lado.

La cobriza sonrió, y volvió a tomar su lugar junto a Anna.

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Mérida sabía que la maternidad sería difícil, ella misma había hecho a su madre estar en aprietos un par de veces.

Sin embargo no esperaba que lo difícil comenzará incluso antes de que neciera su hija, pues según uno de los doctores, aseguraba que la heredero al trono sería una saludable niña.

Sumando a los cambios de humor de Anna, Mérida tenía que hacer que no mandara a matar a sus guardias cuando éstos no dejaban que hiciera nada sin ellos cerca.

Ni siquiera para poder dormir juntas, las dejaban tranquilas.

Y Anna no tomaba del todo bien ello.

Pues no había dejado de lado sus responsabilidades, y más de una vez se enfureció por cosas tan simples como el que no le quedara un traje acabado de confeccionar.

Y lo peor es que ella no estaba mejor, no recordaba la última vez que había podido dormir tranquila, pues cada noche el sueño le abandonaba pensado en que algo malo sucediera.

Como de costumbre, Mérida estaba recostada junto a Anna, pero al sentir como esta se levantaba de improvisto, le hizo alertarse, cuando vio cómo apenas se puso de pie un líquido salió de ella, le hizo pedir ayuda a gritos, y Anna trataba de tranquilizarla, sin mucho éxito, cabe decir.

El parto duró horas, pero desde el comienzo, Merida nunca soltó la mano de Anna y Gerda era la que parecía más preocupada, hasta que un llanto lleno la sala.

Los ojos de Merida se llenaron de lágrimas cuando el doctor levantó a la pequeña, para que ambas madres vieran a su hija.

Gerda beso la mejilla de su niña.

- Es hermosa.

Anna sonrió casi sin fuerzas, pero alzó sus brazos para que dejaran tomar a sí hija.

Apenas la tuvo, sintió como las lágrimas caían de sus mejillas, pues nunca creyó que pudiera ser más feliz.

Los presentes, vieron con ternura la escena, como la reina se recostaba a un lado del rey, y ambas veían a la princesa, con las sonrisas más hermosas que jamás se hayan visto.

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Una maestra veía a sus alumnos de derecho de la universidad real de Arendelle, ella impartia la materia de derecho constitucional.

Y pese a sus años dando clases, nunca había tenido tantos hijos de las grandes cabezas del reino.

- Buenos días jóvenes. - comenzó a decir. - Cómo es el primer día, sólo vamos a hablar sobre cómo hemos llegado a cómo estamos en el reino.

Vio con extremo cuidado como una joven de cabellos cobrizos se ponía rígida con sus palabras.

- ¿alguien quiere comenzar?

De inmediato, Elsa Arendelle alzó su mano, pues siendo descendiente de Rapunzel que es catalogada como una figura histórica en Arendelle era casi imposible que no supiera de memoria lo que había sucedido en el reino.

La maestra le dio la palabra, sin apartar la vista de su alumna.

- Según cartas recuperadas de los generales de Corona, el príncipe Kristoff le tendió una trampa a su propio padre, que culminó con su muerte, y la princesa de Corona regresó por ello, y se dice que ella fue la causante del intento de invasión a Arendelle, sin embargo, sólo ocasiono que la revolución que azotaba el reino tomará la oportunidad para derrocar a la realeza, y con ello Rapunzel la princesa perdida, fue la primera ministra cuando Corona, las Islas del Sur y Weselton se hicieron parte de Arendelle.

- Muy bien, ahora, algo más político, ¿donde está la realeza de Arendelle?

Una joven de tez pálida llamada Jade alzó su mano, pues aunque quería hablar con su compañera Anna, está parecía no querer hacerlo, teniendo su celular en su mano sin importarle la mirada de la maestra.

- Después del asesinato de la princesa Iduna, la reina escogió esconder a la princesa de la vista pública.

Y sin saberlo en aquel día, había tenido frente suyo a la princesa del reino, en medio de personas que no la reconocían.

Pues la historia siempre se continua escribiendo.

Fin...

En realidad no es el final, sino que continúa en "Lucha por Anna".