XIV

Hermione había cerrado los ojos para no ver cómo la muerte se cernía sobre ella, en la forma de colmillos afilados, pero cuando vio que no sentía nada horripilante, se atrevió a abrirlos. Lo que vio, la dejó sin palabras.

El dragón no había avanzado desde que dio ese paso. De hecho, había inclinado la cabeza delante de Harry, como a modo de reverencia, mirando fijamente a los ojos verdes de su amigo. Harry lucía tan estupefacto como ella, inseguro de lo que venía a continuación. ¿Cómo podría saber qué hacer, si ningún dragón se había comportado de ese modo con él? De hecho, la última vez que tuvo a semejante animal frente a él, casi había terminado en un féretro.

Sacando fuerzas de flaqueza, Hermione se atrevió a dar un paso hacia el dragón, pero éste gruñó, haciendo que ella retrocediera como cinco pasos a causa del terror. Harry la miró, creyendo que se iba a comportar del mismo modo con él. Sin embargo, cuando dio un paso en dirección al dragón, éste no hizo nada. Sintiéndose un poco más tranquilo, Harry dio otro paso, y otro más, y el dragón seguía sin moverse. Inseguro de por qué estaba haciendo eso, Harry se acercó tanto que estuvo a un brazo de distancia del hocico del animal. No obstante, pese a las circunstancias, el corazón de Harry latía como si supiera que estaba enfrentando el final. Sin saber por qué, a Harry se le ocurrió extender el brazo, de modo de tocar el hocico del dragón.

—Harry, ¿qué mierda estás haciendo? —murmuró Hermione, en un tono suficientemente alto para que él escuchara, pero Harry no parecía hacer caso. Siguió acercando la mano, sin poder evitar los temblores de ésta, hasta que tocó la nariz del dragón. Hermione creyó que Harry iba a acabar sin mano, pero nada dramático ocurrió.

El dragón permaneció quieto como una estatua mientras Harry, cobrando más coraje, comenzó a acariciarle el hocico, primero con tiento, después con más confianza. El dragón cerró los ojos por un breve momento antes de abrirlos nuevamente. Harry, de algún modo, supo que debía alejarse del animal y, cuando lo hizo, el dragón volvió a elevar la cabeza y miró a Harry y a Hermione como si se dispusiera a hablar.

—Ah, qué bien se siente ser libre otra vez —dijo el dragón, dejando estupefactos a Harry y a Hermione. Escuchar hablar a un dragón era como descubrir que la Tierra era plana en lugar de redonda—. Gracias, Jefe Dragón.

Harry quedó con los ojos como platos al escuchar las últimas palabras. Para qué hablar de Hermione.

—Perdón —añadió el dragón con una carcajada que sonó como el trueno—. Muchos Jefes Dragones no están al tanto de que lo son. Pero sus efectos en nosotros son decisivos. Cada vez que un dragón se encuentra con un Jefe Dragón, le devuelve la conciencia. La mayoría de la gente cree que nosotros somos animales sin conciencia, pero la verdad es que no es así. Ignoro de dónde proviene nuestra conciencia o por qué ya no disponemos de ella, pero lo cierto es que somos, originalmente, animales inteligentes.

—¿Es eso… cierto? —balbuceó Hermione, quien, por alguna razón, seguía temiendo al dragón—. Porque…

—Hermione, cálmate —le espetó Harry y ella se quedó callada al instante, tratando de tranquilizarse. A continuación, se dirigió al dragón—. ¿Qué son los Jefes Dragones? ¿Por qué tienen ese poder de volver a los dragones, animales inteligentes?

—No sé de dónde provienen los Jefes Dragones ni por qué tienen ese poder —dijo el dragón, bajando un poco la cabeza—, pero sí sé cómo identificarlos.

—¿Cómo?

—Es muy fácil para un dragón reconocerlos. Normalmente, nosotros atacamos de forma instintiva a cualquier persona. Pero los Jefes Dragones, los cuales tienen que, por fuerza, ser humanos, son capaces de detener el instinto de un dragón y, si existe contacto físico entre ambos, el dragón pasa a ser un animal inteligente. Simplemente, no podemos atacar a un Jefe Dragón, por mucho que nuestro instinto nos empuje a hacerlo. Además, si un Jefe Dragón nos libera de nuestros yugos salvajes, estaremos siempre en deuda con ese Jefe Dragón.

Harry se quedó en silencio, pensando en las últimas palabras del dragón. Era posible que ya no necesitaran de caballos para trasladarse.

—¿Y podrías llevarnos hasta Escocia?

El dragón soltó una carcajada que estremeció los huesos de ambos.

—¿Llevarlos? La deuda que tengo contigo me permite incluso dar mi vida por ti. Así que no hay ningún problema. ¡Súbanse a mi lomo y agárrense bien, porque el viaje será movido!

Harry apremió a Hermione a que trepara encima del dragón, pero ella parecía tener un problema con su sistema nervioso, pues no podía moverse. Bufando, Harry tomó del brazo a su amiga y le ayudó a que montara al dragón.

—Harry.

—¿Qué ocurre? —preguntó él de mal humor.

—¿Y si nos bota en el aire?

—No lo hará —dijo Harry, trepándose al lomo y afianzando el agarre, instando a Hermione a que hiciera lo mismo—. Algo me dice que los dragones tienen más honor que la mayoría de los humanos.

—¿Dragones con honor?

—Para ser una chica inteligente, te estás comportando como una tonta —le espetó Harry, antes de dirigirse al dragón—. Estamos listos. Puedes despegar cuando quieras.

—No creo que sea inteligente…

Pero Harry no alcanzó a saber qué no era inteligente hacer, porque el dragón batió sus alas y ya no se pudo escuchar nada más que el rugido del aire a medida que se elevaban en el aire. Pronto, el dragón comenzó a ganar velocidad y enfilaron hacia el norte.

—¡Dragón! ¡Hay algo que quiero saber!

—¡Lo que quieras!

—¡Si eres consciente, entonces debes tener un nombre!

—¡Llámame Morro Negro!


A la distancia, un jinete que vestía una armadura plateada vio al dragón y a las dos personas que iban encima de éste. Aquel jinete era un caballero al servicio del príncipe, el mismo príncipe al que Hermione había curado hace unos días atrás. Después de que se hubiera mejorado de su enfermedad, el príncipe había ordenado seguir a esos dos individuos, aunque aquella no había sido su orden original.

El príncipe se encontraba honestamente agradecido hacia esa mujer que había curado su enfermedad y, como recompensa, le había entregado una cantidad nada desdeñable de monedas de oro. No fue hasta que ambos viajeros se hubieron retirado del castillo cuando un consejero le había dicho al príncipe que esas dos personas ocultaban algo. De todos modos, al consejero le resultaba poco natural que una enfermedad como la que aquejaban al príncipe pudiera ser curada en tan poco tiempo. Al final, sus palabras calaron en el príncipe, quien ordenó a uno de sus caballeros seguir a ambos viajeros.

Acabo de ver y escuchar algo incomprensible se dijo el jinete, mientras daba media vuelta y se dirigía de vuelta al castillo. A menos que mis oídos me haya engañado, escuché a ese dragón hablar en cuanto ese sujeto tocó su hocico. No hay nadie en este mundo que pueda hacer semejante cosa, a menos que se trate de un mago o una bruja. Debo informar de esto al príncipe. Estoy seguro que le va a interesar lo que voy a comunicarle.

El jinete espoleó a su caballo para que fuese más rápido, pero tan lejos se encontraba el castillo que, ni aunque fuese a toda velocidad, sería capaz de llegar en una sola tirada. Necesitaba acampar, o pasar la noche en una posada, pero también necesitaba que el príncipe estuviera informado de lo que acababa de ver y oír. Al final, resolvió llegar al pueblo más cercano, hospedarse allá y emplear una paloma mensajera para enviar la información al príncipe. Si él necesitaba a alguien que hubiera cubierto mucho terreno y que fuese capaz de dar caza al dragón, entonces no podía regresar al castillo.

Hay muchas cosas en este mundo que no conocemos. Por ejemplo, jamás había visto a un dragón en mi vida, ni menos a alguien que pudiera hacer que hablara. No sé si realmente deba impedir la existencia de este tipo de cosas, pero no está en mi lugar cuestionar cosas. Me dieron la orden de seguirlos, y eso he hecho. Necesito reportar lo ocurrido y, si me ordenan poner fin a todo esto, lo haré. Pero eso no me impide tener mis propios puntos de vista sobre el asunto.

El jinete recordó que el pueblo más cercano se encontraba en la dirección que había tomado el dragón, por lo que dio media vuelta nuevamente y enfiló hacia el norte, pensando en aquellas criaturas mitológicas que, por supuesto, ya no eran un mito. Formaban parte de la realidad, lo quisiera o no.

Pero siempre había gente que prefería cerrar los ojos a la realidad en lugar de aceptarla. Y ese caballero sabía que una de esas personas era el príncipe, la persona a la que había jurado servir hasta la muerte.


A varios cientos de metros de altura, las cosas se veían pequeñas, y aquello le hizo recordar a Hermione cuánto odiaba volar. El caso de Harry, por otro lado, era otro cuento. Podría extender los brazos y dejar que el viento golpeara su cara y su cuerpo a placer, y no se sentiría para nada incómodo. El aire era su elemento, y aquello le causaba un placer que, desde luego, Hermione no sentía.

—¡Tu amiga no se siente muy cómoda en el aire! —exclamó Morro Negro. Para Harry, decir eso equivalía a un sobreentendido de proporciones cósmicas—. ¡Lo sé porque se mueve mucho sobre mi lomo!

—¡Ni que lo digas! ¡Ella siempre ha temido volar!

—¡Pero debes admitir que es la mejor forma de vencer los miedos!

—Por cierto, ¿por qué aceptaste ayudarnos? —quiso saber Harry, pues aquella era una incógnita que le había molestado desde que se subió encima de Morro Negro—. ¡Aunque hayas hablado de esa deuda que supuestamente tienes conmigo, pudiste haberte negado! ¡No tenías ninguna obligación de ayudarnos, porque no creo que la palabra de un Jefe Dragón sea ley para ti!

—¡Es cierto todo eso que has dicho, pero recuerda que ahora tengo voluntad y conciencia propias! —exclamó Morro Negro jovialmente—. ¡Puedo decidir si ayudar al Jefe Dragón o no! ¡Y, créelo o no, nosotros los dragones somos seres muy honorables cuando somos conscientes de nosotros mismos! ¡Y tengo el presentimiento que sus intenciones en Escocia son honorables también!

—¡Y sabes cuál es nuestra misión!

—¡No, pero se me ocurre una sola razón por la que ustedes irían a Escocia, siendo un par de magos!

Harry frunció el ceño.

—¿Y cómo sabes que somos magos?

—¡El Jefe Dragón siempre es un mago o una bruja, y los magos en este tiempo se rodean entre ellos! —gritó Morro Negro, siempre la mirada hacia el frente—. ¡Pero la magia de ustedes dos es distinta! ¡Es discordante con la magia de los hombres de este tiempo! —Harry y Hermione tenían la impresión que ese dragón les iba a decir algo que los iba a desconcertar… y no se equivocarían—. ¡Tengo la impresión que ustedes dos no son de este tiempo, ¿o me equivoco?!

Harry y Hermione tragaron saliva. Ninguno de los dos sabía cómo responder.