XV

Ian aún no podía salir de su asombro al ver a Harry Potter en esa cafetería. No lo había visto desde que le dieron el alta en San Mungo, y solamente podía formular conjeturas sobre su paradero durante ese tiempo. Lo realmente afortunado del asunto era que, al fin, había encontrado al dragón, sano y salvo.

—¿Quieres que te diga por qué tienes ese dragón en tu espalda?

—Eso fue lo que dije —repuso Harry con un poco de impaciencia—. Dijiste que me podías ayudar con eso.

Ian tragó saliva.

—En teoría, sí, pero… bueno, no soy exactamente la persona indicada. Además, recuerdo haber dicho que conocía gente que podía ayudarte con eso. Lo que puedo hacer es llevarte hasta esa gente.

—Pues llévame con ellos —gruñó Harry, taladrando a Ian con la mirada—. Necesito entender por qué tengo ese dragón en mi espalda y qué tiene que ver con todo lo que está pasando.

Ian miró a Harry, sin entender.

—¿Todo lo que está pasando?

—Mira, no tengo tiempo para más preguntas. Llévame con esas personas de las que hablaste, y hazlo pronto. No tenemos todo el tiempo del mundo.

Ian iba a preguntar por qué el tiempo era un factor, cuando algo pasó silbando cerca de su oído. Instintivamente, bajó la cabeza y se parapetó tras la mesa. Se asomó por encima de ésta para ver quién le había atacado, y vio a un grupo de magos, ataviados con túnicas y ropas negras, con las varitas en ristre.

—¿Quién diablos son esos tipos?

—Ni idea —respondió Harry, quien había imitado a Ian, buscando una ventana para poder escapar de la encerrona—, pero sé que andan tras mi rastro. A estas alturas ya debes saber que asesinaron a Hermione.

Ian ya lo sabía, pero eso no impidió sufrir un retortijón de tripas.

—¡Es por eso que te necesitamos! —exclamó, cubriéndose la cabeza con sus manos cuando otro maleficio destrozó parte de la mesa con la que se estaba cubriendo—. ¡Un hombre llamado Antonius Smith cree que aún hay oportunidad para traer a Hermione de vuelta!

Harry se quedó en silencio por un momento. Parecía procesar la nueva información. Los magos atacantes seguían acercándose, e Ian tragó saliva nuevamente.

—¿Hablas en serio?

—¡No estoy bromeando! —exclamó Ian, sonando indignado—. ¿Crees que bromearía con algo así?

—¡Entonces debemos salir de aquí cuanto antes!

—¿Y cómo mierda vamos a hacer eso?

—Déjamelo a mí.

Harry se aplanó contra el suelo y apuntó a los pies de los magos. A continuación, realizó un movimiento engañosamente simple con su varita, y un látigo de luz envolvió las piernas de los magos de negro. Harry tiró con todas sus fuerzas, y los atacantes cayeron al suelo, haciendo un estruendo de aquellos. Aprovechando la confusión, Harry se puso de pie, e hizo una seña a Ian para que se acercara. Temblando de miedo, el aludido salió de su escondite y se puso cerca de Harry.

—Toma mi brazo, ¡rápido!

Ian hizo lo que Harry le había indicado, y él, sin perder más tiempo, giró sobre sus talones y ambos desaparecieron de la cafetería con un estampido, justo cuando los magos agresores se ponían de pie para atacar nuevamente.

Harry e Ian aparecieron frente a la casa de Hermione, el primer lugar al que a Harry se le había ocurrido ir. La tarde estaba dando paso a la noche, y, como era natural, no había luces que se filtraran por las ventanas, lo que incrementó el nerviosismo de Ian.

—Tranquilízate —le recomendó Harry, inspeccionando las cercanías, de modo de no encontrar sorpresas desagradables—. No llegamos aquí porque tenga algún propósito en este lugar. Solamente quería escapar de esos magos. Ahora es tu turno para llevarme hasta ese tal Antonius Smith.

—¡Por Merlín, déjame recuperar el aire! —exclamó Ian, jadeando a causa del tumulto de hace un rato atrás—. Estoy al tanto de que estamos en problemas, pero no estoy acostumbrado a la acción.

Harry gruñó.

—Tienes un minuto para tranquilizarte.

Ian tenía más de una razón para protestar, pero no lo hizo. Harry le había rescatado de aquellos hombres, y lo menos que podía hacer era respirar hondo y llevar a Harry con Antonius Smith. Dependía de él que hubiera un oportunidad para tener de vuelta al fénix. No obstante, algo en las palabras de Harry le había llamado la atención y, pese a que habría tiempo para discutir el tema, juzgó que no haría mal hacer algunas pocas preguntas.

—Harry.

—¿Qué pasa?

—En la cafetería, hablaste de "todo lo que está pasando". ¿Qué rayos quisiste decir con eso?

Harry suspiró.

—Es una larga historia, pero tiene que ver con los días que pasé desaparecido —dijo al fin, decidiendo que no iba a ganarse la cooperación de Ian si no era honesto, o parcialmente honesto en ese caso—. Cosas ocurrieron durante ese tiempo, cosas que me dejaron pensando sobre si lo que estaba haciendo era lo correcto o no.

—¿Y pretendes sacar a colación el tema con Antonius?

—Si es digno de confianza, lo haré.

—Antonius es digno de confianza —dijo Ian, con un poco más de aplomo, y Harry lo notó.

—Yo decidiré eso. Y asumo que ya te encuentras en condiciones para transportarnos.

—Más o menos —repuso Ian, haciendo un gesto a Harry para que se agarrara de su brazo—. Procura no soltarte.

—No lo haré. Solamente asegúrate de que lleguemos al destino correcto, o te mataré.

Ian tragó saliva. Con un poco de nervios, pero con el lugar de destino claro como el agua, giró sobre sus talones y desapareció del patio frontal de la casa de Hermione, a sabiendas que su cuerpo ya había sido trasladado hacia el cuartel general de la Orden del Fénix.

Ambos aparecieron en el lugar designado para desapariciones, cerca del centro del inmueble. Ian miró a su alrededor y vio que Antonius Smith ya los estaba esperando. Harry dirigió una buena mirada al anciano. No sabía por qué, pero le recordaba un poco al malogrado ex director de Hogwarts, Albus Dumbledore. No obstante, su rostro era un poco más adusto y su barba no era tan larga.

—¿Tú eres Antonius Smith?

—El mismo —dijo el aludido, inclinando levemente la cabeza a modo de saludo—. Y supongo que Albus te enseñó buenos modales.

—¡No tengo tiempo para tonterías! —exclamó Harry, sobresaltando a Ian, pero Antonius permaneció impasible—. Vine aquí porque necesito respuestas sobre ese maldito dragón que tengo tatuado en mi espalda. ¡Ya he tenido bastantes problemas como para que alguien trate de enseñarme buenos modales!

—La gente civilizada se saluda antes de plantear sus problemas, Harry Potter —replicó Antonius con un poco más de severidad—. Tienes que respirar hondo y calmarte. Actuando de ese modo no va a conducirte a ninguna parte.

Harry gruñó, y sacó su varita, apuntando a Antonius con ésta sin siquiera temblar.

—Pues yo pienso que actuando como un pelele no te dará muchos puntos. Ya te he dicho que he pasado por bastante para que alguien venga a decirme que, básicamente, soy un cavernícola. Lo único que quiero es una explicación. Quiero saber por qué tengo ese dragón en mi espalda.

Se hizo el silencio en el amplio salón. Ian juzgó que Harry había formulado su petición de manera razonable, sin elevar la voz ni sonar demasiado agresivo. Antonius pareció haber llegado a la misma conclusión, porque habló en un tono menos severo que antes.

—Puedes bajar tu varita. Te explicaré por qué tienes un dragón tatuado en tu espalda. Acompáñame. Tú también, Ian. Es necesario que comprendas también.

Harry, respirando hondo, bajó la varita y se dirigió hacia Antonius, quien dio media vuelta y, con las manos detrás de su espalda, caminó con calma hacia una amplia arcada, la que conducía a un corredor tapizado con cuadros pintados al óleo. Ian fue a la zaga de Harry, pensando en lo que había dicho Antonius sobre él, que necesitaba comprender lo que estaba ocurriendo.

El pasillo no era demasiado largo, pero desembocó en una sala circular, con paredes de granito y un techo abovedado. No había cuadros, pero sí murales decorados con imágenes de fénix y dragones. También había un foro en miniatura, en cuyo centro había un pedestal con un libro abierto. El libro era voluminoso y parecía tener como mil páginas. Harry hallaba curioso que la respuesta a su pregunta estuviera escrito y no en la mente de Antonius.

—Uno no puede almacenar tanto conocimiento —dijo Antonius, interpretando correctamente la expresión en la cara de Harry—. Es por eso que existen los libros. Por desgracia, uno de ellos se ha perdido, y no se sabe si está en poder del enemigo o no. Pero ese no es el libro que debemos consultar. Es éste, el que descansa sobre este pedestal.

—¿Y de qué se trata?

—Es la historia de la Orden del Fénix, la que no cuentan los libros de historia mágica —dijo Antonius, hojeando con parsimonia las páginas—. Asumo que, a estas alturas, ya sabe que hay mucho más sobre la Orden del Fénix de lo que muchos creen. La historia oficial es que se trata de un grupo de magos, a cuya cabeza se encontraba Albus Dumbledore, creado para luchar contra los Mortífagos. Pero la Orden es mucho más antigua de lo que incluso algunos miembros creen, y su mandato es distinto. Muy distinto.

—¿Y eso qué tiene que ver con mi tatuaje?

—El mandato original de la Orden del Fénix es luchar por la verdad —dijo Antonius con una voz pesada—. Hay demasiadas cosas en este mundo que han permanecido ocultas. Y ninguna ocultación de la verdad es casual. Hay personas que no quieren que se sepa todo, especialmente aquello que concierne al origen de la magia. Y es ahí donde entra en juego tu tatuaje, Harry.

—¿Por qué?

—Porque, desde tiempos inmemoriales, ha habido un tira y afloja de proporciones jamás vistas en toda la historia de la magia. Nosotros, es decir, la Orden del Fénix, somos una sociedad secreta, en esencia, pacífica. Aunque estemos preparados para combatir, no somos guerreros. Para eso, existía una casta guerrera, cuya función era proteger a la orden del peligro.

—¿Y crees que yo puedo ser un descendiente de esa casta?

Antonius asintió con la cabeza.

—No lo creo. Lo eres. El tatuaje en tu espalda lo prueba. —Antonius abandonó el pedestal y se acercó a Harry, mirándolo fijamente a los ojos—. Harry, créelo o no, eres el último miembro sobreviviente del brazo armado de la Orden del Fénix, el Clan del Dragón.