XVI
Aquella noche era la noche.
Henry Johnson se aseguró de que estuviera todo el trabajo hecho (el oficial), y se encaminó hacia el séptimo piso. Normalmente, uno discurriría por los pasillos del castillo con extrema precaución, pero no él. Hay que recordar que su trabajo era reemplazar a Argus Filch, y deambular por el colegio como un ladrón no le daría muchos puntos. Era necesario mantener la calma y aparentar que estaba haciendo la labor para la que había sido contratado. Y eso, Henry lo sabía muy bien.
La única cosa que podía arruinar la misión era la contraseña. Era común que ésta cambiara después de un tiempo, precisamente para evitar que cualquier persona ingresara al despacho. Henry no había pasado el tiempo suficiente en el colegio para saber por cuánto tiempo sería válida la contraseña, pero no había forma segura de averiguarlo. Tenía que hacerlo, sin saber si era capaz de entrar al despacho o no.
Iba por el pasillo que conducía al despacho de la profesora McGonagall como si no estuviera intentando robar una Reliquia de la Muerte. Podía considerarse afortunado que la directora se encontraba en Londres, haciendo unos trámites para el Ministerio. Sin embargo, había una cualidad ciertamente ominosa en la forma en que las sombras danzaban a la luz de los candelabros, como si realzaran la impresión de que estaba haciendo algo prohibido. Ignorando aquella sensación, Henry llegó hasta la gárgola que señalizaba la subida hacia el despacho de la directora y, con cierto tiento, pronunció la contraseña.
Sus entrañas se retorcieron cuando escuchó a la gárgola moverse, haciéndose a un lado, revelando las escaleras. Suspirando de alivio, Henry subió las escaleras y entró en el despacho, no encontrando nada diferente desde la última vez que estuvo allí. Al tanto de que los cuadros observaban todo lo que ocurría en el despacho, Henry se dirigió directamente al escritorio, donde yacía la Varita de Saúco. Por supuesto, no sabía que se trataba de una Reliquia de la Muerte, por lo que tampoco sabía su historia. Sin embargo, asumió que el Alquimista tenía una imagen más clara de lo que era realmente esa varita, y no titubeó hasta que estuvo frente al escritorio.
Henry miró la Varita de Saúco, consciente de que era un arma poderosa en las manos correctas. Pese a que sabía acerca de su poder, no era consciente de su verdadera naturaleza ni de la forma en que había pasado de dueño en dueño. A fin de cuentas, todo lo que guardaba relación con el cuento de los tres hermanos era solamente un cuento, al menos en lo concerniente a él. Y sabía que el Alquimista pensaba lo mismo.
Con una mano trémula, Henry tomó la varita, pensando que podía haber alguna protección oculta, pero nada ocurrió. Suspirando, la sostuvo entre sus manos, mirándola con detalle, asegurándose de que su aspecto concordara con la descripción que le había entregado el Alquimista. Cuando lo hubo hecho, dio media vuelta, percatándose que los cuadros no hacían ningún ruido y encendió la punta de su varita, pretendiendo hacer su trabajo, revisando anaqueles, gabinetes y demás muebles, hasta que se sintió conforme. Apagando la varita, salió del despacho, bajó las escaleras y regresó a su oficina, donde llevaría a cabo la siguiente fase del plan.
En uno de los cajones de su escritorio, había un frasco pequeño, en el cual parecía estar vacío, pero Henry sabía que no era así. Había aprovechado que el mundo mágico ya no estaba amenazado por un mago tenebroso para traer consigo aquel frasco. No obstante, aquella era la parte del plan que le gustaba menos. En cuanto aspirara el contenido del frasco, iba a experimentar algo no muy agradable que digamos.
Respirando hondo, Henry destapó el frasco y se lo llevó a la nariz, aspirando rápidamente, de modo que no se escapara nada. Cuando estuvo seguro de que no hubiera nada en el frasco, lo tapó y lo hizo desaparecer, de forma que no hubiera evidencia de que alguna vez había empleado ese frasco. Luego, esperó, pues era lo único que le quedaba hacer… y asegurarse que nadie descubriera el otro frasco.
Cinco minutos después, Henry comenzó a sentirse mal. Comenzó a sudar, como si en la oficina hiciera mucho calor. Después, unas pústulas de un desagradable color verde amarillento comenzaron a aparecer en su cara y en sus manos. Pese a que ese era el plan, Henry no pudo evitar quejarse, pues enfermarse a propósito jamás era agradable. A duras penas, consiguió enviar un Patronus a la sala de los profesores, dejando caer la varita a causa de lo débil que se sentía. La fiebre se hizo más intensa, y la debilidad se extendió a sus piernas, haciendo que cayera de lado al suelo, haciendo un tumulto de aquellos.
Cinco minutos después, el profesor Flitwick llegó a la oficina del celador, viendo el estado de Henry, juzgando que estaba más allá de las capacidades de la enfermería del colegio. Empleando un encantamiento para hacer que el cuerpo levitara, el profesor Flitwick transportó al enfermo hasta el exterior del colegio, donde usó la aparición conjunta para trasladarlo a San Mungo.
Una vez instalado en una cama, Henry hizo acopio de todas sus fuerzas para tomar el frasco que se encontraba oculto en su túnica. Tuvo que extender el brazo, pues la túnica se encontraba junto a él, a casi un metro de distancia. La torpeza de sus movimientos casi hizo que la percha se cayera al suelo, haciendo un alboroto que Henry prefería evitar. No obstante, al final, pudo extraer el frasco y, con manos temblorosas, aspiró su contenido.
Media hora más tarde, todos los síntomas desaparecieron y Henry pudo ponerse de pie sin problemas. Cuando un sanador acudió a la sala para evaluar su estado, compuso una expresión de estupefacción al ver al paciente completamente curado. Por supuesto, Henry había ocultado el frasco en su túnica, de modo que nadie sospechara qué había pasado.
—Es extraño, pero me siento bien —dijo Henry, procurando sonar desconcertado.
El sanador no dijo nada. ¿Qué podía decir? Acababa de presenciar un milagro, y los milagros eran difíciles de definir en el mundo mágico. Lo único que podía hacer era realizar los exámenes de rutina. Pues eso hizo, solamente para confirmar lo que ya sabía: el paciente se había curado de una forma inexplicable. Lo único que le quedaba por hacer era darle el alta médica.
Henry, por otro lado, pese a que las cosas habían resultado de acuerdo al plan, decidió jamás volver a pasar por semejante experiencia. Salió de San Mungo, buscando un lugar para desaparecer sin que algún muggle lo viera. Recorriendo calles y callejones en las cercanías, ubicó un lugar apropiado. Se trataba de un callejón con tachos de basura por doquier y un olor que hacía imaginar vertederos… o cloacas. Tampoco parecía haber algún cuidado por dejar la basura en los tachos, y para alguien tan meticuloso como Henry, ver semejante desorden era una ofensa a su sentido común y, por supuesto, a su profesionalismo. Sin embargo, no contaba con mucho tiempo y, tapándose la nariz, giró sobre sus talones y desapareció del callejón con un estampido.
A Henry no le causaba ninguna sorpresa lo opulenta que era la residencia del Alquimista. Tratándose de alguien que podía costear sus servicios sin problema, era como esperado que el antejardín estuviera decorado con piletas de tres metros de altura, o que álamos flanquearan el camino, pavimentado con mármol, hacia la entrada principal. No creo que todo esto se mantenga así por magia se dijo Henry, justo cuando vio al jardinero, cortando maleza con su varita, o decorando los árboles de modo que lucieran como estatuas.
Cuando entró en la mansión, Henry imaginó que valía la pena trabajar un siglo para tener semejantes comodidades. Un elfo doméstico le indicó hacia dónde debía ir, y Henry subió unas escaleras, negando con educación los ofrecimientos del diminuto sirviente. Ignoraba de qué estaban hechas las escaleras, pero imaginó que también se trataba de mármol. Los ricos se sentían atraídos por ese material de construcción, por alguna razón que Merlín sabría mejor.
El estudio que ocupaba el Alquimista para pasar el tiempo libre era muy amplio, casi tanto como el de una vivienda de una familia de clase media. Las cortinas, pesadas y amplias, se encontraban corridas, y las luces que entregaban los candelabros otorgaban al lugar un aire como arcano. Había varios sillones diseminados por el estudio, pero solamente uno de ellos parecía estar ocupado. Era el único que le daba la espalda, y por el que se asomaba una cabeza. No podía ver el color de su cabello, pues las luces estaban dispuestas de tal forma que no fuese posible identificar al dueño de la casa.
—Me imagino que vienes con buenas noticias —dijo el Alquimista, luciendo moderadamente complacido.
—Tengo lo que me encargó —dijo Henry, recién cayendo en la cuenta de que nadie en San Mungo había registrado los bolsillos de su túnica—. La Varita de Saúco.
—La más poderosa en existencia —dijo el Alquimista calmadamente, disimulando exitosamente la emoción—. Estuvo en las manos de Albus Dumbledore, e hizo maravillas con ella. Es esta varita lo que hace a un mago corriente, uno extraordinario. Es la herramienta perfecta para hacer hablar a un muerto.
—Me sorprendió que no estuviera custodiada por encantamientos defensivos.
—Tal vez nadie allá lo creyó necesario. De todos modos, el mundo mágico cree que lo peor ya pasó, cuando lo peor está por venir. O, simplemente, Minerva McGonagall es más ingenua de lo que pensé. Cualquiera está dispuesto a tener una varita como esta en sus manos.
—Aun así, me molesta que no hubiera seguridad a su alrededor.
—A mí no —dijo el Alquimista, indicando con una mano a que Henry dejara la varita sobre el velador junto al sillón—. Hiciste tu trabajo, te ceñiste al plan, y por eso, serás bien recompensado. Los Galeones prometidos ya están en tu cuenta en Gringotts. Haz con ellos lo que se te plazca.
Henry tomó eso como el fin de la conversación, y no quiso preguntar si tenía un nuevo trabajo para él. De todos modos, si así era, tenía por seguro que el Alquimista se iba a contactar con él nuevamente. Haciendo una pequeña reverencia, Henry desapareció del estudio y salió al aire de la tarde, empleando un punto señalizado con un cartel para transportarse al centro de Londres y dirigirse a Gringotts, donde se aseguraría que el dinero estuviera allí, tal como el Alquimista había dicho.
Después de hacer los trámites necesarios, Henry estaba frente a su bóveda. Cuando el duende la abrió, vio que el Alquimista cumplía con sus promesas. Sin embargo, un incidente ocurrido hace unos días atrás, cuando una explosión destruyó por completo la bóveda 334, hizo que fuese más cauto a la hora de retirar su dinero. Entró a la bóveda, con el fin de retirar unos pocos Galeones para hacer algunas compras, pero en cuanto tomó uno de ellos, su cuerpo se paralizó por completo. Su piel adquirió una tonalidad dorada y, después de unos cuantos segundos, se había convertido en oro, tal como el resto de las monedas dentro de la bóveda.
En el cuartel general de la Orden del Fénix, el tercer número de la combinación había sido hallado. La verdad sobre el maletín se encontraba cada vez más cerca.
