XVIII

Era la primera vez en mucho tiempo que el Alquimista salía de su mansión. Lo que necesitaba hacer a continuación debía hacerlo por sí mismo. Era una misión demasiado importante para encomendársela a una tercera persona, aunque fuese alguno de sus asociados. Por esa razón, decidió emplear su nombre real para entrar a aquel lugar.

Se transportó mediante Desaparición hacia su destino, o mejor dicho, a las afueras de su destino, pues era mucho pedir que no hubieran encantamientos defensivos, pese a que ya no hubiera amenazas visibles en el mundo mágico.

Mi trabajo no puede ser clasificado como una amenaza. Solamente quiero que las cosas sigan como están. Eso no puede ser una amenaza, ¿verdad?

El Alquimista entró en el recinto, y fue relativamente bien recibido por los profesores y algunos alumnos. Dijo que necesitaba ir a un lugar en específico, y la profesora McGonagall no vio impedimento alguno para negarle su petición. De todas formas, él ya no era el mismo hombre que alguna vez fue.

O al menos eso era lo que el Alquimista quería hacerle creer a la directora del colegio. A ella y a todo el mundo.

Después de unos minutos de caminata, llegó al lugar. O al menos a varios metros frente al lugar, pues su destino se encontraba en un islote en medio de un lago. El Alquimista no entendía por qué diablos le llamaban el lago negro, si no lo era en absoluto. Tal vez se debía al hecho que no recibía tanta luz como debería, gracias a la presencia de nubes. De todos modos, era mucho pedir que en esas latitudes hubiera un clima como el de Europa Central, por ejemplo.

El Alquimista no vio ningún bote cerca, pero había otros medios para llegar al islote. No era llamado "Alquimista" en balde.

Extrajo una bolsa café de cuero y tomó un poco del polvo que se encontraba en su interior. Lo sostuvo en la palma de su mano, y con la otra, hizo un encantamiento que esparció el polvo por la superficie del agua. No tuvo que esperar más de quince segundos para ver resultados tangibles.

El Alquimista caminó por un corredor de hielo, el cual se había formado a partir del contacto del polvo con el agua. Sin embargo, aquel hielo no era del común, sino que se trataba de una variedad más permanente, indiferente del clima o la temperatura. Además, se caracterizaba por su firmeza. Podía soportar el paso de un elefante sin ningún problema, pese a que el grosor de la capa de hielo no era más de veinte centímetros. Tampoco daba frío al tocarlo.

Cuando el Alquimista llegó al islote, divisó el extraño mausoleo que dominaba la exigua masa de tierra. También se trataba de la única construcción artificial en el lugar. El Alquimista miró de arriba abajo el mausoleo, con sentimientos encontrados dentro de él.

Dumbledore se dijo, crispando un poco los puños, pese a que te quería muerto, también pienso que era necesario que te mantuvieras con vida. Después de todo, eras el único mago que conoce todo sobre la Orden del Fénix. Me servías mejor vivo que muerto. Voldemort era un mago poderoso, pero le faltaba visión. Para tratarse del mago más inteligente de su generación, no hizo planes demasiado ingeniosos, porque si lo hubieran sido, él estaría dominando el mundo en este momento. Haré un mejor trabajo que él. Nadie sabrá lo que estoy planeando hasta que sea demasiado tarde. De hecho, nadie lo sabrá jamás. Nadie tendrá alguna idea de que hubo un plan.

El Alquimista alzó su varita y apartó los grandes bloques de mármol que conformaban el mausoleo, de modo de no dañar o destruir ninguno de ellos. Una vez hecho esto, se acercó a la tumba y vio el cadáver del único mago que se suponía que el Innombrable temía. Como era de esperarse, el cuerpo casi no se había descompuesto. Ignoraba si se trataba de alguna magia presente en el lugar, o si Dumbledore era tan poderoso que su aura mágica no había abandonado su cuerpo… aún. El Alquimista sabía que eso no era de importancia.

O tal vez sí era relevante.

Si su aura mágica seguía irradiando poder, eso significaba que era posible que sus recuerdos siguieran presentes dentro de su cabeza. Aquello era conveniente.

Muy conveniente.

El Alquimista sacó la Piedra de la Resurrección, y la hizo girar tres veces. Al principio, no se percibió nada fuera de lo ordinario, hasta que el Alquimista vio que el cuerpo de Dumbledore se ponía de pie, o al menos una figura pálida que tenía la forma de Dumbledore, pues el cadáver seguía en su sitio. El Alquimista recordaba los testimonios de Harry Potter sobre lo que vio cuando usó aquella piedra y vio los ecos fantasmales de personas que habían sido cercanas a él. Durante un tiempo, al Alquimista le había preocupado que la Piedra de la Resurrección solamente podía ser empleada de ese modo, pero después, examinando más detenidamente el testimonio de Harry Potter, entendió que aquella piedra se podía usar con personas que no tuvieran una relación estrecha con él. Bastaba con desear que determinada persona volviera a la vida.

—Ah, eres tú —dijo el eco de Dumbledore, mirando con una mezcla de pena y lástima al Alquimista—. ¿Qué es lo que estás tramando ahora?

El Alquimista no dijo nada. Sacó la Varita de Saúco y apuntó con ella a Dumbledore. No era el momento de ponerse a filosofar.

—¡Imperio! —exclamó el Alquimista.

El chorro de luz dio de lleno en el eco de Dumbledore. Habría cantado victoria, pero el eco no parecía afectado por el encantamiento. El Alquimista frunció el ceño y crispó los puños, haciendo crujir la varita.

—Es admirable la forma en que piensas —dijo Dumbledore con la misma voz amable que siempre había tenido—. Usar la Piedra de la Resurrección para volverme a la vida, y emplear la varita más poderosa en existencia para hacer algo que se supone que es imposible para cualquier otra varita. Hubiera funcionado de maravillas tu plan, si fueses el verdadero dueño de la varita.

El Alquimista arrugó la cara.

—¿De qué hablas?

—La Varita de Saúco no es como las otras varitas que puedes comprar en el callejón Diagon —explicó Dumbledore con calma, como si estuviera dándole clases a un niño de doce años—. Para usarla de la forma en que quieres, tienes que ganarte su lealtad. Las varitas no son solamente palos de madera con propiedades mágicas. Poseen vida propia, tal como todo lo que se encuentra imbuido con magia. Aún no te has ganado la lealtad de esa varita, por eso no funciona de la forma en que quieres.

El Alquimista, pese a que era un hombre culto, jamás había escuchado algo semejante. ¿Las varitas poseen voluntad propia? ¿Pueden decidir a quién servir? ¿Pueden saber cuándo alguien es digno de usarlas?

—¿Por qué me dices eso? —dijo el Alquimista después de un prolongado silencio—. Es información que me beneficia. ¿Por qué me la estás entregando de forma tan liberal?

—¿Y por qué no lo haría? —repuso Dumbledore con una sonrisa—. Te has convertido en un hombre en el que no creí que fueras capaz de convertirte. Siento que tienes un propósito, algo por lo que luchar, aunque no sea lo que yo esperaba.

—¿Sabes a quién represento, verdad?

—Me gustaría creer que te representas a ti mismo —dijo Dumbledore, mostrando una sonrisa triste—, pero pienso que hiciste esa pregunta porque, en efecto, representas a alguien más, alguien por encima de ti. Y, a fin de cuentas, solamente hay una razón por la que estás en este lugar.

—Así que lo sabes —repuso el Alquimista, poniendo los brazos en jarras—, y aun así, me entregaste información valiosa.

—No vi razón alguna por la que no debía decirte eso. No obstante, con el tiempo te darás cuenta que lo que te dije no te va a servir de mucho. Solamente hará que te hagas la pregunta que realmente importa.

—¿Y cuál es esa pregunta?

—Como te dije, eso lo descubrirás por tu cuenta. Yo creo que puedes conseguirlo. Ya no eres el mismo chico de antes. Has cambiado, en algunos aspectos para bien, y en otros, no tanto.

—¿Y por qué me estás ayudando?

—Soy un profesor —dijo Dumbledore, encogiéndose de hombros—. Mi propósito es enseñar, da igual si mi alumno es un buen o un mal tipo.

El Alquimista no tenía otra cosa más que preguntar. Había acudido a ese mausoleo con un propósito bien definido, pero iba a salir de ese lugar con más preguntas que respuestas. Solamente hará que te hagas la pregunta que realmente importa. ¿Qué diablos quiso decir ese viejo con esas palabras? ¿Por qué piensa que haberme dicho que las varitas poseían lealtad no es tan importante?

Mientras regresaba por el puente que él mismo había creado, el Alquimista revolvía las palabras de Dumbledore dentro de su cabeza, sin hallarles ningún sentido. No era capaz de ver qué pregunta podía ser tan relevante, así como tampoco podía ver por qué Dumbledore le había proporcionado información de esa forma. No obstante, el hecho que había regresado de su entrevista con las manos vacías debía indicarle algo. Debe haber algo que Dumbledore no me dijo. Después de todo, él fue un miembro de la Orden del Fénix. Debe, por fuerza, saber cosas que muchos no. Posee secretos, cosas que no quiere que personas como yo sepan. ¿Sabrá que formo parte de la Orden de Merlín? Es probable, pero no lo dijo de forma explícita. Pero estoy seguro que hay algo que me está ocultando. De otro modo, no me habría dicho ese secreto de las varitas con tanta liviandad.

Mientras se despedía de la profesora McGonagall y del resto de los profesores, el Alquimista regresó a la estación de Hogsmeade y empleó la Desaparición para trasladarse a su mansión. Normalmente, en ese tipo de circunstancias, cuando no podía encontrar la solución a un problema, recurría a algo que siempre le satisfacía. Y ese algo podía ser una de dos cosas: un buen trago, o un buen sexo.

El Alquimista tenía tanto dinero en su poder que podía costear los tragos más finos y las prostitutas más caras. Sin embargo, en esa ocasión, no tenía ganas de ninguna de las dos cosas. La plática con Dumbledore había sido más perturbadora de lo que había imaginado.

No obstante, con el tiempo te darás cuenta que lo que te dije no te va a servir de mucho. Solamente hará que te hagas la pregunta que realmente importa.

Aquellas palabras daban vuelta tras vuelta dentro de su cabeza, impidiéndole descansar como era debido. ¿Cuál es la pregunta que realmente importa? ¿A qué demonios se refería Dumbledore con eso? ¿Por qué cree que saber que las varitas tenían lealtad no me sirve de mucho? De todas formas, si las varitas poseen lealtad, deben tener un dueño…

El Alquimista se frenó en seco. Miraba a la pared de su habitación, sin realmente verla. ¿Acaso podía ser tan simple? Después, tuvo que lanzar una carcajada. Muchas veces, las cosas más obvias eran las más difíciles de ver. Al final había encontrado la pregunta que realmente importaba.

Con el ánimo renovado, el Alquimista volvió a la amplia sala de estar, tomó asiento frente a la chimenea, y se puso en contacto con uno de sus agentes más valiosos y letales. Su cara apareció entre las llamas de forma oportuna.

—¿Se le ofrece algo, señor?

—Te voy a encomendar una misión muy importante —dijo el Alquimista en un tono lento y deliberado, para que su agente entendiera cada palabra—. Quiero que encuentres a la última persona que tuvo en su poder la Varita de Saúco antes que llegara al colegio. Tráeme a esa persona con vida.