XIX

—¿Me estás diciendo que tengo ese tatuaje en mi espalda porque formo parte de una secta guerrera? —inquirió Harry con una expresión de total incredulidad en su cara, dedicando una mirada penetrante a Antonius Smith—. ¡Es lo más ridículo que he escuchado en mi vida!

Ian estuvo a punto de intervenir, pero Antonius le detuvo con un gesto de su mano.

—Te entiendo a la perfección, Harry —dijo, alejándose de él un poco—. Yo tampoco lo creería si me lo hubieran dicho. Pero el tatuaje que tienes en tu espalda confirma lo que te acabo de decir.

—¿Y no hay ninguna posibilidad de que este tatuaje haya sido falsificado?

—Ninguna —fue la respuesta lapidaria de Antonius Smith—. ¿Recuerdas cuando te examinaron en San Mungo, poco después de que te encontraron en esa cabaña?

Harry asintió.

—Recuerdo que Ian no vio el tatuaje hasta que yo me comencé a quejar de comezón. Fue ahí cuando me dijo que tenía un tatuaje.

—¿Y crees factible que alguien pueda haberlo hecho mientras te encontrabas inconsciente, en un lugar donde es imposible que alguien te haga un tatuaje?

Harry se llevó una mano al mentón por un breve momento antes de responder.

—No lo creo.

—Entonces, ¿por qué te cuesta tanto creer que eres un descendiente del brazo armado de la Orden del Fénix?

—Porque el tatuaje por sí solo no prueba nada —dijo Harry enérgicamente—. No he visto ninguna evidencia de que, en efecto, los miembros de aquella secta se identificaban con un tatuaje como el que tengo en la espalda.

Antonius Smith hizo un gesto para que Harry se acercara al libro que descansaba en el pedestal ubicado en el centro de la estancia. Antonius realizó un encantamiento para encontrar la página en la que se encontraba la información que buscaba. Harry vio en las páginas el mismo tatuaje que él tenía en su espalda, acompañado de una descripción breve sobre el asunto.

Los miembros del Clan del Dragón se identificaban mediante un tatuaje que era dibujado en sus espaldas. Éste, por norma general, tenía que ser dibujado a mano en los integrantes del clan. No obstante, en algunos casos excepcionales, el tatuaje aparecía sin que nadie lo dibujara en su espalda. Cuando eso ocurría, el miembro era nombrado de forma automática Jefe de Guerra del clan, cuya misión principal era proteger a la persona que tuviera el fénix tatuado en su espalda. Sin embargo, a diferencia del Clan del Dragón, ninguno de ellos presentaba tatuajes en su espalda, por lo que cualquier persona que lo tuviera, y se haya demostrado que no es una falsificación, se convierte automáticamente en el fénix.

Existe una profecía, escrita hace mucho tiempo, relacionando al dragón y al fénix, diciendo que existe un vínculo vital entre ambos. Esencialmente, mientras uno de los dos siga con vida, el otro no podrá morir, sin importar la gravedad de las heridas que tenga, o la enfermedad que padezca. La única forma de romper aquel vínculo vital es matando a ambos al mismo tiempo, de lo contrario, el vínculo seguirá vigente.

Tradicionalmente, en las tres veces en las que ha aparecido un dragón y un fénix, ambos siempre han sido hombres. No se sabe lo que podría pasar si, por ejemplo, uno de los dos es una mujer, y existe, o se establece, una relación sentimental entre ambos. Sin embargo, la convención histórica al respecto es que no debe haber vínculos románticos entre miembros de ambas congregaciones, pues podría dar pie a divisiones dentro de las entidades, lo que beneficiaría al enemigo. De todos modos, es muy importante que haya buenas relaciones entre la Orden del Fénix y el Clan del Dragón, y un ambiente sin relaciones sentimentales establecidas entre ambos grupos es deseable y necesario.

—Lo que me recuerda que debí haber consultado este libro antes de tratar de interpretar la profecía —dijo Antonius con una pequeña carcajada—. Por eso fue bueno que leyeras ese fragmento del texto. Nos aclaró muchos asuntos sobre la profecía y sobre tu posición en el Clan del Dragón.

—¿Y hay miembros sobrevivientes de ese clan? —preguntó Harry, quien no lucía complacido por alguna razón.

—Por desgracia, eres el único que existe —dijo Antonius, suspirando pesadamente y bajando la cabeza—. Al parecer, ya nadie quiere ser un guerrero hoy en día. La gente prefiere tener trabajos más ortodoxos y, lo que es más importante, trabajos remunerados. Uno no se convierte en un integrante del Clan del Dragón por razones económicas. Lo hace porque cree realmente en la causa por la que pelea, causa que comparte con la Orden del Fénix. Por eso ellos nos protegen. Y ahora, los necesitamos más que nunca. En especial a ti, Harry.

El aludido frunció el ceño.

—¿Por qué? ¿Acaso es porque Hermione está muerta?

Antonius volvió a acercarse a Harry, luciendo serio.

—Ya leíste lo que dice el libro —dijo, clavando sus ojos en los de Harry—. Tú tienes un vínculo vital con ella. Tenemos el cuerpo en una habitación especial para ella. Lo único que tienes que hacer para que vuelva a la vida es que estés cerca.

Harry tenía los ojos muy abiertos. Fue cuando comprendió realmente lo que había querido decir el libro. Eso venía a implicar que Hermione era el fénix. El tatuaje en su espalda lo confirmaba. Aquello significaba que estaba en sus manos volverla a la vida. Una sonrisa involuntaria apareció en su cara.

—¿Y qué hacemos aquí, discutiendo tonterías? —dijo Harry con impaciencia.

Antonius escogió no replicar.

Los tres se encaminaron a un pasillo largo, el cual se encontraba tapizado con cuadros de fénix, dragones y paisajes montañosos que a Harry le resultaron familiares. El piso estaba forrado con placas cerámicas de color rojo y verde, y los candelabros estaban razonablemente espaciados entre ellos, de modo que nunca hubiera una penumbra total en el corredor. Al final de éste, una puerta dorada se interponía entre ellos y la habitación que solía ocupar el miembro de honor de la Orden del Fénix.

—Detrás de esta puerta se encuentra Hermione —anunció Antonius. Ian miraba la escena como si todo aquello fuese nuevo para él. Y, en efecto lo era—. Abre la puerta, Harry.

—¿Y por qué no lo haces tú?

Ian taladró a Harry con la mirada.

—Deberías tratar a Antonius con más respeto.

—Está bien —dijo el aludido, acercándose un poco a Harry—. Harry, no cualquiera puede entrar en esa habitación. Yo, como jefe de la Orden, tengo acceso, pero no soy yo a quien Hermione necesita. Te necesita a ti. Deberás entrar solo.

—¿Y puedo entrar?

—Eres el Dragón, el guerrero encargado de proteger al Fénix —explicó Antonius, señalándole la puerta a Harry—. Eres el más calificado para entrar en esa habitación. Cualquier otra persona no podría siquiera usar la manija. Pero tú no tendrás problemas.

Harry se quedó mirando la puerta, como si detrás de ella se escondiera un monstruo horripilante. Después de pensarlo un poco, decidió que la vida de Hermione era importante, y tomó la manija de la puerta, empujando hacia abajo. La manija cedió al instante y la puerta se abrió de a poco. Harry la empujo y vio que la habitación se encontraba bien iluminada al menos.

—Te dejaremos a solas —dijo Antonius, cerrando la puerta. Harry avanzó un poco, contemplando los detalles de la habitación con asombro. Lo que veía no desentonaría en una suite matrimonial en algún hotel cinco estrellas. Había muebles que parecían provenir de la Edad Media, una araña colosal en el techo, desde la cual provenían las luces, cuadros pintados al óleo, y una piscina pequeña, ubicada de una de las esquinas, humeaba con vapor, por lo que asumió que debía contener agua caliente. Soltando una risa sardónica, Harry desvió la mirada hacia la cama. Era de dos plazas, con un dosel de color rojo, al igual que las sábanas. Contuvo el aliento al ver a Hermione descansando, sin ninguna ropa cubriéndola. Su cabello se antojaba mojado, y supuso que alguien la había bañado antes de dejarla sobre la cama. Circundó la cama, y vio el tatuaje del fénix en su espalda.

—Es ella —se dijo Harry en voz alta, acercándose a Hermione por detrás y tomando su hombro.

—¿Dónde estoy? —dijo ella débilmente, dándose la vuelta y posando sus ojos en los de Harry—. No… no puede ser.

—¿Qué pasa?

—Esto está mal —dijo Hermione, poniéndose en alerta—. ¿Dónde están ellos? ¿Los que me atacaron?

—Estás a salvo —repuso Harry en un tono tranquilizador, notando que la respiración de Hermione se hacía más rápida—. Nadie podrá ponerte la manos encima en este lugar.

Hermione miró a Harry con una expresión de incredulidad, para luego dar una buena mirada a su alrededor. Por la cara que ponía, Harry supuso que no sabía en qué lugar se encontraba. También entendió que no era bueno decirle la verdad en ese momento, estando tan alerta, esperando que gente la atacara en cualquier minuto.

—Sé que debes tener muchas preguntas —dijo Harry, recostándose sobre la cama y abrazando a Hermione, de modo de tranquilizarla—, pero créeme, éste no es el momento de respondértelas. Lo que realmente importa es que estás a salvo, y nadie tratará de matarte aquí. Te lo prometo.

Harry notó que Hermione temblaba. Si era por el frío o por el miedo, o por ambos, no podía decirlo con certeza. Decidió que se trataba del frío, y tapó su cuerpo con las sábanas, asegurándose que quedara bien abrigada.

Fue cuando Hermione tomó su mano.

—No necesito ese calor —dijo ella, clavando su mirada en la de Harry, pero él no entendía qué había querido decir Hermione con esas palabras. Después de un rato, miró en dirección a la chimenea, y notó que se encontraba apagada. Sacó su varita y, empleando un encantamiento simple, la encendió. Iba a pasar un rato para que el fuego calentara toda la habitación.

Mientras tanto, Hermione miró a Harry con una sonrisa de burla.

—¿Te he dicho que eres poco perceptivo? —dijo, con un poco más de energía en su voz.

—Hasta la náusea —repuso Harry, hastiado.

—Por Merlín, tengo que decírtelo todo de forma textual para que entiendas —dijo Hermione, rodando los ojos y luciendo exasperada—. Quiero tu calor.

Harry se quedó de piedra por un momento, para luego entender a lo que se estaba refiriendo Hermione. Si era honesto consigo mismo, no esperaba que Hermione le pidiera semejante cosa hasta mucho después. A fin de cuentas, no había pasado mucho tiempo desde que se diera cuenta que una verdad que, al menos en un principio, le había sorprendido, pero que ya no constituía una sorpresa, después de todo lo que habían vivido juntos.

—¿Ahora?

—¿Qué crees? —dijo Hermione con un ligero viso de impaciencia.

—Es que no creo que sea el momento —dijo Harry, luciendo apremiado—. No tenemos todo el tiempo del mundo…

Pero Hermione tomó a Harry del brazo y tiró con todas sus fuerzas. Él cayó sobre ella, y ambos rebotaron sobre el colchón. Harry iba a protestar, pero Hermione tapó su boca con una mano.

—No arruines este momento, ¿ya? Quizás dentro de cuánto tiempo más podamos volver a estar a solas.

Harry intentó sacarse la mano de Hermione de la boca, pero tenerla a ella debajo de él, en esas condiciones, hizo que fuese perdiendo su fuerza de voluntad.

—Vamos, Harry, no te resistas. Sé que quieres esto.

Harry tuvo que admitir que Hermione tenía razón.


Nota: Más tarde se explicará por qué Harry y Hermione parecen tener una relación romántica.