XXI

El Alquimista había dado la orden de encontrar al último dueño de la Varita de Saúco hace diez horas atrás, y aún no había resultados concretos. El último reporte de su agente de campo hablaba de ciertas inconsistencias entre los testigos que vieron por última vez a la persona que había sostenido la varita por última vez. Cuando el Alquimista preguntó si había interrogado a los alumnos del colegio Hogwarts, el agente dijo que eran precisamente ellos los que no podían ponerse de acuerdo en sus relatos. Aquello era problemático, porque retrasaba sus planes de una forma en que no le convenía. Mientras más pronto hallase la información que buscaba, menos riesgo corría de que todos sus esfuerzos dieran en el tacho de la basura.

El Alquimista decidió que debía hilar más fino si quería encontrar esa información. Quería escuchar de primera mano los testimonios a los que había accedido su agente. Para tal menester, solicitó a su agente compilar todos los testimonios obtenidos durante su investigación, cosa que tomó solamente media hora. En ese tiempo, el Alquimista tuvo un libro de más de cincuenta páginas llenas de declaraciones. Su hombre había sido diligente y efectivo con su labor.

En efecto, tal como lo había dicho su agente, los testimonios eran contradictorios. Aquello era de esperarse, pues los alumnos no habían puesto demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. No obstante, armar una imagen de la escena no fue difícil. De hecho, uno de sus dichos decía que la verdad no era más que un conjunto de puntos de vista, e iba a aplicar aquella doctrina a la tarea a mano.

Pese a todo lo que estaba ocurriendo en la Batalla de Hogwarts, había un punto de acuerdo entre los testigos, y era el duelo final entre Harry Potter y Voldemort. Uno de los alumnos recordaba haber visto la varita de Dumbledore en las manos de Voldemort, y había varios que concordaban en ese punto, pero había otros que decían que no habían podido identificar correctamente la varita que empleaba el mago tenebroso. Al comparar las descripciones de las personas que consiguieron identificar la varita con el objeto que tenía en su poder, dedujo que las similitudes eran demasiadas para que aquello fuese una simple coincidencia. Por lo mismo, dedujo que Voldemort estaba en posesión de la Varita de Saúco en aquel duelo. Aquello significaba una sola cosa.

Si lo que decían sobre la Varita de Saúco era cierto, entonces el dueño legítimo de la varita era…

Mierda.

El Alquimista, en su afán por impedir que su plan saliera a la luz, había cometido un error de juicio. Un error, sin embargo, que tenía solución.

Y era más simple de lo que había imaginado.

Llenando un vaso de whiskey de fuego, el Alquimista arrojó polvos flu al fuego y llamó a uno de los tantos agentes que tenía a su disposición. Cuando la cara del sujeto apareció entre las llamas, el Alquimista tomó asiento.

—¿Me llamaba, señor?

—En efecto, señor Higgins —dijo el Alquimista en su tono usual—. Requiero de tu presencia en mi mansión lo antes posible.

—¿Cuál es el motivo?

—Necesito aclarar una duda con respecto a tu último trabajo.

Higgins frunció el ceño.

—¿Mi último trabajo? ¿Y cuál es el problema? Pensé que el asunto ya estaba zanjado. Recuerdo que usted fue muy diligente con el pago.

—Lo recuerdo bastante bien —repuso el Alquimista en un tono diplomático—, y no es un problema en absoluto. Es solamente una duda. Estuve revisando el reporte de tu misión, y necesito una pequeña aclaración.

—¿Sobre qué?

—Es una pequeñez. No le quitaré mucho tiempo.

Higgins se quedó pensando en el asunto por un minuto completo antes de acceder a la petición del Alquimista. La cara del agente desapareció y, dos minutos más tarde, el hombre completo apareció junto a la chimenea. Normalmente, el Alquimista no permitía que sus hombres pudieran transportarse mediante métodos mágicos a su mansión, pero las circunstancias lo ameritaban. Aquel hombre era crucial para la siguiente etapa del plan, pero no por lo que el señor Higgins creía.

—¿Cuál es la duda que desea aclarar, señor?

No obstante, el Alquimista tomó por sorpresa a Higgins y ejecutó un maleficio asesino con un movimiento flojo de su varita. Higgins cayó al suelo con una expresión mezcla de sorpresa y terror en su cara. El Alquimista volvió a tomar asiento, como si asesinar empleados a su cargo fuese un asunto corriente, y entregó instrucciones a un par de elfos domésticos para que se deshicieran del cuerpo.

Es el momento de probar si estoy en lo cierto se dijo el Alquimista, tomando la Varita de Saúco, la cual descansaba sobre una mesa junto al sillón, y manejándola con parsimonia, pensando en lo que iba a pasar si regresaba a Hogwarts. Juzgó que no era inteligente regresar al colegio con tan poca diferencia entre la primera visita y la segunda. Decidió que iba a pasar la noche en su mansión. Por supuesto, no iba a estar solo.

Usando la misma chimenea, habló con un hombre de aspecto enjuto y cara alargada, preguntando por algo que, en ese momento, le hacía mucha falta. Después de negociar las menudencias del asunto, el Alquimista esperó en su sillón, sabiendo que no iba a ser necesario siquiera ponerse de pie.

Cuando una persona apareció junto a la chimenea, supo que iba a requerir un toque distinto al que le dio al señor Higgins. Llamando a la chica con un dedo, el Alquimista se acomodó en el sillón, bajándose los pantalones, poniéndole en bandeja a la chica la faena que debía realizar.

Esta noche, tú eres mi puta se dijo el Alquimista, y supo que había elegido bien en cuanto la mujer se inclinó delante de él.


Ya había amanecido cuando el Alquimista despertó. Como esperaba, la chica con la que había compartido lecho ya se había ido. Es una chica muy profesional. Me gusta. Teniendo una cosa menos de la que preocuparse, se tomó una ducha, se puso su ropa y, tomando la Varita de Saúco, salió de la casa, en dirección a Hogwarts. Decidió emplear la desaparición para tal menester.

Una vez de vuelta en los terrenos del colegio, el Alquimista hizo los saludos respectivos a los profesores, alegando que había olvidado dejar un presente en el mausoleo del profesor Dumbledore. Una vez que estuvo seguro de que los profesores se habían tragado la mentira, encaminó sus pasos hacia la isla. Le causó tranquilidad percatarse que el puente de hielo aún seguía en su lugar. Atravesó el puente y llegó al mausoleo, usando un encantamiento simple para abrirlo, y revelar el cuerpo del difunto director de Hogwarts. No le sorprendió ver que el eco de Dumbledore seguía en su sitio.

—Te tomó poco tiempo resolver el enigma —dijo él, luciendo complacido—. Pero éste solamente es el primero de muchos que deberás resolver.

El Alquimista no quería escuchar las peroratas de Dumbledore. Alzó la varita y, con un movimiento decidido, hechizó al eco de Dumbledore, y supo en el acto que había funcionado, porque el eco mostró la típica expresión de alguien bajo el influjo del maleficio Imperius. No habría obtenido el mismo resultado con cualquier otra varita. De hecho, no habría obtenido resultados en absoluto.

—¿Dónde se encuentra el cuartel general de la Orden del Fénix?

—Bajo el edificio del Parlamento inglés —repuso el eco de Dumbledore con una voz carente de emoción—. No obstante, necesitas siete llaves para acceder a ese lugar. No es posible entrar a la fuerza, pues está protegida por una magia antigua, una magia que solamente puede romperse con las siete llaves de las que te hablé.

—¿Y no puedo emplear la aparición?

—El complejo está protegido de forma que nadie, salvo los miembros de la orden, puedan entrar. Si tratas de obligar a un miembro de la orden a que use aparición conjunta para que puedas acceder al cuartel general, el miembro podrá entrar, pero tú quedarás atrapado en el espacio entre espacios, sin posibilidad alguna de escape.

—¿Y entonces por qué hay una entrada?

—La entrada es para las personas que deseen unirse a la orden —explicó Dumbledore desapasionadamente—. Los siete templos, en donde se encuentran las siete llaves, constituyen una prueba para ver si el aspirante es digno de ser miembro de la orden. Por eso dije que éste era el primero de los enigmas que deberás resolver.

—¿Y dónde puedo encontrar esos templos?

—Hallarlos es parte del reto. Lo único que te puedo decir, es que el primero se encuentra en la sede de gobierno del mundo mágico, al menos en este país, si es que sabes cómo buscar. Lo otro que debes tener en cuenta es que no puedes emplear seudónimos para identificarte. Tendrás que hacerlo con tu nombre real. De otro modo, no serás capaz de entrar en los templos.

El Alquimista no podía decir que estaba complacido con la información que acababa de obtener. Una buena parte del plan dependía de su total anonimato. Nadie podía saber quién estaba detrás de todo el plan, y si él era expuesto, los demás seguirían, y la Orden de Merlín desaparecería de la faz de la tierra. Ni a él ni al mundo le convenía que aquello ocurriese.

Tengo que plantear este dilema a mis superiores se dijo el Alquimista mientras dejaba todo en su sitio y regresaba por donde había venido. Debo tener mucho cuidado si quiero entrar en el cuartel general de la Orden del Fénix y obtener ese maletín.

Haciendo los respectivos gestos protocolares, el Alquimista salió del perímetro del colegio y se transportó, no hacia las afueras de su mansión, sino que a otra parte.

Al Alquimista le parecía curioso que el primer templo se encontrara tan cerca del cuartel general de la Orden de Merlín. De hecho, estaban en el mismo lugar, pero en pisos distintos. Supuso que entrar a ese templo implicaba hacer algo que nadie en la Orden de Merlín hacía: decir la verdad. En ese sentido, ambas órdenes eran como agua y aceite, incompatibles entre sí.

Pero aquello no importaba realmente.

La convicción con la que ambas congregaciones actuaban era lo que debía tenerse en cuenta. El grupo con la convicción más fuerte era quien iba a ganar. Y, en ese sentido, la Orden del Fénix no había hecho más que protegerse, mientras que la Orden de Merlín no había hecho más que atacar. Solamente era cuestión de tiempo para que la Orden del Fénix cometiera un error y pagara el precio.

Sin embargo, todo dependía de lo que sus superiores irían a decir respecto a sus intenciones. La misión que estaba a punto de emprender implicaba dejar de lado algunos de los preceptos más básicos sobre los que se fundaba la Orden de Merlín, pero era la única forma lógica en que se podía poner fin a una guerra que había comenzado hace más de mil años atrás.

Y yo quiero ser quien le ponga punto final.