XXII
El día había amanecido nublado, y era el momento de abandonar la posada. Hermione consideró que no era inteligente llamar a Morro Negro mientras siguieran en el pueblo. Por eso, empacó las cosas, guardándolas en aquella legendaria bolsa de cuentas, y saliendo de la posada, entregando una generosa propina a la dueña por el trato recibido.
No fue hasta que estuvieron a un par de kilómetros del pueblo cuando Harry usó su varita para prender fuego a la escama, la que no se consumió en cenizas, como había creído hasta ese momento. No tuvo que pasar mucho rato para que se escuchara el batir de unas alas. Harry miró hacia el occidente y vio la silueta de un dragón recortarse contra las nubes. Hermione se aseguró que no hubiera ningún mirón en las cercanías, mientras que Morro Negro daba con sus patas en el suelo.
—¿Cómo has estado? —preguntó Harry, palpando el hocico del dragón a modo de cariño.
—Descansando —repuso el animal, flexionando las patas, de modo que Harry y Hermione pudieran treparse a su lomo—. Por un momento creí que te habías olvidado que existo.
—Sabes que no es por eso que no te necesitamos durante esos días —dijo Harry, pues, antes que él y Morro Negro tomaran caminos separados, le había explicado cuál iba a ser su siguiente misión.
—Jajaja, lo decía en broma, Jefe Dragón. Tengo claro cuál es mi siguiente destino. Ahora, sujétense, que llegaremos en menos de lo que a uno le tomaría decir "buenos días".
Morro Negro batió sus grandes alas, y Harry y Hermione se agarraron de lo que pudieron. En instantes, el dragón se encaminaba hacia el cielo, volando justo por debajo de las nubes. El lugar de la reunión no se encontraba demasiado lejos hacia el oriente, justo al otro lado de unos cerros escarpados, en cuyas faldas se extendía un lago de aguas oscuras. Morro Negro localizó el lago, y comenzó su descenso en espiral hacia la orilla poniente del lago, viendo que había una pequeña casucha a unos quinientos pies del lago.
—Esa es la morada de Rowena Ravenclaw —gritó Hermione, señalando la casucha con un dedo. Harry siguió la dirección en la que estaba apuntando su amiga, y vio que las apariencias podían engañar. Lucía como una casucha, pero solamente por el tamaño. La morada se veía como si estuviera recién construida, y estaba pintada de un color azul que no desentonaría para nada en el uniforme de la casa que Rowena había fundado. También se percató que había dos caballos a unos cien pies de distancia, y los jinetes apenas habían desmontado. Caminaban a paso desgarbado hacia la casucha, con varitas en ristre.
—¡Tenemos que darnos prisa! —exclamó Harry, sabiendo que era cuestión de tiempo para que Godric y Salazar modificaran la memoria de quien sería su compañera fundadora—. ¡Hermione, pásame la capa! ¡Tendremos que saltar!
—¿Te has vuelto loco? —protestó Hermione, notando que debía estar por lo menos a unos cien pies de altura—. ¡Nos vamos a matar! ¡Y si sobrevivimos, esos dos pelafustanes se van a dar cuenta de nuestra presencia!
—No lo harán —dijo Harry con una sonrisa. A Hermione no le gustó para nada aquel gesto.
—Morro Negro, en cuando saltemos, cúbrete con unos árboles. Te llamaremos en cuanto completemos nuestro objetivo.
El dragón asintió con la cabeza por toda respuesta.
Hermione, mirando a Harry como si temiera por su salud mental, le pasó la capa, y él procuró cubrir a ambos con ésta. Luego, sacando su varita, se trepó al lomo del dragón, aferrando fuertemente a Hermione, y se dejó caer. Anticipando los reparos de Hermione, Harry tapó su boca con una mano, y con la otra (sin dejar de poner a su amiga a buen recaudo), ejecutó un hechizo de viento, de forma que la corriente de aire amortiguara la caída. Por desgracia, la corriente no fue lo suficientemente fuerte, y ambos cayeron al suelo con fuerza. Por fortuna, ninguno de los dos se había fracturado algo importante. Solamente sentían un dolor en todo el cuerpo.
Harry miró en dirección a los dos magos que caminaban hacia la morada de Rowena, y notó que se habían detenido, mirando hacia ellos. Maldiciendo por lo bajo, Harry se puso de pie como pudo, ayudando a Hermione, y, procurando que la capa no revelara nada, se alejaron de los dos magos, esperando que se detuvieran donde habían caído. Harry vio que había un punto bajo a unos treinta pies de su posición, y se encaminó en esa dirección, esperando que nadie advirtiera nada. A la usanza militar, Harry y Hermione se aplanaron contra el pasto, observando detenidamente a Godric y a Salazar. Parecían indicar con el dedo algo invisible en el suelo. Luego, de forma sorpresiva, Hermione tragó saliva, y Harry lo notó.
—¿Qué ocurre?
Hermione miró a Harry con ojos vesánicos.
—¿Realmente esperabas que cayéramos desde treinta metros de altura sin que nadie lo notara, verdad? Ni siquiera te pusiste a pensar en que dejaríamos una marca sobre el pasto. Ahora, ellos van a saber que alguien estuvo aquí y, muy probablemente, harán el movimiento otro día, y nosotros jamás lo sabremos.
—Cállate, quieres —le espetó Harry en un enojado susurro—, y escucha.
Ambos observaron a Godric y a Salazar, quienes se dedicaban miradas de complicidad. Aquello no auguraba nada bueno.
—Maldita sea. Creí que alguien nos estaba espiando —dijo Godric, taladrando con la mirada a Salazar.
—En todo caso, la marca luce como la de un cerdo —añadió Salazar, llevándose una mano al mentón—. Recuerda que por aquí vive un hombre que cría cerdos, pero que nadie quiere comprarlos.
—¿Quién querría cerdos con verrugas? —dijo Godric. Hubo un momento de silencio entre ambos, después del cual, ambos se encogieron de hombros y volvieron a encaminarse hacia la casa de Rowena. Harry dirigió una mirada de desdén a Hermione antes de ponerse de pie, tomarla de la mano y, en completo silencio, se acercaron a la casa, coordinando sus pasos de modo que llegaran a la puerta cuando Godric y Salazar ya estuvieran dentro.
—Estuve esperando por usar uno de estos —dijo Hermione con una voz monocorde, claramente disgustada por el susto que Harry le hizo pasar, y extrajo una cuerda de color carne de su bolsa de cuentas.
—¿Orejas Extensibles? —dijo Harry, arqueando una ceja—. ¿Y qué pasaría si alguien de este tiempo descubre una de éstas, o peor, aprende a usarlo?
Hermione dedicó a Harry una mirada de puro veneno.
—Yo, a diferencia de ti, soy cuidadosa. Es claro que no voy a dejar esto tirado por ahí. Ahora, ¿podrías callarte por un momento? Necesito que saques pergamino, tinta y una pluma. Esta vez, tú vas a escribir lo que yo te diga.
Harry gruñó.
Hermione se detuvo al lado de la puerta, y coló la cuerda por debajo de ésta, procurando que no penetrara demasiado en el interior. Puso el otro extremo en su oreja, probando su funcionamiento. Por fortuna, la conversación se escuchaba claramente.
—¿Han venido a discutir con más detalles lo del colegio? —preguntó una voz de mujer, quien no era otra que Rowena.
—Tú fuiste quien propuso la idea, y nosotros aceptamos —dijo Godric en su usual tono caballeroso—. Ahora queremos saber los detalles.
—Muy bien —repuso Rowena con calma. Se escucharon unos pasos cortos y el típico sonido de madera rozando con madera, y Hermione supo que los tres habían tomado asiento—. Primero que nada, no estoy viviendo aquí por gusto. Desde hace años que he estado pensando en una forma de pasar mi conocimiento a otros magos y brujas, y pienso que éste es el lugar perfecto para fundar un colegio de magia.
—¿Y cómo pretendes organizar todo esto? —se oyó la voz de Salazar, sonando un poco escéptico, y Hermione supuso que lo había hecho para realzar la naturaleza casual de la reunión—. Porque armar un colegio de magia no es algo que se haga de la noche a la mañana.
—No, no lo es —repuso Rowena con su voz pausada y calmada, como la voz de alguien que tuviera la experiencia del mundo entero en su cabeza—, pero es realizable. Lo primero que tenemos que discutir es si vamos a incluir a todos los magos, o solamente a algunos.
—Yo pienso que solamente deberían entrar aquellos que sean magos en toda regla —repuso Salazar, y Hermione se dio cuenta que eso era precisamente lo que él diría. Aquello no le hizo sentir mejor, sin embargo.
—Pues yo creo que todos los magos merecen una oportunidad, sin importar de dónde provengan —dijo Godric, y, a juzgar por el bufido que se escuchó en la sala, era obvio que a Salazar no le gustaba la idea.
—¿Cómo separarías a los magos que son en toda regla de los que no lo son? —preguntó Rowena, y a Hermione le sorprendió que no hubiera prejuicio impregnando su voz.
—Por sus genealogías —repuso Salazar escuetamente.
—O sea, por su sangre —concluyó Rowena, quien, de golpe y porrazo, ya no lucía ni remotamente imparcial—. Salazar, quiero que quede esto muy claro. Nosotros no podemos hacer diferencias por cosas tan banales como la sangre. Tal vez no te guste escucharlo, pero estoy de acuerdo con Godric. Todos merecen una oportunidad de convertirse en magos en toda regla, no solamente algunos. Empezaríamos mal si le dijéramos a un niño con poderes mágicos que no puede convertirse en un mago. Ese no es el propósito de un colegio. Su propósito es proporcionar conocimientos a la gente que lo requiera para que sea una persona que pueda concretar sus metas en la vida.
—Pero es que…
—No hay peros que valgan —interrumpió Rowena con una voz más firme—. Lo importante es que no habrá divisiones en este colegio. Nosotros seremos los primeros profesores, y entre los cuatro, enseñaremos a los alumnos que deseen estudiar aquí. Por supuesto, enseñaremos diferentes materias, en las que seamos más versados, y si todo resulta bien, reclutaremos la ayuda de más personas para que cubran las especialidades.
Se escuchó el sonido de una silla rasgar el piso de madera, y Hermione supo que alguien se había puesto de pie.
—¿Qué pretendes, Salazar? —preguntó Rowena con un viso de temor en su voz.
—¡Obliviate! —exclamó Salazar, y Rowena no dijo más. El hechizo había dado resultado. Otro sonido de sillas moviéndose se escuchó, y Hermione asumió que Godric también se había puesto de pie.
—Desde este momento, harás lo que nosotros digamos —dijo Salazar con un poco de bronca—. Seguirás siendo uno de los fundadores, pero seremos nosotros quienes decidamos qué alumnos entrarán al colegio o no y cómo lo organizaremos todo.
—De acuerdo —accedió Rowena con una voz sin color, claramente una consecuencia a corto plazo del hechizo que modificaba la memoria. Salazar no dijo nada, pero era evidente que lucía complacido.
Harry había acabado de anotar todo lo que se había dicho, viendo a Hermione retraer la cuerda, una expresión de horror oscureciendo su cara. No la podía culpar. Nada de lo que había pasado en el interior de la casa se hallaba escrito en los libros de historia mágica. Asumió que ella no estaba preparada para encontrarse con aquellos detalles en la historia de la formación de Hogwarts. Por último, hizo un ademán a Hermione para que la siguiera hacia un lugar seguro desde el cual llamar a Morro Negro. Iban a necesitar una posada para descansar y procesar todo lo que había pasado.
