XXIII

Ian y Antonius se habían cansado de esperar en la habitación del fénix, y se retiraron hacia el Salón del Manuscrito, donde había sillones donde podían sentarse con más comodidad. No obstante, Antonius tenía un mal presentimiento sobre lo que estaba pasando al interior de esa habitación. Lo último que necesitaba en su hoja diaria de problemas era que el dragón y el fénix estuvieran románticamente involucrados. Aquello sería fatal para la causa que estaba defendiendo.

Ian, por otro lado, no tenía un mal presentimiento. Sabía que había algo más que amistad entre Harry y Hermione. Lo que le tenía la cabeza dando vueltas era cómo mierda había ocurrido algo así. Ian sabía que Hermione estaba viviendo con Ron Weasley, y que no había problemas entre los dos. Pese a que no había planes de matrimonio a corto plazo, era obvio que había amor entre ambos. En cuanto a Harry, él sí tenía planes de matrimonio con Ginny Weasley. De hecho, de acuerdo con sus fuentes, la boda ya estaba en fase de planificación. Ninguno de los dos Weasley sabía qué era lo que estaba pasando realmente, y estaba dispuesto a hacer pública la información, de modo que la misión de la Orden del Fénix no colisionara con un muro de hormigón.

—¿Tiene hambre? —preguntó Ian, notando que su estómago clamaba en protesta.

—Pues no le diría que no a unos bollos con crema.

—Iré a la despensa, entonces —anunció Ian, poniéndose de pie y saliendo del Salón del Manuscrito. Antonius miró como Ian desaparecía por una puerta lateral, luciendo preocupado. Desde que tomó la decisión de irse de la entrada a la habitación del fénix que había visto a Ian tenso, como si supiera que algo terrible venía en camino. Notó que miraba hacia la puerta de la habitación con el ceño fruncido, como si quisiera entrar a la fuerza y detener lo que fuese que estaba ocurriendo al interior. Antonius quería creer que el dragón era lo suficientemente cauto para no atreverse a entablar un romance con el fénix, o que este último valorara la relación que ya tenía entre manos. Pero la mirada de Ian, y la expresión de su cara, eran difíciles de olvidar.

Estaba tan perdido en sus propios pensamientos que no se dio cuenta que había dos personas frente a él. Cuando lo hizo, pegó un pequeño brinco.

—Harry, Hermione —dijo él con una voz un poco más aguda de lo usual—. No me di cuenta que estaban aquí.

—Solamente estábamos aclarando algunos puntos —dijo Harry, mirando a Antonius en lugar de a Hermione—. Bueno, ha llegado el momento en que le diga por qué estoy aquí, en el cuartel general de la Orden del Fénix.

—Pensé que solamente querías saber por qué tenías ese tatuaje en tu espalda.

—Bueno, ahora que sé cuál es el propósito de esta orden, tengo información que podría serle de mucha utilidad para su causa.

—¿Sobre qué?

—Sobre el auténtico origen de la magia.

Antonius se había quedado helado al escuchar las palabras de Harry. No tenía idea de qué clase de información había obtenido, pero cualquier cosa relacionada con el origen de la magia era controversial. Por muchos años, eruditos de todas partes del mundo habían tratado de dilucidar de dónde provenía la magia, si los humanos siempre la habían tenido, o si la habían obtenido de otras fuentes. Sin embargo, muchos historiadores coincidían en que los magos habían existido desde incluso antes de los fenicios. Otros decían que la evidencia que apoyaba la teoría de que la magia era más antigua de lo que se pensaba era bastante circunstancial. El debate era encarnizado, e incluso había desatado algunos tristes incidentes que habían dejado varios muertos y muchos heridos.

—Ese es un tópico muy sensible —dijo Antonius, a sabiendas de que si Harry tenía información fehaciente sobre el origen de la magia, hacerlo público sería como echar sal a una herida abierta—. Espero que tengas algo muy concreto entre manos, porque si no es así, entonces seremos el hazmerreir de todo el mundo mágico.

—Tengo algo más que concreto —dijo Harry con aplomo—, pero no soy el indicado para decirle lo que necesita saber. La tengo a ella. —Harry señaló a Hermione, y ella comenzó con su relato sobre todo lo que había visto y la evidencia histórica que la apoyaba. El relato duró no menos de veinte minutos, y Antonius se veía cada vez más sorprendido por lo que estaba escuchando. Cuando Hermione acabó, Antonius no podía articular palabra. Lucía como si la Navidad se hubiera adelantado. Cuando fue capaz de hablar, le fue imposible ocultar su emoción.

—Esto es… esto no es lo que he escuchado de tantos sabios ya —dijo, con una voz vibrante y alegre—. Contradice toda la sabiduría actual sobre el tema. Esto implica que tenemos una tarea gigantesca por delante. Debemos arreglar tantos errores… tantos errores, demasiados. Vivimos creyendo que nosotros éramos superiores por poseer esto que llamamos "magia". Esto, creo, es capaz de devolvernos la humildad y aprender de nuestros errores.

Se escuchó el sonido de una puerta abrirse, y los tres vieron cómo Ian entraba al Salón del Manuscrito, llevando una bandeja llena de bollos con crema. Se detuvo en el momento que vio a Harry y a Hermione, de pie frente a Antonius. No dijo nada por varios segundos, como si no fuese consciente de que sostuviera una bandeja. Después, dejó la bandeja en otro sillón y avanzó a paso raudo hacia Harry y Hermione, como si quisiera colisionar con ellos, pero se detuvo, mirando a ambos con unos ojos que solamente podían verse en alguien con la clara conciencia de que esos dos habían hecho algo malo.

—Sé lo que estuvieron haciendo en esa habitación —dijo Ian, y Harry y Hermione se miraron, como si no pudieran entender a qué se estaba refiriendo Ian con esas palabras. Por desgracia, aquel gesto no hizo más que echar leña al fuego—. No ganan nada con negarlo. Ustedes tuvieron sexo. Aún puedo oler el olor de la entrepierna de Hermione en tu boca, Harry Potter.

Antonius contuvo el aliento cuando escuchó a su discípulo hablar en esos términos de Harry y Hermione. Sin embargo, en cuanto tomó la decisión de intervenir, se escuchó un sonido seco en el salón, y vio que Hermione le había asestado una bofetada a Ian. Todo su cuerpo temblaba de ira.

—¿Cómo te atreves a hablar así, asqueroso cerdo de mierda? —bramó ella, dando un paso en dirección a Ian, pero él no dio muestra siquiera de sobarse la mejilla. Permaneció impasible, como si estuviera reuniendo fuerzas para enfrentar a una terrible bestia del infierno.

—Soy dueño de mi boca. Digo lo que se me venga en gana. —Ian extendió un dedo en plan acusador hacia Hermione—. Además, eso no es nada comparado con el sacrilegio que acabas de cometer.

—Oh, por las bragas de Merlín, estúpido atorrante, ya no estamos en la Inquisición.

—¡Acabas de poner en peligro a todo nuestro plan! —gritó Ian, como si Hermione le hubiese hecho un daño obsceno—. Antes de abrirle tus piernas a Potter, debiste haber preguntado si eso estaba bien o no. Recuerda quién eres, quiénes son ustedes dos.

Hermione iba a replicar, pero Harry la detuvo con un gesto de su brazo. Era su turno de hablar.

—Primero que nada, reverendísimo imbécil, lo que hagamos Hermione y yo con nuestros cuerpos no es de tu incumbencia. Segundo, te lanzaste a tirarnos mierda sin que nos explicaras por qué no podemos tener sexo, o tener alguna relación sentimental de cualquier tipo. Así que, lo primero que te voy a pedir, es que te calmes y nos expliques todo, de forma que Hermione también pueda entender.

—No debe haber una relación romántica entre el dragón y el fénix —dijo una voz que no era la de Ian. Cuando Harry se volteó para ver quién había hablado, vio que Antonius se acercaba lentamente a él. Lucía preocupado—. Vi necesario recordártelo, porque parece que lo olvidaste. Recuerda que lo leíste precisamente en ese libro—. Antonius indicó con el dedo el libro que descansaba sobre el pedestal, en aquella misma habitación—. Eso es lo que el enemigo quiere. El romance no es algo que alentemos en esta orden, porque provoca pasiones, pasiones que después se vuelven imposibles de controlar. Por amor, Troya pereció. Las guerras más terribles que han asolado nuestro mundo han ocurrido por culpa de nuestras pasiones. Si ustedes tienen una relación romántica, les aconsejo que la terminen de inmediato. No está en nuestros intereses que el Clan del Dragón y la Orden del Fénix corran el riesgo de estar divididos.

—Por eso, ustedes no pueden tener ninguna relación, sexual o amorosa —añadió Ian, quien lucía un poco más tranquilo—. Si quieren servir a la causa de la verdad, es mejor que permanezcan juntos, pero no revueltos.

Por un momento, Harry y Hermione se quedaron en silencio, como si estuvieran buscando algún argumento con el que rebatir las ideas de Ian y Antonius. Al final, fue Hermione quien rompió el silencio.

—¿Y por qué la Orden del Fénix y el Clan del Dragón podrían estar enemistados? Si ambos sirven a la misma causa, ¿qué podría separarme de Harry? ¿Qué podría separarlo a él de ustedes?

Antonius exhaló hondo antes de tomar la palabra.

—Como dije, el amor engendra pasiones. Las pasiones engendran envidia. La envida engendra resentimiento. El resentimiento engendra odio. El odio engendra agresión. La agresión engendra sufrimiento. Y el sufrimiento engendra miedo. No puedo permitir que el miedo se apodere de nuestra orden. No debemos temer descubrir y proclamar la verdad. Y para eso, necesitamos estar unidos.

Pero Hermione no lucía convencida por el argumento de Antonius.

—No creo que ese sea el caso. La experiencia me ha dicho que los puntos de vista de una persona son moldeadas por sus experiencias, sus enseñanzas y el entorno. No alcanzo a imaginar que el amor engendre tantas cosas malas, a menos que usted lo haya experimentado de ese modo. No voy a pretender que conozco su pasado, pero, lo que he vivido, sobre todo a lo largo de mis siete años en Hogwarts, me ha enseñado que no hay algo que una más a las personas que el amor. Diga lo que diga, no me va a separar de Harry, y si eso contradice sus doctrinas, pues mala suerte para usted.

Antonius, lejos de estar enojado, miró al suelo, luciendo derrotado. Ian, por otro lado, parecía haber encontrado una nueva determinación para chocar de frente con Harry y Hermione.

—Pues yo no me voy a quedar de brazos cruzados —dijo, dirigiendo una mirada de puro veneno a Harry—. Haré lo que sea necesario para que esta orden cumpla con su misión. Aunque tenga que decirles a Ginny y a Ron de que ustedes se han estado revolcando a escondidas.

Y, antes que Hermione pudiera golpearle una vez más, Ian desapareció del salón, dejando a ella, Harry y Antonius enraizados al piso, sin saber cómo reaccionar.