Esta es una pequeña y corta historia que escribí hace mucho y que por fin me decidí a subir :)


"Una mente fracturada"

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"DEFEAT"

El joven resopló con fastidio al ver las brillantes letras rojas aparecer en su pantalla.

- ¡Ah, no otra vez!

Perder cinco partidas seguidas se trataba definitivamente de una mala racha.

Agotado de tantas derrotas, aprovechó aquella pausa no bienvenida para dejar caer su cabeza hacía atrás un par de segundos, intentando tomar un respiro.

Esa partida había sido una completa masacre. Si no dejaban de perder terminarían bajando de rango nuevamente.

Con una mano retiró uno de sus audífonos -el capitán de su equipo no dejaba de gritar-, la otra la usó para encender el ventilador que estaba a su lado. El aire fresco ayudó a tranquilizarlo un poco.

¡Cielos, cuánto calor hacía esa noche! Naruto no podría recordar otra noche más calurosa ni aunque le ofrecieran cien mil yenes por ello.

Con el paso de las horas la sensación de asfixia no había hecho más que aumentar. Era tanto que incluso había pensado en ir hasta la cocina por hielo, pero supuso que, de encontrarlo, su madre no se tomaría bien que él siguiera despierto hasta tan tarde.

Y es que a su madre le preocupaba de sobremanera que él pasara tanto tiempo conectado jugando en línea, en vez de hacer otras cosas como los adolescentes normales. Incluso una vez había llegado al punto de consultar sus temores con un experto.

"Doctor, ¿es normal que mi hijo juegue tanto en la computadora y no tenga ningún amigo?"

Él jamás se había sentido tan avergonzado en su vida. Sin embargo, descubrió pronto, que no podría importarle menos los absurdos temores de su madre.

Era verano, la escuela había terminado y él había pasado a su último año de preparatoria con excelentes calificaciones.

¿Qué importaba si se la pasaba su verano jugando toda la noche en línea? Él había cumplido con su única responsabilidad. Ahora era su turno de hacer lo que quisiera, ¿cierto?

- No es como si tuviera algo más que hacer -murmuró para sí mismo, a modo de desahogo.

Volvió a enderezarse, buscando el lugar en el que había dejado su refresco, probablemente ya caliente para entonces. Tras unos segundos revolviendo las cosas sobre su escritorio lo encontró por fin, justo sobre un pequeño folleto utilizado como un improvisado portavaso.

Mientras daba un par de sorbos, por el rabillo del ojo se dedicó a mirar nuevamente el folleto, manchado ya por las gotas de refresco, dónde la información del evento aún era visible y las letras continuaban siendo claras en su mayoría.

"GRAN EXPOSICIÓN DE ARTE, ÚNICAMENTE POR UNA SEMANA"

Con el calor de la noche en su punto máximo -o por lo menos eso esperaba- Naruto cerró sus ojos y dejó caer su cabeza en el respaldo de la silla nuevamente, intentando decidir qué hacer con aquel folleto.

Realmente odiaba salir de casa, pero aquella era una exposición de arte que -sentía- no podía ni debía perderse Después de todo, las pinturas de su artista favorito serían expuestas de forma única. No habría una segunda oportunidad.

Simplemente no debía dejarla marchar. ¿Aunque cómo pedirles a sus padres que lo llevaran? Ellos enloquecerían si supieran el tema de la exposición o si supieran las razones porque las cuales él deseaba ir.

Sin embargo, siendo sinceros, sus padres enloquecían con cada cosa que él hacía o decía. Si bien Naruto comprendía que ellos solo querían lo mejor para él, a veces llegaba a odiar estar en su propia casa, bajo la mirada vigilante de su madre y el silencio culpable de su padre.

¡Dios! ¡Era un milagro que lo dejasen cerrar la puerta de su propio cuarto!

Él tenía diecisiete años ya, no era un niño pequeño. Hace mucho podía ser responsable de sí mismo. O eso quería creer, porque la realidad era que aquella actitud sobreprotectora de sus padres era solo culpa suya.

Por estar completamente fracturado.

- Disculpa…

La voz suave que dijo aquellas palabras lo hizo interrumpir la línea de sus pensamientos. Con lentitud, Naruto abrió sus ojos, solo para encontrarse siendo observado.

De pie, justo tras él, una hermosa chica había aparecido.

Definitivamente no mayor que él, mirándole con una mezcla de fascinación, curiosidad y temor, a través de sus hermosos ojos color verde. Tenía, además, un largo cabello rubio, con un flequillo enmarcando sus delicadas facciones. Sus labios, de un rosa pálido, fruncidos en un delicado mohín, y su tez clara decorada por el tono carmín de sus mejillas.

Aquella chica parecía la viva imagen de un ángel.

- ¿Sí? -contestó, con la naturalidad que estaba seguro nadie más sería capaz de evocar si, de un segundo a otro, una hermosa joven aparecía en su cuarto, en medio de la noche.

Respiro profundo, pasando por alto el golpeteo nervioso que daba su corazón, se enderezó en la silla y giró para verla mejor.

Ella dio un salto con rápido movimiento, y retrocedió algunos pasos hasta quedar justo en el centro de la habitación.

Naruto guardó silencio en lo que esperaba su respuesta, admirando en silencio los detalles de su vestuario. La joven llevaba un vestido en apariencia simple, de color blanco, decorado con pequeños detalles en oro y cosido con hilo plateado. Una tiara en su cabello, la elegancia en cada uno de sus movimientos y la forma en que hizo una leve reverencia ante él, le terminaron de dar la información que le faltaba para descubrir la identidad de aquella joven desconocida.

Una princesa. Una que, de hecho, él ya conocía.

La sensación de déjà vu fue tan intensa que se preguntó como no lo había notado en el primer segundo.

Cierto, ahora la recordaba. Estaba más alta y su cabello había crecido, pero aquellos ojos verdes, con pequeños destellos dorados, no podría olvidarlos jamás.

Era la misma chica, la misma princesa extraviada que había aparecido en su cuarto en mitad de la noche, cuatro años atrás, suplicándole ayuda. Estaba siendo perseguida por su malvado tío, que ansiaba el trono que le correspondía. Y ella, en su desesperación, se había atrevido a cruzar el portal de su mundo hasta llegar a la tierra humana, esperando encontrar así un joven de noble corazón que fuera capaz de guiarla de vuelta a casa para derrocar a su tío.

Por supuesto, aquel joven noble, elegido para rescatarla y salvar a todo un reino, no se trataba de nadie más que Naruto. La princesa lo había confirmado con solo verlo a los ojos y, prueba de ello, era que le había otorgado una pequeña piedra pulida, color azabache, que no era nada más que un amuleto de protección para sus batallas.

Naruto recordaba claramente el entusiasmo que había sentido en su primer encuentro. Después de todo, en un mundo aburrido dónde todas las personas llevaban vidas aburridas, él había sido elegido una vez para vivir una aventura.

Y ahora, que nuevamente estaba sucediendo -tal vez a causa del incesante calor del verano-, él sabía exactamente qué hacer a continuación.

- Solo por eso tú puedes ayudarme, valiente guerrero -terminó la joven de ojos verdes. Lágrimas habían inundado sus ojos, mientras le contaba algunas de sus desdichas-. Me has protegido una vez, ¡por favor, ayúdame de nuevo!

Naruto asintió ante aquella figura, sin mostrar signo alguno de sorpresa o entusiasmo por su petición.

En lugar de eso, solo se colocó de pie e hizo una reverencia.

- Un segundo, mi hermosa princesa -pidió, a aquella figura encantadora.

Sin esperar respuesta se dirigió a su escritorio, bajo la atenta mirada de la joven quién secaba sus lágrimas.

- Rápido, por favor -ordenó ella, con desesperación-. Tenemos que irnos ahora, no hay otra forma.

- Solo un momento -Naruto pidió, abriendo el cajón principal.

La piedra azabache, hermosa y misteriosa, brilló en un costado del cajón.

Del otro lado, había solo un frasco con píldoras.

La hermosa princesa con ojos acuosos se desvaneció justo frente a sus ojos, con solo dos pastillas y un sorbo de su ya caliente refresco.

Tras eso, su cuarto volvió a quedar inundado en el más completo silencio, o, al menos, solo inundado por el sonido del ventilador.

El joven suspiró, sintiendo por fin como su corazón regresaba a la calma. Era más fácil identificar lo que le sucedía cuando se trataba de alucinaciones conocidas.

Sí. Mucho mejor. Naruto sabía que ahora podría continuar jugando sin problemas, aunque, antes de volver a sentarse, se aseguró de anotar en su libreta su nuevo encuentro con la princesa.

Aunque pudiera sonar como una tontería, a él le gustaba registrar aquellas inesperadas visitas. Le hacía sentir que escribir sus alucinaciones le ayudaba a tomar el control, aunque en verdad no fuera así; y le preocupaba que, a causa del calor del verano, estas pudiesen ir en aumento. Pero sabía que de contarle sus preocupaciones a su psiquiatra esta solo le repetiría lo de siempre.

"Tomar tus medicamentos a tiempo es lo único que las puede mantener a raya"

Naruto sabía que aquello era cierto, porque no había ninguna otra forma de evitar sufrir lo que sufría; y, también, sabía que no había una cura permanente para sus alucinaciones, solo los medicamentos para controlarlas.

Después de todo, la esquizofrenia es una enfermedad que te acompaña de por vida.

- Como si ser adolescente no fuese lo suficientemente malo -replicó en voz alta, quejándose contra la parte de su cerebro que había decidido dejar de funcionar como se suponía debía hacer.

Y es que, tal vez, una de las cosas que el joven más odiaba era que su enfermedad no se hubiese manifestado más adelante. Al contrario, esta se presentó incluso en una edad más temprana de la común.

El primer síntoma apareció al cumplir trece. Naruto lo recordaba claramente.

Cenaba con sus padres cuando una mosca, que llevaba ya cinco minutos acosándolo con su horrible y ruidoso zumbido, se apoyó justo sobre su mejilla.

La sensación de sus patas caminando por sobre su piel resultó tan asquerosa y desagradable que no dudó en darse una cachetada para matarla.

El golpe alertó a sus padres. A ambos les produjo un sobresalto ver a su hijo abofetearse a sí mismo en medio de la cena.

- ¿Por qué hiciste eso? -su madre le preguntó, asustada.

- Por la mosca -respondió él, seguro, mientras que con desagrado sacudía su cabeza, intentando espantarla. Su zumbido era insoportable-. No me ha dejado tranquilo. ¿No la ven?

No. Sus padres no la veían, porque para empezar no había ninguna mosca en la habitación. Su hijo simplemente había estado dando manotazos al aire por su cuenta justo antes de golpearse a sí mismo.

Luego de eso vinieron más casos similares en la escuela, cuando el muchacho se quedaba mirando demasiado tiempo a la nada o respondía preguntas que nadie realizaba.

Finalmente, cerca de cumplir catorce años, vino su primer episodio.

Cuando en medio de una calurosa noche de verano, una princesa apareció en su cuarto y le ordenó convertirse en su caballero para protegerla. Querían asesinarla y estaba siendo perseguida. Solo un joven de noble corazón podría salvarla.

El pánico en la voz de la joven se le contagió con velocidad. Ni siquiera dudó de lo que hacía, convencido de que la joven en su cuarto estaba en real peligro y que por eso solicitaba su ayuda para escapar.

- Solo hay una forma de salir de aquí -había dicho ella, sosteniendo su mano con firmeza y tirando de él hacía el balcón en su cuarto-, tienes que ayudarme a escapar. No hay otra forma.

Solo la intervención de su madre evitó que Naruto se matara esa noche.

Abrió la puerta para llamarlo a cenar, justo a tiempo para verlo trepado en el barandal del balcón, manteniendo apenas el equilibrio a diez pisos de altura.

Naruto buscaba con desesperación un sitio en dónde apoyar sus pies desnudos para descender, cuando un par de brazos lo tiraron de vuelta a su cuarto.

La princesa desapareció justo frente a sus ojos, y en su lugar apareció su madre, con el rostro deformado por el terror y las lágrimas. Su padre llegó segundos después, arrodillándose para abrazarlos a ambos mientras que su madre no dejaba de gritarle.

A Naruto le tomaría varios meses entender por completo lo que había sucedido esa noche, pero en aquel momento solo fue capaz de comprender que veinticuatro horas después de subirse al barandal tenía una rejilla cubriendo el balón de su cuarto, un frasco con pastillas y el diagnóstico de un psiquiatra.

Esquizofrenia.

Un pronóstico alentador para cualquier adolescente de catorce, ¿cierto?

Sus padres llevaban sospechándolo un tiempo. El diagnostico solo fue una sorpresa para Naruto, quién aún no acababa de comprender que significaba aquella palabra.

Lo único que entendía era que estaba enfermo, al igual que su abuelo lo había estado.

El padre de su padre, le contaron en ese momento, había sido esquizofrénico gran parte de su vida. Cayendo reiteradamente en episodios producidos por la ausencia de medicamentos, se convertía con facilidad en un hombre opuesto al que solía ser, gritando, maldiciendo y amenazando constantemente a sus hijos. A causa de haber crecido a la sombra de un padre enfermo, durante gran parte de su vida adulta Minato Namikaze había esperado con terror sufrir la misma enfermedad, sin embargo, jamás había imaginado que sería su hijo quién la viviera.

Que la esquizofrenia encontrara la forma de colarse en su familia, fue definitivamente un duro golpe para el hombre. De hecho, Minato no dejaría de sentirse culpable los siguientes años, cosa evidente para Naruto, especialmente cuando veía como su padre se lo quedaba observando en silencio y ni siquiera hacía el menor esfuerzo por disimularlo.

Él odiaba eso.

Odiaba que su padre lo viese como algo que estaba arruinado. Porque no conseguía más que sentir que de verdad estaba enfermo.

Por lo mismo, ahora -con diecisiete años y un frasco de píldoras que lo acompañaba todo el tiempo-, Naruto no podía sentirse más desconectado del mundo real.

Incapaz de establecer relaciones normales, era como si, de alguna forma, el resto de sus compañeros de clase supiera que algo andaba mal con él. Jamás había sido capaz de tener un grupo de amigos reales y mucho menos una novia.

Cambiarse de escuela, pensaba con frecuencia, no había servido de nada. Lo único que le servía en su día a día, además de los antipsicóticos, era recordar tres simples cosas.

Uno: que su nombre era Naruto.

Dos: que iba en preparatoria, era un estudiante normal.

Y tres: que amaba el arte, especialmente las pinturas de su artista preferido.

Y ya. Nada más. Con esas tres cosas él se ataba a la realidad.

Aunque a veces, solo a veces, Naruto creía que podría haber una cuarta cosa en su vida, una cuarta cosa que lo podía ayudar a recordar quién era…

Su teléfono vibró en el momento justo. Estuvo decidido ignorar el mensaje -después de todo, odiaba los mensajes promocionales para cambiar de compañía tanto como cualquier otro adolescente-, hasta que, furioso, el celular comenzó a vibrar mucho más exigiendo su atención.

Cuando finalmente revisó el aparato, se dio cuenta de la razón de tantos mensajes: un grupo. Alguien lo había añadido a una conversación en grupo. Supo sin dudar que debía tratarse de Sakura, intentando que él hiciera amigos, como siempre.

Naruto estaba cansado de decirle a su prima que podía lidiar por sí mismo con la preparatoria, pero ella insistía en ayudarlo. Para la joven, su primo necesitaba hacer más cosas normales, como cualquier adolescente. Salir, divertirse, tener amigos… tener incluso una novia.

Para él, todo eso era imposible y solo le estaba acercando a padecer un cuadro de ansiedad. Pero Sakura podía ser muy convincente y testadura cuando lo quería, y él se descubría con frecuencia cediendo ante la presión que ella ejercía, incapaz de alejar a la única persona que no lo miraba ni lo trataba como si estuviera loco.

Por eso, y por mucho más, Naruto aún no conseguía decidir si el estrés que su prima le causaba semanalmente era mayor al cariño innato que sentía por ella.

Como fuera, el joven se entretuvo los siguientes minutos leyendo la conversación, sin participar de ella.

Los amigos de Sakura planeaban juntarse, para comenzar a festejar el verano. El día estaba listo, solo faltaba acordar la hora y la actividad que harían. Naruto estuvo a punto de abandonar la conversación, cuando notó que el día que habían acordado se trataba a su vez del último día del evento de arte…

Aquello encendió una bombilla su cabeza y, de pronto, fue como si la respuesta hubiese caído del cielo.

Alguien consultó en la conversación quienes se anotaban. Nervioso y sudando más que en cualquier momento de la noche, a Naruto le tomó un minuto responder que se sumaba. Sakura celebró su respuesta con su emoji clásico.

Le envío una foto del folleto a la joven, quién se aseguró de proponerlo en la lista de posibles visitas. Y aunque finalmente ganó el parque de diversiones -para decepción del muchacho-, Naruto supo que en cualquier momento del día podría excusarse para marcharse a la galería, ya que quedaba a solo una estación de trenes del parque de diversiones.

Era perfecto. Realmente perfecto.

Su plan estaba listo. Aunque solo una cosa faltaba por solucionar.

¿Cómo conseguir el permiso para salir de casa?

CONTINUARÁ...