XXIV
Ron Weasley estaba a punto de tomar medidas drásticas.
Nadie en el Ministerio era capaz de decirle dónde se encontraba Hermione. Se suponía que su trabajo iba a tomarle unos pocos días, pero esos días hace rato que se habían acabado, y Hermione brillaba por su ausencia. En palabras del jefe de Departamento de Seguridad Mágica, "estaban en ello". Siempre estaban en ello cuando se trataba de gente desaparecida, y eso a Ron le tenía con las entrañas revueltas. No sabía a quién preguntar, y la única entidad que, en efecto, podía hacer algo, le había respondido con evasivas.
Por supuesto, algo sabía sobre el incidente que había ocurrido en su casa, cuando unos hombres de capas negras habían atacado a unos desconocidos. Él se encontraba viajando en ese momento, por unos asuntos del club para el que trabajaba, cuando escuchó la noticia. El reporte de los Aurores hablaba de un fallecido en el altercado, y se habría revelado la identidad de la persona muerta, de no ser por la misteriosa desaparición del cuerpo. Ron había tragado saliva cuando supo que había una víctima fatal en el altercado, queriendo creer que aquella persona no era Hermione. Sin embargo, el hecho que nadie había podido encontrarla hasta ese momento, le tenía con los nervios retorcidos.
Para tranquilizarse, Ron escogió ir a una cafetería, la misma en la que había ocurrido otro incidente. Sin embargo, por alguna razón, el local se encontraba casi lleno. Había solamente un puesto desocupado y Ron se apresuró en tomarlo. La mesera lo atendió, notando que lucía un poco agitado.
—¿Qué se va a servir?
—Un capuchino descafeinado, por favor… y una hamburguesa de carne con queso y tomate.
Ron odiaba el capuchino, pero era el local más cercano a donde se encontraba, y no quería molestarse en usar la desaparición para acceder a una restaurante más ortodoxo para él. Además, necesitaba calmarse, y esperar por su pedido le iba a hacer bien, más que el pedido en sí.
Había pasado cinco minutos sentado frente a esa mesa, cuando un hombre tomó asiento frente a él (la mesa contenía dos sillas). Ron iba a decirle que el puesto se encontraba ocupado, pero cuando vio a quien le estaba haciendo compañía, frunció el ceño. A ese hombre no lo había visto desde cuando acabó la batalla de Hogwarts.
—Hola, Weasley —dijo Draco Malfoy, arrastrando las palabras, como siempre hacía, lo que a Ron aún no le terminaba de irritar—. Supe lo que le pasó a Granger. ¿Verdad que son inútiles los del Ministerio?
Ron arqueó una ceja.
—¿Cómo sabes que estoy buscando a Hermione?
—Por favor, Weasley, estás a un contrato de distancia de estar casado con ella. Es obvio que harías cualquier cosa por ella. —Draco hizo un pausa para evaluar a Ron. Lucía distraído, movía las manos de forma compulsiva, y aquello se hacía extensivo a sus pies—. ¿Qué pasaría si alguien te dijera que tienes una oportunidad para encontrar a Granger?
—Por supuesto que la tomaría.
—¿Aunque tuvieras que enfrentar a la muerte y a la justicia?
—He hecho cosas peligrosas antes. Eso no es nuevo para mí.
Draco se llevó una mano al bolsillo y le tendió un trozo de pergamino, dejándolo sobre la mesa. Ron lo tomó, y leyó su contenido, dilatando levemente sus ojos.
—¿La Orden del Fénix está reclutando gente? Yo creía que se había disuelto después de la caída del Innombrable.
—No me preguntes a mí —dijo Draco con una pequeña carcajada—. Esto lo encontré pegado en una tienda en el Callejón Diagon. Pero sí sé que la orden solía luchar a favor de la justicia, así que podrías empezar por ahí, si es que quieres encontrar a Granger, claro.
Ron miró a Draco con el ceño fruncido.
—¿Quieres que me convierta en un justiciero, o algo parecido?
—No seas tonto —repuso Draco, taladrando con la mirada de Ron—. Solamente quiero que te unas a gente que realmente puede hacer algo por ti, como por ejemplo, hallar a Granger.
Se hizo el silencio entre los dos, tiempo durante el cual, la orden de Ron llegó. La mesera dejó el capuchino y la hamburguesa sobre la mesa, preguntando si Draco tenía algo que pedir. Solamente pidió un emparedado de jamón con queso y agua mineral con gas, lo que no tardó en llegar. Draco dirigió una breve mirada hacia atrás, arqueando una ceja.
—Bonito trasero —dijo, y Ron no supo qué decir, por lo que Draco continuó—. Le daría por detrás. Bueno, de vuelta a lo que estábamos conversando, ¿no crees que una mínima oportunidad de encontrar a Granger es mejor que ninguna? Si yo fuese tú, lo que no me agradaría para nada, tomaría esta oportunidad.
Hubo otro silencio prolongado. Ron miraba de forma distraída a Draco, como si estuviera considerando la posibilidad de unirse a la Orden del Fénix, o estuviera analizando otro asunto que nada tenía que ver con la oferta.
—¿Y bien?
Ron probó un poco de su hamburguesa, juzgando que estaba muy bien hecha, y encaró a Draco, inclinándose un poco hacia él.
—¿Por qué vienes a mí ahora? Apareciste de la nada, en una cafetería muggle, diciéndome que hay una posibilidad de encontrar a Hermione. ¿No crees que es un poco extraño? ¿O conveniente?
—A mí me conviene que Granger desaparezca del mapa —dijo Draco en un tono lento y deliberado, siempre arrastrando las palabras—. No creas que te estoy ayudando porque me caes bien. Te estoy ayudando para mejorar mi propia imagen. La gente no ha olvidado que mis padres solían ser Mortífagos. Aunque me imagino que eso lo sabías. Tú fuiste uno de los responsables de que ellos entraran en Azkaban.
Pero Ron arqueó una ceja.
—¿Me ayudas solamente por mejorar tu imagen?
—¿Por qué otra razón lo haría? —dijo Draco, comiendo un bocado de su emparedado, arrugando un poco la cara—. Esto no sabe a jamón, ni remotamente.
—Bueno, debo admitir que es exactamente lo que harías para que la gente piense que eres un buen chico. —Ron acabó con su hamburguesa, y se arriesgó a beber un poco de su capuchino, imitando el gesto de Draco cuando le dio un mordisco a su emparedado—. Esto sabe a tierra.
—¿Qué esperabas? —dijo Draco, dando un último bocado a su emparedado, dejando el resto sobre el plato, y tomando la botella de agua mineral—. Bueno, debo irme. Necesito seguir arreglando el lío que mis padres dejaron. No voy a permitir que mi apellido siga siendo arrastrado por el fango.
Ron vio cómo Draco se ponía de pie y dejaba una generosa propina sobre la mesa. Vio cómo se acercaba a la mesera y le decía algunas palabras que no alcanzó a escuchar. Sin embargo, notó cómo ella se ponía colorada, justo antes que él saliera del local a paso normal, como si jamás estuviera coqueteando con una mesera. Ron volvió a concentrarse en su comida, pero se dio cuenta que ya no había nada más que comer… o beber. Pensando en las palabras de Draco, se puso de pie, fue a la caja a pagar su pedido, y dejó una propina moderada por la hamburguesa.
Típico de Malfoy se dijo Ron, mientras escuchaba a la mesera dialogar con sus colegas, en un tono muy emocionado, que un empresario acababa de invitarla a su mansión, y que le había dejado la propina más grande que nunca había recibido. Acaba de comprar el cuerpo de otra mujer. Todas son prostitutas para él. No sé cómo diablos siguen cayendo, con todo esto de la revolución femenina. No obstante, las preferencias personales de Draco Malfoy no eran su prioridad en ese momento.
Mientras se dirigía nuevamente al Ministerio de la Magia para volver a intentar obtener algún resultado a través de los conductos regulares, Ron pensaba en la alternativa que Draco le había ofrecido. Dudaba mucho de que la Orden del Fénix, si es que realmente se había formado otra vez, anduviera usando panfletos para reclutar gente. También estaba el por qué. Si recordaba bien, la Orden del Fénix se había formado en respuesta a los Mortífagos, cuando el mundo mágico se encontraba en peligro. Se preguntó si había alguna amenaza de la que no tuviera conocimiento, pero ninguna respuesta acudía a su cabeza. De todas formas, aquellas preguntas eran solamente de importancia académica. Lo único que le debería importar era el paradero de Hermione.
Cuando llegó al Departamento de Seguridad Mágica, pidió ver al jefe de departamento, pero su secretaria le había dicho que se encontraba en una reunión con el Ministro de la Magia, y que podría estar horas encerrado en el primer piso del edificio. Gruñendo, Ron salió del Ministerio, luciendo cada vez más agotado. Los pies se le estaban adormeciendo, y no tenía ánimos siquiera para emplear magia y llegar a su casa más rápido. Volvió a sacar el panfleto de su bolsillo, apenas atreviéndose a creer que estuviera haciéndole caso a Draco Malfoy.
Hizo lo que el panfleto le instruía, y lanzó un Patronus al aire, sintiéndose estúpido. Si se trataba de una estafa, o una broma, estaba seguro que alguien tendría un trabajo muy complicado al diferenciar su cara de su cabello. Por eso, todo su cuerpo saltó cuando un hombre joven apareció frente a él, mirándolo atentamente a los ojos.
—¿Tú enviaste ese Patronus? —preguntó. El pobre Ron tardó un poco en componerse y responder, pues era mucha la impresión ver a alguien aparecer delante de uno sin siquiera esperarlo.
—Bueno… sí.
—Mi nombre es Ian, y formo parte de la Orden del Fénix. —Al ver que Ron abría la boca, Ian se vio en la necesidad de explicarse—. Tal vez pensaste que nosotros no seguíamos activos, pero créeme, es necesario que sigamos de pie. Enviaste ese Patronus porque quieres formar parte de nuestras filas, ¿o me equivoco?
—Bueno… esto… sí. Alguien me dijo que ustedes podían conseguir cosas, como encontrar personas desaparecidas.
Ian se quedó mirando a Ron, como si lo hubiera visto en alguna otra parte. Después de un breve momento, cobró conciencia de con quién estaba hablando.
—Tú eres Ronald Weasley.
—Eh, bueno… supongo.
—¿Por casualidad estás buscando a Hermione Granger?
Los ojos de Ron se abrieron. No podía creer que Draco hubiera tenido razón al tratar de contactarse con la Orden del Fénix.
—Sí. He tratado de hacer que el Ministerio la busque, pero me tapan con burocracia.
—No me sorprende —dijo Ian, mostrando una pequeña sonrisa—. Pues te tengo una buena noticia. Bueno, en realidad, una buena y una mala noticia. Y las dos tienen que ver con Hermione Granger.
—¿Cuál es la buena?
—Ella se encuentra sana y salva en el cuartel general de la Orden del Fénix.
Ron suspiró de alivio.
—¿Y cuál es la mala?
—La mala noticia es que tendrás que pasar muchas pruebas para llegar a nuestro cuartel general.
—¿No puedo llegar y entrar?
—Por desgracia, no —dijo Ian, mirando a Ron con una extraña severidad—. Tendrás que atravesar siete templos, los que pondrán a prueba diversos aspectos de tu persona, de modo que puedas probar que eres digno de formar parte de nuestra orden.
Ron tragó saliva. No sabía por qué, pero temía que Ian le dijera algo parecido.
—¿Y por qué querría yo pasar esas pruebas, solamente para encontrar a Hermione?
Ian exhaló aire, sabiendo que lo que estaba a punto de hacer iba a generar mucha consternación en Antonius Smith.
—Porque me temo que te tengo más malas noticias.
