XXV

Habían pasado tres días desde que Harry y Hermione escucharon la conversación entre Godric, Salazar y Rowena, y esta última no había podido hablar de ello en todo ese tiempo. Harry, al tanto de lo que tenía muda a Hermione, escogió no hablarle, limitándose a comer, a pasear y a dormir. Ese día, acababa de volver del mercado local, donde había estado cotizando víveres para el viaje de retorno a Inglaterra. Había decidido que era mejor no emplear a Morro Negro para viajar, pues no era un trayecto corto, y había más riesgos de que algún muggle viera el dragón.

Cuando Harry entró a la habitación, vio a Hermione sentada a la turca sobre la cama, mirando distraídamente hacia la pared. Había estado así desde la mañana, presumiblemente perdida en pensamientos relacionados con lo que había escuchado en aquella casucha.

—Siete años en Hogwarts… sin saber la verdad sobre el colegio —dijo Hermione, por primera vez en tres días. Harry notó que tenía la voz ronca, como si sintiera la garganta áspera—. ¿Nunca te preguntaste que había detrás de las cuatro casas del colegio?

Harry no sabía qué decir a esas palabras. Él, como Hermione, también había tenido que procesar lo que había transcrito a letras. Pero ella había hecho buenas preguntas, para las cuales había malas respuestas.

—Nada de lo que escuchamos aparecía en "Historia de Hogwarts" —continuó Hermione, sin esperar por una respuesta de Harry—. Supongo que lo que dicen sobre la historia es cierto… que la escriben los ganadores.

—¿Adónde quieres llegar, Hermione?

—¿Nunca te preguntaste por qué el colegio estaba dividido en casas? —dijo Hermione, añadiendo un poco más de color a su voz, pero sin cambiar de postura—. ¿Por qué el Sombrero Seleccionador nos mandaba a una casa o a otra?

—Pues, debo reconocer que jamás me lo pregunté.

—Yo tampoco —dijo Hermione, desviando la mirada hacia los ojos verdes de Harry—. La ignorancia es una dicha, dice la gente. A veces… sólo a veces… pienso que es una maldición, saber demasiado.

Harry dilató un poco los ojos y arqueó ambas cejas.

—Guau, Hermione. Esas palabras, dichas por ti, dicen demasiado.

—¿Sabes, Harry? Me cuesta mucho ser objetiva con esto. Y el hecho que haya sido la voz de una mujer la que fue silenciada, lo hace todo mucho peor. Es como si… como si las mujeres no tuviéramos derecho a tener buenas ideas.

Harry no dijo nada, por temor a meter la pata. Hermione, en los años que habían pasado después de la caída de Voldemort, había cobrado conciencia de que las mujeres jamás habían tenido un papel preponderante en la sociedad mágica. Había muy pocas mujeres ocupando cargos altos en el Ministerio y, desde luego, había una cantidad mínima de mujeres entre las filas de los Aurores, quienes, tradicionalmente, casi siempre resultaban ser hombres. Pero Hermione, en esos años, sabía que no era una simple tradición. El Ministerio, de forma deliberada, impedía que más mujeres trabajaran como Aurores, apelando a sus debilidades inherentes a su género. Aquella era una de las cosas que el ministro interino Shacklebolt había tratado de cambiar, pero sus políticas de equidad de género fueron desestimadas en cuanto el nuevo Ministro asumió su cargo (2). Desde ese momento, el movimiento feminista había crecido como la espuma, manifestando diversas proclamas sobre la mentada equidad de género, entre las cuales había muchas demandas relacionadas con el funcionar del Ministerio de la Magia.

—Jamás imaginé que la idea de las cuatro casas fuese una idea masculina —continuó Hermione, abandonando de a poco su postura y poniéndose de pie—. Pero, después de pensarlo un poco, todo tiene sentido. Los hombres tienden a categorizar, dividir y organizar todo, porque ellos funcionan así. Las mujeres somos más criaturas de unión y cooperación. Por desgracia, muchos hombres ven esa cualidad de nosotras como un defecto, pues atenta contra sus propias ideas de orden. Al hombre le cuesta menos trabajo contar cuántos blancos y negros hay en una población cuando están debidamente organizados. Trata de hacer que un hombre haga lo mismo cuando esa misma población se encuentra desordenada.

—¿Y cuál es tu punto?

—Mi punto, Harry, es que, de no ser por Salazar Slytherin, Hogwarts no estaría dividida en casas, todos habrían tenido las mismas oportunidades de ser un mago, y, desde luego, no existiría esa estúpida creencia de que los sangre pura son la flor y nata de la sociedad mágica. Nada de Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw o Slytherin. Habríamos sido, simplemente, alumnos de Hogwarts.

Harry entendió, al fin, el punto de Hermione, pero juzgó que ella estaba siendo demasiado optimista. No importaba realmente si el colegio no estuviera dividido desde el comienzo. Mientras Salazar Slytherin enseñara magia en el colegio, siempre habría quienes serían seducidos por sus artes. Voldemort seguiría siendo una realidad. No obstante, decidió no mencionar nada de eso a Hermione, pues sabía que estaría condenándose a sí mismo a tener un largo debate con su mejor amiga, lo que no era, bajo ningún motivo, un pasatiempo estimulante. En lugar de eso, le platicó sobre el propósito para el que había salido al pueblo.

—Encontré un lugar donde comprar caballos y víveres —dijo, sentándose sobre su propia cama para quitarse la ropa y bañarse—. Mañana te indico dónde. Ahora, necesito mojarme la piel. ¿Podrías mirar para otro lado, Hermione?

—Bah, por favor, Harry. No tienes nada que no haya visto antes. Recuerda que trabajaba como sanadora. Veo gente en pelotas todo el tiempo.

Harry gruñó por toda respuesta. Mientras se quitaba la ropa, se preguntó por qué Hermione se tomaba con tanta liviandad el asunto de la intimidad, sobre todo con él. No le daba ningún pudor que él la viera desnuda, y él sabía que las mujeres podían ser bastante insistentes con su privacidad. ¿Querría ella marcar diferencia con otras personas de su propio género? Desechó la idea. Hermione no era de esas mujeres que andaba mirando por encima de sus hombros a ver que hacían las demás personas. Pero entonces, si no se trataba de eso, ¿qué podría ser? Tal vez se sentía en confianza con él. Después de todo, eran amigos, y unos muy cercanos. Incluso conocía casos de amigos que eran capaces de tener sexo entre ellos sin ninguna contemplación, diciendo que su amistad era mucho más cercana después del acto. Harry bufó. Dudaba mucho que Hermione lo viera de ese modo.

Después que Harry acabó con su baño, fue el turno de Hermione. Mientras Harry se recostaba sobre su cama, pensaba en que era perfectamente plausible que ella se encerrara en el baño para quitarse la ropa y bañarse. Después de todo, era lo que hacían las mujeres cada vez que debían compartir la misma habitación con un hombre. La intimidad era, por lo general, sagrada para las mujeres. ¿Por qué Hermione no se comportaba como la mayoría? ¿Acaso no tenía miedo mostrar su cuerpo? ¿Tan poco atractiva se encontraba como para actuar de ese modo?

Harry, por primera vez en lo que iba de aquella excursión en el tiempo, se atrevió a mirar a Hermione en cueros, justo cuando ella se quitaba la última prenda de ropa. Le sorprendió que ella se considerara poco atractiva, pues, por lo menos, todo estaba en su lugar, y en las proporciones adecuadas. Aquella no era la definición, ni por asomo, de "poco atractiva".

—¿Y bien? —preguntó Hermione, como desafiando a Harry—. ¿Qué opinas? No tengas miedo de decir lo que piensas. No me voy a poner a llorar porque luzco como un ogro de montaña.

—Hermione, no luces como un ogro de montaña —repuso Harry, hastiado—. ¿Contenta?

Ella no dijo nada. Solamente dio media vuelta y entró en el baño, cerrando la puerta. Harry miró al techo, más interesado en la conversación que había tenido hace un rato atrás, sobre Salazar y Godric confabulando para que Rowena cambiara sus ideas sobre Hogwarts. Harry había leído lo suficiente sobre la época en la que se encontraba en ese momento para no esperar aquella maniobra. De hecho, el movimiento feminista era algo reciente, pues, antes de la Segunda Guerra, la aristocracia mágica, tradicionalmente machista, reinaba a sus anchas en la sociedad, y el Ministerio comúnmente hacía la vista gorda, pues esta misma aristocracia mágica realizaba obras de caridad, o supuestamente de caridad, lo que hacía que la sociedad los viera con buenos ojos, pese a sus ideologías. Sin embargo, después de la caída de Voldemort, el mundo mágico vio que esos mismos aristócratas, o al menos un buen número de ellos, habían sido sus fieles seguidores. Muchos mitos se derrumbaron por su propio peso, y la aristocracia perdió mucha influencia y, mucho más poder político. No obstante, había unos pocos que seguían manteniendo las viejas costumbres, y lo que era peor, eran hombres que aún ejercían considerable poder político, pues ocupaban cargos altos en el Ministerio, y, dado que éste era un gobierno autocrático, era muy difícil destituirlos de sus puestos sin largos y engorrosos procesos legales.

Harry sabía lo que una ideología podía hacerle al mundo, si se creía lo suficiente en ella. Lo había visto en Voldemort, quien tuvo los redaños de mutilar su propia alma para escapar a la muerte y llevar a cabo sus planes. No obstante, después de aquella excursión a la casucha de Rowena Ravenclaw, se dio cuenta que, al menos dos los fundadores de Hogwarts, se habían comportado del mismo modo, cegados por una ideología, pues asumía que la llevaban creyendo todas sus vidas.

Tan obcecado se encontraba divagando, que no se dio cuenta que Hermione ya había salido del baño. De hecho, se estaba acostando, con su pijama ya puesto.

—¿Te sientes más tranquila?

—Bueno, todavía me molesta que Godric Gryffindor sea un machista de marca mayor, pero, por lo menos, ya no me va a quitar el sueño. Por cierto, ¿guardaste todas las notas? No quiero que se nos pierda nada en este tiempo.

—Tengo todo empacado para mañana. Incluyendo nuestras notas. El señor Blackwood estará complacido de que hicimos un buen trabajo, y sin dejar rastro, lo que es mejor.

—Lo hicimos lo mejor que pudimos —dijo Hermione, quien aún se notaba un poco inquieta—, pero… no sé… me siento como su hubiéramos olvidado algo importante. Tal vez no sea nada, tal vez lo sea, pero me preocuparé de eso mañana. Tenemos todo un viaje para recordar qué es.

—Pues yo estoy seguro que hicimos todo correctamente —la tranquilizó Harry, componiendo una pequeña sonrisa—, bueno, todo a excepción de esa caída desde el dragón.

—Tuviste suerte de que no nos matáramos

—¡Oye! Sí hice el encantamiento de viento.

—Pero lo hiciste mal —dijo Hermione, mirando a Harry con reprobación—. Te faltó hacer una floritura más amplia.

—Bah, cállate —le dijo Harry, en un tono de broma, por supuesto, mientras se daba vuelta y empleaba su varita para apagar los candelabros—. Típico de ti, siempre corrigiendo a los demás.

Hermione también se dio media vuelta, acomodando las sábanas sobre ella.

—Es mi trabajo —dijo, con un poco de orgullo en su voz.

Harry gruñó. Mujeres. Siempre queriendo tener la última palabra.


(2) No me gusta la palabra "igualdad" de género, pues da la impresión de querer que las mujeres deben ser iguales a los hombres, comportarse como ellos y tener la vida de ellos. Pienso que "equidad" es la palabra más adecuada, pues refuerza la idea de que las mujeres tengan las suficientes oportunidades para lograr lo mismo que los hombres. La equidad busca ayudar solamente a las personas que lo necesiten para lograr lo mismo que la gente que no necesita ayuda, mientras que la igualdad es ayudar a todos por igual y en la misma medida, sin importar si realmente necesita ayuda o no.