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LenaLuthor, lánzame la primera pelota del partido de los Cubs

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VACÍA

Ya tengo un archivo de diez centímetros de grosor de Lena Luthor, pero ninguna llamada de su relaciones públicas.

Hoy también es imposible hacer planes con mi madre.

Se suponía que iba a quedar con ella para mostrar nuestro apoyo a la campaña «Acabemos con la violencia» de nuestra comunidad, pero me llama para decirme que no puede ir. Su jefe le ha pedido que cubra a un compañero.

—Lo siento, cariño. ¿Por qué no le pides a una de las chicas que te acompañe?

—No te preocupes, mamá, lo haré. Acuérdate de la insulina, ¿vale?

Sé que lo hace, pero no puedo evitar mencionarlo cada vez que hablamos por teléfono. Así de obsesionada estoy con ella.

De hecho, me preocupo tanto por mi madre que a Nia y a Maggie les preocupa que caiga enferma. Mi deseo es tener un buen colchón de ahorros para hacerme cargo de su seguro y cerciorarme de que tiene un buen hogar, comida sana y buenos cuidados. Quiero darle a mi madre todo lo que ella me ha dado para que pueda jubilarse y dedicarse por fin a su verdadera pasión.

Todo el mundo se merece hacer lo que ama.

Su amor por mí y el deseo de proporcionarme todo lo que podía la había frenado. Quiero que me vaya lo bastante bien como para que ella pueda seguir sus sueños.

Este artículo para desenmascarar a Lena podría llevar a muchas más oportunidades, una puerta se abre a una plétora de otras nuevas.

Estoy haciendo clic en los enlaces de Lena Luthor como una loca cuando Nia sale por fin de su dormitorio con el atuendo más cómodo que tiene.

—Te dije que tiene que ser algo que no te importe que se manche de pintura —le recuerdo—. ¿Esos no son tus vaqueros favoritos?

—Oh, joder, ¡es verdad! ¿Por qué me he olvidado de ello cuando he abierto el armario y los he visto? —Vuelve a su habitación dando pisotones.

Una hora antes del mediodía, en una esquina del parque cerca de las canchas de baloncesto, Nia y yo, junto con lo que parecen ser unas pocas decenas de personas, por fin nos reunimos con ganas de pintar con las manos un lienzo del tamaño de la pared.

—Todos hemos perdido a alguien en esta lucha. A seres queridos, al tendero, a un amigo… —dice uno de los organizadores.

Yo tenía dos meses cuando perdí a mi padre. Lo único que sé es lo que me contó mi madre: que era un hombre ambicioso, trabajador y con grandes sueños. Le prometió que nunca tendría que trabajar… Estaba obsesionado con darnos una vida ideal. No lo pedimos, pero eso a él no le importó.

Y una sola pistola bastó para que nada de eso ocurriera.

No llegué a tener un solo recuerdo de sus ojos, azules, supuestamente como los míos. Nunca oí su voz. Nunca supe si, por las mañanas, era un gruñón, como el padre de Nia, o dulce, como el de Maggie. Recuerdo que los vecinos nos trajeron tarta durante años cuando era pequeña. Recuerdo que sus hijas venían a jugar conmigo. Recuerdo que jugaba también con los niños de otras personas, que mi madre me llevaba a jugar con otros niños que habían perdido a alguien de forma violenta.

Ahora, veintitrés años después de que mi padre muriera, cada vez que algo malo sucede, me gustaría detenerlo, y no quiero olvidar nunca lo que se siente al desearlo.

Nos han criticado por nuestros métodos para reclamar una ciudad más segura; algunos dicen que somos demasiado pasivos, otros que no tiene sentido, pero creo que hasta las voces más tranquilas merecen ser escuchadas. Vierto algo más de un centímetro de pintura roja en la bandeja de plástico grande, de acuerdo con las instrucciones de los organizadores, y coloco la mano en la superficie. La pintura, roja y espesa, se extiende hasta las puntas de los dedos.

—Vamos a colocar las manos en este gran mural como símbolo para detener la violencia en las calles, en nuestras comunidades, en nuestra ciudad y en nuestros barrios —continúa el organizador.

Me suena el teléfono, en el bolsillo izquierdo trasero.

—Está bien, ahora —grita la mujer.

A la de tres —¡uno, dos y tres!—, coloco la mano en la pared, mientras Nia hace lo mismo con la mano, roja como la mía y un poco más grande.

Una vez que todos hemos dejado nuestras huellas, nos dirigimos a las fuentes de agua para limpiarnos. Nia se inclina sobre mi hombro y yo grito e intento echarme hacia atrás.

—¡Ehhh, me estás manchando de pintura! —exclamo entre risas mientras me seco las manos y doy un paso a un lado para dejar que se limpie. Mientras se quita la pintura, saco de un tirón el teléfono.

Y me empiezan a temblar las piernas porque me han contestado.

Aprovecho de comentar los capitulo no todos los largos, alguno son tan cortos como este. Recuerden que la historia no me pertenece ni los personajes, la traducción es mía y quien esta leyendo ante que publique es Harpohe ayudándome con el ship.

Saludos desde Chile 02-12-2019