Lena Luthor:
Señorita Danvers, soy Dean, el coordinador de prensa del señor Luthor.
Hoy tenemos un hueco de diez minutos a las 12.00.
Ahora me llega la notificación, hoy, sábado, a las 11.18.
—¡Joder, lo he conseguido! —le digo a Nia mientras le enseño el mensaje. Pero en vez de chocarme la mano por haberlo logrado y ser la mejor, me mira el mono de forma deliberada.
—Oh, no —gimo. ¡No puedo ir a verla así!
—Está bien, ponte mi cinturón.
—Dios mío, ¿en serio? ¡Estoy ridícula! Me lo pasa por la cintura y lo ciñe.
—Kara, céntrate. Por aquí no hay ninguna tienda, no tienes tiempo de cambiarte.
Nos miramos con pánico en los ojos y luego examinamos mi ropa. Llevo un mono vaquero con una camiseta de tirantes debajo y un cinturón rojo, además de manchas de pintura aquí y allá.
—¡Parezco una puta que tiene que hacer la colada!
—Tienes pintura en la mejilla —dice Nia con una mueca.
Gimo y le susurro al universo: «La próxima vez que hagas uno de mis sueños realidad, ¿puedo ir vestida para la ocasión?».
Como si me leyera la mente, Nia intenta animarme.
—Vamos, el hábito no hace al monje. Oye, al menos no vas desnuda.
He intentado peinarme de distintas formas, pero no, mi apariencia apenas mejora. Siento un profundo odio por toda esta situación mientras voy en la parte trasera del taxi, sentada de lado porque sospecho que, cuando Nia se lavó las manos después de mí, me manchó de pintura la espalda. Hace tan solo unos segundos he notado que se me pegaba al respaldo del asiento del taxi y ahora desprecio tanto esta situación que me duele la tripa. Le pido al taxista que baje el retrovisor del lado del pasajero para mirarme la cara.
—Dios mío —suspiro.
Ahí estoy yo, con el cabello rubio y largo recogido en unas coletas despeinadas y una mancha de pintura en un lado del cuello, tan marcada como la sangre contra la piel pálida.
—Dios mío —gimo.
¿Esta es la mujer que el famoso Lena Luthor va a ver?
Y, si en la parte de atrás del taxi creía que de verdad aborrecía esta situación, no tenía ni idea de que la odiaría mucho más cuando llegase al edificio corporativo de L4.
Se erige con sus elegantes ventanas de efecto espejo tan alto como la torre Sears (ahora se supone que se llama Willis, pero que le den a ese nombre). En el vestíbulo, el suelo de granito y mármol se extiende bajo mis pies de un extremo a otro. Las estructuras de acero sostienen una escalera de cristal que lleva al vestíbulo de la segunda planta, mientras los ascensores transparentes suben y bajan.
La sede de L4 es tan atrevida como una discoteca, pero tan silenciosa como un museo. Me siento como una mensajera que ha olvidado el paquete mientras atravieso las puertas giratorias y me dirijo a recepción.
Joder, esto no es nada bueno. Todos los que están en el vestíbulo me están mirando.
No puedo hacerlo, no puedo hacerlo, no puedo hacerlo.
¡Danvers! Céntrate. SÍ. Tú puedes.
Levanto la barbilla y me acerco con orgullo a la recepcionista.
—Soy Kara Danvers, tengo una cita con Lena Luthor.
Me observa en silencio. Comprueba mi documento de identidad. Frunce un poco el ceño.
Mido un metro setenta, no se puede decir que sea baja, pero me siento cada vez más pequeña. Estoy encogiendo aquí mismo, mientras espero. Humillada en silencio.
—Diríjase a la última planta —dice al tiempo que observa mis Converse. Joder.
Me dirijo al ascensor con todo el orgullo que puedo reunir.
El ascensor sube hasta la última planta y deja a mis acompañantes (todos vestidos con elegantes trajes de ejecutivo blancos y negros) por el camino hasta que solo quedo yo. El nudo de nervios que cada vez se hace más intenso. Apuesto a que a Victoria no la encontrarían muerta con este atuendo. Ni, aunque le hubieran pagado por ello.
Pero Victoria no está aquí, Kara. Estás tú. El ascensor se abre y salgo.
Hay cuatro escritorios, dos a la derecha, dos a la izquierda, unas enormes puertas de cristal esmerilado que llevan a… su guarida. Sé que es la suya por la impresión que dan las puertas esmeriladas de una fortaleza de cristal que es audaz, al mismo tiempo, extrañamente discreta. Refleja que es accesible a la vez que está completamente fuera del alcance del mundo.
Una mujer se acerca a un escritorio y me hace gestos para que tome asiento en una sección a la izquierda.
Le doy las gracias en voz baja y me siento en el borde de una silla durante unos minutos mientras observo a sus cuatro asistentas, todas elegantes y atractivas a su modo, hablar por teléfono sin parar. Trabajan en una absoluta y perfecta sincronización.
Se abre un ascensor, la visión de una mujer alta y llamativa despierta en mí una conciencia de femineidad pura cuando sale del ascensor seguido por un séquito de hombres de negocios. Delgada, cabello negro azabache, traje de marca, blusa blanca como la nieve y unos andares para comerse el universo. Coge la carpeta que le extiende uno de los hombres, tras emitir algún tipo de orden que dispersa a sus seguidores a la velocidad de la luz, carga hacia adelante con decisión. Pasa a mi lado con la fuerza latente de un huracán y desaparece en la cueva de cristal. Me deja aturdida y absorbiendo de forma frenética el último atisbo del cabello oscuro, su espalda y el movimiento de caderas y el culo masculino más sexy que he visto en Chicago.
Por un instante, siento que el mundo se ha movido más rápido, que, de algún modo, han transcurrido diez segundos en el espacio de uno; el segundo en el que esta mujer pasó junto a mí como un rayo.
Una de sus asistentes se pone en pie y se dirige al despacho de cristal en el que se ha adentrado, mientras las otras tres observan la puerta como si desearan que el rayo hubiera caído un poco más cerca de casa.
Y entonces me alcanza.
La tormenta era Lena Luthor. Sí, el huracán era Luthor.
Siento un pinchazo de terror.
Me miro las zapatillas deportivas. Y sí. Siguen siendo zapatillas deportivas. Uf.
Noto que la asistente ha dejado la puerta ligeramente entreabierta y no puedo evitar inclinarme hacia delante y esforzarme por escuchar sus susurros.
—Su cita de las doce está aquí. Tiene diez minutos.
No logro escuchar la respuesta con los nerviosos latidos de mi corazón.
—Oh, y señora Luthor, esta… periodista… va vestida de una forma poco convencional.
Dios, sigo sin escuchar.
—De CatCo, una revista de poca tirada. Dean pensó que es importante que utilicemos todos los puntos de venta que podamos para impulsar el nuevo Facebook.
Se me pone la carne de gallina cuando oigo una voz de Lena, baja e insoportablemente profunda, murmurar algo ininteligible.
—Kara Danvers —responde la asistente.
Siento escalofríos cuando el indiscernible pero profundo sonido de su voz me vuelve a alcanzar. Los escalofríos me recorren de la cabeza a los pies.
Nunca me había sentido así, ni siquiera cuando me he estado congelando el culo fuera. ¿Serán los nervios?
—Sí, señora Luthor… —dice por fin la asistente.
Sale no logra ocultar sus nervios. Mierda yo soy la siguiente. Parece que me han arrojado a una licuadora con una lata de pintura y que soy el resultado de ese divertido experimento.
Me llama desde la puerta.
—La señora Luthor está muy ocupada hoy. Disfruta de tus diez minutos — dice la mujer, y abre la puerta.
Intento contestar, pero estoy tan nerviosa que solo me sale un leve graznido al pronunciar «gracias» mientras atravieso la puerta. Hay tableros de cotizaciones en decenas de pantallas distintas dispuestas en una pared. No tiene plantas vivas, nada excepto dispositivos tecnológicos y un suelo de piedra natural y mucho espacio, como si esta mujer lo necesitara.
Las ventanas ofrecen vistas a la ciudad de Chicago, pero no puedo contemplarlas mucho tiempo porque lo veo a ella (en silencio, con la intensidad de una tormenta, vestida de Armani), que se dirige hacia mí con la fuerza de un huracán, casi como si fuera de otro mundo.
Guau. Guau a cada parte de ella. El rostro, la presencia, los hombros, los ojos… Unos ojos brillantes, vivos, de un color verde profundo, como ríos en movimiento, pero no faltan los pequeños fragmentos de hielo brillante en su interior, que casi me gritan que los caliente.
—Señorita Danvers.
Extiende la mano y, cuando deslizo los dedos por su cálido agarre, me doy cuenta de que no puedo respirar.
Asiento con la cabeza, trago saliva y esbozo una estúpida sonrisa mientras libero la mano y la observo con creciente admiración.
Se sienta en la silla, inclinado hacia atrás de forma cómoda, con una postura aparentemente informal, pero noto la energía que bulle desde su ser.
—Señora Luthor —murmuro por fin, más consciente que nunca de mi atuendo y de lo fuera de lugar que debo de parecer en medio de tan refinado lujo.
Ella también me observa, un tanto desconcertada y en silencio. Apuesto a que soy la única mujer que ha visto con un mono y unas zapatillas deportivas. Apuesto a que todo el mundo se pone lo mejor que tiene cuando viene a verla.
Mierda.
Echa un vistazo al reloj y me sobresalta cuando habla.
—El tiempo pasa, señorita Danvers, así que será mejor que empiece ya.
—Me señala una silla que hay enfrente del escritorio y… ¿Puedo simplemente decir que su voz es toda una experiencia?
Su presencia es toda una experiencia. No me extraña que la gente hable de ello por internet (joder, como si hubiera alguien que no quisiera saberlo).
Su cara es perfecta, cualquiera diría que fue tallada por los mismos dioses. Sus labios son sensuales, un tanto curvos en las comisuras. El tipo de labios que Nia llama «comestibles».
—Gracias por aceptar la cita, señora Luthor —digo.
—Luthor está bien. —Se inclina hacia atrás en su silla.
Me da un subidón de adrenalina y al final no me queda otra opción que intentar sentarme en la silla que me ha indicado y centrar todos mis esfuerzos en mis movimientos. Intento no reclinarme para evitar manchar el tejido; un poco rígida, echo un vistazo a las preguntas que he escrito en el teléfono de camino aquí.
—Mi principal interés es, por supuesto, su nueva red social, la primera que realmente compite contra Facebook…
No puedo evitar notar que le distrae mi ropa cuando estoy sentada delante de ella. Siento su mirada, me observa. ¿Le disgusta mi atuendo? Noto sus sensuales ojos puestos en mí y estoy a punto de retorcerme.
Se mueve en la silla y se pasa la mano por la cara. ¿Está escondiendo una sonrisa? Dios mío, ¿se le mueve un poco el pecho? ¡Se está riendo de mi ropa! Porque estoy tan tiesa como un maniquí, nerviosa y preguntándome sin parar si tengo pintura o no.
—Como ya sabe… —Me obligo a continuar, pero por Dios, estoy mortificada—…, los inversores no son los únicos que se han preguntado si permanecerá en manos privadas…
Me detengo cuando se pone de pie y se dirige al fondo del despacho. Camina como solo lo hacen las mujeres seguras de sí mismas. Es inquietante cuando se dirige hacia mí, extendiendo lo que parece ser una blusa limpia.
—Tome, póngase esto.
Santo cielo, ¿es su blusa?
—Oh, no.
Sus ojos están cerquísima, observándome con una curiosidad que no había advertido antes.
—Insisto —añade con un atisbo de sonrisa. Se me acelera el corazón.
—No, de verdad —protesto, negando con la cabeza.
—Estará más cómoda. —Me hace un gesto y me entran escalofríos. Ella se limita a sonreír y me guiña un ojo.
Me pongo de pie para tomar la blusa, desabrocho los botones con dedos temblorosos, luego, meto los brazos en las mangas. Empiezo a abotonarme la blusa mientras ella vuelve al escritorio, esta vez caminando despacio, casi como un depredador… porque no aparta la mirada de mí mientras se da la vuelta.
Cuanto más rápido intento mover los dedos, más inútiles parecen. La blusa me llega hasta los muslos, una blusa que la ha tocado, a ella, su pecho, su piel, y de repente no puedo dejar de estar atenta a lo que hace; la mujer más codiciada de Chicago se sienta lentamente en su silla.
—Está bien —anuncio.
Pero no está bien. Nada va bien ahora mismo.
Me sonrojo hasta la punta de las orejas y le brillan los ojos sin piedad, como si lo supiera.
—Le queda mejor que a mí —me asegura.
—Me está tomando el pelo, señora Luthor —digo en voz baja, y tomo asiento de nuevo. La blusa huele a jabón. Me queda grande de busto. Dios. Noto que me flaquean las rodillas. No me podría sentir más vulnerable, aunque estuviera desnuda frente a ella. —Está bien, así que ahora que ha logrado vestirme de forma más apropiada… —le digo entre risas, luego, me riño por haber hablado con tanta familiaridad.
Empieza con las preguntas, Kara. Y, ya de paso, empieza también a ser objetiva.
Le suena el móvil. Lo ignora y me doy cuenta de que está sonriendo por mi comentario. Tiene los labios curvados de forma seductora y sus dientes, perfectamente parejos y blancos, contrastan con su bronceado.
Qué. Sonrisa. Oh.
De pronto, siento un nudo en el estómago.
—¿Quiere responder?
—No —contesta sin rodeos—. Siga. Es su turno.
Vuelve a sonar. Echa un vistazo a la pantalla y entrecierra los ojos.
—Por favor, adelante —lo animo.
De verdad que necesito que mire para otro lado por un segundo.
¿Qué está pasando en mi vida?
¡Llevo su camisa! Al fin murmura:
—Discúlpeme. —Atiende la llamada y gira la silla un poco mientras escucha por el altavoz.
Suelto aire mientras vuelvo a repasar las preguntas del teléfono y levanto la mirada para observar su perfil mientras escucha con atención. Solo con estar ahí sentada, sin hacer nada, excepto responder una llamada, absorbe todo el oxígeno de la habitación. Exuda clase, dinero, sofisticación y todo tipo de cosas verdaderamente poderosas.
Dicen que una vez saltó desde lo alto de su edificio de oficinas.
Lo han llamado atrevido y audaz tanto en los negocios como fuera de estos.
No me creí nada de lo que leí anoche.
Ahora ya no estoy segura de que todo sea mentira. Hay mucha energía bajo ese traje de negocios.
Lleva la ropa como si fuera una segunda piel (maldita sea, como si a veces durmiera con ella). Por debajo de la camisa blanca, atisbo el impresionante busto que tiene. Ninguna de las fotos que vi en la red capturaba con veracidad el efecto de ese rostro bronceado y bien definido en persona. Ninguna, en absoluto. Es guapísima y no voy a detenerme en su cuerpo, pero ahora entiendo por qué su cama es el lugar más codiciado de la ciudad.
Cuelga y vuelve a sentarse. Nos observamos un momento.
—¿Le gustaría proceder ya, señorita Danvers? —me insta, haciendo señas a mi teléfono.
—Le divierto —espeto.
Arquea una ceja y parece darle un par de vueltas a la pregunta en su cabeza, con las manos cruzadas delante de ella.
—Me intriga, sí. ¿Pinta?
—He estado en un parque del barrio esta mañana. Los miembros de mi comunidad nos reunimos de vez en cuando. Intentamos actuar contra la violencia callejera, las peleas entre pandillas y la venta de droga en general.
—¿Ahora? —pregunta sin inflexión.
No estoy segura de si de verdad está intrigada o solo ha decidido que no desea que lo entreviste después de todo. Al recordar mis preguntas y lo mucho que necesito recabar la mayor información posible, abro la boca para intentar pillar su lado bueno (¿tal vez necesite un poco de adulación?), pero una de sus asistentes nos interrumpe.
—Señor Luthor, llamada desde China —dice asomada por la puerta—. Y el coche está listo.
Se levanta de la silla y se le contraen los músculos bajo la blusa mientras maniobra para ponerse la chaqueta negra almidonada. Coge la gorra de los Chicago Cubs que descansa a un lado del escritorio, mientras la observa, se le contrae un músculo de la mandíbula, como si de repente estuviera irritada por algo.
No quiero abusar de su tiempo, así que me obligo a ponerme en pie. Ella levanta la cabeza y me lanza una última y breve mirada.
—Ha sido interesante, Kara —añade.
Una horrible sensación de pérdida se apodera de mí y se acrecienta con el sonido de sus pasos seguros y firmes mientras se dirige a la puerta. Oh, Dios,
¿eso es todo?
—Señora Luthor, ¿podría verlo de nuevo…? —comienzo.
Ya está en el umbral de las puertas abiertas. Su asistenta le entrega un par de pósits amarillos y ella inclina la oscura cabeza mientras los coge deprisa. Cuando otra de sus asistentes se dispone a llamar a uno de los ascensores, uno de sus empleados le lanza una pelota.
Una pelota de béisbol. Por supuesto. O se la van a firmar los jugadores hoy o va a hacer un lanzamiento en el Wrigley Field.
Echo un vistazo a las asistentes. Dos están escribiendo algo. Una espera junto al ascensor. Y la que siempre está rondándola está… rondándola. Todos los ojos están puestos en ella cuando entra en el ascensor. Parece que nadie respira hasta que se va, ni siquiera yo.
Cuando el ascensor se cierra, las asistentes regresan a sus escritorios.
Aparte de mí, nunca he conocido a gente más ansiosa por volver al trabajo.
Sonrío mientras me acerco a la que me ha dejado pasar al despacho. En su placa pone CATHERINE H. ULYSSES.
—Deja huella, ¿verdad? —comento. ¿Se acuesta con alguna de vosotras? Eso es lo que de verdad quiero saber.
Frunce un poco el ceño. ¿Protectora?
—¿Puedo ayudarla?
—Sí, me gustaría saber si hay posibilidades de conseguir otra cita con la señora Luthor. No hemos podido hablar del tema en el que estoy interesada. Me encantaría que me concediera por lo menos una hora con ella, incluso dos, si no es mucho pedir.
Me dice que me mantendrá informada y las cuatro observan la blusa que llevo puesta, pero ninguna parece contenta. Suspiro.
Sus asistentes me odian y es probable que ella me prohíba entrar a L4 de por vida.
Estoy tan decepcionada cuando me monto en el taxi de vuelta al apartamento que reproduzco la escena una y otra vez, tratando de encontrar algo que pueda utilizar. Me cuesta deshacerme de la vergüenza que sentí al principio para ahondar en la esencia de la reunión.
Anoto lo que recuerdo:
Puntual
Respetado por su personal - ¿Buen jefe?
Hasta cuando estaba sentada, parecía que tenía algo en mente (¿En qué piensa? ¿Fusiones?)
Su mirada es… la más profunda que he visto (¿Indica que puede leer a la gente?)
Me ha dado su blusa
Miro la blusa, estudio los botones y la solapa. Que me la haya dado ha sido un gesto inesperado. Inesperado. Sí, así es ella. Frío y sereno, contiene su estimulante energía huracanada, esconde algo profundo e interesante en su interior.
Me remango hasta los codos y anoto lo anterior. A veces, mis historias empiezan con una lista de palabras. Esta vez la lista solo está compuesta por cinco cosas. ¿Esto es lo que he sacado de la reunión? Cinco cosas con una evidencia muy poco concreta para respaldarlas y un extraño nudo en el estómago. Y su increíble blusa de exquisito olor.
—¿Qué hace aquí una blusa que vale 10 veces más que nuestro alquiler? —protesta Nia cuando llega del trabajo.
—Se avergonzó de mí y me dio su blusa.
Estoy sentada frente a la pantalla en blanco del ordenador y no estoy nada contenta. Normalmente me encantan las pantallas en blanco del ordenador, son como mi patio de recreo, pero estar en uno con un único tema y sin información con la que jugar me cabrea. Tengo una bolsa de pretzels de yogur del Whole Foods justo a mi lado y ni eso me levanta la moral.
—¿Te cubrió en vez de decirte que te quitaras el mono? ¿Qué tipo de cabrona es esa?
—¡Nia! Estábamos en su oficina. Tiene una buena ética de trabajo. Está claro que no mezcla los negocios con el placer.
Nia se acerca para quitarme unos pretzels de yogur.
—Luthor vive por y para el placer, es la puta ama del placer… ¿Qué pasa? ¿Por qué frunces el ceño?
Gimo, coloco el portátil a un lado y me tiro sobre la cama.
—Tengo que devolver la camisa y la mancha que tiene por dentro gracias a tu maldita huella no va a salir.
—¿Por qué tendrías que devolverla?
—¡Por qué! Nunca he… Ya sabes. No acepto regalos de chicos ni de nadie. Me hace sentir incómoda.
—No tuviste un padre que te hiciera regalos, ni un hermano, ni siquiera un novio. Aun así, tienes que aceptar las cosas cuando puedas, porque no es tan frecuente encontrar a alguien que haga regalos.
—No voy a quedarme la blusa. ¿Qué diría eso de mí? —Niego con la cabeza y chasqueo la lengua.
Nia engulle otro pretzel y se descalza.
—Es multimillonaria, seguro que tiene una decena más todavía con la etiqueta. ¿Tenías pensado dejarte caer por allí y dársela? ¿Tienes una tarjeta permanente para acceder a L4 o qué?
—No —admito y extiendo el brazo por el escritorio para coger el teléfono y conectarme a internet para que vea por sí misma el mensaje que me ha mandado.
Lena Luthor
Señorita Danvers, soy Dean de nuevo. La señora Luthor puede verla el lunes. Si no le importa que realicemos la entrevista entre algunas de sus otras obligaciones, está dispuesto a verla a las 15.00.
—¡Kara ! —exclama, y me golpea el brazo—. ¡Ve, chica!
Sonrío en silencio y vuelvo a mirar la blusa colgada en la puerta de mi dormitorio.
Dicen que cuando deseas algo, si te visualizas obteniéndolo, se materializará. Bueno, esta es la primera vez en la vida que he deseado algo tanto, probarme a mí misma tanto, que al fin mi sueño empieza a cobrar forma. Me ha ofrecido otra entrevista. Tiene otras obligaciones, pero volverá a verme. A pesar del fiasco de la primera reunión. Es tan perfecta que no puedo evitar que me inunde una nueva oleada de vértigo hasta que por fin son las 15.00 del esperado lunes.
