XXVII
Harry y Hermione llevaban varios días de cabalgata, y en ese momento, se encontraban a medio camino entre el poblado del que habían partido y el anfiteatro donde habían aparecido en ese tiempo. No obstante, ya era tarde, y no había aldeas cerca, por lo que decidieron acampar a la vera del camino, tejiendo los encantamientos defensivos usuales, y para cuando la noche hubo caído, Hermione se hallaba cociendo papas en la cacerola, mientras que Harry vigilaba la carne que se asaba al fuego de una fogata.
—Oye, Harry.
—Dime.
—¿Es cierto que ya no tienes tantas ganas de casarte con Ginny?
Harry suspiró en señal de fastidio. Era la enésima vez que ella le preguntaba lo mismo, y ya le causaba molestia tener que dar siempre la misma respuesta.
—¿Y por qué te interesa tanto el tema?
—Es que… bueno… debes admitir que es extraño. Antes de que desaparecieras, no hablabas de otra cosa que no fuese la boda. Ahora, te veo apático. Sé que ya me has dado tus razones, pero, no sé, Harry, me da la impresión que no estás siendo completamente honesto conmigo.
—¿De qué demonios hablas? Te dije la verdad.
—Harry, en mi experiencia, los hombres no pierden repentinamente el interés por una mujer, a menos que estén interesados en otra. Ahora, quiero que seas completamente directo y honesto conmigo. ¿Hay otra mujer?
Harry, en lugar de responder, soltó una carcajada. No habló hasta que se hubo tranquilizado.
—¿Sabes, Hermione? A veces suenas como si fueses mi novia.
—Responde la pregunta, Harry —insistió Hermione, esta vez con mucha severidad. Harry arqueó una ceja. No creía que aquel tema tuviera tanta relevancia para ella.
—Es posible —contestó Harry, sonando un poco más serio—, pero no lo sabré con certeza hasta que haya pasado un poco más de tiempo.
Esta vez, fue Hermione quien arqueó no sólo una, sino que ambas cejas.
—¿Y quién es?
—Yo creo que tú sabes quién es.
Hermione decidió que las papas estaban lo suficientemente cocidas, y las sacó de la cacerola, dejándolas sobre unos platos de greda. Sin embargo, no alcanzaba a imaginar qué persona que conociera pudo haberse ganado el corazón de Harry.
—Mientras no sea Romilda Vane…
—¡Vamos, Hermione! Me estás insultando.
—Tienes razón —admitió Hermione, soltando una pequeña carcajada—, pero no conozco a nadie que pueda quitarte a Ginny de tus sueños. Recuerdo que perdías la cabeza por ella.
—No necesito a alguien que me haga perder la cabeza, sino alguien con quien pueda mantenerla en su sitio.
Hermione alzó nuevamente ambas cejas.
—No esperaba que tú dijeras algo así alguna vez.
—Es que… perder la cabeza por una mujer es estúpido —dijo Harry, juzgando que la carne se encontraba en su punto, y la retiró del fuego, dejándola junto a las papas—. No pasa mucho tiempo para que la magia desaparezca y empieces a ver a la otra persona por lo que realmente es. Y es ahí donde comienzas a sentirte decepcionado y a preguntarte por qué sigues con esa persona.
Hermione no dijo nada. No sabía si se trataba de algún hado actuando o alguna otra fuerza desconocida, pero lo que acababa de escuchar de Harry se parecía mucho a su forma de ver las relaciones de pareja. Decidió seguir ahondando en el tema, para ver si Harry estaba diciendo lo que ella creía que estaba diciendo.
—O sea, ahora estás buscando a alguien que sea auténtica desde el comienzo.
—No es eso —dijo Harry, cortando la carne en trozos, apartando algunos para el resto del viaje—. Estoy buscando a alguien de quien pueda enamorarme sin comportarme como un estúpido. Quiero mirar a esa mujer y decirle que la amo, pero sin tener que ir a la luna por eso.
—Pides mucho.
—No creo que sea mucho pedir.
—Harry, tienes que entender que a muchas chicas les gusta que los hombres pierdan el sentido por ellas —dijo Hermione, a lo que Harry respondió arqueando una ceja—. Las hace sentirse mejor.
—¿Y a ti te gusta?
—¡Claro que no! No hablaba por mí cuando dije eso. A mí me gustan los hombres con los pies bien puestos sobre la tierra. Muchas chicas confunden amor con encaprichamiento.
—Pues eso es lo que estoy buscando. Una chica a la que pueda ver por lo que es desde el comienzo, sin máscaras ni palabras bonitas. Así, mi amor será más auténtico y duradero.
—Harry, voy a tener que preguntarte qué fue lo que fumaste, porque no suenas para nada como el Harry que conozco. O también puede ser que hayas madurado y yo no me haya dado cuenta.
—No hace falta un gran crecimiento personal para darse cuenta de eso —dijo Harry, repartiendo los platos con carne y papas, así como los cubiertos—. Ginny no resultó ser la chica que yo esperaba que fuese. Bueno, lo era cuando no podía quitarle los ojos de encima, pero no ahora. La chica por la que perdía la cabeza no es la misma con la que me iba a casar. Pero tú has sido más o menos la misma chica desde que nos conocimos en primer año de colegio. No me haces perder la cabeza, y eso me hace verte apropiadamente. Me hace falta una chica como tú.
Hermione se quedó mirando a Harry como si fuese la primera vez que lo viera en su vida.
—¿Una chica como yo? ¿O quisiste decir que soy yo?
Harry soltó una pequeña carcajada.
—Por favor, Hermione, no te tires flores. Sabes que no quise decir eso con mis palabras. Tampoco es que quiera a una chica que suele cargar con una docena de libros en la espalda.
—Harry, sabes que ya no soy esa chica.
—Solamente quise decir que no eres tú la chica que estoy buscando. Además, tienes pareja.
—Pero no estoy muerta.
—¿Por qué dices eso? ¿Acaso quieres que me meta contigo?
—¡Por supuesto que no! —exclamó Hermione entre risas—. Solamente quiero decir que no tengo un compromiso con Ron. Claro, él está viviendo conmigo, pero eso no quiere decir que esté para siempre con él. Tampoco significa que él sea mi dueño. Si hay un chico que me guste más que Ron, me iré con ese chico. Ron lo tiene claro, aunque a veces es un poco posesivo conmigo, y me dice que soy poco menos que una ninfa del jardín del Edén, cuando sé que no soy atractiva.
—Si tú lo dices…
—¿Y tú piensas que soy fea?
—No voy a responder esa pregunta, porque sé que me estás tendiendo una trampa.
—Harry, si crees que me voy a ofender por decirme la verdad, estás muy equivocado. ¡Vamos! Sé honesto conmigo.
—Pero Hermione, lo único que tenías fuera de proporción eran tus incisivos —repuso Harry con seriedad—, y desde que te los arreglaste, después de que Malfoy te hechizó, eres, bueno, normal. No eres ni una ninfa ni un ogro. Eres… normal.
Hermione compuso una amplia sonrisa.
—Eso era exactamente lo que quería escuchar.
—O sea, ¿te gusta que te digan que eres normal? Yo pensaba que a las chicas les gustaba que les dijeran cumplidos.
—Para que veas que no todas las chicas somos iguales.
A partir de ese momento, Harry y Hermione se dedicaron más a comer que a conversar, y si lo hacían, los tópicos eran triviales, y podían ir desde algunas ocurrencias que experimentaron durante sus años en el colegio, hasta gustos culinarios extraños. Por ejemplo, Hermione le platicó a Harry que, en un viaje que había hecho a oriente, le había sorprendido la cantidad de comidas extrañas que uno podía comer. Incluso había tenido los redaños de probar insectos.
—¿Y no te dio asco?
—Al principio, sí —admitió Hermione, recordando al tipo que le había recomendado la comida, un sujeto que tenía su tienda en la calle y que hacía buen dinero cocinando platos exóticos—, pero decidí darle una oportunidad, y no me arrepiento. Correctamente cocinados, pueden saber muy bien, y son una buena fuente de proteínas.
—Si tú lo dices —dijo Harry, dando una buena mirada a su trozo de carne, como si temiera que le salieran muchas patas largas y delgadas.
Mientras ambos lavaban y guardaban los platos y los cubiertos, escucharon unos sonidos de pasto rozando cuero. Harry sacó su varita y se quedó en alerta, mientras Hermione guardaba los enseres, de modo de asegurar una partida rápida, en caso que algún intruso penetrara los encantamientos defensivos. La noche era cerrada, había muchas nubes, y eso impedía una buena visual de los alrededores. Tampoco podía arriesgarse a realizar un encantamiento para arrojar más luz, pues delataría su posición. Decidió esperar a que los intrusos se acercaran lo suficiente para que la misma luz de la fogata les permitiera ver de qué se trataba todo el asunto.
—Espero que no sean magos —susurró Hermione, quien se puso al lado de Harry, pues ya había acabado de guardar las cosas—. Porque si lo son, nos van a descubrir.
—Estoy seguro que son muggles —murmuró Harry, y, momentos más tarde, la situación le dio la razón. Se trataba de un grupo de tres hombres, ataviados con armaduras de cuero, sosteniendo sendas espadas, como si esperaran encontrarse con algún enemigo oculto entre el pasto—. No sé qué diablos andan haciendo por aquí.
—Harry —dijo Hermione con urgencia, señalando a los individuos que se acercaban al campamento—, esos son hombres del príncipe al que fuimos a visitar cuando llegamos a este tiempo.
—¿Cómo lo sabes?
—El blasón en sus pechos —dijo Hermione en voz baja, indicando a uno de los hombres, el cual tenía un escudo con dos espadas cruzadas en la armadura—. Es su estandarte. Lo sé porque lo vi colgado encima de la cama del príncipe.
—¿Y qué mierda andan haciendo por estos lugares?
—Asumo que buscan algo. Espera. Creo que están diciendo algo.
Harry y Hermione permanecieron en silencio, escuchando a los hombres intercambiar palabra.
—No pueden haber ido lejos —dijo uno de ellos, alzando una antorcha para iluminar las cercanías—. Estoy seguro que los vi acercarse a este lugar.
—¿Y entonces, dónde están? No los puedo ver.
—Es como si se los hubiera tragado la tierra.
—¡Sigan buscando! El príncipe no acepta fallos.
—Yo pensé que estaban ayudándolo.
—Todos los magos son iguales —dijo el líder del grupo—. Te ofrecen ayuda con una mano, con la otra te apuñalan por la espalda. No podemos permitir que escapen.
—¿Y qué hacemos?
—Montaremos una guardia en las cercanías. Vigilaremos por turnos. Que uno de nosotros busque refuerzos. Hallar a estos sujetos no será fácil.
Harry y Hermione vieron cómo los hombres se disponían alrededor del campamento, instalándose en posiciones cercanas, de modo que les fuese imposible escapar sin ser vistos. También habían hablado de llamar refuerzos.
De pronto, la situación se había vuelto mucho más complicada.
