Hay un Rolls-Royce negro y brillante aparcado en mitad de la entrada de L4 y el sol se le refleja en el techo. Cuando me bajo del taxi, un conductor con uniforme se me acerca.

—¿Señorita Danvers?

Asiento con la cabeza sin mediar palabra. Muy formal, me saluda levantando un poquito la gorra, enseguida, me abre la puerta trasera del coche. Veo a Luthor dentro, lanzando una sarta de órdenes impacientes a alguien a través del teléfono. Ups. Creo que hoy no está de buen humor. No está gritando, pero no parece el tipo de mujer que necesite gritar para que le escuchen. Su voz es exactamente como la recordaba, pero hoy sus palabras son más cortantes, entrelazadas con una autoridad absoluta y un acabado de acero. Respiro hondo cuando me doy cuenta de que se supone que debo subirme en el coche con ella. Joder.

Ignorando que, de repente, me tiemblan las rodillas, me deslizo en el interior. En cuanto el conductor cierra la puerta, el coche parece encogerse por completo. Luthor parece ocuparlo todo con ese cuerpo suyo nada sutil despatarrado en el asiento que hay frente a mí. Lleva una blusa de botones blanca medio desabrochada que deja a la vista una suave parte de su pecho. La chaqueta está colocada a un lado, junto a unas cuantas carpetas y un iPad.

—No pongas excusas ni hables de ello. Hazlo —gruñe con impaciencia. Cuelga, acto seguido, parece que atiende otra llamada—. Santori, dime.

Me mira pensativa mientras se pasa la mano por la mandíbula y escucha al hombre. Me acomodo para el viaje cuando el coche se incorpora al tráfico. Tratando de no hacer ruido ni distraerla, saco el teléfono y me mando un correo electrónico con algunas notas mientras ella habla. ¿Negocios?

¿Compra o venta? Nombres (¿nombres o apellidos?)

Durante todo este tiempo la observo con los ojos entrecerrados, intentando que no me sorprenda mirándola. Aunque, curiosamente, a veces, cuando se queda en silencio escuchando a la persona al otro lado de la línea, recorre toda la longitud de mi asiento con la mirada y… la fija en mí como si fuera pegamento.

Enseguida bajo la vista al teléfono; de pronto, estoy excitada. Esta mujer es muy intensa. Tiene un toque de arrogancia enloquecedora que siempre lo acompaña en todo lo que hace.

Se ha acostado con legiones de mujeres, ya he visto que es un desafío y un premio. Pero en todas estas noches de investigación, no he encontrado nada sobre ninguna aventura con alguna empleada de L4. ¿Luthor no mezcla el trabajo con el placer?, escribí anoche.

Ahora, sentada en la parte trasera de un Rolls-Royce negro, me doy cuenta de que esta mujer parece no mezclar nada con el trabajo. Está sentada delante de mí y tengo una vista perfecta de su rostro mientras se dedica a sus cosas. La verdad es que es muy guapa, hasta cuando frunce el ceño, parece que ahora mismo tiene el ceño fruncido mientras…

Eh, me observa.

—En los negocios, no, no es una respuesta —dice con una voz baja y profunda al teléfono—. No solo es una invitación para negociar.

Miro por la ventana y sonrío ante la frustración que noto en su voz mientras le dice algo entre dientes a su empleado.

No ha parado ni un segundo para que le haga una sola pregunta, pero no me quejo. Estoy en primera fila, en horario de máxima audiencia, viendo el laberinto de su mente y el intenso impacto de su personalidad.

Creía que yo era adicta al trabajo, pero es imposible describir las cosas de las que Luthor se está encargando mientras hace algo tan pasivo como estar sentado en el asiento trasero de un coche. Pasivo; no creo que esa palabra esté en el diccionario de este mujer. Lena consigue que se hagan cosas, así que voy a seguir su ejemplo y a usar el mismo ímpetu para obtener mi artículo.

Me veo atrapada en el drama de una guerra de ofertas. La adrenalina corre por mis venas mientras ella sigue dando números, disparándolos. ¿Está comprando una empresa? ¿Algo de la casa de apuestas Sotheby's? Escribo el nombre de la persona con la que está hablando: Christine. Y los números que pronuncia. Sube cien mil dólares la oferta y acaba con un poco más de dos millones. Murmura:

—Bien. —A juzgar por la sonrisa deslumbrante y excitante que aparece en su cara, asumo que ha conseguido lo que quería.

Casi echo en falta el sonido de su voz cuando, por fin, se hace el silencio y solo se escucha el golpe del teléfono al caer en el asiento de cuero.

Aparto la mirada de las calles de Chicago y veo el móvil junto a su chaqueta. Con el extraño nudo en el estómago con el que me mandó a casa la última vez, advierto que me presta atención, a mí y a nada más.

Un extraño calor se extiende por mi cuello porque, por fin, va a hablarme a mí.

—¿Ya ha conseguido la luna?

Agarra una botella de agua del minibar, la abre con un crujido y bebe un trago.

—Todavía no. —Sonríe ante la pregunta y luego frunce el ceño, toma otra botella de agua y extiende el brazo para pasármela—. Aquí tiene.

Cuando la cojo, se recuesta por un momento, se cruje el cuello a un lado…, da golpecitos con los dedos en la parte posterior del reposabrazos…, y eso me desconcierta. ¿Pasa algo malo?

Ya no llevo el mono. Llevo… Me recompongo al instante porque su mirada me pone nerviosa. Llevo unos pantalones negros, una camisa de botones blanca, una bonita chaqueta blanca, el cabello peinado hacia atrás con una diadema negra. Parezco profesional y respetable, estoy preparada para trabajar. ¿No?

—¿Le parece bien si le hago ahora algunas preguntas?

—Dispare —contesta ausente.

Cuando saco las notas, bebe un trago de agua y descansa la mirada en mí. Su rostro es una absoluta distracción, así que intento alternar entre estudiar las notas y mirarlo de una forma profesional.

—¿Cuándo se le ocurrió la idea de Interface?

—Cuando Facebook jodió su sistema.

—¿Su debilidad le hizo ganar terreno?

Por una milésima de segundo, aprecio un brillo en sus ojos, rodeados por una extraña pero estimulante oscuridad.

—La debilidad de alguien siempre es la ganancia de otra persona. Su sistema podría mejorarse mucho. Mejores juegos, mejor acceso, descargas más rápidas… Y yo dispongo del equipo mejor preparado del continente para hacerlo.

—¿Con cuántos trabajadores cuenta ahora mismo?

—Cuatro mil.

—¿No son demasiados para una empresa nueva?

—Teniendo en cuenta que ya hemos logrado nuestro objetivo inicial de registro de usuarios, no, no son demasiados.

Sonrío y hojeo las notas solo para evitar la intensidad de su mirada por un momento. Cuando levanto la vista, está bebiendo de la botella de agua mientras me observa.

—Debe de saber que es la mujer más buscado de la ciudad. ¿Le sorprende?

—Más buscado. —Lo repite casi como si el concepto le hiciera gracia, con una ligera sonrisa en los labios—. ¿Por quién? —Estira más las piernas y se acomoda, coloca la mano sobre la rodilla mientras deja la botella de agua en el portavaso lateral, me observa con los ojos abiertos y curiosos.

Tiene las manos muy hermosas, cuidadas, pero no exagerada.

—La prensa, los fans, hasta los inversores —especifico. Parece reflexionar en silencio, pero no responde.—Creció bajo el escrutinio público. No puedo imaginar que eso le guste a nadie. ¿Alguna vez se cansa de ello?

Abre más la mano sobre la rodilla y se da toquecitos en la pierna con el pulgar de forma nerviosa, pero sin dejar de mirarme ni un segundo. Ni siquiera cuando vuelve a agarrar la botella de agua.

—Siempre ha sido así.

Su mirada hace añicos mi concentración.

—Respecto a todos sus actos de rebelión… —empiezo, tratando de ser profesional y sosteniéndole la mirada—. ¿Intentaba dejar claro con ellos que no le iban a controlar? ¿Esperaba granjearse con esto una mayor simpatía por parte del público?

Un segundo. Dos.

Esa leve sonrisa en sus labios de nuevo. Esos ojos, todavía clavados en los míos.

—No me estoy granjeando la simpatía de la gente, señorita Danvers. Diría que solo provoco cuatro tipos de reacción en la gente: el deseo de venerarme, de ser yo, de imitarme o de matarme.

Sorprendida por su franqueza, dejo escapar una ligera risa; me sonrojo por cómo se le oscurecen los ojos cuando me escucha reír.

—Perdóneme por las preguntas personales. Me interesan Interface y el cerebro que hay detrás, aunque el artículo se centrará en Interface.

El coche reduce la velocidad a medida que se aproxima a un acceso para automóviles.

Al echar un vistazo rápido al exterior, veo que estamos entrando en un carril de un complejo de oficinas de muy alto nivel, parece que podríamos haber llegado a nuestro destino. Nooo. ¿Tan pronto? Me giro hacia ella, pero parece que no comparte mi ansiedad. En este momento es la relajación personificada, reclinada en el asiento y sin dejar de observarme.

—Creo que ya hemos llegado y quería preguntarle muchas más cosas impertinentes —bromeo.

Me ofrece una sonrisa genuina que la hace parecer más joven, más accesible.

—Le diré algo. —Se inclina hacia delante en el asiento con una expresión traviesa en el rostro—. Cuénteme algo sobre usted y le diré algo más sobre mí.

Sin dudarlo dos veces, acepto la oferta.

—Soy hija única.

—Soy hijo único.

Nos miramos una a la otra de nuevo, como hicimos en su oficina.

De repente, deseo obtener miles de respuestas como esa. Personal, precisa.

—¿Puedo darle más información sobre mí a cambio de algo sobre usted? —pregunto.

—Ah. He dado con una negociadora. —Se reclina en el asiento con una sonrisa amplia y seductora.

—¿Eso es un sí? —También me río.

—Verá, el objetivo de regatear es tener algo que el otro quiera.

La observo sin saber si está de broma o no.

Tiene los ojos oscuros, pero sigue sonriendo.

Parece que nunca me canso de mirar esos ojos. Da la impresión de que la energía pulsante de su ser se agita en sus profundidades. Es una individua oscura. Oscuro como su cabello. Oscuro como la maldad. Oscuro como el remolino que lo rodea. Algo magnético, imparable, irresistible. Está ahí, sentada, evaluándome, ni siquiera sé qué hacer, cómo reaccionar ni qué intenta conseguir de mí. Es una mujer de negocios poderosa que consigue lo que anhela, está acostumbrada a que las cosas se hagan a su manera. También es una rompecorazones y bragas que siempre consigue a quien quiere. Quería saber algo de mí, de forma estúpida, se lo he dado y le he ofrecido más. Pero quería saber una cosa de mí, no dos.

—Me lo pensaré, Kara —comenta al ver que no respondo, como para suavizar el golpe, con los ojos oscuros e inesperadamente acuosos mientras me observa.

¡Dios! Me daría de tortas a mí misma.

—Parece que siempre echo a perder las entrevistas con usted. —Ni siquiera sé por qué susurro, pero es una mujer tan atenta que me da la sensación de que hablar más alto podría ensordecer a alguien tan elegante como ella.

Agacho la cabeza para esconder el rubor de mi rostro. Cuando me arriesgo a echar otro vistazo, me está examinando en silencio.

Intento no mirar más de lo necesario esa cara que me distrae, así que dirijo la vista a la ventana y suspiro mientras me paso las palmas de las manos por los pantalones, el coche aparca, por fin, delante de la entrada del edificio.

Hay una nueva tensión en el ambiente después de mi cagada monumental. Mientras el conductor se apea del coche y parece convocar al equipo de relaciones públicas de Luthor, esta se da golpecitos en la rodilla con los dedos, toquetea el teléfono, marca un número y le habla en voz baja al receptor.

—Hola, llama a las tropas para el viernes por la noche. Vamos a relajarnos en el Ice Box. Envía las invitaciones por internet a la lista habitual.

—Echa un vistazo por la ventana a la señal del conductor y, aunque me gustaría preguntarle más cosas sobre Interface, sé que ya lo he perdido.

Me quedo muy abatida cuando sale del coche y me informa de que su conductor me llevará adonde necesite con gusto.

—Gracias por su tiempo, señora Luthor —es lo único que consigo decir. Creo que me responde algo que suena como «cuídese», pero su equipo lo busca y se va tan rápido que, si no fuera por la botella de agua vacía junto al lugar donde estaba sentado, me costaría creer que acaba de estar aquí.

De regreso a casa, ahora que no está, soy consciente de otras cosas que me rodean. El silencioso y hermoso interior del coche me recuerda que esta no es mi vida y que yo no soy esta. Sigo mirando la botella de agua ya vacía que se encuentra donde se ha sentado. No sé por qué de repente estoy tan obsesionada con una botella de agua vacía. Me obligo a apartar la vista y a intentar escribir algunas impresiones en el teléfono tras abrir un correo electrónico para mí misma.

Insaciable y exigente en los negocios/demasiado ambigua Muy… directa (esta chica no edulcora nada)

*Soltó «joder» (me gusta que sus respuestas no fueran ensayadas y que simplemente las lanzara); ¿por qué Chicago está tan obsesionado con ella? NO es una farsante, eso seguro.

Intento que se me ocurra algo más, pero mi mente ni siquiera es capaz de hilar pensamientos ni preguntas. Paciencia, me digo. Ninguna historia se ha escrito en un día. Ningún secreto se ha revelado en una hora. Nada duradero se ha construido en un momento.

Esa noche busco mi camiseta de la Universidad del Noroeste mientras me preparo para ir a la cama y veo su blusa en mi armario. La miro tanto rato que pierdo la noción del tiempo. La tomo y la acaricio con el dedo. Siento lo fuerte que es el cuello y recorro la manga con la mano. Es elegante y obviamente, muy cara. De alguna manera, parece que ocupa mucho más espacio de lo que en realidad ocupa. Observo cada botón y los puños perfectamente doblados; tocarla me hace sonreír y frunzo el ceño; noto que se me vuelve a hacer un nudo en el estómago.

Entonces, de repente, sé cómo conseguir que vuelva a recibirme.

Ni idea si ha gustado o no esta traducción y adaptación, pero me siento presionada a subir capítulos XD

Saludos desde Chile.