XXVIII
15 horas para la revelación
Ron se encontraba en Stonehenge, penetrando en el interior del círculo de piedra. Consultó su reloj. Las once con cincuenta y siete minutos. Faltaban tres minutos para que el sol se encontrara en su cénit. Se preguntó qué era lo que iba a encontrar en el centro. Lo único que podía ver era que una de las sombras del monumento casi rozaba el centro del círculo. Dio vueltas por el perímetro para matar el tiempo, consciente del espectáculo que debía estar montando a los muggles, pues le señalaban con el dedo, diciendo cosas como "lunático" o "creyente del fin del mundo". Mientras no paseara desnudo por el monumento, nadie podría sacarlo de allí (3).
El mediodía llegó, y el sol se encontró en su cénit. Ron llegó hasta el centro y, efectivamente, vio algo que no estaba allí antes.
Supuso que se trataba de algo que los muggles no podían ver, porque ninguno de los presentes hacía alguna mención al trozo de pergamino que se encontraba tirado en el suelo, como si fuese basura. Ron vio que solamente había una palabra escrita en el pergamino.
Aparece
Imaginó que debería lucir como un tonto, recitando semejante palabra en medio de los muggles. Pensarían que se había vuelto loco, o que estaba tratando de encontrar algún mensaje secreto en el monumento. Luego, notó que la palabra estaba escrita en cursivas. Siempre que había leído alguna novela, las letras cursivas representaban algún pensamiento que no se decía en voz alta. Tal vez, no necesitaba decir la palabra con su boca, sino con su mente. Ron se vio aliviado. Ya no tendría que andar dando explicaciones a las autoridades sobre su comportamiento.
Aparece.
El efecto fue instantáneo. Varias letras de color plateado aparecieron en cada una de las rocas verticales del monumento. Ron tomó un papel y un lápiz (consideró poco inteligente llevar pluma, tinta y pergamino, dadas las circunstancias en las que se iba a ver inmerso), y anotó las letras en sentido contrario a las agujas del reloj. Cuando hubo acabado, consultó su trabajo, y sintió cómo el alma se le caía a los pies. El texto resultante lucía más como una contraseña de correo electrónico que a una pista.
636SEMAJ–TS–030
Mierda se dijo Ron, sabiendo que no podía contar con la ayuda de Hermione para resolver aquel enigma. Debía desenmarañar ese misterio por su cuenta, lo que no le entusiasmaba mucho que digamos. Después de quedarse unos cuantos minutos de pie en medio del monumento megalítico más conocido de Gran Bretaña, Ron juzgó que ya no tenía nada que hacer allí, y se dirigió a un lugar sin gente para transportarse de vuelta a Londres, donde tendría el tiempo para pensar en la respuesta a aquella interrogante.
Sin embargo, cuando estaba a punto de entrar a su casa, vio que Draco Malfoy pasaba por allí, como despreocupado. No estaba en los intereses de Ron entablar otra conversación con él, no porque le desagradara el tipo; de hecho, juzgaba que el cambio que había sufrido a causa de la caída en desgracia de su familia era para bien. No quería conversar con él porque no quería distracciones para resolver el problema que tenía entre manos.
Pero, como siempre ocurre con las cosas que uno no quiere, Draco se dio cuenta que Ron estaba a punto de entrar a su casa, y cambió rumbo de inmediato.
—Weasley —llamó Draco, haciendo que Ron se volteara y pusiera cara de pocos amigos—, ¿por qué la prisa? ¿No tienes tiempo siquiera para una pequeña charla?
—La verdad es que no, Malfoy —repuso Ron, luciendo realmente hastiado—. Hoy no fue una buena jornada para mí. Tengo mucho trabajo atrasado que hacer. Lo siento, pero no tengo tiempo para una charla, por muy pequeña que sea.
—Bueno, solamente quería darte un recado, de parte de Ian —dijo Draco, revolviendo los bolsillos de su túnica, y extrayendo un pergamino—. Te anduvo buscando por todo Londres durante esta mañana para decirte algo muy importante. Por eso, me pidió que te diera esto. Por supuesto, yo no le leído el mensaje. Solamente asumo que debe ser algo relevante.
Ron iba a hacer caso omiso de Malfoy, pero pensó que Ian no habría tratado de contactarse con él durante toda la mañana para hablarle del tiempo. Se devolvió sobre sus pasos, tomó el pergamino de las manos de Malfoy y murmurando un "gracias" bastante tosco antes de regresar a su casa, entrar en ella, y no salir hasta que hubiese resuelto el enredo que le había dejado su excursión a Stonehenge. O al menos eso había pensado, porque eso no ocurrió en la realidad. Sí había murmurado el "gracias" tosco, pero hizo un gesto para decirle a Draco que era bienvenido de entrar a la casa.
—Vaya, Weasley, por lo menos has aprendido modales.
—Bueno, no te has comportado como un imbécil conmigo últimamente —dijo Ron, invitando a Draco a que tomara asiento en uno de los sillones, yendo a la cocina a preparar un poco de té.
—¿Vienes saliendo de un viaje? —preguntó Draco, examinando las decoraciones sobre la mesa ratona y haciendo una pequeña mueca de disgusto—. Porque luces exactamente como alguien que ha viajado no-sé-cuántos kilómetros en poco tiempo.
—Se puede decir que sí —contestó Ron desde la cocina, y Draco oyó el sonido de agua siendo vertida—. No puedo decir que fue un viaje demasiado productivo. Fue poco menos que un paseo, y uno de los malos.
—Te compadezco —dijo Draco, acomodándose en el sillón. Por alguna razón, éste le hacía dar comezón—. Yo no he tenido que hacer viajes largos desde que mis padres fueron condenados a pasar diez años en Azkaban. Muchos de sus negocios estaban aquí en la ciudad, y solamente he tenido que hacer traslados cortos.
—Qué suerte la tuya —gruñó Ron de mal humor, viendo que la tetera ya humeaba—. Aún con tus padres en la desgracia, sigues vanagloriándote de tener una vida acomodada. ¿Nunca te vas a cansar de eso?
—Créeme, Weasley, es difícil zafarte de algunas cosas. La crianza es una de ellas.
—Esa es solamente una excusa —repuso Ron, quien había aparecido en la sala de estar, con dos tazas humeantes de té, dejándolas sobre la mesa ratona, y sentándose frente a Draco—. Hermione siempre decía que el cambio es algo natural en el universo, y que alinearse con él es realmente fácil. Yo creo que la razón por la que te cuesta trabajo cambiar, es que, en realidad, no quieres hacerlo.
—¡Vaya, que excelente análisis! —exclamó Draco sarcásticamente—. Honestamente, Weasley, deberías haber sido un psicólogo.
Ron escogió permanecer en silencio. Pensaba que si seguía con esa línea argumental, ambos iban a terminar en el suelo, golpeándose a muerte. Imaginando la clase de réplicas que le gustaría decirle a su huésped, bebió un sorbo de su té, ocupando su mente en el mensaje que Ian le había enviado. Luego, un pensamiento extraño se apoderó de él cuando recordó quién le había remitido tal mensaje.
—Dime una cosa, Malfoy —dijo Ron, dejando la taza de té sobre la mesa ratona—. Si Ian necesitaba contactarse conmigo, ¿por qué te escogió a ti para entregarme el mensaje? Porque Ian no es de la clase de gente que hace cosas al azar. Te escogió a ti por una razón, y me gustaría saber cuál es.
Draco no dijo nada por un momento. Lucía como si estuviera ponderando cuánto decir y cómo hacerlo. Después de lo que pareció un minuto completo de trabajo mental, Draco abrió la boca.
—Porque sabe que fui yo quien te entregó la información sobre la Orden del Fénix —respondió, mirando directamente a los ojos de Ron—. Claro, yo no sabía dónde mierda vivías. No andaba caminando por aquí porque anduviera esperando por ti, pero Ian supuso que yo sabía cómo hallarte.
—¿Y cómo supo que fuiste tú quien me entregó ese folleto?
—A mí que me cuelguen —repuso Draco, encogiéndose de hombros—. Esa Orden del Fénix actúa de formas misteriosas. Tal vez el folleto estaba encantado para registrar el cambio de manos, qué se yo. Granger tiene mejor imaginación que yo para decir esa clase de cosas. Pero, en todo el rato en que hemos estado aquí, no has echado siquiera una ojeada al mensaje. Podrías leerlo de una vez. Me iré a la cocina para no escuchar nada.
Ron arqueó una ceja. Aquella muestra de decencia por parte de una persona que había pasado la mayor parte de su vida siendo indecente, al menos con el proletariado, era, cuando menos, extraña. Sin embargo, no rechazó la petición. Asintió con la cabeza en señal de aprobación, y Draco encaminó sus pasos hacia la cocina, cerrando la puerta tras él. No obstante, para asegurarse que nada de lo que contuviera esa carta fuese de dominio público, leyó el mensaje en silencio.
Ron
Espero que este mensaje llegue a tus manos pronto.
Debo ser breve con esto, en caso que otras personas intercepten esta carta. No puedo darte detalles, pero mi maestro dice que tienes un tiempo limitado para pasar la prueba. Hay cosas que se han puesto en marcha que ya no pueden ser detenidas, por lo que te pido que te des prisa con esas tareas.
Ian.
Ron plegó la carta, guardándola en el bolsillo de su túnica, luciendo mitad exasperado, mitad nervioso. Ian no solamente le había dado una prueba horriblemente complicada, sino que tuvo el descaro de darle un plazo para pasarla. No obstante, le preocupaba la parte de la carta que decía "hay cosas que se han puesto en marcha que ya no pueden ser detenidas". ¿Cuáles eran esas cosas? ¿Por qué ya no podían ser detenidas? ¿Qué era lo que Ian no podía decirle? Ron puso en pausa aquellos pensamientos. Eran preguntas cuyas respuestas se encontraban fuera de su alcance.
—¿Puedo salir? —preguntó Draco, cuya voz se encontraba velada por la puerta de la cocina.
—No hay problema —repuso Ron, asegurándose que la carta no fuese visible—. Puedes salir.
Draco abrió la puerta de la cocina, y volvió a tomar asiento frente a Ron.
—¿Y bien?
—La verdad, no es un mensaje demasiado revelador —contestó Ron, bebiendo otro sorbo de té, aunque ya se encontraba un poco tibio—. Lo único que me dice es que debo darme más prisa con esa prueba.
—¿Te dijo por qué?
—Nada de nada.
—Y el muy maldito me dio la tarea de encontrarte, solamente para decirte algo relativamente obvio —dijo Draco, luciendo realmente indignado, bebiendo el último sorbo de su té—. Bueno, Weasley, debo irme. Tengo una reunión de negocios dentro de veinte minutos. Gracias por el té.
Y Draco salió de la casa. Ron escuchó el clásico estampido, señal de una desaparición, pero se quedó sentado en el sillón, pensando en la carta y en aquella prisa de la que hablaba Ian. Y, pese a que le había dicho a Draco que solamente se trataba de un simple apremio por hacer el trabajo más rápido, no confiaba lo suficiente en él para decirle sobre aquellas cosas que ya no podían detenerse. Hallaba increíble el poder que podían tener las palabras, correctamente dichas, pues esa última frase conseguía ponerle nervioso, y eso hizo que le diera mucha más atención al puzle que había hallado en Stonehenge.
Lo que no sabía, era que otros oídos habían escuchado la conversación entre Ron y Draco, y, lo que era peor, habían escuchado exactamente lo que querían escuchar.
(3) Espero que hayan entendido la referencia a "Thor: Un mundo oscuro".
